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Relatos Ardientes

La tarde de verano en que mi primo me sorprendió

5(1)

Era pleno enero y el pueblo entero parecía derretirse bajo el sol. En la casa de la abuela hacía un calor de horno, de esos que se meten debajo de la piel y no se van ni con la ducha. El ventilador del rincón giraba con un zumbido cansado, más ruido que viento, mientras Diego y yo nos tirábamos en la cama de la pieza del fondo con las persianas a media asta.

Mi primo había despachado a su novia Carla con la excusa de siempre.

—Tengo que ayudar a Mateo con unas cuentas de la facultad —le había dicho, y cerró la puerta con llave en cuanto ella se fue.

Volvió con dos cervezas heladas que había escondido en el fondo del congelador y se dejó caer a mi lado. La lata sudaba igual que nosotros.

—A ver, rey del misterio —arrancó, clavándome un codazo—. ¿Es verdad lo que andan diciendo en el grupo de la facultad o es puro cuento?

—Cortala, Diego. No empieces otra vez con lo mismo.

—Tranquilo, fiera. Es curiosidad científica, nada más. Carla me tiene la cabeza llena de teorías. Dice que las minas huelen la inseguridad a kilómetros. Que si vos andás escondiendo la verga como si fuera un delito, se nota, y te terminan dejando por otro que sí sabe cómo cogerlas.

—Claro. Y vos sos el gran experto en coger.

Diego soltó una carcajada sin ofenderse, esa risa fácil que tenía desde chico.

—Experto certificado, primo. Dale, dejame ver al famoso monstruo. Palabra que no me río. Te lo juro por la abuela.

Suspiré, muerto de una vergüenza que arrastraba desde el secundario. Era el tema que más me costaba en el mundo. Nunca me había desnudado tranquilo delante de nadie, ni siquiera en el vestuario del gimnasio. Prefería el chiste, prefería esconderme.

—Cero comentarios, ¿estamos? Me tenés cansado.

—Ni uno. Solo quiero que te des cuenta de que no tenés nada que envidiarle a nadie.

***

No sé por qué le hice caso. Quizá por el calor, quizá porque éramos los dos solos en esa casa enorme, quizá porque su voz había bajado un tono y ya no sonaba a broma. Me bajé el short hasta los tobillos y ahí quedó, colgando pesada, blanda todavía pero ya traicionándome con el bochorno y los nervios. La polla se me descolgaba gorda sobre las bolas, todavía dormida, y aun así llenaba la pieza como un anuncio.

Diego soltó un silbido largo y grave.

—No puede ser… Mateo, esto no es normal. Esto es una verga de película porno. Dormida y ya me da miedo.

—Obvio que no es normal. Por eso la odio.

Mi primo negó con la cabeza, de golpe serio.

—No, escuchame. No es «no normal» como algo malo. Es «no normal» como un regalo que la mayoría mataría por tener entre las piernas. Mirala. Colgada así, con las bolas gordas, es un arma de destrucción de conchas.

Se acercó un poco, sin tocar todavía. Sentí su aliento a cerveza y el roce de su rodilla contra la mía. El ventilador seguía con su zumbido inútil y yo escuchaba mi propia respiración por encima de todo. La verga empezó a bombearme sola con cada latido, hinchándose de a poco contra el muslo.

—¿Puedo agarrarla? Solo para que veas que no muerde. Que no le asusta a nadie que sepa lo que hace con una polla en la mano.

—Estás mal de la cabeza…

—Un poco. Pero con posgrado en hacer feliz a la gente. Dale, confiá en tu primo, que de esto entiende.

Le di permiso con la mirada. Ni siquiera sé si asentí; creo que simplemente dejé de respirar. Diego la levantó con cuidado, envolviéndomela con la mano entera, y aun así le sobraban dos palmos afuera del puño. Se le abrieron los ojos.

—Pesa, ¿te das cuenta? —murmuró, sopesándomela como una copa cara que no quería derramar—. A Carla le encanta cuando siente que el otro tiene presencia. Dice que es como subirse a la montaña rusa: da miedo al principio, pero después no te querés bajar nunca. Con esto la volvés loca, Mateo. La partís al medio.

Empezó a crecer sola en su mano, despacio, sin que él hiciera casi nada. Se le engordaba entre los dedos, se le estiraba, se ponía dura y venosa hasta que la piel del prepucio se resbaló sola y el capullo asomó violeta, brillante, mojado ya en la punta. Diego sonrió de costado, hipnotizado.

—Ahí está. Se despertó. ¿Ves? Ella ya sabe que la están tratando bien. Mirá cómo se pone. Mirá cómo babea.

Pasó el pulgar por el glande y me arrancó un chorrito de líquido transparente que estiró como un hilo. Se lo llevó a la boca sin sacarme los ojos de encima y lo chupó.

—Dulce el guacho. Salada y dulce a la vez. Como me gusta.

—¿Y ahora qué, experto? —le dije, medio en broma, medio retándolo, con la voz ya rota.

—Ahora la vamos a tratar como se merece. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro ridículo y tierno a la vez—. Hola, hermosa. ¿Te gusta que te acaricien así, suavecito? ¿Querés que tu primo te enseñe a portarte bien?

Subía y bajaba el puño con una lentitud criminal, sin apretar de más, midiéndome la reacción en la cara. Se detenía en el glande, giraba la mano como si estuviera desenroscando un frasco, y volvía a bajar hasta las bolas para tironeármelas con los otros dedos. Yo apreté las sábanas con los dos puños hasta hacerme doler los nudillos.

***

—¿Puedo darle un beso de buenos días? —preguntó, alzando la vista—. Uno solo, para que no se sienta ignorada. Carla se derrite con eso.

—Sos un descarado…

—Descarado con título. ¿Sí o no?

Tragué saliva. Tenía la garganta seca y el corazón golpeándome en las orejas.

—…Uno solo.

Diego se agachó y le plantó un beso chiquito, justo en la punta, húmedo, con los labios abiertos contra el capullo. Sentí la lengua salir a lamerse una gota que me había asomado y se me contrajo la panza entera. Después otro beso, más abajo, en el frenillo. Después uno más largo, con los labios entreabiertos, y la lengua se le escapó a darme una vuelta completa alrededor de la corona que me sacó un escalofrío de la nuca a los talones.

—Hola, reina —murmuró contra mi piel, hablándole a la verga como si yo no estuviera—. Ya te extrañaba. Sos preciosa. Mirá cómo latís para mí.

Yo respiraba como si hubiera corrido una maratón bajo ese sol de enero. El ventilador, el calor, el zumbido, todo se había vuelto lejano. Solo existía la boca de mi primo babeándome el glande y el pulso que me latía entre las piernas como un tambor.

—Diego…

—Tranquilo, fiera. Respirá. Mirá cómo le gusta que la mimen. Mirala cómo se pone dura para vos.

Levantó los ojos hacia mí, esos ojos claros que siempre le habían funcionado con las minas del barrio, y ahora me estaban funcionando a mí desde abajo, con mi verga entre los labios.

—¿Puedo probar a qué sabe entera? —preguntó, pícaro—. Carla dice que si algo sabe rico, una repite toda la vida. Solo unas mamadas. Nada del otro mundo.

—Estás perdido…

—Perdido pero efectivo. Dale, Mateo. Por una vez en tu vida dejá de pensar tanto y dejate mamar la pija.

Y tenía razón. Yo pensaba demasiado, siempre, en todo. Cerré los ojos y por primera vez en mucho tiempo me dejé llevar.

Diego lamió desde la base hasta la punta, lento, como si estuviera saboreando el último helado de un verano que no quería que terminara. La lengua plana, caliente, apretada contra la vena gruesa que me subía por abajo, deteniéndose justo donde sabía que me hacía temblar. Después bajó a las bolas, me las envolvió en la boca de a una, chupándomelas hasta hacerme gemir, mientras me pajeaba la verga con el puño cerrado sobre la baba que él mismo iba dejando.

—Mmm… —murmuró, escupiéndome un hilo largo de saliva sobre el glande y desparramándolo con el puño—. Sabe a ganador. ¿Te gusta o paro?

—No pares… seguí, la puta madre, seguí.

—Así me gusta. Ahora hablás como corresponde. Con la boca sucia.

***

Me acomodó las piernas con las manos, abriéndolas un poco más, y se instaló entre ellas con una naturalidad que me desarmó. No había torpeza en él, ni dudas. Sabía exactamente lo que hacía, y eso era lo que más me prendía: que alguien manejara con tanta calma la verga que yo había vivido como una condena.

—Mirame —me pidió, y cuando bajé la vista se la metió en la boca de a poco, centímetro a centímetro, sin apuro, deteniéndose cada tanto para chequear con los ojos que yo estuviera bien.

La sentí entrar por el hueco caliente y mojado de su boca, empujar la lengua contra el techo del paladar, forzar la garganta hasta que Diego se atragantó un segundo y le saltaron las lágrimas. No la sacó. Respiró por la nariz, se acomodó, y siguió bajando hasta que la nariz le tocó el pubis y las bolas se le apretaron contra la barbilla. Me miró desde ahí, con la boca llena entera de mi verga, y el orgullo de haber podido meterla toda le brillaba en los ojos.

Apenas podía hablar. Le hundí los dedos en el pelo, no para empujar, solo para sostenerme de algo. La pieza de la abuela olía a sábanas viejas y a verano, y yo sentía cómo cada nervio del cuerpo se me concentraba en un solo punto.

—Despacio —le pedí, con la voz quebrada—. Me vas a volver loco. La vas a hacer explotar.

Diego solo gruñó algo afirmativo sin sacársela de la boca, y la vibración me subió por la verga hasta la nuca. Empezó a moverse, primero lento, meciendo la cabeza, chupándome de arriba a abajo con los labios apretados como un anillo caliente. La saliva se le escapaba por las comisuras y le caía sobre la mano, sobre mis bolas, sobre las sábanas. Me arrancó un gemido que traté de tragarme tapándome con el antebrazo. La casa estaba vacía, pero el reflejo de toda una vida escondiéndome no se iba a ir tan fácil.

—No te tapes —dijo él al sacársela un segundo a tomar aire, con la barbilla brillante de baba y precum—. Acá no hay nadie. Quiero escucharte gemir como una puta. Quiero saber que te la estoy haciendo bien.

Volvió a metérsela y esta vez fue en serio. Empezó a cogerse la boca con mi verga, subiendo y bajando la cabeza a un ritmo constante, mientras la mano que le sobraba abajo del glande me pajeaba coordinada. La otra mano se me metió entre las bolas, me las apretaba, me las masajeaba, y de vez en cuando me bajaba un dedo a apretarme el perineo justo donde palpitaba todo. La boca y las dos manos coordinadas, como si lo hubiera ensayado mil veces. Quizá lo había ensayado. Quizá yo había sido el último en enterarme de algo que mi primo ya sabía de sí mismo.

Cada vez que llegaba a la punta me arremolinaba la lengua alrededor de la corona, chupaba fuerte como si me quisiera sacar el semen de un tirón, y volvía a hundirse hasta hacer un ruido de garganta gutural que me tenía al borde. Después me la sacó entera, brillante y roja, y me la restregó contra la mejilla, contra los labios cerrados, embadurnándose la cara con mi propia baba mezclada con la de él.

—Mirá lo hermosa que sos —le decía a la verga, no a mí—. Mirá cómo estás para reventar. Vamos, decile a tu primo que se la vas a llenar la boca.

—Puta madre, Diego…

—Decilo bien. ¿Qué le vas a hacer?

—Te voy a llenar la boca de leche, la concha de tu madre, dale.

—Así me gusta.

Volvió a tragársela y esta vez ya no hubo pausa. Me la mamaba con hambre, con saliva desbordándose, con las dos manos trabajándome la base y las bolas, y yo sentí cómo todo se me iba juntando abajo, apretando, subiendo.

—Diego… me vengo, me vengo, me vengo —alcancé a decir, agarrándome del borde del colchón.

—Dale, fiera. Dejate ir. Vení en mi boca. Estoy acá.

Y me dejé ir como nunca en la vida. El cuerpo entero se me tensó, la espalda se despegó de la cama, las bolas se me apretaron contra la raíz y le vacié la boca a chorros gruesos, uno tras otro, sintiendo cómo la verga me latía dentro de sus labios y cada latido descargaba un tirón espeso de leche caliente. Diego no se movió, no se apartó, me sostuvo con la boca y con las manos hasta el último temblor, tragando de a sorbos, sin perder una gota, mirándome fijo con esos ojos de ganador como si fuera él quien acababa de probar algo bueno. Cuando por fin la saqué, con la punta todavía chorreando un hilo blanco, él lo atajó con la lengua y se lo llevó adentro con una sonrisa.

***

Cuando por fin abrí los ojos, el ventilador seguía con su zumbido idiota y yo estaba empapado, pero ya no de vergüenza. Diego se incorporó, se limpió la comisura con el dorso de la mano, se pasó la lengua por los labios como quien termina un postre, y me guiñó un ojo.

—¿Viste? —dijo, recostándose otra vez a mi lado como si nada—. Tu «problema» acaba de recibir cinco estrellas y reseña entusiasta. De ahora en adelante, cada vez que te sientas inseguro, te acordás de esta tarde y de cómo te vaciaste en la boca de tu primo.

Me reí, todavía jadeando, mirando el techo descascarado de la pieza, con la verga tirada mojada y satisfecha sobre el muslo.

—Sos un caso perdido, Diego.

—Un caso perdido que acaba de mejorarte la autoestima de por vida. Después me agradecés. Y avisá cuando quieras repetir, que yo te la vuelvo a chupar así, sin drama.

Estiró el brazo, alcanzó las dos cervezas que se habían entibiado en la mesa de luz y me pasó una. Brindamos en silencio, mirándonos de costado, sabiendo los dos que esa tarde de enero quedaría guardada en algún rincón que nunca íbamos a contarle a nadie.

—La próxima —dije, dándole un trago largo— te toca a vos recibir clases de humildad, experto. A ver si aguantás cuando te agarre las bolas yo.

Diego soltó la carcajada y chocó su lata contra la mía.

—Cuando quieras, primo. Pero avisá con tiempo. Que de esto, te aviso, también sé recibir. Y bien.

Afuera el pueblo seguía derritiéndose bajo el sol, ajeno a todo. Adentro, por primera vez en mucho tiempo, dejé de odiar mi verga. Y entendí que algunas cosas que cargamos como una condena no son más que un regalo esperando a la persona indicada para abrirlo.

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Comentarios(6)

Mateo_BA

increible!!! raro que me quede sin palabras pero aca paso jaja

FacundoLP

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues del verano

pampero_73

Bien escrito, te mete en la historia desde el primer parrafo. Estas cosas pasan mas de lo que uno imagina.

RocioM_ok

Me encanto!!! sigan publicando relatos asi

Vale_777

se hizo cortisimo, queria que siguiera... igual muy buen trabajo

LetrasYDeseos

Muy buena narrativa, el ambiente de calor y siesta estaba muy bien descripto, te transportaba directo ahi. Espero leer mas pronto.

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