La tarde de verano en que mi primo me sorprendió
Era pleno enero y el pueblo entero parecía derretirse bajo el sol. En la casa de la abuela hacía un calor de horno, de esos que se meten debajo de la piel y no se van ni con la ducha. El ventilador del rincón giraba con un zumbido cansado, más ruido que viento, mientras Diego y yo nos tirábamos en la cama de la pieza del fondo con las persianas a media asta.
Mi primo había despachado a su novia Carla con la excusa de siempre.
—Tengo que ayudar a Mateo con unas cuentas de la facultad —le había dicho, y cerró la puerta con llave en cuanto ella se fue.
Volvió con dos cervezas heladas que había escondido en el fondo del congelador y se dejó caer a mi lado. La lata sudaba igual que nosotros.
—A ver, rey del misterio —arrancó, clavándome un codazo—. ¿Es verdad lo que andan diciendo en el grupo de la facultad o es puro cuento?
—Cortala, Diego. No empieces otra vez con lo mismo.
—Tranquilo, fiera. Es curiosidad científica, nada más. Carla me tiene la cabeza llena de teorías. Dice que las mujeres huelen la inseguridad a kilómetros. Que si vos andás escondiendo lo que tenés como si fuera un delito, se nota, y te terminan dejando.
—Claro. Y vos sos el gran experto.
Diego soltó una carcajada sin ofenderse, esa risa fácil que tenía desde chico.
—Experto certificado, primo. Dale, dejame ver al famoso monstruo. Palabra que no me río. Te lo juro por la abuela.
Suspiré, muerto de una vergüenza que arrastraba desde el secundario. Era el tema que más me costaba en el mundo. Nunca me había desnudado tranquilo delante de nadie, ni siquiera en el vestuario del gimnasio. Prefería el chiste, prefería esconderme.
—Cero comentarios, ¿estamos? Me tenés cansado.
—Ni uno. Solo quiero que te des cuenta de que no tenés nada que envidiarle a nadie.
***
No sé por qué le hice caso. Quizá por el calor, quizá porque éramos los dos solos en esa casa enorme, quizá porque su voz había bajado un tono y ya no sonaba a broma. Me bajé el short hasta los tobillos y ahí quedó, colgando, blando todavía pero ya traicionándome con el bochorno y los nervios.
Diego soltó un silbido largo y grave.
—No puede ser… Mateo, esto no es normal. Esto es de película.
—Obvio que no es normal. Por eso lo odio.
Mi primo negó con la cabeza, de golpe serio.
—No, escuchame. No es «no normal» como algo malo. Es «no normal» como un regalo que la mayoría mataría por tener. Mirá.
Se acercó un poco, sin tocar todavía. Sentí su aliento a cerveza y el roce de su rodilla contra la mía. El ventilador seguía con su zumbido inútil y yo escuchaba mi propia respiración por encima de todo.
—¿Puedo agarrarla? Solo para que veas que no muerde. Que no le asusta a nadie que sepa lo que hace.
—Estás mal de la cabeza…
—Un poco. Pero con posgrado en hacer feliz a la gente. Dale, confiá en tu primo, que de esto entiende.
Le di permiso con la mirada. Ni siquiera sé si asentí; creo que simplemente dejé de respirar. Diego la levantó con cuidado, como quien toma una copa cara que no quiere derramar.
—Pesa, ¿te das cuenta? —murmuró—. A Carla le encanta cuando siente que el otro tiene presencia. Dice que es como subirse a la montaña rusa: da miedo al principio, pero después no te querés bajar nunca.
Empezó a crecer sola en su mano, despacio, sin que él hiciera casi nada. Diego sonrió de costado.
—Ahí está. Se despertó. ¿Ves? Ella ya sabe que la están tratando bien.
—¿Y ahora qué, experto? —le dije, medio en broma, medio retándolo.
—Primero, hablarle bien. Como le hablo a Carla. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro ridículo y tierno a la vez—. Hola, hermosa. ¿Te gusta que te acaricien así, suavecito?
Subía y bajaba la mano con una lentitud criminal, sin apretar de más, midiéndome la reacción en la cara. Yo apreté las sábanas con los dos puños.
***
—¿Puedo darle un beso de buenos días? —preguntó, alzando la vista—. Uno solo, para que no se sienta ignorada. Carla se derrite con eso.
—Sos un descarado…
—Descarado con título. ¿Sí o no?
Tragué saliva. Tenía la garganta seca y el corazón golpeándome en las orejas.
—…Uno solo.
Diego se agachó y le plantó un beso chiquito, justo en la punta. Después otro. Después uno más largo, con los labios entreabiertos, que me sacó un escalofrío de la nuca a los talones.
—Hola, reina —murmuró contra mi piel—. Ya te extrañaba.
Yo respiraba como si hubiera corrido una maratón bajo ese sol de enero. El ventilador, el calor, el zumbido, todo se había vuelto lejano. Solo existía la boca de mi primo y el pulso que me latía entre las piernas.
—Diego…
—Tranquilo, fiera. Respirá. Mirá cómo le gusta que la mimen.
Levantó los ojos hacia mí, esos ojos claros que siempre le habían funcionado con las chicas del barrio, y ahora me estaban funcionando a mí.
—¿Puedo probar a qué sabe? —preguntó, pícaro—. Carla dice que si algo sabe rico, una repite toda la vida. Solo una lamida. Nada del otro mundo.
—Estás perdido…
—Perdido pero efectivo. Dale, Mateo. Por una vez en tu vida dejá de pensar tanto.
Y tenía razón. Yo pensaba demasiado, siempre, en todo. Cerré los ojos y por primera vez en mucho tiempo me dejé llevar.
Diego lamió desde la base hasta la punta, lento, como si estuviera saboreando el último helado de un verano que no quería que terminara. La lengua plana, caliente, deteniéndose justo donde sabía que me hacía temblar.
—Mmm… —murmuró—. Sabe a ganador. ¿Te gusta o paro?
—No pares… seguí.
—Así me gusta. Ahora hablás como corresponde.
***
Me acomodó las piernas con las manos, abriéndolas un poco más, y se instaló entre ellas con una naturalidad que me desarmó. No había torpeza en él, ni dudas. Sabía exactamente lo que hacía, y eso era lo que más me prendía: que alguien manejara con tanta calma aquello que yo había vivido como una condena.
—Mirame —me pidió, y cuando bajé la vista se la metió en la boca de a poco, centímetro a centímetro, sin apuro, deteniéndose cada tanto para chequear con los ojos que yo estuviera bien.
Apenas podía hablar. Le hundí los dedos en el pelo, no para empujar, solo para sostenerme de algo. La pieza de la abuela olía a sábanas viejas y a verano, y yo sentía cómo cada nervio del cuerpo se me concentraba en un solo punto.
—Despacio —le pedí, con la voz quebrada—. Me vas a volver loco.
Diego solo gruñó algo afirmativo sin sacársela de la boca, y la vibración me arrancó un gemido que traté de tragarme tapándome con el antebrazo. La casa estaba vacía, pero el reflejo de toda una vida escondiéndome no se iba a ir tan fácil.
—No te tapes —dijo él al levantarse un segundo a tomar aire—. Acá no hay nadie. Quiero escucharte.
Cuando ya no pudo más, cuando llegó hasta donde el cuerpo se lo permitió, usó la mano para lo que le quedaba afuera y empezó a marcar un ritmo que me fue subiendo desde los pies. La boca y la mano coordinadas, como si lo hubiera ensayado mil veces. Quizá lo había ensayado. Quizá yo había sido el último en enterarme de algo que mi primo ya sabía de sí mismo.
—Diego… me vengo —alcancé a decir, agarrándome del borde del colchón.
—Dale, fiera. Dejate ir. Estoy acá.
Y me dejé ir como nunca en la vida. El cuerpo entero se me tensó, la espalda se despegó de la cama, y todo lo que había aprendido a contener durante años se me escapó de golpe. Diego no se movió, no se apartó, me sostuvo con la boca y con las manos hasta el último temblor, mirándome fijo con esos ojos de ganador como si fuera él quien acababa de probar algo bueno.
***
Cuando por fin abrí los ojos, el ventilador seguía con su zumbido idiota y yo estaba empapado, pero ya no de vergüenza. Diego se incorporó, se limpió la comisura con el dorso de la mano y me guiñó un ojo.
—¿Viste? —dijo, recostándose otra vez a mi lado como si nada—. Tu «problema» acaba de recibir cinco estrellas y reseña entusiasta. De ahora en adelante, cada vez que te sientas inseguro, te acordás de esta tarde.
Me reí, todavía jadeando, mirando el techo descascarado de la pieza.
—Sos un caso perdido, Diego.
—Un caso perdido que acaba de mejorarte la autoestima de por vida. Después me agradecés.
Estiró el brazo, alcanzó las dos cervezas que se habían entibiado en la mesa de luz y me pasó una. Brindamos en silencio, mirándonos de costado, sabiendo los dos que esa tarde de enero quedaría guardada en algún rincón que nunca íbamos a contarle a nadie.
—La próxima —dije, dándole un trago largo— te toca a vos recibir clases de humildad, experto.
Diego soltó la carcajada y chocó su lata contra la mía.
—Cuando quieras, primo. Pero avisá con tiempo. Que de esto, te aviso, también sé recibir.
Afuera el pueblo seguía derritiéndose bajo el sol, ajeno a todo. Adentro, por primera vez en mucho tiempo, dejé de odiar mi cuerpo. Y entendí que algunas cosas que cargamos como una condena no son más que un regalo esperando a la persona indicada para abrirlo.