Mi pirata me hizo prisionero esa noche
—Capitán, debo informarle de un motín —dijo Dembe con voz de niño que intenta sonar grave.
—¿Un motín? —Le seguí la broma. Era contagioso lo de ese gigante—. Dame los detalles y el nombre del culpable, que se va a enterar.
—Verá, mi capitán, el motín lo organicé yo y ya no hay nada que pueda hacer. Es mi prisionero, y no le dejaré salir de mi cama.
Una mano me sujetaba las dos contra la almohada. Con la otra apoyaba el torso desnudo y aún brillante sobre el mío. Su lengua volvía a buscar la mía sin permitirme tocarlo. Forcejeé sin convicción, porque esa lengua maestra me estaba poniendo duro otra vez.
Sentía su pecho velludo, todavía húmedo, restregándose contra el mío. Su olor natural, denso, mezclado con el sudor que le perlaba la piel.
El espectáculo estaba en su lengua. Entraba en mi boca despacio, despertaba al habitante de mi paladar con caricias y salía igual de despacio, atrapando mi labio antes de repetir el viaje.
Cuando dejó de besarme me sacó la lengua entera y me lamió la cara. Mi polla dio un brinco involuntario que le rozó la pierna. Una sonrisa de lujuria se le apoderó de la cara.
Se sentó sobre mi estómago con las piernas bien separadas. El culo duro y redondo se le ofrecía solo, pero seguía sin soltarme las manos. Estaba secuestrado, y empezaba a gustarme la palabra.
Con la mano libre agarró mi falo y lo apoyó entre sus nalgas, frotándose. Yo le ayudaba con la cadera hasta que un azote en el muslo me hizo parar. Se llevó la mano a la boca, escupió un par de veces, envolvió mi rabo con la saliva y siguió.
Cerré los ojos. Su olor, el sudor, su mano húmeda, sus nalgas masturbándome. Iba a perder la cabeza. Bendito motín, pensé.
Lo siguiente fue que se tumbó a mi lado y siguió tocándome durante un beso largo, hasta que el beso se cortó y la mano también. Abrí los ojos para protestar. Estaba riéndose.
—No serás capaz —dije, adivinándole las intenciones.
—¿Qué clase de motín sería si el prisionero no sufre? —La sonrisa le delataba—. Quédate a cenar. Al final no probaste mi comida y te gustó cómo olía. Date una ducha, que yo la preparo.
Se puso el pantalón sin ropa interior, marcando una erección obvia. Daba igual: dejarme con la polla babeando le merecía la pena.
—Espera, espera. Duchémonos juntos. Tú también vas pringado y así te ayudo a cocinar.
—Pero una ducha corta, prométemelo.
—A sus órdenes, pirata. Prometo no propasarme —dije, levantando la palma como si jurara.
—Uy, qué peligro tienes —respondió, sacando dos toallas del armario.
***
El piso estaba a oscuras. Sus dos compañeros no habían vuelto, lo que significaba que la ducha tenía que ser rápida de verdad: podían llegar en cualquier momento.
Dembe encendió el agua y me hizo una seña para que entrara primero. Cuando giré, estaba mordiéndose el labio mirándome el culo. Acción de la que se arrepintió enseguida: la herida aún seguía ahí, recuerdo de la pelea con Mateo el día anterior.
—Vaya custodio que me asignaron —le dije, tirando de su mano—. El «uy, qué peligro tienes» era para ti mismo.
—Lo decía por tu culo, y mira, ya estoy herido por su culpa.
Lo apoyé contra los azulejos y empecé a enjabonarle la espalda. Bajé a las nalgas y, mientras le besaba los brazos llenos de vello, fui colando un dedo. Él me ofrecía el culo pegando el pecho a la pared. Dios, me pone burrísimo.
Cuando me tocó a mí, encajó su erección entre mis nalgas y empezó a frotarse despacio. La mano libre me recorría el cuello, las axilas, los costados. De vez en cuando me mordía la nuca o me dejaba caer la respiración cerca de la oreja.
—Tenemos que salir ya. Mis compañeros están al caer —murmuró.
Un azote sonoro me cerró el capítulo.
Nos secamos pegados; el baño era pequeño y ninguno de los dos había bajado la guardia. Verlo desnudo y duro no ayudaba. Tenía las dos axilas expuestas mientras se frotaba la espalda con la toalla. No pensé. Me acerqué hasta tener la nariz pegada a una de ellas y le pasé la lengua del hueco al bíceps.
Le agarré las muñecas. Es mucho más alto y más fuerte que yo, pero se arrodilló en cuanto se las llevé sobre la cabeza. Con la otra mano cogí mi rabo y le acaricié los labios con el glande, presionando suavemente. Abrió la boca y empezó a tragar con hambre. Sentía cómo me jugaba con la lengua y cómo apretaba la garganta. El efecto ventosa era brutal.
Le sujeté la cara con la mano que tenía libre y empecé a follársela despacio, después más rápido, hasta que el vaivén se volvió natural como las olas. Antes de pasarme de la raya, me la saqué de la boca y se la posé en los labios.
—Venga, pirata, que me prometiste una cena.
***
Salí al cuarto con la toalla en la cintura. Dembe me siguió sin nada puesto, los ojos brillantes, el pecho subiendo y bajando.
—Eres, eres… —La respiración le salía cortada—. Eres un cabronazo. La culpa la tengo yo por hacerlo antes, pero ¡joder!
No terminó. La puerta de la calle se abrió y la luz del salón se coló en el dormitorio. Era Hugo.
—Que sepas que me debes una. Una muy gorda —me susurró antes de morderme el labio y cerrar la puerta.
Hugo era el inquilino más viejo, un tipo flaco de unos cincuenta años, serio y adicto al trabajo. Lo conocía porque solía venir con mi hermano, el dueño del piso. Cruzamos un saludo seco en el pasillo, le dije que Dembe me iba a enseñar a cocinar y desapareció en su habitación.
***
En la cocina, Dembe me ascendió a pinche y me mandó a cortar cebolla. Cuando cayó al aceite caliente, la cocina se llenó de aroma.
—Este olor es el olor a casa —dijo con una sonrisa nostálgica.
Añadió unas caraotas precocidas con su caldo y lo dejó hervir hasta que el aceite tomó un color oscuro. Después el arroz, que se fue tiñendo. Me pasó la pala y me puso las manos en las caderas, marcando con su cuerpo el ritmo de una cancioncilla que tarareaba en mi oído.
El olor cambió a cereal tostado. Sirvió en un plato grande, calentó unas arepas finas y coronó el arroz con cubos de queso blanco dorados.
—Llévalo al salón. La bebida es sorpresa.
Oí la batidora desde el salón. Volvió con dos jarras de cristal llenas de un líquido pálido con mucho hielo, una ramita de canela atravesada y polvo de canela espolvoreado sobre la espuma.
—En mi país a esto le decimos chicha —dijo sentándose enfrente—. Te traje el tenedor por si te ves más cómodo. Yo te voy a enseñar cómo lo hacemos en Venezuela.
Cortó un trozo de arepa, lo dobló entre los dedos como si fuera una cuchara, atrapó arroz con un poco de queso y, después de pensarlo un instante, me lo acercó a la boca. Me dio de comer. La textura del arroz, el queso fundido, y sobre todo la timidez con la que Dembe me mostraba su tierra.
—La chicha está hecha con arroz molido, canela y un toque de vainilla —explicó—. Por eso ese fondo tostado. La ramita la metes para mover el sedimento. Como te quité antes el tesoro escarbando dentro de ti, ahora te devuelvo otra cosa. Algo dulce.
Olía a canela y a algo más profundo. Estaba helada. Contrastaba con el arroz salado y caliente. Un yin y yang en la boca. Comí con las manos como él. De vez en cuando nos dábamos comida el uno al otro y un calor distinto, no de deseo, se me instaló en el estómago.
***
Estábamos fregando los vasos cuando la puerta de la calle se abrió de un golpe. El ruido resonó por toda la casa.
—¡Joder, no puede ser! —Dembe se secó las manos y corrió al salón—. ¡Mateo, me dijiste que no ibas a beber!
—¡Cállate, negro de mierda! ¡Me echaste a la calle para follarte a tu noviete! ¿Querías que me quedara muerto del asco?
Venía peor que el día anterior. Dembe le habló sin levantar la voz, le ofreció ducha y cama. Mateo respondió con un grito brutal:
—¡Que no me toques, hijo de puta!
Yo no quería meterme. Se lo había prometido. Pero ver cómo aquel borracho lo insultaba mientras Dembe seguía intentando ayudarlo se me estaba atragantando.
—¿Cómo conseguiste el alcohol? —insistió, sin entrar al insulto—. ¿No habrás robado?
Mateo no respondía. Entonces me vio.
—¿Y tú qué miras, desgraciado? ¿Te crees mejor que yo?
—Lo siento mucho —me dijo Dembe, mirándome con disculpa—. Si quieres, puedes esperar en mi cuarto.
—Ni loco te dejo solo —contesté firme.
Mateo se separó, nos miró con asco y empezó a caminar hacia su habitación. No tuve tiempo de ver el movimiento cuando Dembe lo paró en seco contra la pared.
—Ayer fue un retrato y te fuiste con un golpe en las costillas. No queremos que hoy se nos vaya de las manos, ¿verdad?
—¿Qué pasó para que volvieras así?
Mateo se vino abajo. El hombre que gritaba como una furia hace dos minutos se deshacía en el suelo, llorando como un niño. Dembe se sentó con él y me guiñó un ojo: «estoy bien, relájate».
Entre sollozos, Mateo desenrolló la noche. Había cruzado a su ex, Carla, con la pequeña Sofía. Carla se había puesto a gritar que la perseguía, que quería quitarle a la niña. Bruno y sus colegas lo sacaron del barrio y terminaron en un garaje bebiendo.
—¿Qué vida puedo darle yo a Sofía? —repetía—. Si no fuera por ti no tendría ni dónde dormir.
Le traje agua. Dembe lo abrazaba como si nada. Lo metió en la cama y esperó a oírlo roncar. Le sacó las llaves del bolsillo y se quedó mirando la puerta. Temía que se escapara.
***
El silencio era espeso. Solo se oían los ronquidos de Mateo. Hugo no se movía: o dormía profundo, o se hacía el dormido para no presenciar la función.
—Venga, vámonos —le dije, tomándole la mano.
Me apretó la mano con fuerza, pero estaba apagado. Me incliné y le pegué la frente a la suya. Le acaricié la nuca, el cuello, el hombro. Le dejé un beso largo y, durante el beso, le saqué las llaves del bolsillo. Antes de que reaccionara, ya estaba en la puerta cerrándola por dentro.
—Igual lo de los motines se te da, pero carcelero no creo que sea lo tuyo —dije, guiñándole un ojo.
—Sigues aquí, ¿no? Igual es que no lo hago tan mal.
—Puede que tenga una deuda que pagar.
—Te corrijo: «me debes una, una muy gorda».
Su cuerpo se pegó al mío. El aliento caliente me chocaba la cara. Le agarré la cintura, le metí los dedos por debajo del pantalón, le ofrecí el cuello inclinando la cabeza. Sus dientes lo atraparon. Un gemido escapó de mi boca.
—Ssssh, capitán, vas a despertar a los vecinos. Te quiero solo para mí.
Me levantó la camiseta y bajó a morderme los pezones. Mis manos le pidieron, presionando, que apretara más. Apretó más. La otra mano enorme me agarraba el costado mientras la lengua jugaba con un pezón y después con el otro. Yo me mordía el labio para no hacer ruido.
Bajó por el tórax, me lamió las caderas, me bajó los pantalones de un tirón y los lanzó. Sacó la lengua y, mirándome a los ojos, me lamió los huevos por encima de la tela.
Se sentó en el suelo con la espalda contra la puerta, justo entre mis piernas. Me mordió el culo y, sin bajarme el slip, apartó la tela. La lengua entró impaciente pero medida, haciendo círculos para luego colarse y succionar. Tuve que sujetarme a la puerta porque las piernas me temblaban.
Miré hacia abajo. Se sacó el rabo del pantalón. Una mano le sujetaba la tela apartada de mi nalga, la otra se masturbaba con furia. Empecé a imitarlo.
Estaba a punto de correrme. No quería. Me separé. Me quité el slip y la camiseta, y se la até sobre los ojos. Me alejé desnudo y lo observé: el gigante con el rabo apuntando al techo y una venda improvisada.
Entonces me acordé. Fui a la cocina. Las dos jarras seguían allí, los hielos derretidos, la chicha más espesa por el reposo. Junté todo en un vaso y volví al salón.
Dembe movía la mano para asegurarse de que el vaso estuviera ahí. Me arrodillé entre sus piernas y, sin pensarlo, le pasé la lengua por el rabo. Se tragó un suspiro. Le succioné el glande, lo lamí, lo olí. Le retiré el preseminal con el dedo y se lo metí en la boca, donde su lengua áspera lo recibió con devoción.
Terminé de bajarle el pantalón. Le acerqué el vaso a la boca para impedirle hablar. Cuando lo aparté, le volqué un poco del contenido encima del rabo. Tembló por el frío. Mi boca fue a abrigárselo, cubierto ahora de canela y arroz molido. Su olor, el preseminal y la chicha hicieron una mezcla obscena.
Rebañé con un dedo y se lo acerqué a la boca, esta vez sin meterlo.
—Saca la lengua y disfruta —susurré en su oído.
Obedeció. Me apresó por la espalda y me pegó a su pecho. Beso largo, ese baile de su lengua. Sin que me diera cuenta, me quitó el vaso de la mano, me tumbó en el suelo y, sentado sobre mi estómago, vació lo que quedaba sobre su polla. El líquido que sobraba me caía sobre el pecho, frío y espeso.
Se dejó caer y pegó la cara a mi pecho, recogiendo la chicha con la lengua, llevándomela a los pezones. Yo reprimía los gemidos en la medida de lo posible.
Sus manos me presionaban la cara interna de los muslos. Mis piernas se le iban subiendo hasta que descansaron sobre sus hombros. Ahí lo noté. Su rabo, lubricado por su líquido y por la chicha, reclamaba paso. Entró del tirón. Mi cuerpo se abrió en dos. No forzó. Esperó quieto mientras me lamía los pezones, me acariciaba la cabeza, los huevos. Cuando moví yo mismo las caderas, supo que ya podía hacerme suyo.
Recuperó al toro. Se dejó caer sobre mi pecho sin salir, entrelazando sus dedos con los míos. Usaba las piernas para alejarse y volver, dejándose caer por su propio peso. Cada embestida me clavaba contra el suelo.
Hundió la cara en una de mis axilas y la olisqueó como un animal. Después la fue besando despacio, sacando la lengua tímida, lamiéndola entera. Las embestidas se le hicieron más intensas. Me lamió el cuello, me clavó los dientes y, al mismo tiempo, entró a lo más profundo. Sentí el chorro caliente desbordándome.
***
Se desplomó sobre mí. Me sonreía sin liberarme las manos.
—Creo que ya pagué mi deuda, ¿no? —susurré.
—Fue un delito doble, ¿no recuerdas? Vas a tener que pagarlo entero.
Sin quitarse la venda, repitió lo de la tarde: se sentó sobre mí y se metió mi rabo entre las nalgas. Esta vez no se quedó ahí. Se la clavó de un golpe seco. Sentí cómo sus nalgas tocaban mis muslos. Respiró hondo y empezó a cabalgarme.
Este tío es la puta leche. En el suelo del salón, con los compañeros durmiendo, vendado, montándome sin verme.
La luz de la habitación de Hugo se encendió.
Dembe no veía nada. No sé de dónde saqué la fuerza, pero lo levanté de mi cuerpo y lo empujé contra la pared. Quedó de espaldas, con las piernas abiertas sobre las mías. Yo estaba de rodillas, las manos sujetas a su camiseta. Si Hugo no encendía las luces del pasillo, no tendría por qué vernos.
Le puse un dedo en los labios para que no hablara y le quité la venda. Le señalé la puerta. Hugo salió como un zombi, no encendió nada, entró al baño. Enseguida oímos el chorro contra el agua.
Dembe pegó la cabeza a la pared, asustado. Yo estaba excitado. Le mordí la parte sana del labio. Le levanté un poco las piernas para apoyarlo entre la pared y las mías. Cuando vi que la postura aguantaba, le metí la polla mirándole a los ojos.
Él decía que no con la cabeza mientras yo decía que sí. Hasta que su propio cuerpo empezó a moverse al compás del mío. Sus caderas me ayudaban a follármelo. Su lengua besaba lento. Apreté la nariz contra su piel y empecé a lamerle el cuello. A su movimiento de pelvis se le sumó otro de presión: contraía y dilataba el ano mientras me lo follaba, dejándome la polla atrapada dentro. Que volviera a tener el control de mi placer me volvió loco.
Oímos cerrarse la puerta de Hugo. La luz se apagó. El peligro se fue. Me lancé contra su oreja, la lamí, la mordisqueé hasta que un gemido suyo sonó demasiado cerca de mi oído. Eso bastó. Mi polla se hinchó y disparó en su ano apretado.
***
Nos quedamos ahí sentados, lamiéndonos el sudor, sin salir de él, sin dejar de mirarnos. Nos comimos a besos. Él me mordía el hombro, yo le lamía la punta de la nariz. Estuvimos así un buen rato, hasta que la hora se nos cayó encima. Recogimos el resultado de nuestra pequeña aventura y nos fuimos a la cama. Mi intención era irme a casa, pero Dembe, mi gigante con camiseta y desnudo de cintura para abajo, no me dejó vestirme y me arrastró a su cama.
—Capitán, el motín no ha terminado —susurró mientras nos tumbábamos en su nido—. No voy a dejar que te vayas.
Nos quedamos abrazados hasta que el sueño nos atrapó.