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Relatos Ardientes

El vecino que me enseñó a desear a los hombres

Éramos dos personas que no deberían estar juntas, haciendo exactamente lo que no debería estar pasando. Ella era casada, yo también, y nos habíamos encontrado esa tarde en aquella casa que su familia dejaba vacía durante el invierno. Llevábamos meses viéndonos en secreto y ninguno de los dos había puesto la palabra correcta a lo que teníamos.

Lo que sí puedo decir es que esa tarde estaba a punto de cambiar todo, aunque no de la forma que yo esperaba.

Escuchamos la puerta principal abrirse y los dos nos congelamos. Ella reaccionó primero, con esa calma que solo tienen las personas acostumbradas a mentir: se arregló la ropa, se limpió con el dorso de la mano un hilo de mi semen que le colgaba todavía de la comisura de los labios, se acomodó el pelo revuelto y salió al pasillo con las tetas todavía marcándose duras contra la blusa. Yo me quedé en la habitación unos segundos, subiéndome el pantalón, con la polla a medio bajar pegada al muslo y el olor de su coño impregnado en los dedos, escuchando saludos en voz baja.

Cuando salí, había un hombre en la cocina. Tendría unos cincuenta y cinco años, pelo gris cortado corto, ojos oscuros que miraban sin prisa. Se llamaba Marcos, era vecino de la familia desde hacía décadas y tenía llave de la casa desde siempre. Ella lo saludó normalmente, explicó en tres frases que estábamos de paso, y desapareció hacia otro cuarto con una excusa que no llegué a escuchar del todo.

Me quedé solo con él.

Marcos me ofreció un vaso de agua sin preguntarme si quería, se apoyó en la mesada con los brazos cruzados y me miró con la misma calma con que lo miraba todo.

—¿Y qué tal está ella? —preguntó, con un tono que no era indiscreto sino simplemente directo.

—Bien —respondí, incómodo. Sentía que me habían pescado en algo.

—Tranquilo, que no me importa lo que hacéis —dijo—. Sois adultos. Y por el olor que traés en los dedos, la estuviste follando bien.

Me miré la mano sin querer, y él soltó una risa corta, seca, sin burla.

—No hace falta que la escondas —añadió—. Aquí nadie va a decir nada.

Aflojé los hombros sin querer. Empezamos a hablar de cosas sin importancia: el calor de esa tarde, el estado del jardín delantero, el tiempo que hacía que no venía nadie por la casa. Marcos hablaba despacio, sin llenar los silencios solo por llenarlos, y yo descubrí que me resultaba fácil estar ahí, frente a él, con veintiséis años y la cabeza todavía en la habitación de antes, en el coño mojado que acababa de dejar, en la polla que se me había puesto dura otra vez sin motivo aparente.

—Imagino que tenés muchas oportunidades —dijo de pronto, mirándome a los ojos.

—¿Para qué? —respondí, desconcertado.

—Para follar. —Hizo un gesto vago hacia el pasillo—. Sos joven, sos buen mozo. La gente así no suele estar sola mucho tiempo.

—No estoy buscando nada —respondí. Era una respuesta honesta.

—Nadie busca lo que después encuentra —dijo, con una media sonrisa que no era sarcasmo.

Se hizo un silencio que no era incómodo. Era denso, pero no de la manera que genera urgencia de escapar. Me quedé quieto, mirándolo, sin saber muy bien qué esperar.

—Creo que ya la chupaste antes —dijo. Tampoco era una pregunta esta vez—. Alguna polla, en algún momento. Se te nota.

No respondí nada. Pensé en Rodrigo, un chico de mi barrio con quien había tenido algo breve y sin nombre cuando teníamos dieciocho años, una tarde en la que él me había abierto la bragueta en su cuarto y yo le había metido la polla en la boca sin saber bien qué hacer, algo que los dos habíamos enterrado rápido y nunca más nombrado. Pensé en eso y en el silencio que era más elocuente que cualquier respuesta que pudiera dar.

Marcos se levantó de la silla, dio dos pasos hacia mí y me besó.

Fue suave. Una pregunta más que una afirmación. Esperó un segundo para ver qué hacía yo.

No me aparté.

Entonces me volvió a besar, esta vez con más intención, con una mano que rozaba apenas el lado de mi cara, la otra bajando por mi cintura hasta apretarme el bulto por encima del pantalón con una firmeza que no dejaba dudas de que sabía lo que tenía en la palma. La polla me saltó bajo la tela y él lo sintió y sonrió apenas contra mi boca. Duró lo que duran las cosas que te das cuenta de que iban a pasar tarde o temprano.

—Hoy no —dijo cuando se separó, todavía cerca, sin sacar la mano del bulto—. Pero te espero mañana a las siete en mi casa. La de la esquina, persiana verde. Si no venís, no pasa nada. Si venís, vas a salir diferente. Con el culo abierto o con la boca llena, ya veremos.

Ella volvió en ese momento. Marcos apartó la mano con la naturalidad del que apaga un cigarrillo y se comportó como si hubiera estado hablando del precio de las verduras. Se despidió con cordialidad, recogió lo que había venido a buscar y se fue, cerrando la puerta con la misma calma con que lo hacía todo.

***

Esa noche no pude dormir bien. No era culpa lo que sentía, ni tampoco exactamente deseo. Era más bien la memoria física del beso, el detalle de que Marcos no había dudado ni un instante, la mano firme en mi bulto, la sensación de que yo tampoco había querido apartarme y que eso decía algo de mí que todavía no sabía cómo nombrar.

Me acosté junto a mi mujer, que dormía de espaldas. Estuve mirando el techo hasta pasada la medianoche, repasando esa escena corta en la cocina, la textura diferente de un beso de hombre, la forma en que Marcos hablaba como si todo lo que decía fuera evidente y sin drama. Se me puso dura otra vez, pensando en su polla, en cómo sería tenerla en la boca, en el peso de un huevos ajenos contra mi barbilla. Me la agarré por debajo de las sábanas y me la tuve que sacar rápido, apretando los dientes para no gemir, terminando en un montón de servilletas de papel que había en la mesa de luz. Me corrí con una fuerza que no me pasaba desde adolescente.

A la mañana siguiente ella me preguntó si estaba bien.

—Sí, es el trabajo —dije, y me fui a ducharme antes de que pudiera hacerme otra pregunta.

Pasé el día haciendo cosas sin prestar demasiada atención a ninguna. A las seis de la tarde ya estaba bañado, con el culo lavado por dentro con la ducha de mano como si supiera que iba a hacer falta, y mirando el reloj.

***

La casa de la esquina tenía la persiana verde exactamente como él había dicho. Me quedé parado en la vereda unos minutos, con las manos en los bolsillos, calculando. Podía dar la vuelta. Podía mandar un mensaje inventando una excusa y nunca más mencionar el asunto. Nadie iba a enterarse de nada.

Toqué el timbre.

Marcos abrió casi enseguida, como si hubiera estado esperando cerca de la puerta. Llevaba una camisa oscura con las mangas remangadas y el mismo gesto tranquilo de siempre. Me hizo pasar a un hall pequeño con un perchero, un espejo y una silla, y antes de que terminara de cerrar la puerta ya me estaba besando.

No fue el beso breve y cauteloso de la tarde anterior. Esta vez me tomó de la nuca con firmeza y me besó con pausa, sin apuro, la lengua entrando en mi boca con la naturalidad del que ya sabe que ese lugar va a ser suyo. La otra mano me agarró la polla por encima del pantalón, la apretó, la midió sin disimulo. Yo respondí, con la mía buscándole el bulto también, encontrándolo duro, grueso, largo bajo la tela del pantalón. Descubrí en ese momento algo que siempre había sabido en algún lugar sin poder articularlo: que para mí los besos lo son todo, que sin besos no funciono, que el deseo arranca ahí o no arranca.

—Bien —murmuró, con los labios todavía cerca de los míos—. Eso está muy bien. Se te para rápido. Me gusta.

Me llevó por un pasillo corto hasta su cuarto. Era una habitación ordenada, con una cama grande y luz natural que entraba filtrada por una persiana medio cerrada. Se sentó al borde de la cama y me miró desde ahí sin decir nada, esperando.

—Sacate la ropa —dijo al fin—. Toda. Despacio. Quiero verte.

Lo hice casi de espaldas a él, por inhibición, mirando la pared como si el papel pintado tuviera algo interesante que ofrecer. Me saqué la camisa, después el pantalón, y cuando me bajé el calzoncillo sentí que la polla, dura ya desde el pasillo, me saltó contra el vientre con un golpe seco. Cuando me di vuelta estaba en cueros y él seguía vestido, mirándome con expresión que no era grosera ni exigente. Era una evaluación tranquila, casi afectuosa, que se detuvo un largo instante entre mis piernas.

—Qué buena polla tenés —dijo, sin cambiar el tono—. Y qué bien parada. Girate. Quiero verte el culo también.

Me giré. Sentí su mirada recorriéndome las nalgas con la misma paciencia con la que había recorrido el resto.

—Gracias —respondí, sin saber qué más decir, sintiéndome ridículo y excitado a la vez.

—No te pongas tenso. Esto no tiene apuro y no vas a hacer nada mal.

Se levantó y se acercó a mí. Me besó de nuevo, largo, mientras sus manos recorrían mi espalda, mis costados, mi pecho con una atención metódica que no tenía nada de frío. Era como si quisiera conocer el terreno antes de moverse por él. Los dedos me bajaron por la columna hasta meterse entre las nalgas, y el pulgar me rozó apenas el agujero, sin presionar, solo marcando que sabía dónde estaba y que iba a volver. Cuando mordió apenas mi pezón izquierdo, sentí que algo se soltaba en el estómago. Después el otro, chupando, tirando con los dientes lo justo para que se me escapara un gemido corto que no supe reprimir. Fui a abrazarlo sin decidirlo, la polla mía chocando contra la tela de su pantalón, dejando una marca húmeda de líquido preseminal en la ingle de sus jeans.

—Mira cómo estás mojando ya —dijo, con la boca en mi cuello—. Toda la punta te chorrea. Arrodillate.

Obedecí. Él se desabrochó despacio, se bajó los jeans hasta los tobillos y el calzoncillo con ellos, y la polla le saltó ante mi cara con una firmeza que me hizo tragar saliva. Era más gruesa que larga, la cabeza gorda y ya brillante, los huevos pesados colgando debajo. Me quedé mirándola un segundo, con la boca a diez centímetros, sin saber por dónde empezar. La agarré con la mano, la sopesé, sentí el latido en la palma, y la abrí en la boca con torpeza, sin saber bien la mecánica ni el ritmo.

—Para —dijo, sin dureza, pasándome la mano por el pelo—. Así no. Despacio. Empezá por la punta y usá mucho la lengua. Dale la vuelta. Metela y sacala sin apuro. Los huevos también. Chupámelos, uno primero y después el otro. Con toda la boca abierta. Eso es. Así.

Fui ajustándome a lo que me decía. Le lamí la punta con la lengua plana, después la envolví con los labios, la fui bajando de a poco hasta donde me daba la garganta y volví a subir. Le chupé los huevos, uno primero, después el otro, sintiendo el peso caliente en la lengua, el vello áspero contra la barbilla. Volví a la polla, ahora con más confianza, ayudándome con la mano en la base, marcando un ritmo. Era extraño recibir instrucciones con esa voz serena, casi didáctica, como si me estuviera explicando algo técnico y neutral. Pero la sensación no tenía nada de neutral: cada vez que hacía algo bien, su respiración cambiaba un poco, la mano en mi pelo se cerraba con más fuerza, y yo aprendía de eso.

—Mirame mientras me la chupás —dijo—. Ojos arriba. Eso. Así. Qué bien lo hacés para ser la primera vez.

Me concentré como no me había concentrado en mucho tiempo, atento al ritmo, a la presión, a los pequeños signos que me indicaban si iba bien o no. Empujó las caderas apenas y me metió la polla más adentro; sentí la garganta cerrarse, la arcada, las lágrimas asomando, pero no me aparté. Él aflojó, me dejó respirar, y volvió a empujar. Al tercer intento me la tragué casi entera, con la nariz contra su vello, y él soltó un gruñido bajo que fue el primer sonido de placer real que le escuché en toda la tarde.

—Así —dijo—. Justo así.

No sé cuánto tiempo estuve de rodillas mamándosela a Marcos. Lo que sí recuerdo es que en algún momento dejé de pensar en si lo estaba haciendo bien y empecé simplemente a hacerlo, con la boca llena de saliva y de polla, con la mandíbula empezando a doler y sin querer parar por eso, que es cuando las cosas empiezan a funcionar de verdad.

Cuando me levantó, me llevó directo a su boca y nos acostamos juntos en la cama, enredados, cada uno tocando al otro con las manos y los labios. Se desnudó también él con dos movimientos y quedó pegado a mi cuerpo, piel contra piel, polla contra polla, restregándose sin urgencia. Me chupó los pezones otra vez, me lamió el cuello, me bajó por el pecho hasta agarrar mi polla en la boca y devolverme lo que yo le había hecho, con una técnica que dejaba en evidencia la diferencia de kilometraje entre los dos. Sabía exactamente cuánto succionar, dónde poner la lengua, cuándo aflojar para no dejarme terminar. Yo le agarraba la cabeza sin apretar, viendo la mía desaparecer entre sus labios una y otra vez, y tenía que morderme el labio para no correrme ahí mismo.

Después me hizo darme vuelta boca abajo. Me abrió las nalgas con las dos manos, y sentí su boca caliente y húmeda plantada de lleno en el agujero, la lengua entrando en círculos, mojándome, ablandándome, con una paciencia que era casi cruel. Nunca nadie me había hecho eso. Me agarré de la sábana con los dos puños, gimiendo contra la almohada, la polla aplastada dura contra el colchón, y él no paraba, comía el culo como si fuera lo único que quería hacer en la vida, alternando lengua y dedo, un dedo primero, después dos, con lubricante frío que sacó de algún lado y que me hizo pegar un respingo.

—Relajate —dijo, con la boca todavía cerca—. Respirá. Vas a ver qué bien se siente.

Sus manos eran precisas y pacientes. Yo aprendía de ellas lo que nadie me había enseñado antes, prestando atención a cada movimiento como si hubiera un idioma nuevo en los dedos de ese hombre. Cuando me tuvo abierto con dos dedos y me tocó algo adentro que no sabía que existía, la polla me empezó a chorrear preseminal sin que yo tocara nada.

En algún momento él se puso de espaldas sobre la cama y lo que quedaba implícito en el gesto era una invitación sin palabras. Se agarró las rodillas, se abrió, y me mostró el culo con la misma naturalidad con la que me había mostrado la polla, esperando que yo hiciera lo mío.

—Ahora vos —dijo—. Ponete lubricante y metémela despacio. Empujás cuando yo te diga.

Me eché lubricante en la mano, me lo unté en la polla, agarré la base y la apoyé contra su agujero. Empujé despacio, con más cuidado del que había tenido con nadie en mucho tiempo. Sentí la resistencia primero, después el cabezal entrando, la boca de él abriéndose para tragar aire, y después el calor apretado que me envolvía centímetro a centímetro hasta que quedé enterrado del todo, los huevos pegados a sus nalgas. Él esperó quieto a que yo encontrara la posición, el ritmo, la manera de moverme sin apresurarme.

—Ahora sí —murmuró—. Movete. Sin apuro. Bien adentro.

Empecé a moverme, primero lento, sacándola casi entera y volviéndola a meter, viendo cómo el anillo se estiraba alrededor de mí. Después más rápido, con la respiración ya agitada, agarrándole las rodillas para tener más apoyo. La polla de él estaba dura, apoyada contra su vientre, y yo se la agarré con la mano y se la empecé a masturbar al ritmo de las embestidas. Cuando los encontré, el placer fue tan limpio y tan inmediato que sentí que iba a terminar en cuestión de segundos. Cada estocada era mejor que la anterior, el calor de su culo me apretaba con una precisión que no había sentido en ningún coño.

—Todavía no —dijo, y lo supe antes de que lo dijera.

Paré. Respiré hondo. La saqué despacio, con la polla brillando de lubricante, pulsando dura contra mi vientre.

Volvimos a darnos vuelta, volvimos a los besos, volvimos a las manos. Él me hizo poner de costado, se acomodó detrás y me la metió esta vez él a mí, entrando poco a poco, dándome tiempo a acostumbrarme al calibre. Al principio ardía; después dejó de arder. Después fue una presión constante que me hacía apretar los dientes y gemir en el mismo movimiento. Me agarraba de la cadera con una mano y con la otra me trabajaba la polla desde atrás, con un ritmo que iba subiendo. Me lamió la nuca, me mordió el hombro, me habló al oído cosas que ya no me acuerdo bien pero que me hicieron abrir las piernas más.

Pasamos en esa cama más tiempo del que yo habría calculado: cambiando de posición, turnándonos, sin hablar demasiado, en silencio cómodo, aprendiendo el uno del otro con una seriedad tranquila que no tenía nada de solemne. Era simplemente eso: aprender. Y yo tenía ganas de aprender.

Cuando llegó el final fue de otra manera: él me sacó la polla del culo, nos volvimos a acostar cara a cara, y me guió con la mano en la suya mientras yo hacía lo mismo con la mía. Nos masturbábamos uno al otro, besándonos con la boca abierta, mirando cómo la mano ajena se movía sobre la propia. Él se encargó también de mí en los últimos segundos, con esa precisión suya que no dejaba nada al azar, apretando en el punto justo, subiendo el ritmo cuando notó que yo estaba cerca. Me corrí primero, con un espasmo largo que me sacudió entero, la corrida saltando sobre mi vientre y sobre su mano en chorros gruesos que no paraban. El olor a semen llenó la habitación. Segundos después se corrió él, con un gruñido corto, y sentí la corrida caliente golpearme el pecho y bajarme por las costillas mezclándose con la mía. Nos quedamos así un momento, respirando fuerte, con las manos todavía enredadas, la piel pegajosa. Hubo en ese gesto compartido algo más íntimo que cualquier otra cosa que hubiera pasado esa tarde.

Me limpié con una toalla que me pasó, me vestí. Marcos me acompañó hasta la puerta con esa misma calma suya que ya me resultaba familiar, casi reconfortante, todavía desnudo, con la polla ya blanda y el pecho manchado.

—Volvé cuando quieras —dijo—. No hace falta que avises. Y la próxima vez traés el culo bien lavado. Te voy a follar en serio.

Caminé de regreso a casa por calles que conocía de memoria, con el culo todavía ardiendo y una humedad tibia entre las nalgas que me recordaba a cada paso lo que acababa de pasar. La tarde había caído del todo y las luces de los negocios alumbraban la vereda con ese brillo naranja de las noches de invierno. Pensé en lo que acababa de pasar y no sentí lo que habría esperado sentir: ni arrepentimiento, ni confusión, ni necesidad urgente de explicarme nada a mí mismo.

Sentí, sobre todo, que algo que había estado cerrado llevaba tiempo queriendo abrirse.

***

Hasta esa tarde, mi vida había seguido una línea que yo nunca había cuestionado demasiado. Las mujeres llegaban solas, el deseo era automático, las cosas sucedían sin que yo tuviera que pensar mucho en ellas. Pero había siempre ciertos momentos sueltos que no encajaban bien en ese cuadro: ropa que me gustaba probarme cuando estaba solo en casa, miradas que sostenía más de lo necesario, alguna vez un dedo mío probando mi propio agujero bajo la ducha sin animarme a nombrar lo que buscaba, una incomodidad difusa que había aprendido a ignorar sin nombrarla.

Marcos no me dio respuestas. Me dio algo más valioso: la posibilidad de mirar esas cosas sin tener que hacer nada con ellas todavía, sin que nadie pusiera nombres que yo no estaba listo para usar. Había algo en la manera en que ese hombre se manejaba que no pedía explicaciones ni las ofrecía. Las cosas pasaban o no pasaban. Y si pasaban, pasaban bien. Con polla dura, con culo abierto y con la boca llena.

Había tenido una tarde follando con una mujer y casi de inmediato un hombre me había besado, me había mamado la polla y me había cogido, y los dos me habían gustado. Eso era lo único que sabía con certeza al llegar a casa esa noche. No era poca cosa.

El deseo no avisa. A veces llega, se sienta tranquilamente en la silla de enfrente, te ofrece algo y espera tu respuesta. Marcos había esperado la mía con más paciencia de la que yo merecía, y yo había tocado el timbre.

No lo lamenté entonces. No lo lamento ahora.

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Comentarios(9)

MarcosBaires

Que buen relato, me enganche desde la primera linea. Seguí así!

Lupi_lector

Me recordó algo que me paso hace años con un amigo del barrio, nunca lo habia pensado desde este angulo. Gracias por escribirlo.

GaboLeedor

excelente!!!

Pancho_BsAs

Muy bien narrado, se siente real y no forzado. Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue.

CuriozoBA

Como sigue la historia? me dejo con muchisimas ganas de mas...

Seba_Mdq

La forma en que describis ese primer momento me parecio increible. Se nota que sabes escribir, no es facil transmitir eso con palabras.

NicoRoller

corto pero intenso, justo como me gustan jajaja

Roberto_BA

No es lo que suelo leer pero este me atrapo de entrada. Buen trabajo, espero que sigas subiendo relatos.

MarisolZ

Me lo lei de un tiron sin darme cuenta, eso dice todo. Muy bueno!

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