El hombre del anuncio cumplió mi fantasía secreta
A los cuarenta y siete años me decidí. Llevaba media vida tocándome a solas, metiéndome los dedos en el baño con la puerta cerrada con llave, probando con el mango de un cepillo o con cualquier objeto liso que cupiera en la palma de la mano. Siempre con la misma vergüenza que vuelve después del orgasmo. Pero algo dentro de mí pedía más. Pedía a alguien.
Una madrugada de marzo, sin dormir, abrí una página de contactos y publiqué un anuncio breve: hombre maduro, discreto, busca caballero paciente para iniciarse en el sexo anal. Activé el perfil y cerré la laptop como si quemara.
A la semana tenía la bandeja llena. Hombres que mandaban fotos sin saludo, perfiles falsos, viejos con caligrafía de adolescente, jovencitos que escribían en mayúsculas. Quedé con varios. Cancelé con todos. Llegaba a la hora de salir de casa, me miraba al espejo y me echaba para atrás. La pena podía más que las ganas.
Hasta que apareció Rogelio.
Escribía bien. Me hacía preguntas en lugar de mandarme fotos. Quería saber qué me gustaba, qué me daba miedo, qué necesitaba escuchar. Me recomendó dos páginas sobre la primera vez anal y me dijo, sin prisa: «Léelas, prepárate como te dé la gana, y cuando estés listo me avisas. Yo no tengo apuro.»
Tardé tres semanas más. Compré ropa interior nueva. Unas medias hasta medio muslo, una tanga roja, una mini negra y una blusa abotonada del mismo rojo. Lo escondí todo en una caja de zapatos al fondo del clóset. La primera noche que me lo probé a solas, frente al espejo, me sorprendió ver a alguien distinto al hombre que se afeita cada mañana antes de ir al trabajo.
Le mandé un mensaje a Rogelio. Esta vez no me eché para atrás.
***
Quedamos un viernes a las cinco de la tarde en un café del centro de Hermosillo. Yo llevaba la ropa de chica debajo de unos jeans flojos y una camisa amplia. Le había dicho cómo iba vestido. Le pareció bien. No quería que nadie en el café notara nada raro.
Lo reconocí antes de que se acercara. Cincuenta y pocos, alto, hombros anchos, barba recortada, manos grandes. Me dio un apretón firme y me sostuvo la mirada un segundo más de lo que correspondía entre dos hombres que apenas se conocen. Sentí el revoloteo en el estómago de inmediato, ese cosquilleo que las mujeres dicen sentir camino a una cita importante. Por primera vez entendí a qué se referían.
Caminamos hasta su carro sin hablar mucho. Cuando arrancó, le confesé lo del cosquilleo. Soltó una risa baja, me apoyó la mano en el muslo y me contestó.
—Ya verás que se te pasa cuando estés echada en la cama.
Echada. En femenino. Me lo dijo como si nada, y a mí se me cortó la respiración un instante.
El motel que él había reservado quedaba sobre la carretera vieja a Bahía de Kino. Cuarto con cochera privada, cortina metálica abajo, jacuzzi en la esquina, espejo en el techo. Pagó las cuatro horas en la ventanilla sin que yo bajara del carro.
***
Adentro, lo primero que hice fue meterme a la regadera. Me lavé despacio, con jabón sin perfume, prestando atención al lugar al que tantas veces había llegado solo con dos dedos. Cuando salí, Rogelio ya tenía música puesta. Algo instrumental, lento, con cuerdas. No era la música que yo hubiera elegido, pero funcionaba. Bajaba la temperatura del cuarto a algo amable.
Me sequé en el baño y me vestí ahí mismo. Las medias primero, subiéndolas hasta donde nacen las nalgas. La tanga roja, ajustada. La mini. La blusa, abotonada solo hasta la mitad. Un pañuelo en el pelo, anudado al costado. Me miré en el espejo del baño. No era una mujer. Era yo, vestido de otra cosa, y eso era exactamente lo que quería ser esa tarde.
Rogelio se metió a la regadera mientras yo me sentaba al borde de la cama y trataba de no temblar. Cuando salió, me llevé la mano a la boca sin pensarlo.
Estaba desnudo, con el pelo todavía mojado y, entre las piernas, una verga gruesa, dura, mucho más grande de lo que cualquier foto suya me había dejado entender. Levantada contra el ombligo. Venosa. Limpia.
—Está bien, respira —me dijo, acercándose despacio—. Si después de todo esto no entra, no entra. No pasa nada. Lo que importa es que la pases bien.
No supe qué contestar. Asentí y dejé que se sentara a mi lado en la cama.
***
Lo primero fueron sus manos. Me rodeó la cintura, me atrajo hacia él y me besó la base del cuello, justo donde la blusa estaba abierta. No me besó la boca. Eso vino mucho después, y solo cuando ya estaba lo bastante perdido como para pedirlo yo.
Bajó las manos por mi espalda, por encima de la tela, hasta encontrarme las nalgas. Las apretó suave, como midiéndolas. Después metió los dedos por debajo de la mini, por debajo de la tanga, y empezó a recorrerme la raya con la yema, de arriba hacia abajo, despacio, sin tocar todavía el centro. Cada vez que se acercaba, me arqueaba sin querer y me apretaba contra él. Sentía la verga dura empujándome contra el muslo, y eso me ponía peor.
Sin decir nada me giró de las caderas y me puso en cuatro en la cama, con la mini levantada sobre la espalda y la tanga corrida hacia un lado. Sacó de la mesa de noche una lámina de látex, fina, transparente, con sabor a algo dulce que no alcancé a identificar. La acomodó sobre mí y, en cuestión de segundos, sentí su lengua trabajándome ahí, despacio primero, después con presión, después insistiendo en el mismo punto hasta que se me escapó el primer gemido fuerte de la noche.
—Eso es —me dijo, separándose un segundo—. Haz ruido. Quiero escucharte.
Volvió a bajar la cabeza. Esta vez, mientras me besaba el culo, una mano empezó a buscarme el frente. Me agarró la verga, ya completamente dura, y me la apretó con un ritmo lento que no tenía nada que ver con lo que hacía atrás. Era demasiado. Mordí la sábana para no gritar.
***
El primer dedo entró cuando yo ya casi se lo pedía. Lubricado, tibio, sin urgencia. Me acordé del consejo que había leído mil veces: aflojar todo, pujar como si fuera al baño, dejar que el cuerpo abriera la puerta en vez de pelearla. Funcionó. Sentí cómo cedía el músculo, cómo aquel dedo desconocido se acomodaba dentro de mí como en su casa.
Después vino el segundo. Esto sí me ardió. Apreté los dientes y respiré por la nariz, despacio, hasta que la sensación cambió de molestia a calor y de calor a deseo de más. Rogelio lo notó.
—¿Otro?
—Otro —contesté, y mi voz sonó distinta, más aguda, más mía y menos mía a la vez.
El tercer dedo tardó un poco más. Lo metió milímetro a milímetro, deteniéndose cada vez que yo respiraba hondo, esperando a que el cuerpo se acomodara. Cuando estuvo dentro entero, se quedó quieto. Solo movía la otra mano sobre mi verga, lento, recordándome que el placer estaba ahí, esperando.
—Te voy a hacer mía —me dijo entonces, cerca de la oreja, mordiéndome el lóbulo—. Pero todavía no.
***
Me giró de lado. Me dobló la pierna de arriba contra el pecho. Sacó un condón de sabor fresa y me lo puso entre los labios. Entendí. Me lo metí en la boca y empecé a chuparlo despacio, mientras él, detrás de mí, seguía trabajándome con tres dedos, ahora con un ritmo de bombeo cortito que me hacía cerrar los ojos cada dos por tres.
Cuando me lo sacó de la boca, ya no había más prólogo posible.
Se acomodó detrás. Sentí la cabeza de su verga, caliente, redonda, apoyándose en mí. Me pidió que pujara. Empujó. Entró la punta.
Me dolió. No voy a mentir. Me dolió como duele algo que cede por primera vez, con un ardor seco que me hizo apretar la mandíbula y soltar un gemido que no era del todo placer. Pero él se quedó quieto. Esperó. Esperó hasta que mi respiración se acomodó y, cuando volvió a empujar, ya no era lo mismo.
Entró un poco más. Esperó. Otro poco. Esperó. Así, en escalones, hasta que de pronto me di cuenta de que ya estaba toda adentro. Toda esa cosa imposible que había visto salir de la regadera, ahora dentro de mí, latiendo.
Empezó a moverse. Despacio al principio. Después un poco más. Después como si supiera exactamente qué punto buscar, porque encontró uno que me hizo soltar un grito que seguro escucharon en el cuarto de al lado. Y otro. Y otro.
***
Lo hicimos en cuatro posturas distintas en aquella primera hora. En cuatro, doblado boca abajo con la cara en la almohada, con la espalda arqueada hasta donde mi cuerpo de cuarenta y siete años aguantaba. Después él se tiró boca arriba y yo me senté encima de su verga, dándole la espalda, dejándole ver cómo entraba y salía cada vez que yo subía y bajaba. Esa imagen, según me contó después, casi lo terminó.
Más tarde me hizo de cucharita otra vez, abrazándome desde atrás, con una mano en mi verga y la otra apretándome un pezón a través de la blusa que yo no me había quitado. Y al final me sentó sobre él, en una silla del cuarto, con las piernas abiertas, y me la dejó entrar de un solo movimiento que me sacó un gemido largo, indecente, que me sorprendió a mí mismo.
Fue ahí, en la silla, con su pecho pegado a mi espalda y sus dientes en mi cuello, cuando llegó el primer orgasmo. Sentí cómo el músculo se contraía solo, una y otra vez, en espasmos que ni quería ni podía controlar. Y al mismo tiempo, sin que nadie me tocara la verga, me vine. Doble. Por dentro y por fuera. Algo que no había sentido nunca a solas, ni con dos dedos ni con tres ni con ningún objeto.
Mis contracciones lo arrastraron a él. Lo sentí tensarse, escuché un gruñido grave en mi oreja y sentí cómo se derramaba dentro del condón, todavía adentro de mí. Nos quedamos así, encajados, sin movernos, un rato largo.
***
Dormimos un poco. No mucho. Una hora, quizá. Cuando me desperté tenía la cabeza en su pecho y él me acariciaba la espalda como se acaricia a alguien con quien uno ya pasó por algo importante.
Lo encontré duro otra vez. Le puse otro condón con la boca, despacio, demorándome en la punta para escucharlo respirar más fuerte. Y entonces me puse en cuatro yo solo, sin que me lo pidiera. Ya sabía el camino. Esta vez entró sin escalones, de un solo empuje suave, y le pedí que me la diera duro.
Me agarró de los hombros. Me agarró de la cintura. Me dio duro. Yo movía el culo contra él, contra cada embate, buscando que no se saliera ni un milímetro. La sensación era completamente distinta a la primera vez. Ya no había miedo, ya no había dolor, solo aquel calor concentrado en un punto que se iba haciendo cada vez más grande hasta convertirse en otro orgasmo, el segundo, mientras él jadeaba contra mi nuca y me mordía la oreja.
El teléfono del cuarto sonó casi al mismo tiempo que él se vaciaba. Cuatro horas. Tiempo cumplido. Pagó media hora extra para que pudiéramos asearnos sin apuro.
***
Esa noche dormí en mi cama, solo, con la cola adolorida y una sonrisa que no me cabía en la cara. Estuve tres o cuatro días caminando con cuidado. Hubo un poco de sangre, muy poca, las dos primeras veces que fui al baño. Nada que asustara.
Repetimos varias veces. Cada dos semanas, a veces cada semana, según le cuadrara a él, que era el que conseguía el motel. Hasta que una tarde me avisó que la empresa lo trasladaba a Monterrey y que no sabía cuándo iba a volver. Nos despedimos en el mismo café donde nos habíamos conocido. Esta vez sí me besó en la boca, frente a quien quisiera mirar.
De eso ya pasaron casi dos años. Sigo en Hermosillo, sigo publicando anuncios cada tanto, sigo dudando antes de cada cita. Pero ya no le tengo miedo a la pena. Si alguien lee esto y quiere acompañarme un viernes por la tarde a un motel sobre la carretera vieja, mi bandeja está abierta. Sé exactamente lo que busco. Y sé que vale la pena esperar a alguien que sepa esperarme a mí.