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Relatos Ardientes

Mis compañeros de piso no sabían que los miraba

La puerta de la estación de autobuses se abrió despacio y, al otro lado, me esperaba un mundo entero de cosas que todavía no había vivido. Una ciudad nueva. Para mí, una vida nueva.

El verano caía sobre el asfalto como una plancha. Arrastré la maleta por la acera hirviente, cubierta apenas por un vestido de tirantes y una falda corta, con los pies medio cocidos dentro de las chanclas. Sudada y agotada, llegué por fin a la dirección que me habían dado: un piso en un barrio tranquilo, de fachadas limpias y balcones con plantas.

Toqué el timbre y abrió un chico con una sonrisa enorme, vestido solo con un pantalón muy corto.

—¿Alquilas una habitación? —pregunté.

—Eso ponía en el anuncio —respondió, y se hizo a un lado para dejarme pasar.

Me condujo hasta lo que iba a ser mi refugio. Una cama, un ropero, una estantería y una mesa para el ordenador. Suficiente. Me enseñó el resto de la casa: otro dormitorio con una cama de matrimonio enorme y su propio baño, y una tercera habitación que usaban como despacho. Yo tendría el segundo baño casi para mí sola y derecho a la cocina.

—¿Cómo te decidiste a compartir piso? —pregunté por decir algo.

—Cosas que pasan. Fue una decisión conjunta.

No entendí del todo la respuesta, pero estaba demasiado cansada para insistir.

—Me llamo Sergio, por cierto —añadió.

—Lucía. Encantada. ¿Te importa si me ducho? El viaje me ha dejado hecha polvo.

—En el armario del pasillo hay toallas. Lo demás lo tienes en tu baño.

El agua tibia me devolvió a la vida. Salí con una toalla anudada sobre los pechos, el pelo goteándome por la espalda, y me di de bruces con otro chico en el pasillo. Un desconocido. Muy guapo, todo hay que decirlo, con el mismo atuendo escaso que Sergio: unas bermudas ajustadas y nada más.

—Hola, guapa. Tú debes de ser la invitada.

—No creo que se me pueda llamar así —dije, sujetando la toalla—. Me ha alquilado la habitación.

—Soy Damián. Yo también vivo aquí.

Aquello me sorprendió un instante, pero lo dejé pasar.

—Ah. Bien.

Supuse que sería un amigo de Sergio, alguien de paso. Me metí en mi cuarto a ponerme algo encima: un pijama de verano, un short ligero y una camiseta de tirantes mínima.

***

Salí al salón a ver la tele con ellos un rato. Sergio cocinaba algo que olía de maravilla. Damián se había puesto más cómodo todavía, con un culotte de lycra que le marcaba la cadera como si lo llevara pintado sobre la piel. Le marcaba también otras cosas, y yo no conseguía apartar la mirada.

Me acerqué a la cocina con la excusa del olor.

—Huele increíble.

—Pues pon la mesa, que no le falta nada.

—Pero si yo no he preparado nada.

—Hay de sobra. No te preocupes, hoy invitamos nosotros.

Mientras ponía los platos, empecé a sospechar algo. No era nada que pudiera señalar con el dedo. Ninguno de los dos tenía maneras amaneradas, ni gestos de cara a la galería. Pero la forma en que se movían el uno alrededor del otro, los roces al cruzarse en la cocina, las miradas que duraban medio segundo de más, no eran de simples amigos.

Fue Sergio quien lo dijo, sin darle importancia, sirviendo el vino.

—Somos pareja. La cama grande es nuestra.

—Ya lo había deducido —contesté—. Sola.

—¿No te importa?

—Claro que no. No soy quién para juzgar a nadie.

Cenamos los tres, y entre el vino y las bromas se me fue pasando la vergüenza del primer día. Sabiendo que solo había dos camas —la mía y la suya—, no hacía falta ser muy lista para entender cómo funcionaba la casa. Sus risas, sus roces, la mano de uno apoyada un instante en la nuca del otro me lo dejaban claro.

Y a los postres, cuando los sorprendí dándose un beso largo apoyados en el marco de la puerta de la cocina, un beso lento, con lengua, sin prisa, terminé de convencerme. De convencerme y de algo más.

Yo iba cargada de platos sucios y los dos se quedaron mirándome, sonriendo, sin separarse del todo.

—¿No te escandalizas? —preguntó Damián.

—En absoluto. Me parece genial que os queráis.

Y zanjamos el asunto. Pero viéndolos ahí plantados, tan guapos, con esos cuerpos casi al descubierto, sentí un calor que no tenía nada que ver con el verano. Pensar en lo que harían en aquella cama enorme, a tres metros de mi pared, me dejó húmeda y un poco aturdida.

***

En el salón me senté en el sillón y ellos en el sofá. Al rato, Sergio se tumbó y le puso los pies sobre los muslos a Damián, que se los empezó a masajear con toda naturalidad. Los miraba de reojo, fingiendo atención a la tele, y la verdad es que habría dado cualquier cosa por ser yo la de los pies acariciados.

Las manos de Damián no se quedaron quietas. Subieron por las pantorrillas, la rodilla, el muslo, hasta rozar el borde de la tela del short. Y cuando vi que bajo esa tela algo empezaba a crecer y a tensarse, los dos se levantaron a la vez, me dieron las buenas noches y se retiraron a su cuarto.

Me quedé sola en el salón, con la respiración alterada y el televisor parpadeando contra las paredes. No me escondí. Aparté el pantaloncito hacia un lado y me toqué con rabia, ahí mismo, en el sillón. Hundí los dedos en mi propia humedad mordiéndome el labio para no hacer ruido. Me saqué los pechos entre los tirantes finos de la camiseta y me apreté los pezones hasta el borde del dolor.

No tenía celos. No era eso. Estaba simplemente fuera de mí. No habría sabido decir con cuál de los dos me quedaría si me dieran a elegir; los quería a los dos, quería verme apretada entre sus cuerpos. Metía y sacaba los dedos cada vez más rápido, imaginándomelos desnudos al otro lado de la pared, hasta que me corrí pensando en ellos.

***

Los días siguientes los pasé instalándome. Ordenando el cuarto, empezando en el trabajo nuevo, haciendo las compras básicas. Apenas coincidía con ellos, y cada noche, a solas, en mi cama o en el mismo sillón, me masturbaba imaginándolos. Lamiéndose la piel, besándose, follándose. No sabía cuál de los dos ponía el culo y cuál embestía, ni si se turnaban. Mi cabeza divagaba sin freno.

El calor del piso, sumado a su ejemplo, hizo que poco a poco yo también empezara a ir con lo mínimo por la casa. A veces unas bragas y una camiseta corta. A veces salía del baño con los pechos al aire, o directamente desnuda, sin pensarlo. Ellos no se inmutaban. Lo tomaban como lo más normal del mundo, y a mí esa naturalidad me ponía aún más.

Ellos tampoco se cubrían demasiado. De los pantalones cortos pasaron a los bóxers, y de los bóxers a nada. Cruzaba el pasillo y me encontraba a uno de ellos completamente desnudo camino del despacho, con ese torso fuerte y esa espalda ancha, sin el menor pudor. Llegué a pensar que el dinero del alquiler les daba igual, que no tenían problemas económicos, y que lo que de verdad les gustaba era mostrarse así delante de otra persona.

Porque eso era lo desconcertante: parecían disfrutar del juego, del pequeño exhibicionismo, pero no daban señal de excitarse conmigo. Lo cual, siendo ellos lo que eran, tenía toda su lógica.

Así fue como la ropa fue desapareciendo en los tres. Yo me quedé en bragas y nada más; ellos, cada vez más a menudo, sin absolutamente nada. Terminé imitándolos, y la mayor parte del tiempo andábamos los tres desnudos por la casa como si fuera lo más corriente.

—Joder, qué poco os cortáis —solté una tarde, medio en broma.

—Estamos más cómodos así —dijo Sergio—. Y no parece que tú te lo tomes a mal.

—Bueno… no me importa demasiado. Estáis muy bien, la verdad. Veros así es un espectáculo agradable.

Lo dije ligero, riéndome, pero por dentro era pura tensión. Andaba caliente todo el día, y eso, lejos de molestarme, me encantaba.

***

Una noche tuvieron el descuido —si es que fue un descuido— de dejar la puerta de su dormitorio abierta. Yo estaba en el sillón del salón, y desde allí, con solo girar la cabeza, pude contemplar por fin lo que durante semanas me había imaginado a oscuras. Nunca me confesaron si la dejaron abierta a propósito. Prefiero no saberlo.

Desnuda del todo, con un muslo apoyado sobre el brazo del sillón, me acaricié mientras los miraba. Vi sus cuerpos, los que tanto deseaba, lamiéndose, besándose, recorriéndose con las manos. Vi cómo al momento siguiente uno se hundía en el otro, despacio primero, con fuerza después.

Oía sus jadeos, sus suspiros, las palabras de cariño que se decían al oído. Yo también gemía, pero bajito, intentando no interrumpirlos, aunque sospecho que ni eso les habría molestado. Tenía dos dedos clavados dentro de mí y la otra mano apretándome un pecho, los ojos fijos en aquel cuadro que parecía hecho para mí.

Y entonces cambiaron. El que había estado embistiendo se tumbó boca arriba, abrió los muslos, y el otro se montó encima y se la clavó él mismo, marcando el ritmo. Así descubrí que en mis sueños más calientes había acertado: los dos eran versátiles. Los dos follaban y los dos eran follados. Y yo podía verlo todo, en directo, sin filtros.

***

Desde aquella noche ya no se cortaron delante de mí. Lo hacían cuando les apetecía, donde les pillaba. A veces los encontraba en el sofá, uno a cuatro patas y el otro detrás. A veces llegaba a casa y me topaba con uno arrodillado en la cocina, con la boca llena del otro. Una mañana me levanté y estaban frotándose juntos bajo el agua, en mi ducha, devorándose la boca con ansia. Era como tener porno en vivo, a cualquier hora, en cada rincón del piso.

Supongo que tener una espectadora los excitaba. Que les sacaba una vena que con la puerta cerrada no habrían soltado. Puede que dieran su mejor versión justo cuando notaban que yo me tocaba mirándolos, aunque jamás me dirigieran una palabra ni una caricia. Sabían perfectamente el efecto que tenían sobre mí. Andaba cachonda de la mañana a la noche, y en cuanto podía me escapaba a mi cuarto, o no me escapaba a ningún sitio, y me hacía un dedo donde estuviera. Los orgasmos eran incontables.

Cuando lo hablábamos —porque a veces lo hablábamos, con una cerveza fría y mucha risa— los tres reconocíamos estar contentos con la situación. Como buenos amigos, capaces de compartir esos ratos sin tensiones ni reproches. Yo había llegado a aquella ciudad buscando una vida nueva, y vaya si la había encontrado.

Nunca llegué a cruzar la línea que separaba mi sillón de su cama. No hizo falta. Me bastaba con mirar, con desearlos en silencio, con saber que ellos sabían que los miraba. Esa era nuestra forma de entendernos, y era, sin lugar a dudas, la época más intensa que había vivido jamás.

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Comentarios (5)

Gato_nocturno

que morboso, me encanto!!!

LucianoR_85

Esperaba que lo descubrieran al final, me quede con ganas de saber que pasaba si se enteraban. Excelente igual!

PabloMiranda_BA

Me pregunto si los compañeros lo notaron en algun momento o si siguieron sin saber nada... la ambigüedad al final me gusto mucho.

CarmenTucuman

Algo parecido me paso en un departamento compartido hace años, jaja. Uno no puede apartar la vista aunque sabe que no deberia. Muy bien narrado.

VenecianoK

increible la tension que genera, bien logrado

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