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Relatos Ardientes

Mi compañero me enseñó a leer a los hombres en la calle

Llegué a la capital con dos maletas y la idea fija de cambiar de vida. Mi familia había quedado atrás, mi pueblo, mi trabajo en la imprenta y, sobre todo, esa sensación de que en cada esquina había alguien que conocía a mi tía. Necesitaba aire y necesitaba anonimato. Conseguí lo segundo en un apartamento del cuarto piso de un edificio antiguo, frente a un parque pequeño. Mi compañero era amigo de un amigo. Se llamaba Mateo.

Mateo medía un metro sesenta y cinco, tenía la piel canela y se dejaba crecer la barba a propósito para verse mayor. De niño había nadado en el club deportivo de la ciudad donde creció, y aún se notaba: hombros anchos, espalda firme, cintura pequeña. Tenía poco vello en el cuerpo y le gustaba mantenerlo así. La primera vez que lo vi salir del baño con la toalla baja descubrí dos cosas: que era un hombre obsesionado con la depilación, y que ese departamento iba a enseñarme más sobre mí mismo que todos los años que llevaba escondiendo lo que era.

Mateo era gay. Yo también, aunque todavía me costaba decirlo en voz alta. Él lo decía en cualquier parte: en la fila del supermercado, en el bar, en el taxi de regreso. Y lo decía con una desfachatez que me asustaba y, a la vez, me liberaba.

—Vas a tener que aprender a mirar a los hombres —me dijo la segunda semana, mientras compartíamos una cerveza en la cocina—. Si no, te vas a quedar solo en esta ciudad.

—Yo sé mirar —respondí, ofendido.

—No, no sabes. Miras como si tuvieras que pedir permiso.

Esa noche empezó mi educación. Mateo presumía sin pudor de sus conquistas, y casi siempre eran hombres que la tenían enorme. Le gustaban así. Lo decía sin matices, sin disculparse. «Si no me llena la boca, no me sirve», soltaba mientras se servía otra copa. Yo asentía riéndome, fingiendo que para mí era una conversación más, pero por dentro tomaba nota. Yo también quería eso. Llevaba años imaginándolo. Quería arrodillarme frente a un hombre con una verga gruesa y descubrir cómo era ese momento de tener que abrir la boca más de lo que creía posible.

Cuando volvía del bar con alguno de esos hombres, no me cabía duda de lo que pasaba al otro lado de la pared. Mateo no gemía: gruñía, exigía. Yo me quedaba en mi cama mirando el techo, con la oreja casi apoyada contra el muro, sintiendo cómo se me endurecía sin tocarme.

***

—Tienes una ventaja —me dijo otra noche, ya con confianza—. A ti se te marcan los huevos. Eso es oro.

Era cierto. Siempre lo había sido. Cuando hacía frío se me ponía la verga semierecta sin razón, y los pantalones delgados delataban todo. De adolescente fingía que no me daba cuenta. En el centro de la ciudad descubrí que mucha gente sí se daba cuenta.

—Camina normal y mira las caras —me decía Mateo en el bulevar, los sábados por la tarde—. No te fijes en los ojos: fíjate en hacia dónde van los ojos. Cuando un tipo te baja la vista al bulto, está respondiendo a algo que no controla. No importa si dice que es heterosexual, si tiene novia colgada del brazo o si trae cara de seminarista. Si te miró, te miró.

Empecé a darme cuenta. Era como aprender un idioma nuevo. Pasábamos junto a un hombre de traje, casado evidentemente, y notaba el medio segundo en que sus ojos bajaban antes de subir a mi cara. Pasaba un grupo de universitarios, y uno se quedaba un cuarto de segundo más que los otros. Pasaba un padre con un cochecito, y a veces, increíblemente, también pasaba lo mismo.

—La próxima vez que veas a alguien quedarse —me explicó Mateo—, agárrate el paquete como si te estuvieras acomodando el bóxer. Si quita la mirada y aprieta la mandíbula, es mustio. Si te mira a los ojos, hay dos opciones: o sostiene la mirada hasta que tú la quites, o se ruboriza y se hace el tonto. Lo que importa es que te miró otra vez. Eso es todo.

La primera vez que lo hice fue en una panadería. Había un señor de unos cuarenta y cinco, con anillo y una camisa azul, esperando a que le sirvieran. Sentí sus ojos bajar. Me acomodé el pantalón con calma, sin dejar de mirar el mostrador, como si nada. Cuando levanté la vista, él ya me estaba mirando a los ojos. No la quitó. No bajó. Me sostuvo el segundo que dura una sonrisa, y después miró su billetera. No pasó nada más. No hacía falta. Salí a la calle con el corazón a ciento sesenta y una erección casi vergonzosa.

Esto es nuevo, pensé caminando hacia el apartamento. Esto es algo que puedo hacer.

***

El vecino apareció en mi vida sin que yo lo buscara.

Antes de que yo me mudara, él y Mateo habían compartido el departamento. Cuando se desocupó el de enfrente, él se cambió, pero seguían siendo amigos. Venía dos o tres veces por semana, a ver fútbol, a tomar cerveza, a quedarse hasta tarde. Se llamaba Cristian. Medía un metro noventa y dos, era peludo en pecho y antebrazos, calzaba un cuarenta y cinco o cuarenta y seis. Yo se los medí mentalmente la primera vez que se descalzó: metí mi pie sin esfuerzo dentro de su tenis abandonado y todavía sobraba espacio. Cristian era amigo de Mateo, y a juzgar por cómo se hablaban, en algún momento habían sido algo más.

—Conmigo no, en serio —me dijo Mateo cuando le pregunté—. Es buga. O eso dice. Pero deja que mire.

Cristian usaba esos shorts de baloncesto que les cuelgan a los hombres como una fruta madura. Cuando se sentaba en el sofá con las piernas abiertas, no había forma de no mirar. La tela colgaba pesada de un lado. Yo intentaba seguir la conversación, fingir que veía el partido, pero los ojos se me iban solos.

Y él se daba cuenta.

La primera vez que me cachó fue en una pausa de la transmisión. Yo estaba sentado en el suelo, la espalda contra el sofá, y él estaba arriba, recostado, con una cerveza en la mano y la pierna izquierda colgando del brazo del sillón. Giré la cara para preguntarle algo y mi vista hizo el recorrido. Lo vi, lo miré, levanté los ojos, y me topé con los suyos. Llevaba ahí no sé cuánto. No quitó la mirada. Sonrió.

—Pasa seguido —dijo, sin malicia. Como si me explicara el clima—. Lo malo es que nadie se la ha mamado bien.

Sentí que se me secaba la boca. Mateo, que volvía de la cocina con dos cervezas más, no escuchó la frase pero alcanzó a leer la situación. Me sonrió de costado y se sentó en el otro extremo del sofá, sin mediar palabra. Cristian ni siquiera se movió.

—Es la cabeza —siguió él, dirigiéndose a mí, hablando en el mismo tono con el que se habla del partido—. No es el grosor, no es el largo. Es que la cabeza no le cabe a nadie en la boca. Lo intentan y se rinden a los diez minutos.

—¿Y a ti te molesta? —pregunté, sin pensarlo mucho.

—Me jode. Para qué la voy a tener así si no me la van a mamar como Dios manda.

Mateo soltó una carcajada desde su lado del sofá. Yo me quedé sin saber qué responder. La verga, debajo de mi pantalón delgado, ya no podía esconder lo que pensaba. Y Cristian, con esa naturalidad de tipo que se cree heterosexual hasta que se le presenta otra cosa, lo notó.

—A ti también se te ven los huevos. Mateo ya me lo había dicho.

—¿Mateo te dijo eso?

—Mateo me dice todo —contestó él, y le guiñó un ojo a mi compañero, que estaba reprimiendo otra risa.

***

Esa noche, después de que Cristian se fuera, me quedé sentado en la cocina con Mateo. Eran las dos de la mañana. Habíamos terminado el último paquete de cervezas. Él se había puesto unos shorts cortos y una camiseta de tirantes y, sin proponérselo, también él parecía exhibirse.

—Te lo dije —me soltó—. Es buga. Pero deja mirar. Y a veces deja un poco más.

—¿Tú…? —no me animé a terminar la pregunta.

—No, yo no. Una vez estuve cerca, pero no. Le tengo cariño. Y tampoco quiero ser el primero que lo confirme. Que la pruebe otra persona.

Reí. La cabeza me daba vueltas un poco por el alcohol, y un poco más por la imagen que no me podía sacar: la cabeza, el grosor, la idea de probar y rendirse a los diez minutos. Yo no iba a rendirme. Eso lo sabía.

—Te conté hoy todo lo que sé —siguió Mateo—. Las miradas, los huevos, los shorts, los pies, las preguntas que se hacen entre amigos en la prepa para terminar haciendo lo otro. Lo que tú hagas con eso es tu problema. Solo te pido una cosa.

—¿Qué?

—Que cuando lo hagas, no me dejes adivinarlo por la pared. Cuéntamelo.

Asentí. Pensé que iba a tener mucho que contarle. Pensé en la panadería, en el señor de la camisa azul, en los universitarios del bulevar, en Cristian recostado en el sofá con la tela pesada cayendo de un lado del short. Pensé en cómo, en pocas semanas, había pasado de ser el chico que pedía perdón al mirar a ser el chico al que miraban.

Mateo se levantó, me apretó el hombro con la mano caliente y se fue a su cuarto. Yo me quedé en la cocina un rato más, con la luz del extractor encendida y la verga semidura en los pantalones. Pensé en bajar al departamento de enfrente. No lo hice, no esa noche. Pero supe, sin sombra de duda, que iba a hacerlo. Y supe que Cristian, ese hombre que decía ser heterosexual y que llevaba semanas mostrándome lo que tenía con la naturalidad de quien no espera respuesta, lo sabía también.

Cuando me acosté esa madrugada, escuché su televisión a través de la pared del fondo. El sonido se filtraba ligero, como si estuviera él solo, sin compañía, sin nadie. La cabeza —pensé—. La cabeza no le cabe a nadie en la boca. Pero a mí sí me va a caber.

Y me dormí pensando en eso, con la mano todavía sobre el bulto y la sonrisa de quien ya sabía cuándo iba a bajar a tocar el timbre.

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Comentarios (4)

Ramiro_cba

buenisimo!! me quede con ganas de leer mas

lectora_porteña

Me encanto, se nota que es algo real. Esa sensacion de llegar a una ciudad nueva y que alguien te abra los ojos es algo que muchos reconocemos. Muy bien contado.

GuillermoVzla

increible, muy bien narrado. Fluye solo.

ValentinaQuilmes

Jaja me reconoci en esta historia cuando llegue yo a Capital. Eso de aprender a leer las miradas de los hombres te cambia la cabeza, es verdad. Muy buen relato!

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