El electricista joven que terminó dominándome
No soy escritor ni mucho menos. Tengo sesenta y tres años, vivo solo desde que se murió mi esposa hace ocho años, y nunca me imaginé que iba a contar algo así. Lo escribo porque necesito ordenarlo en mi cabeza, porque todavía no entiendo del todo cómo llegué hasta acá.
Me llamo Ernesto. Setenta y dos kilos, piel blanca, el pelo gris y ya escaso. Trabajé toda la vida en una imprenta hasta que me jubilé. Nunca había mirado a un hombre con deseo. O eso creía, hasta hace cuatro meses.
Empezó por una falla eléctrica en el tablero de la cocina. La empresa que llamé me mandó a un pibe, Bruno, que el contratista dejó como encargado del arreglo. Veinticuatro años, alto, morocho, espalda ancha. La primera vez que entró a casa miró todo como si ya conociera el lugar.
—Esto va a llevar varios días, don —me dijo después de revisar la instalación—. ¿Le molesta si vengo por la mañana y me quedo hasta la tarde?
—No, para nada —respondí.
Le abrí la puerta cada mañana de la semana siguiente. Bruno me miraba de una forma que al principio me incomodaba. No era una mirada cualquiera, era la mirada de alguien que ya había decidido algo y estaba esperando a que yo lo notara. Después me iba a enterar de que era así con todo el mundo: gay, activo, dominante. Para él era natural lo que estaba haciendo. Para mí, era una emboscada que no veía venir.
***
El cuarto día me pidió permiso para bañarse.
—¿Le molesta, don? Sudé como un perro arriba del techo y no quiero subirme al colectivo así.
—Pasá, pasá. El baño grande está abierto.
Diez minutos después salió en calzoncillos al pasillo, secándose el pelo con un toallón mío, y pasó al lado mío como si nada. Yo no quería mirar, pero miré. Tenía un bulto que se notaba claramente debajo de la tela.
Desde ese día, el ritual se repitió todas las tardes. Algunas veces salía con el toallón en la cintura. Otras veces se «olvidaba» de algo y caminaba desnudo unos pasos para agarrar la ropa que había dejado en el living. La primera vez que le vi el sexo me golpeó el pecho como un puñetazo. Era grande aun blando, gordo, con una vena gruesa que le subía por arriba. Bruno me sorprendió mirándolo y se quedó parado, dándome tiempo a mirar más.
—¿Le gusta lo que ve, don? —preguntó tranquilo, sin agresividad. Como si me ofreciera un mate.
No le contesté. Bajé la vista y me fui a la cocina. Pero esa noche, acostado en la cama, no podía sacarme la imagen de la cabeza. Tenía sesenta y tres años. Estuve treinta y cinco años casado con una mujer. Nunca, ni una vez, había mirado a un hombre así. Y sin embargo ahí estaba, con el corazón golpeándome el pecho, pensando en el sexo de un pibe de veinticuatro.
***
El día que algo se quebró fue un martes. Bruno había terminado en el tablero y vino a la cocina a tomar un vaso de agua. Yo estaba lavando los platos. Se paró detrás mío, muy cerca, y me apoyó el sexo en la cola, despacito, sobre la ropa.
—Tranquilo, don. Si quiere me corro.
No le contesté. Tampoco me corrí. Él tampoco. Se quedó así, respirándome en la nuca, durante medio minuto que se hizo eterno. Yo seguí lavando los platos como si nada, pero las manos me temblaban tanto que se me cayó un vaso al fondo de la pileta.
Cuando se fue esa tarde, me senté en el living y me puse a llorar. No por culpa, no por miedo. Lloraba porque me había gustado.
***
Una semana después, le hice una paja por primera vez en mi vida.
Fue acá mismo, en el living. Yo estaba sentado en el sillón. Él se paró delante mío, se bajó el cierre, y me lo puso a la altura de la cara sin decir una palabra. Lo miré a los ojos como una colegiala. No sé por qué uso esa palabra, pero es la única que describe lo que sentía. Le agarré el sexo con la mano derecha y empecé a moverla, primero despacio, después más fuerte.
—Mirame —me dijo.
Lo miré. Lo seguí mirando todo el tiempo que duró. Cuando acabó me llenó la remera de leche, una cantidad que me chorreó hasta el ombligo. Yo no aparté los ojos. Él tampoco.
Al día siguiente lo esperé con el desayuno servido. Café, medialunas, jugo. Bruno comió en silencio. Cuando terminó, me limpió la boca con la servilleta como si yo fuera una nena.
—Yo no te voy a obligar a nada, Ernesto —me dijo—. Pero quiero algo más que tu mano.
Asentí sin pensar. Bajé los ojos al plato. Él se levantó y se fue a trabajar.
***
Lo esperé tres días. Tres días de decirme que no, de juntar fuerzas para echarlo, de buscar el número del contratista para pedir un cambio de operario. Tres días de no llamar a nadie.
El jueves a la mañana abrí la puerta y me planté delante de él antes de que entrara.
—Estoy preparado para dar ese paso —le dije—. Pero tenés que tener paciencia. Nunca lo hice.
Bruno se quedó callado un segundo. Después me puso las dos manos en los hombros y me hizo agachar, ahí mismo, en el umbral, con la puerta todavía abierta a la calle. Quedé arrodillado frente a su bragueta.
—Mirame —me dijo.
Lo miré desde abajo.
—Sé que sos más grande que yo. Sé que esto es nuevo para vos. Pero soy muy exigente con mis parejas. Soy activo y dominante. Si estás de acuerdo, seguimos. Si no, me arreglo con una paja y queda todo bien entre nosotros. Pensalo.
—Sí —dije, sin pensarlo.
Se sonrió. Cerró la puerta de calle con la pierna.
—Sacámelo. Lamelo despacio mientras lo pensás de verdad. Tenés tiempo.
Le bajé el cierre. Le saqué el sexo de adentro del calzoncillo. Dormido medía casi diecisiete centímetros. Me lo metí en la boca y empecé a lamerlo, primero la punta, después el costado, después la base. Él se sentó en una silla del comedor y me dejó hacer. Estuve quince minutos así, lamiendo, besando, sin entender lo que estaba haciendo. La lengua se me entumeció. Cuando paré, lo miré desde el piso.
—Estoy de acuerdo —le dije.
***
Bruno me puso dos dedos en forma de anzuelo delante de la boca.
—Chupalos.
Los chupé. Él me los metió hasta el fondo, hasta hacerme arcadas, y los volvió a sacar.
—Escuchame bien, Ernesto. A partir de ahora yo soy tu macho. No quiero que andes vestido en la casa mientras esté yo. Me voy a mudar acá. El viernes que viene vienen mis amigos a cenar y los vas a atender en lo que te pidan. Pero el único que te da órdenes soy yo. ¿Está claro?
Asentí con los dedos todavía adentro de la boca.
—Ahora andá al baño y afeitate todo el cuerpo. Las piernas, el pecho, las axilas, todo. Yo te espero en la cocina.
Me sacó los dedos. Me metió el sexo de un golpe, sin aviso. Me dejó chuparlo un ratito y después me pegó una cachetada que me dio vuelta la cara y me mandó al baño.
***
En el baño me senté en el inodoro y me miré las manos. Estaban temblando. Pensé en salir, abrir la puerta de calle, y decirle que se fuera. Pensé en llamar a mi hermana, que vive en Mendoza, y contarle todo. Pensé en muchas cosas. No hice ninguna.
Agarré la maquinita eléctrica que uso para la barba y empecé a pasármela por el pecho. El pelo me caía en los muslos, en el piso, en la bañera. Tardé casi una hora. Cuando terminé me miré al espejo. Parecía otra persona. Más viejo, más blanco, más desnudo.
Salí envuelto en una toalla. Bruno estaba en la cocina tomando un mate. Me vio y se paró.
—La toalla no, Ernesto.
La solté. Quedé parado en medio de la cocina sin nada encima. Él dio una vuelta alrededor mío, mirándome de arriba abajo, como se mira a un animal en la feria. Me apretó las nalgas, las tetillas, me levantó el sexo con el dedo índice y lo dejó caer.
—Estas tetitas las voy a entretener mucho —dijo.
Me miró el sexo, que seguía blando.
—Vestite y andá a un sex shop. Comprá una jaula de castidad de tu medida. A partir de ahora vas a andar con eso puesto. ¿Dudás?
Bajé la cabeza. Me llegó otra cachetada del otro lado de la cara.
—Decime si entendiste o me voy.
—Soy un hombre grande —le respondí en voz baja—. Esto no…
—Sos un hombre grande que me llamó y se afeitó entero. Me voy.
Lo agarré del brazo. No sabía qué decirle. Solo sabía que no quería que se fuera.
—Te voy a hacer caso —le dije.
—Bien. Eso merece un premio.
Se desabrochó el pantalón y señaló al piso. Me arrodillé y me lo metí en la boca con desesperación, sin pensar, sin pudor. Creció rápido. Cuando estuvo duro me lo sacó de un empujón.
—A la vuelta hay más —dijo—. Apurate que tenés que cocinar.
***
Salí a la calle como si estuviera caminando dormido. Bruno me había aconsejado fijarme bien dónde estaba el negocio porque iba a tener que volver varias veces. Encontré el sex shop a cinco cuadras. Tardé veinte minutos en animarme a entrar. La chica del mostrador era joven y no me miró raro. Eligió la jaula por mí, una de acero, con candado. Pagué en efectivo, casi un mes de jubilación, y salí con la bolsa apretada contra el pecho como si llevara algo robado.
Volví caminando. Cuando entré, Bruno me dio otra cachetada por demorar tanto.
—Desnudate. Mostrá lo que compraste.
Me desnudé. Le mostré la jaula. Me dio otra cachetada.
—Es tuya. Ponétela vos. Yo no toco esa porquería.
Me la puse delante de él. Cerré el candado. Le entregué la llave en la palma de la mano. Bruno la guardó en su bolsillo y me dio un chirlo en la cola.
—Ahora a cocinar.
Entró conmigo a la cocina con un papel en la mano. Era una lista de cosas que tenía que comprar antes de que vinieran los amigos: un delantal sexi con puntillas, un culote rosa, un collar de sumisión, una pinza para los pezones, un gancho con bola de acero para el ano. Mientras me leía la lista, me pellizcaba el cachete de la cola.
—Tres días tenemos para conocernos, Ernesto. Tres días.
Cuando intenté decir algo —no sé qué, no me acuerdo—, me ordenó meterme abajo de la mesa y chuparlo mientras él comía. Lo hice sin dudar. Mientras chupaba, él comía y me iba dictando mi nueva rutina: levantarme antes que él, prepararle el desayuno, prepararle el baño, esperarlo con la comida, atender a sus amigos.
Cuando estaba por acabar, me agarró de las orejas y no me dejó salir. La leche me llenó la boca. Quise escupirla. Él me apretó más fuerte las orejas.
—Tragá.
Tragué.
***
Eran las tres de la tarde. Nos fuimos al living. Bruno se sentó en el sillón con las piernas abiertas y me ubicó entre ellas, sentado en el piso, con la cabeza apoyada contra su muslo. Empezó a jugarme un dedo en el ano, despacio.
—Tranquilo. Todavía no te voy a coger. Sos muy estrecho.
Sentía el palpitar de su sexo contra el costado de la cara. Cerré los ojos. No me reconozco, pensé. Quién es este viejo que está en el piso de su propia casa, encerrado en una jaula, con el dedo de un pibe de veinticuatro adentro. Pero no me moví. No quería que parara.
Agarró el teléfono y llamó a uno de sus amigos. Le contó la conquista con detalle. Le habló de las nalgas blancas, de las tetillas, de la jaula, mientras me metía el dedo más adentro y yo respiraba contra su pierna. Cuando colgó, me sacó el dedo y me ordenó vestirme.
—Tomá la lista. Andá a comprar el resto antes de que cierre todo.
—Bruno —le dije, casi sin voz—. Por favor… un poco más.
Me señaló el sexo enjaulado.
—Ni se te mosqueó, Ernesto. Sos toda una marica. Andá. Y dejame las llaves de tu casa. A partir de hoy, esta es mi casa. Cuando vuelvas me llamás y te dejo entrar.
Le dejé las llaves arriba de la mesa del living. Me vestí. Antes de salir, me arrodillé y le pedí permiso para darle un beso. Me dejó. Le besé la punta del sexo, despacio, una sola vez. Bajé las escaleras del edificio sin sentir las piernas.
***
Ahora mismo, mientras escribo esto, estoy esperando que vuelva. Compré todo lo de la lista. Está arriba de la cama, ordenado por color. El delantal es negro con puntillas blancas. El culote es rosa pálido, de seda. El collar de cuero tiene una argolla en el frente.
Tengo sesenta y tres años. Soy abuelo de dos. Mañana viernes vienen seis amigos de Bruno a cenar a casa, y los voy a atender como él me diga.
Sigo sin entender cómo llegué hasta acá. Pero ya no quiero salir.