Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Bajé al sótano por las llaves y volví otro hombre

Llevaba apenas dos semanas como Director de Sistemas e Infraestructura en una consultora de auditoría corporativa cuando me llegó el memo. La empresa me asignaba un coche de servicio, y las llaves debía retirarlas en la cabina de vigilancia del sótano. Sonaba sencillo sobre el papel.

Esa noche me quedé hasta tarde en la oficina, como casi todas desde que firmé el contrato. A las once y media apagué la computadora, cerré la puerta de mi despacho y caminé hacia el ascensor. La planta entera estaba en silencio. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado nocturno.

Bajé al sótano. Las puertas se abrieron a un estacionamiento medio vacío, con dos coches solitarios al fondo y los tubos de neón parpadeando como si estuvieran a punto de fundirse. Caminé hacia donde suponía que estaba la cabina, pero no había nadie. Miré a un lado y a otro, dudé entre llamar en voz alta o seguir buscando. Me pareció grosero gritar a esa hora, así que avancé hacia una oficina iluminada al fondo del piso.

Faltaban unos diez metros cuando empecé a escuchar las voces.

—Cuando vayas a acabar, déjame tragar tu leche.

Me detuve en seco. La frase había salido nítida, sin ningún pudor, desde el otro lado de la puerta entreabierta. Por un instante pensé en darme la vuelta, pero la curiosidad me clavó los pies al suelo. Me acerqué con más cuidado y me asomé por la ventana lateral.

Dos vigilantes, todavía con la camisa del uniforme puesta, estaban sentados cada uno en su silla, sin pantalones, masturbándose con calma. Hablaban entre ellos como si fuera un ritual antiguo. Uno era moreno, fornido, con el pelo casi rapado y unos brazos que llenaban las mangas. El otro era delgado, fibroso, sin un gramo de grasa. Se acariciaban sin prisa, mirándose la verga el uno al otro.

—Te juro, Mauro, que necesito un buen culo para llenarlo —dijo el fornido—. Llevo una semana sin coger.

—Yo me casé para tener sexo en casa —respondió el delgado—. Pero ver otra polla cerca de la mía siempre me ha vuelto loco.

Aquello no era para mí.

Nunca había pensado en hombres de esa forma. Nunca. Y sin embargo, sin poder evitarlo, sentí mi propia verga endurecerse contra la tela del pantalón. Latía como si tuviera vida propia. Tragué saliva y decidí retroceder antes de que me descubrieran. Quería volver al ascensor, hacer ruido a lo lejos, fingir que acababa de llegar.

Giré con cuidado y me topé de frente con otro guardia.

Estaba justo a mi espalda, en silencio, mirándome a los ojos. Era calvo, con perilla, ojos azules y un bigote castaño espeso. Su uniforme estaba impecable. No dijo nada. Bajó la mirada hasta mi entrepierna, vio el bulto que mi pantalón ya no podía disimular y volvió a clavarme los ojos.

Levantó el índice y se lo puso en los labios. Silencio.

Se acercó hasta dejar su cara a un palmo de la mía. Pude sentir su aliento, su perfume amargo, el calor de su pecho. Su mano derecha bajó hasta mi bulto y lo apretó con firmeza, sin pedir permiso. La izquierda fue a su propia hebilla.

Yo no me moví. Ni siquiera respiré.

Escuché el ruido de su cinturón cediendo, el zíper bajando, la tela del pantalón abriéndose. Bajé la mirada por instinto. Su miembro estaba ahí, rosado, recto, grueso, con las venas marcadas. Era hermoso de una forma que yo nunca había sabido nombrar. Volví a mirarlo a los ojos y él, sin decir palabra, puso ambas manos sobre mis hombros y empezó a empujar hacia abajo. Primero con suavidad. Después con más decisión.

Doblé las rodillas. Quedé arrodillado frente a él.

Lo olí antes de probarlo. El aroma me pareció más limpio de lo que esperaba, casi tibio. Cerré los ojos, abrí la boca y lo dejé entrar. No supe si lo estaba haciendo bien. Lo único que tenía claro era que no quería rozar los dientes contra esa piel, así que lo sostuve con una mano y dejé que la boca se me ajustara a su grosor. Despacio. Con miedo y curiosidad a partes iguales.

Subí los ojos para mirarlo. Él tenía los suyos cerrados, las manos apoyadas sobre mi cabeza sin presionar, marcando solo el ritmo que prefería. Estábamos así cuando se abrió la puerta de la oficina y salieron los otros dos vigilantes, aún a medio vestir.

—Vaya, Damián, trajiste compañía y nos dejaste fuera —dijo el delgado.

—Compártelo, hombre, no seas egoísta.

Solté la verga y me levanté lentamente. El que se llamaba Damián me miró a los ojos.

—¿Quieres que ellos participen, o…?

Ese «o…» quedó flotando. Podía significar muchas cosas. Que se quedaba solo conmigo. Que me echaban a coñazos del estacionamiento. Que nada de eso tenía vuelta atrás. Por algún motivo, lo único que me salió fue:

—Lo que tú digas, Damián.

—Entonces entremos.

***

El delgado y el fornido ya se estaban quitando las camisas cuando entré. Yo los seguí y empecé a desabotonarme la mía sin mirar a nadie. Colgué el saco y la corbata en el respaldo de una silla. La piel se me erizó al sentir el aire frío. Cuando quedé solo en calcetines y bóxer, Damián me hizo un gesto hacia la habitación contigua.

—Vengan, adelante —dijo desde dentro.

Había dos camas individuales, lo bastante anchas para dos personas cada una. Entre ellas, el fornido y el delgado de pie, frotándose despacio.

—Siéntate ahí —ordenó el fornido. Lo hice.

Ellos se acercaron, cada uno apuntándome la verga a la cara. Subí la mirada y crucé los ojos con Damián. Hacia él dirigí la boca primero. Mis manos fueron a los otros dos, una a cada lado. Al cabo de un minuto miré hacia arriba y vi que Damián e Iván, el delgado, se estaban besando con calma sobre mi cabeza. Mauro, el fornido, solo me miraba a mí, fijo, como si estuviera memorizando mi cara.

Cambiaba de uno al otro casi sin pensar. Quería probarlos a todos. Quería hacerlo bien.

Damián se separó del grupo y se tumbó en la cama de al lado. Iván y Mauro me hicieron levantarme y caminar hasta él, que me indicó con un gesto que me sentara con el culo cerca de su cara. En cuanto lo hice, sentí su lengua. Lamía, separaba mis nalgas con las manos firmes, mordía con suavidad. Era una sensación nueva y vergonzosa y deliciosa al mismo tiempo. En la otra cama, Iván se había arrodillado para chupar a Mauro.

—Ponte en cuatro —murmuró Damián.

Obedecí. Sentí cómo se ponía de pie detrás de mí, cómo apuntaba la punta contra un lugar donde nunca había entrado nadie. El miedo me subió por la espalda como una corriente eléctrica. Damián se dio cuenta. Buscó algo en un cajón, abrió un tubo de gel y me untó despacio. Después empezó a empujar. Centímetro a centímetro, sin prisa, esperando entre embate y embate a que yo respirara. Tenía paciencia. Tenía oficio.

El dolor era real. El placer también. Cuando por fin estuvo dentro del todo, paró un instante, como dándome tiempo a aceptar lo que estaba pasando. Después empezó a moverse, primero suave, después con más ganas, y yo sentí cómo el cuerpo se me iba abriendo a su ritmo.

Iván y Mauro se acercaron a la cabecera de la cama. Pusieron las vergas a la altura de mi boca. No era fácil mover la cabeza al ritmo de Damián, pero lo intenté. Tragaba a uno y al otro mientras Damián entraba y salía. En un momento, Damián se retiró y cedió el sitio a Mauro. La verga del fornido era buena, pero no llegaba al calibre de Damián. Eso me dio aire para concentrarme en la boca, donde Iván me sostenía la cabeza con las dos manos y empujaba con más libertad.

Mauro empezó a gemir hondo. Iván lo miró. En un movimiento rápido, sacó la verga de Mauro de mi culo y se la metió él mismo en la boca. Mauro le apretó la nuca y se vació ahí, con los ojos cerrados. Iván tragó cada gota, sin perder una.

***

Cuando Mauro se apartó, fue Damián quien volvió. Esta vez me hizo acostarme boca abajo y se acomodó encima. Una mano me separó una nalga y la otra guió la verga sin titubear. Aquella tibieza profunda entrando a fondo es algo que no se olvida. Empezó a moverse despacio y fue subiendo el ritmo poco a poco, hasta que la cama crujía con cada empuje.

Iván se acercó otra vez, esta vez a la altura de la cara de Damián. Se masturbaba pegado a él. Cada gemido suyo hacía que Damián empujara más fuerte. Era casi un pacto silencioso entre los dos. Hasta que Iván jadeó hondo y se vació sobre la cara de Damián, justo en el instante en que él entraba por última vez en mí, asegurándose de dejar todo adentro. Después, Damián se inclinó y tragó lo que le quedaba a Iván en la verga, con la misma ansia con la que minutos antes me había abierto a mí.

Se retiró despacio. Me quedé tirado, empapado en sudor, sintiendo el calor que escurría entre las piernas.

Pensé que ahí terminaba todo, pero Iván se acostó boca arriba en la otra cama y me indicó con la mano que me sentara sobre su cara. Lo hice. Sentí su lengua trabajando, recogiendo todo lo que mi cuerpo expulsaba, sin asco, casi con devoción. Damián se acercó por delante, me besó la verga y empezó una mamada lenta y técnica, hecha por alguien que disfrutaba haciéndolo. Yo no aguanté mucho. Le vacié todo en la boca sin avisar y él se la tragó sin parpadear.

—Ven, Iván, ahora me siento yo —dijo Damián cuando terminé.

Me hizo cambiar de sitio. Se sentó sobre mí, despacio, dejando que mi verga lo abriera a él esta vez. Tenía un control increíble de los esfínteres. Apretaba y soltaba como si fueran un instrumento. Apenas necesité un par de minutos para terminar otra vez. Cuando solté la última gota dentro de él, Damián se levantó sin separarse del todo, caminó hasta la otra cama y se sentó sobre la cara de Iván para que él recogiera lo que le había quedado dentro.

Los miré desde la cama. Iván tragaba con los ojos cerrados, Damián lo dejaba hacer con una sonrisa quieta. Mauro, ya vestido otra vez, observaba la escena desde el marco de la puerta como si todo fuera lo más natural del mundo.

***

Me levanté, fui al baño y me duché con agua tibia. No había toallas. Me dejé secar al aire un par de minutos y volví a la oficina. Mauro me ofreció un café. Lo acepté. Estaba bueno y caía justo. Cuando terminé de vestirme, salieron Damián e Iván del baño.

—Qué noche más bonita —dijo Damián—. ¿Cómo te llamas?

—Andrés. Andrés Beltrán. ¿Y tú?

—Damián Cortés. Un placer.

Miré a los otros dos.

—Iván Sotelo —dijo el delgado.

—Mauro Lagos —añadió el fornido.

Damián frunció el ceño de pronto.

—Espera. ¿Ustedes no se conocían? Pensé que era amigo de ustedes.

Iván y Mauro se miraron, los ojos abiertos como platos.

—¿No es amigo tuyo? —preguntaron casi al mismo tiempo.

Los tres se quedaron mirándome. Yo sonreí, dejé la taza de café sobre la mesa y me ajusté el nudo de la corbata.

—¿Hacen estas fiestas a menudo? —pregunté.

No me respondieron. Seguí.

—Espero que me inviten a la próxima. Soy el nuevo Director de Sistemas. Bajé a retirar las llaves del coche que me asignó la Dirección.

Los tres se quedaron quietos, como si alguien hubiera apagado el sonido. Sonreí otra vez y saqué una tarjeta del bolsillo interior.

—Tranquilos. Creo que podemos seguir siendo amigos. Estoy agradecido. Me hicieron descubrir una zona mía que no conocía. Aquí está mi tarjeta. Estoy disponible para lo que necesiten. Veo que ustedes son buenos amigos. ¿Aceptan a uno más?

—Sí —dijo Damián—. Encantado. Fui tu primer hombre.

Iván y Mauro se miraron y soltaron una carcajada larga, contagiosa. Damián y yo nos miramos también, y nos reímos con ellos.

Mauro me alcanzó las llaves del coche desde el cajón de la cabina. Me despedí con un apretón firme. Salí caminando hacia mi plaza de aparcamiento, las llaves en la mano y una sensación nueva instalada en el cuerpo.

Siempre me había costado hacer relaciones laborales. Esa noche, en mi segunda semana, ya tenía tres amigos con todo el derecho del mundo de cogerme, y yo a ellos.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios (5)

SebaBsAs

tremendo relato, me dejo sin palabras

GatoNocturno22

El titulo lo dice todo. Lo leí de un tiron sin parar, muy bien narrado.

NocheroBA

Me atrapó desde el primer párrafo. Eso de las llaves como excusa para lo que viene... un detalle genial. Tenés talento para crear tensión, espero que sigas escribiendo.

Tomas_Noctambulo

increible!!! sigue asi

MarinaRojo

¿Va a tener segunda parte? Quedé con muchas ganas de saber que pasa despues con el protagonista.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.