Volví a casa de aquel hombre para ser su esclavo
A pesar del ardor que todavía sentía, Mateo se sentía extrañamente bien. Dos cosas le rondaban la cabeza mientras caminaba: que ya no era el chico inexperto de la semana anterior, y que había sido Amadou, precisamente Amadou, quien lo había cambiado. No conseguía pensar en otra cosa. Le costó concentrarse en la clase de la mañana, y en cuanto el profesor cerró el cuaderno, recogió sus cosas y salió del aula casi corriendo.
No fue a casa. Fue directo al estudio, al edificio gris de la calle de atrás, y subió los tres pisos de dos en dos. Cuando llegó al descansillo, la puerta estaba cerrada. Amadou no había vuelto todavía. Así que se quedó allí, apoyado en la pared, con la mochila colgando de un hombro, esperando como un perro que conoce la hora a la que llega su dueño.
Cuando por fin oyó los pasos pesados subiendo la escalera, el estómago se le encogió. Amadou apareció en el rellano, alto, ancho, con esa expresión que no terminaba de ser sorpresa ni reproche.
—Tú gustar demasiado lo que pasó ayer —dijo, hurgando en el bolsillo en busca de las llaves—. No entender por qué tú ya estás aquí.
—Salí de clase y pensé en venir directamente —respondió Mateo, encogiéndose de hombros como si fuera lo más natural del mundo.
—Pero a ti aún doler, ¿no?
—Sí. Pero no me importa. Quería verte.
Amadou lo miró un segundo de más, esos ojos oscuros recorriéndolo de arriba abajo, y luego abrió la puerta sin decir nada.
—Pasa, anda.
***
El estudio olía a café frío y a pintura. Amadou trabajaba reformas, y el suelo de baldosas estaba siempre cubierto por una fina capa de yeso que crujía bajo los zapatos. Mateo se sentó en el borde del sofá, con las rodillas juntas, mientras el hombre dejaba las llaves en la mesa y se quitaba la chaqueta de trabajo.
—Ayer acabaste conmigo —dijo Mateo en voz baja, casi sin atreverse a mirarlo—. Me dejaste hecho polvo.
—Tú buscarlo. ¿No?
—Sí. Bueno, no sé. Creo que sí. —Se frotó las palmas contra los muslos—. Creo que lo deseaba desde hace mucho. Desde antes de saber que lo deseaba.
Amadou se acercó despacio y se quedó de pie frente a él, tapándole la luz de la ventana. Olía a sudor y a calle, un olor denso que a Mateo se le metía en la cabeza.
—Pero hoy a ti doler de verdad —insistió el hombre—. ¿Sangre?
Mateo bajó la mirada.
—Un poco. No quise decírtelo ayer, no quería preocuparte. —Levantó la vista de golpe, con una urgencia que lo sorprendió a él mismo—. Pero da igual. Tenía muchas ganas de verte. De estar aquí.
—Pero yo hoy no follar a ti —dijo Amadou, y lo dijo con una calma que a Mateo le pesó más que cualquier orden—. Hoy no.
—Por mí, lo que quieras. Si prefieres volver a abrirme como ayer…
El hombre soltó una risa corta, grave, y negó con la cabeza.
—Tú muy puta —dijo, y la palabra, lejos de ofenderlo, le recorrió la espalda como una caricia—. Pero a mí ocurrir otra cosa. Hoy tú probar. Saber a qué sabe.
—Ya te dije que lo que quieras. —Mateo tragó saliva—. Soy tuyo. Quiero ser tu esclavo.
Lo dijo y se quedó quieto, como quien deja una carta boca arriba sobre la mesa y ya no puede recogerla. Amadou no respondió enseguida. Se desabrochó el cinturón sin prisa, con esa lentitud deliberada de quien sabe que está siendo observado, y se liberó la polla por la bragueta.
—Quítate todo —ordenó—. Y ven aquí. Empezar.
***
Mateo se desnudó en cuestión de segundos. La camiseta, los vaqueros, los calzoncillos, todo amontonado en el suelo de cualquier manera, como si quitárselo deprisa demostrara algo. Después se arrodilló en las baldosas frías, entre las piernas del hombre, y por un momento se limitó a mirar.
—Qué pedazo de polla tienes —murmuró.
—Más grande que la tuya —dijo Amadou, sin vanidad, como quien constata un hecho—. Tú casi no tener.
—Pero tengo un culo que te gusta. ¿No?
—Mucho.
—¿Y no me lo quieres abrir más todavía? ¿Más que ayer?
—Reventar te lo voy, sí —respondió, posándole una mano enorme en la nuca—. Pero no hoy. Ahora tú probar.
No esperó respuesta. Empujó la cabeza de Mateo hacia abajo con una firmeza que no admitía dudas, y el chico se entregó. Cerró los ojos, abrió la boca y se concentró en respirar por la nariz, en no atragantarse, en hacerlo bien. Quería hacerlo bien. Era lo único que quería en ese momento, complacer al hombre que lo sujetaba por el pelo.
—Así —jadeó Amadou, marcando el ritmo con la mano—. Así, cojones.
El olor lo envolvía, el calor de los muslos contra sus mejillas, los dedos apretándole el cuero cabelludo cada vez que iba demasiado despacio. Mateo perdió la noción del tiempo. No pensaba en el ardor que aún le quemaba por dentro, ni en la sangre de la mañana, ni en la clase que tenía a primera hora del día siguiente. Solo existía aquello: la boca llena, las rodillas doloridas contra la baldosa, la respiración entrecortada del hombre encima de él.
—Para un momento —dijo Mateo, apartándose apenas para tomar aire—. Joder, qué bestia eres.
—Tú callar y tragar —gruñó Amadou, volviéndolo a empujar—. Que estoy a punto.
Mateo obedeció. Sintió cómo el cuerpo del hombre se tensaba, cómo los dedos se le clavaban en la nuca, cómo la respiración se le cortaba en seco.
—Ya voy. Ya. Toma.
Y Mateo tragó. Tragó todo, sin apartarse, con los ojos cerrados y una sensación de triunfo absurda creciéndole en el pecho. No por el sabor —fuerte, salado, áspero—, sino por lo que significaba: que el hombre se había vaciado en él, que él había sido el recipiente, el sirviente, lo que había pedido ser.
—Cojones —resopló Amadou, dejándose caer hacia atrás en el sofá—. Qué gusto. Dos días lleno, ahora vacío.
***
Esta vez Mateo no se corrió. Y aun así terminó tan satisfecho como el hombre que jadeaba sobre el sofá. No lo entendía del todo. Quizá no era el cuerpo, sino la cabeza: las ganas de servir, de ser útil, de pertenecer. Le había gustado el sabor, sí, pero le había gustado mucho más la idea. Había recibido a su amo en el culo la noche anterior, y ahora en la boca, y los dos lugares le parecían, de algún modo, un privilegio.
Amadou se levantó y fue al pequeño baño a lavarse y darse una ducha rápida. Mateo, en cambio, ni se acercó al lavabo. Quería conservar aquel sabor en la boca un rato más, como quien no se limpia un beso. Lo que sí hizo, en cuanto se vistió, fue ir directo al rincón donde estaban la escoba, la fregona y el cubo.
Limpió el estudio entero. Barrió el yeso del suelo, fregó las baldosas, pasó un trapo por la mesa y por el alféizar polvoriento de la ventana. Se puso a cuatro patas para llegar a las esquinas, frotando con esmero, sin que nadie se lo hubiera pedido. Aquel hombre se merecía un suelo limpio. Se merecía que lo hiciera bien.
Amadou salió del baño con una toalla a la cintura y se quedó mirándolo un momento, sorprendido de encontrarlo de rodillas con la fregona. Luego fue hasta la mesa, abrió un cajón y sacó algo que tintineó en su mano.
—Ven —dijo—. Toma. Ayer decir que haría copia de llaves. Ya está. Así tú entrar y limpiar antes que yo llegar, si tú querer.
Mateo se acercó y recogió la llave de la palma abierta del hombre como si recibiera algo sagrado.
—Gracias —dijo—. Así lo haré. Cuando salga de la universidad pasaré siempre por aquí, y cuando usted llegue estará todo en orden.
Amadou frunció el ceño.
—¿Usted?
—Sí. —Mateo apretó la llave en el puño—. Desde ayer llegamos a un punto en el que no debería tutearle. Aquí dentro me siento por fin lo que siempre quise ser: su esclavo. El esclavo de su amo. —Se corrigió, ruborizándose—. El esclavo de mi amo. Fuera tendremos que tratarnos como dos cualquiera, porque nadie entendería esto. Pero entre estas cuatro paredes, esto es lo que quiero ser. Su sirviente. Pídame lo que quiera. Ordéneme lo que quiera.
El hombre lo escuchaba con los brazos cruzados, divertido y desconcertado a partes iguales.
—Y una cosa más —añadió Mateo, bajando la voz—. La próxima vez, por favor, pégueme. No concibo una relación así sin que el amo le pegue al esclavo de vez en cuando.
—Eso dices porque hoy no has corrido tú —respondió Amadou con media sonrisa—. Has quedado cachondo, nada más.
—He quedado cachondo, sí. A gusto, muy a gusto. Pero no lo digo por eso. —Lo miró fijamente, sin un asomo de duda—. Es lo que quiero de verdad. Quiero que la próxima vez me pegue.
Amadou descruzó los brazos despacio. Algo en su mirada había cambiado, como si por primera vez tomara en serio aquel juego.
—Si tú querer… —dijo—. Pero ¿cuándo? ¿Mientras polla dentro? ¿Antes?
—Cuando usted quiera. —Mateo dio un paso atrás, con la llave todavía caliente en la mano—. Usted no tiene que preguntarle nada al esclavo. Haga lo que le salga, cada vez más. Como tiene que ser.
El hombre soltó una risa grave y le revolvió el pelo con esa misma mano que minutos antes lo había sujetado por la nuca. Mateo cerró los ojos un instante, guardándose el gesto, y supo, sin necesidad de decirlo, que volvería al día siguiente, y al otro, y al otro. Tenía una llave en el bolsillo y un sabor en la boca, y eso, por ahora, le bastaba para sentirse en su sitio.