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Relatos Ardientes

Buscaba un sádico gay y encontró más de lo que pidió

Cuando Iván entró en el dormitorio, Damián ya tenía el arsenal preparado encima de la cómoda. Era la primera vez que el chico subía a esa casa y la primera vez de otras cosas que ni él mismo sabía nombrar todavía. Damián lo miró de arriba abajo y le señaló la cama con la barbilla.

—A cuatro patas. Quiero ver de cerca ese culo que me prometiste por chat.

Iván obedeció sin contestar. La luz de la lámpara le caía oblicua sobre la espalda y le marcaba una a una las vértebras. Damián cogió un latiguillo corto de cuero, de los discretos, y empezó con golpes medidos sobre las nalgas. Probaba. Quería saber con qué clase de muchacho se había metido esta vez.

Iván no movió un músculo.

—Mírate —murmuró Damián—. Pareces de granito.

Soltó el latiguillo y cogió otra cosa. Una pala de cuero rígido con púas metálicas incrustadas en la cara golpeadora. Algo serio. Algo que pocos pedían dos veces.

—Ahora vas a notar la diferencia, maricón —dijo, y le cruzó las nalgas con dos paletazos secos.

—¡Joder, joder, cojones!

—Al fin sale ruido del cuerpecito —se rio Damián—. Empezaba a aburrirme.

—Eso ha dolido —jadeó Iván sin levantar la cabeza de la sábana—. Pero no pare. No me deje con dos palmadas. Esa pala con las puntas… no me había imaginado nada así. Es eso lo que duele. Es eso lo que vine a buscar.

—Pues vas a llevarte tantas que dentro de tres días seguirás durmiendo boca abajo.

—No me importa. Pegue con fuerza.

Damián se desató. Aquel chico le había pedido permiso para que perdiera la cabeza, y él no era de los que dejaban una invitación así sin contestar. Se quitó la camiseta y el short de un par de tirones. Cuando volvió a alzar la pala, Iván tenía las caderas más altas, el culo empinado como una ofrenda. La cara, vuelta contra la sábana, mostraba la boca semiabierta y los ojos perdidos en algún punto fuera del cuarto.

La pala iba y venía. Una. Dos. Cinco. Diez. Cada impacto sonaba como un disparo seco contra la pared, y las púas dejaban una huella doble sobre la piel encendida. Damián paraba un instante, contemplaba el dibujo, y volvía a la carga.

—Eres distinto —dijo al final, con la respiración pesada—. Por mis manos han pasado muchos chicos y como tú, ninguno. Ahora me la vas a chupar. Al suelo, de rodillas. Yo me siento en el borde.

Iván resbaló hasta el parquet sin terminar de incorporarse. Cuando alzó la vista, se quedó callado un par de segundos.

—¿Qué es eso?

—Una polla, nene. ¿Nunca habías visto una polla?

—En real, así de dura, no. Y, perdone, eso no es una polla normal. Eso es una enormidad.

Damián soltó una carcajada baja, ronca, satisfecha.

—Pues esa enormidad te va a entrar entera. Primero por la boca. Te voy a follar la garganta aunque te ahogues, aunque te molesten las lágrimas, aunque creas que no aguantas. Y luego, esa misma polla te la voy a meter por el culo. Mañana, además de las nalgas, te va a doler el ojete. Porque te lo voy a romper, maricón. Te lo voy a reventar.

—Eso vine a buscar. Literalmente. Se lo dije por chat: dolor de verdad.

—Me asombras, nene. Abre la boca y saca la lengua.

Iván había visto vídeos suficientes para saber cómo se empieza. Apartó los dientes con los labios, sacó la lengua plana y abrió todo lo que pudo. Pero duró poco. Damián le cogió la cabeza por la nuca, le clavó los dedos detrás de las orejas y empujó hasta que solo los testículos quedaron fuera. Iván sintió la presión en el fondo de la garganta, las arcadas, las lágrimas que se le escapaban sin permiso. No se resistió. No retrocedió. Esperó. Damián la sacó, le concedió dos segundos de aire, volvió a clavarla.

Las babas le caían al chico desde las comisuras hasta el pecho. Damián lo levantó tirándole del pelo y le cruzó la cara con dos bofetadas que sonaron en el cuarto como un par de aplausos.

—Qué gusto da pegarte, joder.

—Para eso vine. Que nada se lo impida.

Damián se separó un instante y sacó del cajón unas pinzas de pezón con tornillo regulable. Las colocó con calma, primero la derecha, después la izquierda. Empezó a apretar mirándole los ojos. Iván aguantó la mirada sin parpadear. Damián siguió apretando. Una vuelta. Otra. Otra más. Cuando el tornillo no daba de sí, oyó por primera vez una palabra que no era desafío.

—Ay. Ahora sí.

—Aquí, justo aquí te quería.

Cogió de la cómoda una fusta corta, de las de montar, y le hizo un gesto al chico.

—De pie. Vas a girar despacio. Te voy a pegar por donde me dé la gana. Brazos arriba, así te toco la cadenita de las pinzas alguna vez. ¿Entiendes?

—Entiendo.

Iván empezó a girar sobre los talones, los brazos en alto, las pinzas tirándole de los pezones a cada movimiento. La fusta caía sin orden, sin aviso, sin pauta. Damián jugaba con la duda. Un toque suave en la cintura. Un golpe seco contra el muslo. Otro durísimo justo encima del pezón derecho, contra la cadena, y un grito ahogado salió del chico sin que él mismo lo esperara.

Iván no se cubría. No cerraba los ojos. Pensaba en una palabra: vivo. Por primera vez en años sentía cada centímetro de la piel.

Por fin algo de verdad.

—No aguanto más —dijo Damián de pronto, con la fusta colgándole de la muñeca—. Tengo que romperte. Habrá otras tardes para seguir castigándote. Pero ahora te quiero abierto.

—Adelante. Si me va a desvirgar el culo, hágalo ya.

—Espera. Voy por el lubricante.

—No. Por favor. Nada de lubricante.

Damián se volvió. Lo miró largo. Con los años en este oficio había aprendido a distinguir cuándo un chico hablaba por bocón y cuándo hablaba en serio.

—¿Lo dices en serio?

—Lo digo en serio. Quiero saber qué se siente cuando le revientan el culo a uno por primera vez. Con esa polla suya, claro que me va a doler. Es exactamente lo que necesito.

—Pues a tu gusto. De costado. La pierna de abajo estirada, la otra en ángulo recto hacia delante. Así te entra entera. Y como eres tan masoca, te pongo la punta y te la clavo de golpe. Sin avisar. Para que la sientas como una cuchillada.

—Sí, coño. A lo bestia.

Damián se escupió en la mano, se untó el glande, apoyó la punta y, sin aviso, se la clavó hasta el fondo de una sola embestida. Iván dio un grito agudo, breve, como un animal sorprendido en la oscuridad. Después se mordió el dorso de la mano y respiró por la nariz, despacio, mientras el cuerpo de Damián se inclinaba sobre el suyo.

—¿Sientes ya esa polla, maricón?

—La siento. Toda. No pare.

—No te voy a dar tregua. Esto es una follada de macho.

El dolor era de otra clase. Iván conocía los dolores chiquitos, los que se quedaban en la piel y se iban en una hora. Esto era algo profundo, ancho, instalado en un sitio que no había sabido que existía. Y, sin embargo, mientras Damián entraba y salía con un ritmo cada vez más brutal, Iván lo recibía con una mezcla extraña, casi religiosa, de gratitud y entrega. Saberse roto por el mismo hombre que le había dejado las nalgas hechas un cristo le añadía un placer al placer.

—Ya voy, ya voy —jadeó Damián—. Me corro, maricón. Si quieres pajearte, hazlo tú. Para mí tu polla ni existe.

—Siga, no se preocupe. Reviénteme, cabrón.

—¡Que ya, joder!

—¡Yo también!

Iván se corrió contra las sábanas sin tocarse, solo con el movimiento del otro dentro de él. Era la primera vez que se corría así, sin manos, y aquello le pareció más extraño y más hermoso que todo lo que había pasado antes.

***

Damián salió despacio. Cuando bajó la vista hacia el glande, vio sangre. Un hilo fino, no más, pero sangre al fin.

—Nene, te he hecho sangrar.

—Lo imagino. No es problema. Aguanto.

—No eres el primero al que dejo así. Cuando te duches y te laves bien, te pongo una pomada que tengo.

—Si es de las que quitan el dolor, no la quiero.

—Joder, eres más masoca de lo que me imaginaba. Tengo otra, con antibiótico. Por lo menos para que no se infecte la heridita.

—Esa sí. Vale.

Damián se sentó en el borde de la cama y le tendió un vaso de agua. Iván lo aceptó con las dos manos. Tenía las nalgas latiendo, los pezones todavía dormidos, el culo abierto y la cabeza más limpia de lo que la había tenido en años. Damián lo observaba con una mezcla rara de curiosidad y respeto.

—Llevo demasiado tiempo en esto —dijo—. Y aun así, me asombras. Tu primera vez. Cuéntame algo, anda, porque hay aquí algo que no me cuadra.

Iván dejó el vaso en el suelo. Era una historia que casi nunca contaba.

—Desde niño aguanto el dolor mejor que los demás. Las vacunas no me dolían. Las heridas me las arrancaba antes de tiempo. Mi madre me llevó a médicos, pediatras, especialistas, pruebas y más pruebas. No tenía nada. Solo un umbral del dolor muy alto, según ellos. Una condición fisiológica. Incluso me dijeron que podía ser una ventaja para la vida.

—Pues vaya regalo. ¿Y el problema?

—Que crecí sin sentir como los demás. Me notaba apagado. Indiferente. Ausente. Cuando llegué a la adolescencia, entendí que para sentir algo iba a tener que pasarme de ese umbral. Sí o sí. Así que empecé a buscar vídeos. Cosas duras. Cosas de hombres con hombres. Y un día pensé: si esto es lo que necesito, lo que voy a buscar es a un tío mayor que yo, con experiencia, con cierto punto sádico. Lo demás ya lo sabe. Chateé con varios. Usted me pareció el adecuado. Y, pasado todo lo de esta tarde, le digo más: superó mis expectativas.

Damián se rio bajito.

—Sospechaba algo así. Tú no eras como los otros que me escriben. Había una calma rara en tus mensajes.

—Ahora ya sabe por qué.

—Lo que sé es que, en la próxima, voy a tener que ir más lejos. ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo. Lo pido.

—Voy a investigar. Voy a buscar cosas nuevas. A la larga, voy a llevarte a sitios donde tú mismo no sabes que se puede llegar. Lo que no sé es cómo vas a ocultar las marcas en tu vida normal.

—De momento, es invierno. La ropa tapa. En verano, ya veremos. En cualquier caso, en el culo me podrá enseñar todo lo que quiera. Algo me dice que esa idea no le va a molestar.

—Con ese culazo, claro que no. Pero te aviso: van a ser muchos días sin poder sentarte.

—Me sentaré igual. Y cada vez que me duela, me acordaré de usted.

Damián se quedó mirándolo en silencio. Hacía años que no se cruzaba con nadie así. Iván, sentado en el borde de la cama, con las marcas frescas y la sangre todavía no del todo seca, le sostuvo la mirada con una calma que parecía de otra persona.

—Gracias —dijo al final.

—¿Por qué?

—Por hacerme sentir vivo.

—¿Sentir vivo?

—Sí. El dolor nos hace sentir vivos, creo que a todo el mundo. Lo que pasa es que en mi caso necesito que me hagan traspasar ese umbral. Como hoy. O más.

Damián tardó unos segundos en contestar. Cuando lo hizo, su voz había bajado un par de tonos.

—Pues prepárate, porque a partir de ahora cada sesión va a ir más allá que la anterior. Te lo prometo. Y cuando vuelvas, ya habré pensado algo nuevo.

Iván sonrió, todavía dolorido, todavía latente, ya pensando en la próxima cita.

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Comentarios (5)

SebaCba

increible, de los mejores que lei por aca

NocturnoMX

por favor seguí contando, quedé colgado justo cuando empezaba lo bueno jajaja

FelipeGV

me gusto mucho como esta narrado, tiene una naturalidad que lo hace sentir real. felicitaciones

andres29

el titulo no miente jajaja, tremendo

RaulMx22

¿hay segunda parte? con ese final no puedo quedarme asi, necesito saber como siguio

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