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Relatos Ardientes

Espero a mi macho camionero hasta la madrugada

Mi macho conduce camiones por toda la península y, una vez a la semana, su ruta lo deja varado en mi ciudad. Esa noche duerme conmigo. Sin discusión, sin invitación previa. Es así desde hace casi dos años y los dos sabemos para qué viene.

Es un cuarentón macizo, calvo, casi un metro noventa de carne y panza dura. Tiene el pecho cubierto de pelo negro y canoso, los brazos gruesos como muslos, una espalda ancha de mulo. No es guapo. La cara la tiene desordenada: la nariz quebrada de un viejo golpe, los labios pesados y siempre húmedos, una barba sucia que nunca se decide a recortar. Los ojos los tiene amarillentos de fumar dos paquetes diarios.

Debajo del cinturón guarda lo que para mí es la razón de cada espera: una polla larga y gruesa, marcada de venas, con un par de huevos del tamaño de mandarinas que le cuelgan bajos. Hasta cuando la tiene blanda parece una amenaza.

Es un hombre brusco, grosero, sin modales. Cuando entra en la ciudad me suena el móvil y escucho su voz pastosa:

—Ya estoy aquí, marrana. Me voy a cenar con dos compañeros y a beber unas cervezas. No sé a qué hora caigo. Tú espérame despierta.

Y cuelga.

A veces son tres horas, a veces cinco. Una vez me tuvo prendida hasta las cinco de la mañana. Da igual. Cada minuto de retraso me sirve para prepararme con calma y para ponerme cachondo poco a poco, como una olla a fuego lento.

Empiezo por una doble lavativa, lenta y profunda, hasta quedar limpio por dentro. Después la ducha, el afeitado entero del cuerpo, las cejas marcadas, las uñas pintadas de un rojo oscuro. Me lubrico el culo con los dedos y voy ensanchándomelo con plugs cada vez más gruesos. Quiero llegar a la noche con el agujero ya abierto, ya rendido, para que cuando él me embista no haya nada que se resista.

***

Con el plug puesto, paso a la cara. Me maquillo despacio frente al espejo del baño, como si fuese a salir a un escenario. Base, colorete, sombras oscuras, pestañas postizas, eyeliner grueso, los labios pintados de un rojo de puta vieja. Esa es la palabra que uso conmigo mismo mientras me retoco.

Puta. Esa misma palabra que él va a escupirme apenas cruce la puerta.

Me ajusto una peluca rubia de pelo largo y liso. Un tanga de encaje, medias hasta el muslo, un sujetador relleno y una bata de seda transparente que no tapa nada. Pendientes largos. Un perfume dulzón en el cuello y entre las nalgas.

Pongo porno en la televisión, subo la calefacción hasta sudar. Cuanto más se demora él, más caliente me pongo yo. Cambio el plug por uno más grande. Me siento en el sofá con las piernas abiertas mirando la pantalla, pellizcándome los pezones, lamiéndome los dedos, esperando.

Pasadas las doce escucho el motor de su camión aparcando abajo. Después la puerta del portal. Después el ascensor. Después la cerradura.

Entra como entra siempre: borracho hasta los huesos. Apesta a cerveza, a tabaco, a sudor de carretera. Tiene los ojos rojos y la mirada turbia. Me ve maquillado y enseña los dientes en una mueca que no es del todo una sonrisa.

Me acerco a darle un beso. Él me empuja la cara con la mano abierta y se deja caer en el sofá.

—Tú no me beses, marica. Tráeme algo de beber. Whisky con hielo. Doble.

Voy a la cocina y le sirvo un vaso ancho hasta arriba. Cuando vuelvo, ya tiene la camisa medio abierta, el pelo del pecho asomando, las piernas separadas. La entrepierna se le marca como una culebra dormida bajo el tejano.

Me siento a su lado, le doy el vaso. Le miro beber. Le miro fumar. Le miro respirar.

—¿Qué cojones miras tanto, zorra?

—A ti. Me gusta mirarte.

Le pongo la mano sobre el muslo. Esta vez no me la quita. La voy subiendo despacio hasta el bulto. Aprieto. Está semidura ya, gruesa, caliente bajo el vaquero. Él se recuesta hacia atrás y suelta una bocanada de humo hacia el techo.

—Eso es lo que viniste a buscar, ¿no, puta?

—Sí.

Se desabrocha el cinturón él mismo, como aburrido. La polla se le marca debajo del calzoncillo gris, con un cerco amarillento en la punta de la última meada. Le bajo el calzoncillo despacio y le aplasto la cara contra los huevos. Huele a sudor de tres días en cabina, a cuero del asiento, a calor de hombre. Le huelo como si me drogara. Saco la lengua y le lamo desde abajo, desde el escroto, hasta el capullo. Me lo meto entero en la boca antes de que pueda decirme nada.

—Eso es… chupa, perra. Para esto naciste.

***

Su polla es demasiado grande para mí. Nunca me cabe entera. Él lo sabe y le encanta. Me agarra de la nuca con su manaza y me la mete hasta donde quiere. Yo aprieto los ojos, contengo las arcadas y me trago las lágrimas que se me escurren por el rímel.

—¿Cuándo aprendiste a chupar tan bien? —se ríe—. Seguro que de chaval ya andabas detrás de los obreros del barrio. Seguro que se la mamabas a todos los albañiles que arreglaban tu calle. ¿Eh, marrana? ¿A cuántos hombres se la has chupado este mes?

No le contesto. Tengo la boca llena y él tampoco quiere una respuesta de verdad. Quiere oírse. Quiere humillarme. Y a mí me funciona como un interruptor: cada palabra suya me empuja la polla contra el tanga.

Saca de pronto la verga de mi boca y me escupe en la lengua. Un escupitajo gordo, cargado. Acierta al fondo. Me escupe otra vez en los labios. Otra en la mejilla. Yo abro la boca como un cachorro y saco la lengua, agradecido.

—Eres una puta barata —murmura—, pero sabes cómo ponerme cachondo.

Me la mete de nuevo. Esta vez sin contemplaciones. Me agarra la cabeza con las dos manos y me folla la boca a empujones, embistiéndome desde el sofá. Yo me bajo el tanga con una mano y me la sacudo despacio mientras él me usa. El pintalabios rojo se me corre por los pómulos, la baba me cuelga hasta el pecho, los pendientes me cabecean en cada embestida.

La primera corrida le viene antes de lo que él pensaba. Lleva una semana entera sin tocarse, conduciendo de madrugada y aguantando. Cuando empieza a soltar, me lo avisa con un gruñido bestial. Siento el primer chorro caliente al fondo de la garganta y después otro y otro. No para. Embiste, gruñe, me clava los dedos en el cráneo, me mantiene quieto para que no se le escape ni una gota.

Trago todo. Trago hasta la última. Cuando por fin afloja, me deja la polla dentro de la boca, recostado, con los ojos cerrados y la respiración ronca. Yo me quedo así, quieto, sintiendo cómo se le va aflojando despacio. Después le recorro con la lengua, le limpio el capullo, le sorbo lo poco que queda asomado. Aspiro el olor a leche y a sudor como si fuese un perfume caro.

Él se enciende otro cigarro. Echa el humo hacia el techo y baja la mirada hacia mí.

—Joder, puta de mierda… límpiamela bien. Un día de estos voy a traer a Romero y a Veneno, los dos del depósito de Andújar. Ya les hablé de ti. Quieren probarte. Quieren correrse todos en la misma boca.

Yo asiento sin sacar la lengua de su polla. La idea me pone más cachondo todavía.

***

Cuando termino, me aparta de un manotazo y se queda viendo el porno de la pantalla. Es porno hetero, brutal: pandillas de tíos turnándose con una sola chica. Sé que necesita descansar un poco antes del segundo asalto. Le sirvo otro whisky doble. Me pongo delante de él, abro la bata y me giro de espaldas. Saco el plug despacio, dejando el agujero abierto y lubricado a la vista.

Él gruñe.

—Mírate, joder… Pareces un coño abierto. Ven aquí. Me estoy meando.

Se me hace la boca agua. Lo estaba esperando. Me tiendo en el suelo, sobre las baldosas frías, con la cabeza inclinada hacia arriba. Él se pone en pie sobre mí, con la polla aún hinchada apuntándome.

Suelta el primer chorro. Es denso, caliente, oscuro de tantas cervezas. Me cae primero en el pecho, después en el cuello, después en la cara. Cierro los ojos y abro la boca. La meada es larga, infinita, espesa. Me empapa el pelo de la peluca, el sujetador, las medias. La boca no me da abasto: trago lo que puedo, el resto resbala por el cuello hasta el suelo.

Cuando termina, se la sacude sobre mi lengua. Le saco hasta la última gota lamiéndole el capullo. Sigo mamándole, despacio, sin prisa, hasta que noto cómo se le va volviendo a poner dura entre mis labios. La verga le crece otra vez dentro de mi boca como un animal que despierta de la siesta.

—Ven aquí —dice—. A cuatro patas. Quiero ver ese culo que tanto cuidas.

***

Me pongo a cuatro patas en la alfombra empapada. Él se arrodilla detrás de mí. Me separa las nalgas con sus manos rudas, escupe en mi agujero, frota el capullo contra el esfínter. Empuja despacio al principio. Después lo empuja todo de golpe.

Siento mi cuerpo abrirse entero, llenarse de él. Es enorme, caliente, palpitante. Me agarra de la cintura con las dos manos y empieza a embestirme.

Al principio despacio, midiendo el ritmo. Después cada vez más fuerte, más rápido. Sus muslos chocan contra mis nalgas con un ruido seco. Su panza pesada me cae sobre la espalda. Su barba me roza la nuca y me babea. Me agarra del pelo de la peluca, tira hacia atrás, me gira la cara para mirarme.

—¿Te gusta, marrana? ¿Te gusta sentirme dentro?

—Sí… sí… más…

Me escupe en la cara mientras me folla. Me muerde el cuello. Me aprieta los pezones por encima del sujetador. Yo me sacudo la polla con una mano. La otra la tengo en el suelo para no caerme. Él me embiste como si quisiera atravesarme. Cada estocada me sacude entero.

Le lamo el sudor del brazo cuando me lo pasa por delante de la cara. Le lamo la calva cuando se inclina hacia delante. Le huelo el sobaco peludo, le lamo los pelos mojados. Soy feliz así. Soy feliz cuando me escupe, cuando me mea, cuando me insulta, cuando me usa como un trapo.

Sé que se va a correr porque empieza a respirar distinto. Profundo, ronco. Sus embestidas se vuelven irregulares.

—Dámela —le susurro—. Dame mi premio, cabrón…

Y entonces noto el calor explotando dentro de mí. Él grita algo entre dientes, una palabrota larga que no termino de entender. Tiene espasmos. Me clava los dedos en las caderas hasta dejarme moratones. Se queda enterrado al fondo, agotado, jadeando sobre mi espalda.

Acabo yo también, sin tocarme apenas, manchando la alfombra debajo.

Él se desploma sobre mí con todo su peso, sin sacarla. Así nos quedamos, él encima, su polla todavía dentro, su barba apoyada en mi hombro. En cuestión de minutos empieza a roncar como un motor al ralentí.

Yo no me muevo. Le huelo el cuello. Le lamo la mandíbula con cuidado, sin despertarle. Le acaricio el brazo peludo despacio, como si fuese mi tesoro más caro.

Ojalá la semana que viene cumpla su promesa y se traiga a Romero y a Veneno. Ojalá lleguen los tres borrachos, sudados, cachondos. Ojalá sean tan cerdos como él. Ojalá me usen entre los tres hasta que no me quede ni una gota de orgullo ni de aliento.

Pero eso será otro día. Esta noche es solo mía, solo suya. Me arrincono debajo de él, intentando que su polla no se me salga del culo, y cierro los ojos sintiéndolo aún caliente dentro.

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Comentarios (6)

DiegoMM

que calor madre mia!! tremendo relato

Danix91

Por favor continuacion, me quede con ganas de mas. Muy bien escrito

SantiagoR_77

Me recordo a una espera que tuve yo una vez. Esa anticipacion lo es todo, se siente en cada linea. Muy bien contado

NocheGBA

Lo que mas me gusto es como transmitis la tension de la espera. Se nota que sabes escribir

ToniGzz

excelente!!! sigue escribiendo mas relatos asi

Facundo

Hay segunda parte? quiero saber como termino la noche jajaja

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