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Relatos Ardientes

El chico de la app me bloqueaba, hasta la tercera vez

Estaba en la aplicación a las dos de la madrugada, con una calentura de esas que no se aguantan, y por una vez tenía la casa para mí. Tenía treinta y dos años entonces, vivía solo desde hacía poco y ese fin de semana era todo mío. Mi perfil no decía gran cosa: rol activo, ninguna foto, ninguna descripción. Solo me importaba encontrar a alguien rápido y discreto.

Apareció su perfil. Veintidós años, ninguna foto tampoco, sin texto. Lo único visible era la edad. Lo saludé sin demasiada expectativa, pero contestó al instante. Le dije que buscaba solo una mamada, sin vueltas. Me dijo que sí. Ninguno mandó fotos. Quedamos en encontrarnos a la vuelta de mi edificio, en la esquina de un bar cerrado, para identificarnos en persona.

Llegó con una mochila pequeña, capucha puesta y la cara baja. Cuando levantó los ojos vi a un chico flaco, de piel clara, mirada tímida y una boca que prometía más de lo que su lenguaje corporal sugería. Caminamos hasta casa charlando de tonterías —el clima, la app, lo raro que era encontrarse así— y subimos en silencio el ascensor. En el palier le pregunté si era su primera vez con alguien de la aplicación. Me dijo que no, pero que tenía muy poca experiencia. Que de oral sí, que de cola era virgen.

Virgen de cola. Esas tres palabras se me quedaron grabadas en la cabeza.

Entramos al cuarto y nos desnudamos sin demasiados preámbulos. No quería romper el clima con luz blanca ni con conversación de más, así que dejé prendida solo la lámpara de la mesa de luz. Él se arrodilló frente a mí en el borde de la cama y me la tomó con la mano antes de meterla entera en la boca. La metió toda, sin esfuerzo, hasta tocarme la pelvis con la nariz. No me lo esperaba. Me agarré del cabecero para no perder el equilibrio.

—Te dije que de eso sí sé —murmuró cuando se la sacó un segundo para respirar.

Sí sabía. Movía la lengua con un control que no encajaba con la imagen de chico tímido que había subido conmigo en el ascensor. Yo lo manoseaba todo: la nuca, los hombros, la espalda. Le bajaba la mano hasta el culo. Tenía una cola chiquita, durita, y cada vez que se la apretaba se ponía a mamarme con más fuerza. Eso me terminó de calentar.

—¿Y si te la pongo un poquito? —le dije, intentando que sonara como sugerencia y no como reclamo.

—No, eso no. Te dije que de cola soy virgen.

—¿Te puedo chupar yo a vos, entonces?

Lo pensó un momento y aceptó. Mi idea era calentarlo, ablandarlo, ver si cambiaba de opinión. Lo acosté boca abajo en la cama y me metí entre sus piernas. La tenía dura, breve y caliente. Lo lamí despacio, después le pasé la lengua por todo el perineo y subí hasta el orificio. Le di con la lengua ahí un buen rato. Sentí cómo se tensaba primero y cómo abría las piernas un poco más después. Pero cuando volví a probar suerte —apoyando apenas la punta de la mía contra la suya— me dijo que no otra vez. Firme, sin enojo.

Entonces solo se la apoyé. Le pasé la verga por toda la raja, le masajeé el orificio con la cabeza, fingí que era una lubricación tranquilizadora y nada más. No iba a forzar nada. Él entendió y dejó hacer. Al rato volvió a poner la boca en mí, esta vez acostado de lado, y me dijo que acabara así. Acabé en su boca. Se tragó todo. Ni una gota afuera.

—Estuvo buenísimo —dijo con una sonrisa torcida mientras se vestía—. Si querés, otro día te vuelvo a escribir. Vivo cerca.

—Dale, escribime cuando quieras.

Se fue. Cerré la puerta y me tiré en la cama todavía con el corazón medio acelerado. Abrí la app para revisar si me había puesto algún emoji. Su perfil había desaparecido. Me había bloqueado.

***

Pasaron tres meses. No volví a pensar en él hasta que una madrugada de domingo, otra vez sin nada que hacer, me lo crucé de nuevo. Otro nombre genérico, otra cuenta limpia, pero las mismas dos cifras: veintidós años, sin foto. La pista que me hizo dudar fue una frase boba en la descripción —«mensaje claro o no contesto»— que me sonó. No podía jurarlo, pero algo en el ritmo de las respuestas, en lo poco que se mostraba, me convenció.

Le escribí. Lo de siempre, una mamada rápida. Dijo que sí. Quedamos en mi casa. Cuando golpeó la puerta y abrí, lo confirmé al instante: era él. Capucha puesta otra vez, la misma mochila chica, la misma media sonrisa de chico que sabe lo que vino a hacer. No hizo gesto alguno de reconocerme. Decidí no decir nada y seguirle el juego.

—Pasá.

Subimos, nos desvestimos, repetimos coreografía. Me la chupó como la primera vez, con la misma técnica imposible para alguien de su edad. Le tanteé otra vez la cola, le metí la lengua, le pedí. La respuesta fue la misma: no. Le insistí un poco más esa vez, le apoyé la verga, le pedí que se aflojara, pero llegó hasta donde había llegado la otra noche. Solo permitió frotación, jugar en superficie, nada de penetración. Yo, ya cansado del juego, dejé que terminara con la boca. Otra vez se tragó todo. Otra vez se vistió, otra vez la sonrisa torcida, otra vez «vivo cerca, escribime cuando quieras».

—Sí, dale, te escribo —le dije, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar.

Esa noche ni me molesté en revisar después. Lo bloqueé yo primero, antes de que se subiera al ascensor.

***

Pasaron meses sin nada. Un par de tipos por la app, alguna cita aburrida, el laburo, la vida. Hasta que hace un par de semanas, mientras esperaba un café, scrolleando sin prestar mucha atención, me apareció otra vez. Esta vez con foto. Cara descubierta, mirada de costado, una pose femenina con la cabeza ladeada. Llevaba el pelo más largo, ropa de chica —una blusa beige, un short corto que le marcaba el muslo— y un nombre que ya no era el original. Lo reconocí enseguida.

Sentí dos cosas a la vez. Una incomodidad rara —no me va el género ambiguo, soy bastante específico con que me atraen los hombres— y al mismo tiempo unas ganas viejas de cobrarme la cuenta. La revancha pesó más que el desinterés estético. Le escribí.

—Eh, hola. ¿Sigue en pie lo de pasarte por casa?

—Cuando quieras —contestó, sin enterarse de que era yo.

Quedamos para esa misma noche. Cuando llegó, me chocó verlo. El pelo le caía sobre la cara, llevaba una vincha fina y la blusa le marcaba un pecho que apenas empezaba a notarse. Me contó, sentado en el sillón del living, que hacía cuatro meses que había empezado el tratamiento. Que estaba en plena transición. Que se sentía mejor que nunca. Que ya estaba pensando en cambiarse el nombre legal.

—Qué bueno —le dije, casi sin escuchar.

Pensaba en otra cosa. Pensaba que el pendejo que dos veces me había negado el culo después de mamármela y bloquearme, hoy iba a entregármelo casi sin que se lo pidiera. La verdad: no estaba caliente por su cuerpo, estaba caliente por la idea. Era rencor disfrazado de deseo. Y aun así no podía parar.

Lo llevé al cuarto. Empezamos como siempre, con él de rodillas. Esta vez no me molesté en chuparle nada. Le ensalivé el dedo con mi propia boca y se lo metí mientras él seguía con la boca en mi verga. Entró sin resistencia. Ahí adentro había trabajo previo, dilatación de meses, dedicación de otros antes que yo.

Hijo de puta, pensé. Conmigo te ponías virgen y a otros te abrías como un libro.

Lo cogí con el dedo un buen rato, hasta que sentí que él aflojaba la cadera contra mi mano. Después le dije que se diera vuelta, que se pusiera en cuatro. Le pasé la lengua una sola vez —más por reflejo que por ganas— y me puse el forro. No agarré lubricante. No quise. Él se llevó saliva con la mano, se la pasó por el orificio. Yo estaba caliente y rencoroso, y eso me estaba alcanzando.

Le agarré las muñecas por la espalda con una mano sola y lo penetré despacio pero sin pausa. Soltó un ruidito agudo, un quejido contenido. Me quedé un segundo así, esperando que se acostumbrara. Después empecé a moverme, primero suave y después con fuerza. El cuerpo se le iba para adelante con cada empujón y yo lo traía de vuelta tirándole de las muñecas.

—¿Te duele? —le pregunté, casi de cortesía.

—Un poco. Pero seguí.

Seguí. Diez minutos largos así, sin pausa, sin afecto, sin nombre, sin nada. Le solté las muñecas en algún momento, le agarré una nalga con cada mano, y le pegué un par de cachetadas que no estaban planeadas. Él se reía y gemía a la vez. Le gustaba más de lo que yo esperaba. Y eso me daba más rabia todavía.

Cuando sentí que iba a acabar, me la saqué. Le di vuelta de un tirón, me arranqué el forro y le metí la verga en la boca.

—Ahora me la vas a dejar seca y limpia, igual que la encontraste —le dije.

Acabé en su boca. Tragó todo, como las otras dos veces. Después le agarré del pelo y le pasé la lengua por todo el largo, hasta dejarme la verga reluciente. La recorrió entera, despacio, sin queja. Me sequé con una toalla, le tiré un papel, se limpió, se vistió.

—Vivo a tres cuadras —dijo en la puerta, con la misma sonrisa torcida de las dos veces anteriores—. Cuando quieras te paso a buscar.

—Dale, te escribo —contesté.

Cerré la puerta, abrí la app y antes de meterme a la ducha le bloqueé el perfil. Esta vez fui yo el primero. Otra vez.

***

Si me lo vuelvo a cruzar, no va a pasar nada. La revancha ya está cobrada. Y a esta altura, con el pelo cada día más largo y la silueta cada vez más distinta de la que vi la primera vez en el palier de mi edificio, ya no va a quedar nada del chico que me chupaba la verga aquella madrugada. La transición lo va a llevar a otro lugar, a otra gente, a otra app. A mí me gustan los hombres, sin grises. Y aunque me deba dos bloqueos, ya no le debo nada.

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Comentarios (5)

NachoDRT

excelente!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

GabrielMdP

me quedé enganchado desde el principio, muy buena narración. Seguí escribiendo

CarlitosG

jaja el que te bloqueaba no sabia lo que se perdía, tremendo relato

Fefo_lector

Me recordó situaciones parecidas, esas apps son una caja de sorpresas. Muy entretenido y bien escrito

nocturno_44

sigue asi, espero mas!!

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