El masaje amateur que le pedí a un desconocido maduro
Llevaba semanas dándole vueltas a una idea concreta: quería saber qué se sentía al tumbarse en la camilla de un masajista y dejar que una erección involuntaria —de esas que aparecen en cierto tipo de películas— terminara por desbordarlo todo. No buscaba un profesional con tarifa ni, mucho menos, un chapero. Quería algo natural, casero, sin dinero de por medio. Algo que pasara solo, como si nadie lo hubiera planeado.
Así que entré en una página de contactos y me puse a filtrar perfiles con esa intención poco confesable. Tardé un rato, pero acabé en el anuncio de un hombre que ofrecía masajes en su piso, en pleno centro de Málaga, completamente gratis. Masajes amateur, decía, nada técnico ni reglado, pero lo bastante sugerente como para que le escribiera sin pensarlo demasiado.
Ya en el primer mensaje dejé caer hacia dónde imaginaba yo que podía ir la cosa. Él, sin dar muchos rodeos, me confirmó que se trataba de un masaje erótico: tenía que desnudarme, soltarme, perder la vergüenza y limitarme a disfrutar mientras él me relajaba poco a poco, a su ritmo. La propuesta me gustó más de lo que esperaba. Estaba cansado de las citas calcadas de las aplicaciones, todas iguales, y aquello prometía ser distinto. Cuadramos para vernos esa misma tarde.
No tenía ni idea de qué iba a ocurrir, así que me preparé como es debido. Una ducha larga y a conciencia —ya me entendéis—, ropa cómoda y la cabeza puesta en estar disponible para cualquier cosa. Salí de casa con un cosquilleo en el estómago que hacía mucho que no sentía.
Me abrió la puerta un hombre maduro, de unos cincuenta y tantos, más bajo que yo, de complexión ancha, tipo oso. Tenía justo la pinta que a mí me pone: brazos gruesos, mirada tranquila, esa seguridad de quien no necesita demostrar nada. Calculé que me sacaría veinte años largos, y lejos de echarme atrás, eso me encendió aún más.
—Pasa, pasa, que aquí estamos tranquilos —dijo, estrechándome la mano con un apretón firme.
Soltó un par de frases tontas sobre el calor que hacía, ese intercambio mínimo que sirve para romper el hielo, y enseguida me guio por el pasillo hasta una habitación con una cama grande. Sobre ella había una toalla extendida, una botella de aceite y todo lo que, supuse, pensaba usar conmigo.
—Estoy a tu disposición —le dije sin tapujos—. Sin remilgos y sin contar años. Vengo a pasarlo bien, nada más.
Sonrió de medio lado, como quien acaba de recibir exactamente la respuesta que esperaba, y me señaló una silla donde dejar la ropa. Me fui quitando las zapatillas, los calcetines, el pantalón y la sudadera mientras él, todavía vestido, me observaba sin el menor pudor. Era evidente que se moría por verme desnudo, y a mí me gustó ser mirado así.
—¿El calzoncillo también? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—También —contestó, sin apartar la vista.
Ya sin nada encima, me recorrió de arriba abajo con los ojos.
—Me encantan los hombres con vello —murmuró.
Un punto más a favor. Empezábamos bien.
Me tumbé boca abajo, ofreciéndole ya de entrada la espalda y todo lo demás. Estaba deseando notar sus manos bajando hacia donde no debían. Él empezó despacio, acariciándome los hombros, y no tardó mucho en deslizar las palmas hasta mis nalgas y separarlas con suavidad. Me puso muchísimo. Pero, de momento, no fue más allá.
Cogió la botella, dejó caer un hilo de aceite sobre mi piel y comenzó a amasarme con una delicadeza que tenía, a la vez, algo de contundente. Cada vez que sus manos descendían, se entretenían un poco más: rozaban el vello, separaban con cuidado, me acariciaban justo en el centro antes de volver a subir. Mi erección ya respondía a aquellos estímulos, aunque la postura me permitía disimularla contra el colchón.
***
De pronto retiró las manos. Oí el roce de la tela y, al girar un poco la cabeza, lo vi quitarse la camiseta. La cosa empezaba a calentarse de verdad. Me dejó entrever lo que pude: un torso de hombre maduro, con algo de barriga y mucho pelo, justo el tipo de cuerpo que tantas veces había buscado en internet. Me sentía encantado de tener a alguien así sobándome, como si por fin estuviera dentro de una de aquellas escenas que tanto me ponían.
Siguió trabajando la espalda, los glúteos, las piernas y los pies, hasta que volvió a desprenderse de otra prenda. Esta vez, el pantalón. Y entonces entendí su intención: quería tumbarse sobre mí. Lo hizo. Sentí todo su peso presionándome, su barba afeitada raspándome la nuca, su aliento en el cuello. Su sexo ya estaba duro —aunque todavía no se lo había visto— y se ocupó de restregármelo despacio, marcando territorio.
Volvió a incorporarse, repartió más aceite y reanudó el masaje un instante antes de colocarse de pie junto a la cama. Por fin pude verlo: dura, peluda, no demasiado grande pero ya húmeda en la punta. Estiré la mano que tenía libre y se la sujeté. Él se fue acercando, sin prisa, hasta que pude llevármela a la boca.
Sabía a anticipación, a ese gusto salado que aparece antes de tiempo, y olía mejor todavía. Enseguida la tuve entera, arrancándole algún gemido grave y un «qué bueno, cabrón» entre dientes. Se la chupé apenas unos segundos, lo justo para que entendiera que tenía vía libre para todo, y se la solté para que pudiera seguir.
Y vaya si siguió. Me sobaba el centro con el pulgar, intentaba colar un dedo que se resistía a entrar, me recorría las piernas hasta los pies y regresaba. Volvía a echarse encima, volvía a resoplarme en el cuello, su sexo duro paseándose entre mis nalgas como si calculara hasta dónde podía llegar. Yo me dejaba hacer, completamente entregado.
***
Me dio la vuelta. Boca arriba, le tocó a él disfrutar de mi sexo. Primero me lo lamió por encima, jugueteando, y luego me masturbó con el mismo aceite que había usado en toda la sesión. Yo estaba a punto de explotar y, por su respiración, intuí que él tampoco andaba lejos. Se levantó y, desde el lateral de la cama, volvió a ofrecerme la suya en la boca.
A las tres o cuatro succiones la apartó de golpe.
—Para, para, que me corro —jadeó.
Tenerlo tan al borde me ponía todavía más. Decidí dejarla un rato en paz y le pedí algo concreto.
—Ponme otra vez boca abajo, por favor.
Quería recuperar esa sensación: sus manos resbalando, el aceite, su sexo a punto de estallar rozándome sin pedir permiso. En otro momento me habría puesto a cuatro patas a recibirlo sin más, pero preferí cederle el mando y dejar que hiciera lo que le diera la gana.
Se tumbó a mi lado y pasamos a tocarnos el uno al otro, ya sin ninguna delicadeza. No parecía dispuesto a ir más allá, pero a mí me apetecía sentirlo dentro, rematar aquel masaje de la única forma que tenía sentido en mi cabeza. Me subí encima de él, acerqué mi cuerpo a su sexo y, aunque me lo restregó con ganas, no noté en él la intención de penetrarme. Me contuve para no incomodarlo. Además, estaba tan al límite que cualquier movimiento brusco lo habría hecho terminar, y no quería que ocurriera así, sin protección, por mucho que el calentón me empujara a olvidarme de todo.
Él sabía perfectamente que tenía permiso, y ese morbo —el de saber que podía y no lo hacía— me resultaba devastador. Volví a tumbarme y empezó otra vez a estimularme con los dedos. Cada vez gemía más fuerte.
—Quiero darte leche —dijo, antes incluso de que yo preguntara nada.
Se arrodilló sobre la cama, frente a mí, apuntándome con su sexo, y tras mirarme una última vez en busca de un sí que ya estaba dado, empezó a vaciarse sobre mi torso peludo. Notar aquel líquido caliente cayéndome encima fue suficiente: solté la mía casi al instante, sin apenas tocarme.
***
Nos reímos como dos tontos después de la corrida, todavía con la respiración entrecortada. Un comentario, una broma y un gesto hacia el baño.
—Puedes ducharte cuando quieras —me dijo, pasándome una toalla limpia.
La verdad es que me habría gustado culminar el masaje de otra manera, dejándome follar por él aunque se hubiera corrido a la primera embestida. Pero no quería forzar nada. Había ido a buscar una cita más especial de lo habitual, y eso lo había conseguido con creces. A veces, el simple roce de unas manos rudas o de su sexo contra mi piel genera más morbo que cualquier penetración.
Me marché con la sensación de haberme quitado un peso de encima, totalmente relajado. Bueno, relajado a medias: mientras escribo esto desde casa, el recuerdo de aquel oso, de su barba raspándome el cuello y de su voz ronca diciendo «qué bueno, cabrón», me vuelve a poner duro como una piedra.
Creo que tendré que volver otro día. ¿No?