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Relatos Ardientes

El chulo del gimnasio terminó en mi puerta esa noche

Vivo en un barrio obrero de Valencia. Tengo veintiocho años y, aunque llevo media vida pisando gimnasios, mi cuerpo no es el del clásico cachas. Soy delgado y fibrado, con el músculo pegado al hueso, de esos que se marcan con cada gesto pero que pasan desapercibidos bajo una sudadera ancha. Siempre fui callado, ese tipo guapete que prefiere meterse en una esquina con auriculares antes que reírle las gracias a nadie. Mi timidez nunca fue falta de carácter, solo una barrera que me ha mantenido un paso atrás, con casi todos mis encuentros sexuales atados a las apps.

Me había mudado al barrio en septiembre y me apunté al gimnasio que quedaba a dos manzanas. Era el típico local moderno por fuera pero con olor a hierro viejo y sudor real por dentro, ese sudor que se mezclaba con el chirrido de las máquinas y el reguetón a todo volumen. A las seis de la tarde, el sitio se llenaba de chavales de dieciocho a veintiún años con el degradado recién hecho, camisetas de tirantes y shorts del equipo del barrio. Yo me limitaba a mirar de reojo sin saber muy bien dónde fijar la vista.

R. era otro nivel. Mientras sus colegas todavía conservaban esa cara de críos que no han roto un plato, él ya caminaba como si fuera el dueño del gimnasio. Tenía diecinueve años, pero estaba muy tocho. Buenos bíceps, unas piernas y un culo que le dejaban el short tan apretado que se tenía que estar acomodando el bulto cada tres por dos. Siempre con la camiseta de tirantes ajustada, el degradado al cero y una cadena de plata brillándole en el cuello.

Sus colegas lo seguían como sombras, riéndole las gracias. «Bro, dame esto», «bro, mira qué culo tiene esa». Él era el más macarra del grupo, ahí para ponerse tocho y que todo el barrio lo supiera.

Yo seguía mi rutina de fantasma. Capucha puesta, auriculares dentro, mirada al suelo. Todo iba bien hasta que R. me pilló mirándole en una de esas en las que se estaba sobando el rabo por encima del short. Yo estaba en el banco de al lado, recuperando el aire, y aunque me di cuenta de que él se había dado cuenta, no fui capaz de retirar la mirada.

R. dejó caer la mancuerna al suelo de goma con un golpe seco que retumbó en toda la sala. Se quedó quieto, con la mano aún apoyada sobre el bulto, y soltó una risita seca poniendo su mejor cara de cabrón. Le dio un codazo a un colega sin dejar de clavarme los ojos.

—¿Qué pasa, tronco? ¿Te mola mi polla? —dijo, alzando la voz para que lo oyera medio gimnasio—. ¡Vaya tela con los maricones, cada día hay más sueltos por aquí!

Sus colegas rompieron a reír. R. se dio la vuelta y me dejó la espalda, dándome por inexistente.

***

Después de aquel corte delante de todo el mundo, el gimnasio se convirtió en un campo de minas. Estuve dos semanas sin pisarlo. Cuando volví, intentaba entrenar a horas muertas, cuando la sala estaba casi vacía. Me ajustaba la capucha, bajaba la mirada y me metía en la máquina más escondida rezando para que R. no apareciese.

Lo odiaba. Y me odiaba más a mí. Odiaba esa sensación de vergüenza que me dejaba el cuerpo flojo durante días, y sin embargo su imagen no se me iba de la cabeza cuando bajaba la guardia. Pensaba en él, en cómo se le marcaban los hombros bajo la camiseta, en cómo se sobaba el rabo sobre el short, en esa cara de hijo de puta.

Y así, entre las sombras de mi habitación, terminaba pajeándome pensando en él. Me sentía sucio, un traidor a mí mismo, deseando justo aquello que me despreciaba. Era un círculo: el miedo en el gym y el deseo culpable en la cama, sabiendo que para R. yo no era más que otro marica más del barrio.

Con el tiempo se convirtió en un pensamiento fijo que me ponía cachondo en cuanto aparecía. Muchas noches abría la app para dejarme follar por cualquier chaval de veintipocos que medio me lo recordara. La secuencia «pensar en R., abrir la app» se había vuelto costumbre semanal, sobre todo los fines de semana después de salir.

Aquel sábado pasó justo eso. Había bebido, había fumado y, nada más entrar en casa, me planté en el sofá con el rabo a medio empalmar, pensando en él. La boca se me hacía literalmente agua imaginando una buena polla de niñato que pudiera llevarme a la garganta.

Abrí la app y empecé a deslizar caras sin nombre. Un perfil sin foto, a solo cincuenta metros, me llamó la atención. «R. niñato pollón», decía la descripción. Le escribí con los dedos temblando: «Estoy muy mamón, soy discreto y tengo sitio». Cuando le pedí foto, el corazón me dio un vuelco que casi me tira del sofá. Era él. Sin camiseta, frente al espejo del gimnasio. Su siguiente mensaje fue de dos palabras: «Mándame ubi».

***

En los diez minutos que tardó en llegar, recogí el piso y dejé el bote de popper preparado encima de la mesa baja. Me ayudaba en las penetraciones, pero sobre todo me ponía a mil chupando una polla. El timbre retumbó en el pasillo más fuerte de lo que recordaba.

Cuando abrí, un olor a ron y tabaco rubio me golpeó la cara. R. entró con la sudadera entreabierta y el pelo alborotado. El alcohol le hacía balancearse, pero poco importaba. Seguía teniendo esa cara de cabrón, e incluso noté algo distinto que me ponía aún más cachondo: una mirada de violencia que jamás le había visto en el gimnasio. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con la chulería que me hacía sentir tan inferior.

—Hola, marica —soltó arrastrando las palabras con un deje que me ponía a mil—. Al final has tenido suerte, ¿no? —añadió mientras se sobaba el bulto por encima de los vaqueros.

Yo no sabía qué decir. Estaba como fuera de mí, mordiéndome los labios y salivando. Quería ponerme de rodillas, y él lo notó, pero era incapaz de reaccionar. Fue R. quien tomó la iniciativa, me agarró del hombro y me obligó a hincarme sobre la alfombra del salón. Se desabrochó el pantalón con una calma insultante, sosteniéndome la mirada con un desprecio que me hacía sentir minúsculo.

—Venga, maricona, no me hagas esperar —ordenó, tirándome del pelo—. ¿No andabas mamona?

Con un movimiento brusco se quitó la camiseta de un tirón, dejando a la vista su torso pálido y fibrado bajo la luz del salón. Me agarró la muñeca derecha y me obligó a estamparle la palma contra el pecho.

—¿Ves esto? —gruñó—. Toca, maricona.

Con su mano apretando la mía, me obligó a recorrer la curvatura de sus pectorales, que subían y bajaban con una respiración agitada por la borrachera. Luego bajó mi mano de golpe hasta su abdomen, guiándola por unos abdominales marcados y duros como piedras. Sentir el calor de su piel contra mi mano fría me hizo temblar.

Al empezar la mamada su polla estaba morcillona, todavía no del todo dura. Era gruesa pese a no estar rígida, con el capullo rosado bajo la luz. Mientras yo iba y venía, sus manos se hundieron en mi pelo, primero suaves, luego apretando, hasta que noté cómo se hacía más grande y casi me costaba respirar. La saqué para lamerle el glande, regodeándome en cada centímetro.

—Así, maricona. Sigue —dijo, apretándome la cabeza con firmeza. Empezó a follarme la boca como si fuera una bestia que llevaba meses esperando a su hembra.

Con sus manos hundidas en mi pelo marcando un ritmo bruto, sentí que la presión me superaba. Necesitaba respirar. Me aparté un segundo, recuperé el aire entrecortado y alargué la mano para coger el bote de popper. Me pegué un chute mirándolo a la cara.

Se quedó congelado, con la respiración agitada y los abdominales todavía en tensión. Me miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza, esa cara mitad niñato cabrón, mitad chaval que no se fía de lo que no conoce. Sus ojos vidriosos se clavaron en el frasco mientras yo destapaba el tapón e inhalaba de nuevo.

—¿Qué coño haces? ¿Qué es esa mierda? —soltó con su voz de macarra—. ¿Vas a meterte algo ahora, maricona? ¿Es droga de esa rara de maricones?

Yo estaba demasiado cachondo para contestar. Tenía su polla dura delante, podía olerla, lamerle el capullo con la punta de la lengua. Me acerqué el bote a la nariz e inhalé otra vez. Sentí el golpe de calor instantáneo, los latidos del corazón martilleándome las sienes y esa dilatación que me hacía querer meterme por el culo y por la boca todas las pollas del planeta.

—Dime qué es eso o te juro que te enteras —dijo, y me cruzó la cara con una hostia abierta. En cualquier otra situación me hubiera revuelto, pero aquello me hizo el doble de puta. Me acerqué pidiendo más polla, y él me cogió del cuello y repitió la pregunta. Yo no podía decir una sola palabra. Era toda una boca mamando un pollón. Era una perra, una puta. Su puta.

R. me arrebató el bote de un zarpazo, se lo llevó a la nariz y pegó una inhalación tan bestia que hasta a mí me puso más cachondo.

—¿Esto es lo que te pone tan puta, maricona? —dijo mientras yo volvía a tragármela aprovechando que tenía las manos ocupadas.

Al segundo vi cómo le pegó el subidón. Se le dilataron las pupilas hasta volverse dos pozos negros y los abdominales se le tensaron aún más. Se quedó petrificado, con la boca entreabierta y el bote pegado a la cara, mientras el calor le subía por el cuello. El alcohol y el popper se mezclaron en su cabeza y, de golpe, cualquier control que yo pudiera mantener se evaporó.

—Joder… ¡Joder! —balbuceó, perdiendo el equilibrio y apoyando la mano en mi hombro—. Se me va… se me va todo, tronco.

Se le encendió la mirada. Empezó a respirar con la lengua fuera, con una sonrisa desencajada de puro descontrol. Me agarró del pelo con una fuerza desmedida porque necesitaba aferrarse a algo real mientras su mundo daba vueltas. Y pasó algo extraño. Durante un segundo, la coraza de macarra se le agrietó y vi deseo puro. Se tambaleó, me sujetó la nuca y se agachó hasta estampar sus labios contra los míos. Un beso húmedo, cargado de saliva y ron, una invasión total. Por un instante, la línea entre el odio y la necesidad desapareció.

Un tercer chute al popper, más largo y bruto, rompió el espejismo. Con los ojos inyectados en sangre y la respiración de un animal en celo, se transformó del todo. La suavidad desapareció y volvió la cara de hijo de puta.

—¡Te voy a reventar, marica! —rugió, y me empujó hasta tirarme al suelo. Empezó a desvestirse del todo, quitándose torpemente las deportivas y los vaqueros. Ya desnudo y empalmado, me acorraló, me cogió la cabeza, me cruzó la cara con la mano abierta y me escupió. No recuerdo cuánto tiempo estuvo pegándome. Solo sé que, de golpe, todo se fundió en negro.

***

—Despierta, maricona.

Al escuchar su voz, desperté de golpe. Las sienes me martilleaban y un sabor metálico de miedo y de sangre me llenaba la garganta. No estaba en el salón. Estaba en mi cama, entre mis sábanas, y el peso que sentía encima me cortaba la respiración.

R. estaba sobre mí, con su polla dentro de mi garganta. Ya no quedaba rastro del chaval que dudaba o del que me había besado húmedo. Ahora era una bestia desatada por el químico y el ron. Tenía la mirada perdida, fija en el techo, y se movía con una furia mecánica, rítmica, animal. Su mano pesada me apretaba el cuello, obligándome a mantener la boca abierta mientras él sacaba y metía hasta el fondo. No había ningún límite. Yo estaba inerte, sin oponer la menor resistencia.

—Despierta, maricona —repitió, aunque sonaba más al gruñido de alguien intentando encajar su polla en una garganta—. No te vas a librar tan fácil. Me has metido esa mierda en la cabeza y vas a aguantar hasta que yo diga.

Sus abdominales rozaban mi pecho con cada embestida, empapados en sudor frío. Por mucho que mi cabeza quisiera decir basta, mi cuerpo no atendía a razones y se ponía a sobarle el culo mientras él me follaba la boca. Mi cerebro pedía parar; mi cuerpo pedía más. Mis manos se aferraban a ese cabrón, apretándolo contra mi boca.

R. captó al vuelo lo que pedía. Sintió mis dedos clavándose en sus nalgas y soltó una risita ronca.

—Joder, qué zorra eres, maricona —dijo, cargado de una malicia que me hizo vibrar hasta los huesos. Se detuvo solo un segundo, lo justo para meterse otro chute de popper—. ¿Eso es lo que quieres, eh? ¿Que te dé más caña? Pues prepárate, que ahora te vas a enterar de lo que es un macho de verdad.

Cuando parecía que no había espacio para más intensidad, R. se transformó. Empezó a follarme la boca con el doble de fuerza. Cada golpe de sus caderas contra mi cara era un martillazo. Sus abdominales empapados golpeaban mi pecho y el olor a sexo y químico llenaba la habitación. Su polla parecía incluso más grande y dura, como si durante el rato que llevábamos allí no hubiera dejado de crecer.

—¿Comes culo? —me preguntó, aunque al momento se dio cuenta de que yo iba a hacer cualquier cosa que él quisiera—. Te lo vas a comer enterito, maricona.

Sentí su peso bajar sobre mí, obligándome a una postura humillante mientras él se colocaba. Me agarró del pelo para que no pudiera moverme y noté el contacto directo con su ano.

—¡Limpia bien, maricona!

Empecé bajo su mando. Su mano me apretaba la cabeza mientras yo acariciaba la dureza de sus glúteos y colocaba la boca entre ellos. Se movía con una chulería animal, y cada vez que intentaba coger aire, él apretaba más. Era su juguete. Era su puta. Y mientras yo le lamía el culo como una perra, escuché cómo se pegaba otro chute más.

Notaba cómo se retorcía cada vez que pasaba la lengua, y eso me ponía a mil.

—Qué locura, joder —susurró con la voz totalmente rota. Entonces se volteó hacia mí y vi de nuevo esa cara poseída por la furia. Sabía que tenía que atenerme, sin ofrecer resistencia, a la violencia de aquel cabrón. Toda la fuerza de un cuerpo de diecinueve años, con una máscara de odio y placer desfigurado, se vino sobre mí como un huracán. Un torbellino de golpes culminado por un derechazo final.

El golpe me pilló de lleno en la mandíbula. Sentí un crujido sordo y un destello blanco me nubló la vista al instante. Mi cuerpo se desplomó sobre el colchón como un saco de arena, sin resistencia. Lo último que escuché, antes de que el mundo se volviera negro de negro, fue su respiración agitada y su risa retumbando en mis oídos.

—Vamos a follar a la perra…

***

Desperté envuelto en una niebla espesa, con la mandíbula doliéndome como si me hubiera pasado un camión por encima. No supe si habían pasado diez minutos o dos horas. El tiempo dentro de aquella habitación había dejado de existir. Lo único real era que R. me estaba empotrando como si no hubiera mañana.

Otro chute de popper. Con la mirada se lo pedí, y él me acercó el frasco a la nariz, tapándome un agujero con el pulgar. Sentía dolor en todo el cuerpo y la cara me ardía, pero quería más.

En medio del delirio, R. me sujetó la cara con las dos manos, obligándome a sostenerle una mirada vidriosa que volvía otra vez a esa excitación del que sabe que cualquier cosa puede pasar. Esperaba otra hostia, pero, de repente, se inclinó y me devoró en un beso salvaje, cargado de saliva y de un deseo que ya no sabía esconder. Tenía los labios hinchados, debían estar sangrando, porque veía sangre en su boca, pero a él ya nada parecía importarle.

Por momentos me escupía, por momentos echaba saliva en mi boca y la acompañaba con la lengua, mientras me decía cosas como «eso es, maricona», o «toma rabo, maricona».

—Mírame —susurró—. Mírame. Eres mía, ¿te enteras?

Sus embestidas se volvieron frenéticas. Sacaba casi todo el rabo para volver a metérmelo hasta el fondo. Una y otra vez, sin piedad. Yo, con mis veintiocho años, apretaba las manos contra los glúteos duros de aquel chaval, pidiendo más, aceptando una rendición total. Hasta que él soltó un rugido animal.

El calor de su leche dentro de mí me inundó, una sensación líquida y ardiente que nunca había sentido antes. Era la primera vez que alguien se corría dentro de mí. R. se desplomó, dejando caer todo su peso muerto, con la cara enterrada en el hueco de mi cuello, respirando como si le acabara de dar un infarto. Él temblaba. Yo también.

No sé explicarlo. Nunca me había sentido así. Me dolía todo. R. me había hecho mucho daño y había traspasado cualquier barrera que pudiera haber existido. Pero estábamos juntos, sudando, con sangre en mi cuerpo, temblando, con su lefa caliente dentro.

R. seguía temblando. Ya no era el macarra del gimnasio ni el animal violento del popper. Ahora era solo un cuerpo joven, agotado y vulnerable que se aferraba a mí. Por un momento fue consciente de aquello, y de que le gustaba estar así.

Sin saber muy bien cómo iba a reaccionar, le acaricié la espalda hasta llegar al pelo, y luego bajé otra vez al culo. Nos quedamos abrazados. Él empezó a temblar más fuerte. No sabía si se sentía incómodo, así que moví los brazos para soltarnos.

—No te sueltes… —susurró R., casi inaudible.

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Comentarios (5)

GabrielNorte

Excelente, lo leí de un tirón. Un giro así no te lo esperás y eso es lo que lo hace buenísimo

Luciano_V

jaja karma instantaneo. el que te humilla delante de todos termina en tu puerta... tremendo como da vueltas la vida

NadiaQBA

me enganchó desde el primer parrafo! por favor seguí escribiendo

Fercho_GBA

Muy bueno. La ironía de la situacion dice todo, no hace falta agregar nada mas

Denacho72

Me recordó algo que me paso a mí, distinto pero con la misma sensacion de no poder creer lo que estaba pasando. Buen relato

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