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Relatos Ardientes

Lo que pasó junto a la tostadora del hotel gay

El hotel está en una isla pequeña del Egeo, de esas que solo aparecen mencionadas en guías de nicho. No es un alojamiento corriente: es un sitio reservado para parejas homosexuales, con un trato discreto, comprensivo y muy liberal. Nos lo había recomendado una pareja de amigos que pasó aquí su luna de miel hace un par de veranos. Playa, calma, actividades de buceo y, sobre todo, la sensación de poder respirar sin que nadie te mire de reojo.

Es la primera vez que venimos. Mi marido y yo llevamos cuatro años juntos. Él tiene cincuenta y cuatro; yo, cuarenta y seis. Para mí, esto sigue siendo nuevo: desperté tarde al deseo por los hombres y él fue el primero. El único, hasta hoy.

El edificio es bajo y blanco, encajado entre dos colinas, a doscientos metros de una cala. Doce habitaciones repartidas en tres plantas. La planta baja tiene recepción, un comedor pequeño, un bar y una sala de lectura con un televisor que nadie enciende. Llegamos ayer al atardecer, cansados del viaje y del calor, cenamos cualquier cosa y nos acostamos casi sin hablar.

Mi piel siempre tuvo poco vello, pero con las cremas, las sesiones de láser y los estrógenos que tomo desde hace dos años, se ha vuelto tan suave que ya no necesito ni cuchilla. Apenas conservo algo de pelo en el triángulo del sexo. Esa suavidad es algo de lo que me he ido enamorando despacio, casi sin darme cuenta.

Mi marido se levanta a las siete. Tiene una actividad de buceo a la que yo no me apunto: prefiero el sol y el silencio. Le oigo vestirse en la penumbra, besarme la sien y cerrar la puerta. Me doy la vuelta y duermo otra hora.

Cuando me despierto, ya hay luz fuerte. Me ducho largo, me miro en el espejo y dudo qué ponerme. Hace una mañana clara, casi sin viento. Me decido por una braga de bikini verde claro, de las que se atan a los costados con dos lazos. No es exactamente un tanga, pero la parte de atrás es lo bastante estrecha para perderse entre las nalgas y dejarme tomar el sol sin marcas. Apenas tengo bulto: las pastillas me han ido apagando esa parte del cuerpo, y la tela basta y sobra para taparlo.

Encima me pongo una camisa larga de lino, casi un vestido, con aberturas laterales que suben hasta la cintura. Me llega un par de dedos por debajo de la braga. Me peino, me echo un poco de perfume y bajo.

El comedor está abierto todavía. Faltan media hora para que cierren el bufé y no tengo demasiada hambre. A la derecha, fruta cortada, yogures, cereales y zumos. A la izquierda, fiambres, quesos, huevos revueltos, tiras de bacon y algo que parece tortilla de patatas. En un rincón, casi como una habitación aparte, está la cafetera, una tostadora industrial y una mesa con varios panes.

Hay mesas sin recoger, con migas y servilletas arrugadas. Encuentro dos limpias. En una de ellas hay un vaso de zumo de naranja a medio terminar, así que dejo la llave en la otra y voy a por fruta.

Cuando vuelvo, la mesa de al lado está ocupada. Un hombre mayor, sentado muy recto, me mira con curiosidad mientras me acomodo.

—Buenos días —dice, con una voz suave.

—Buenos días.

Me como la fruta despacio. Después doy un paseo por el bufé y decido que solo quiero un par de tostadas con café. Me acerco a la mesa del pan y corto dos rebanadas de una barra ancha. Cuando voy a meterlas en la tostadora me doy cuenta de que es uno de esos modelos industriales con cinta, que se traga el pan por un lado y lo devuelve por el otro. Coloco las rebanadas en la entrada y cojo un plato para esperarlas.

El hombre de la mesa se ha levantado y está junto a mí, observando cómo me peleo con el aparato.

—Yo he desistido de hacerme una tostada —dice—. Si usted lo consigue, ¿le importaría prepararme una?

Tiene cara de abuelo cariñoso. Setenta y muchos, quizá ochenta. La piel curtida, los ojos claros, un polo blanco impecable. Le sonrío.

—Claro que sí. En cuanto salgan las mías, le preparo una.

Se queda detrás de mí. Yo miro fijamente la tostadora, como si pudiera obligarla a ir más rápido con la vista. Y entonces noto una mano en el muslo.

Doy un respingo y me adelanto un paso para librarme del contacto.

—¡Pero qué hace! —digo, más sorprendida que ofendida.

—Perdone el susto —contesta sin alterarse—. Tiene usted una piel que parece tan suave que he querido comprobar si lo era.

—Hombre, pero no se toca a alguien así. Hay que pedir permiso.

Lo regaño con menos energía de la que pretendía. Tiene una cara tan inocente, una voz tan cascada y educada, que el enfado se me deshace por el camino.

—Tiene usted toda la razón —admite—. ¿Puedo?

Estoy a punto de soltar una carcajada. La situación se ha vuelto absurda y, en algún punto que no termino de reconocer, también excitante.

—Está bien. Pero no se pase.

Vuelvo a la posición de antes, mirando la cinta de pan, dejando que su mano alcance mi muslo. La tiene fuerte y ancha, con dedos cuadrados. La caricia es rotunda: baja por la abertura de la camisa hasta la mitad del muslo y vuelve a subir, sin prisa, hasta apoyarse en mi cintura. Sus dedos juegan con el lazo de la braga, dibujando círculos lentos alrededor del nudo.

La primera tostada cae al plato. Apenas tiene color, así que la devuelvo a la cinta para que dé otra pasada. Cuando retrocedo, su mano ya está esperando.

Esta vez me dejo ir un poco más hacia atrás. Lo justo para rozar su cuerpo con mi espalda. Ahí está: algo duro contra el cóccix.

¿Está empalmado?

Cae la segunda tostada. Repito la operación: la coloco al principio de la cinta y vuelvo a mi sitio. No he terminado de dar el paso atrás cuando ya siento su mano en el muslo. Y al pegarme del todo, su cuerpo se pega al mío.

Intento separarme un poco. La situación me incomoda y me atrae al mismo tiempo. Pero su mano me sujeta la cintura con una presión muy suave, como pidiéndome que no me mueva.

—Tiene usted una piel preciosa —murmura—. Me encanta.

Su voz suena sin maldad, como si tener la mano metida en el muslo de una desconocida en mitad de un bufé fuera lo más natural del mundo. La caricia se repite, sube por la cadera, baja por el muslo, sube otra vez. Me quedo quieta, dejándome ir contra él. Su sexo, ahora ya sin dudas, está duro contra mis nalgas.

Su mano amplía el territorio. Sigue el contorno del muslo por delante y por detrás, sube hasta el borde de la braga y, en la siguiente vuelta, no lo bordea: lo empuja hacia dentro. La tela se mete entre las nalgas y deja a su alcance una zona de piel que hasta entonces estaba cubierta. Me pongo un poco nerviosa.

—No haga eso —digo, sin convicción—. Quédese quieto. Ya está bien.

Cae de nuevo la primera tostada. Le falta una pasada más. La devuelvo a la cinta y, a pesar de lo que acabo de decir, vuelvo a buscar su cuerpo y tiro un poco de la camisa hacia arriba, dejándole vía libre. Cuando su mano regresa, siento un cosquilleo cálido subir por la columna. Noto su respiración en mi cuello.

—Qué bien hueles.

El tuteo me llega como un golpe pequeño, casi tierno.

—Gracias —murmuro.

Ya no protesto cuando vuelve a empujar el borde de la braga, ni cuando sus dedos se cuelan un poco por debajo, como midiendo lo que falta para convertirla del todo en tanga. Tampoco digo nada cuando, de camino a la cintura, arrastra la tela de la camisa y me acaricia la espalda desnuda por encima del lazo.

Cae la segunda tostada. Dejo que termine la caricia antes de moverme. Cuando vuelvo a apretarme contra él, doy otro respingo: he sentido su carne entre los muslos. La ha sacado por encima del bañador, o ha bajado el pantalón. No me atrevo a mirar.

—¡Eso no! —susurro.

—Vamos, un poquito…

Sus manos me sujetan las caderas. No me inmovilizan. Me sostienen, como pidiéndome que no me aleje. Me separo un poco a modo de prueba. Sus manos no retienen. Me dejan ir.

Suspiro. Y, casi por mi cuenta, vuelvo a acercarme aceptando su polla entre mis muslos. Sé que se me está yendo la situación de las manos, y aun así me oigo decir, con una voz que no reconozco del todo:

—Vale. Pero solo un poquito.

Sus manos abandonan las caderas, bajan por el lateral de mis piernas y rodean mis nalgas para recoger la tela de la braga y arremeterla hacia dentro con un tirón firme hacia arriba. Mis cachas quedan al aire. Me aprieta contra él, todo el vientre contra mi espalda. Yo le devuelvo la presión.

Las tostadas vuelven a caer en el plato. Esta vez no las recojo. Prefiero seguir notando sus caricias y el lento movimiento con el que su polla entra y sale entre mis muslos. El calor me sube por dentro como un líquido espeso.

Sus dedos se enredan en los lazos laterales.

—No me los quites… —susurro.

—Es que la tela te está desollando.

Tira de los nudos. Tengo tanto la braga metida en el culo que tiene que separar su cuerpo del mío para conseguir que la tela caiga por las piernas hasta el suelo. Después vuelve a colocarse, vuelve a meter su polla entre mis muslos, y esta vez la noto llegar hasta los testículos. No puedo evitar un gemido pequeño. Repite el bombeo y, en cada embestida, vuelvo a gemir.

En uno de los apretones, su cuerpo sube un poco. Lo justo para intentar entrar.

—No… —murmuro.

Y mientras lo digo lo siento entrar. Solo la cabeza.

—No sigas, por favor…

—No puedo seguir —responde con calma—. Ya la tienes toda dentro.

—Joder, sácala.

La saca entera y, en cuanto sale, vuelve a apretarse contra mí.

—Hazme caso. Déjalo ya.

—Si te hago caso. La saco. Pero la vuelves a tener dentro.

—Te estás pasando mucho —digo, con menos firmeza cada vez.

—Dime que no te está gustando.

No puedo decírselo. Me está gustando, y la curva con la que mi cuerpo se está abriendo a él lo confirma.

Suspiro otra vez y cedo del todo. Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo en su hombro, ofrecida, sin entender del todo cómo he llegado hasta aquí. Sus labios encuentran mi cuello. Cada roce me llega como una pequeña descarga eléctrica que me va quemando por dentro.

***

Ni siquiera me importa cuando aparece de pronto un camarero con un carro, recogiendo del bufé. Nos ve, baja la mirada, murmura algo en su idioma y vuelve a salir, anunciando que regresará en diez minutos. La puerta cerrada vuelve a dejarnos solos con la cafetera y la tostadora.

Mi amigo me sigue taladrando despacio, buscando lo más interno de mi cuerpo como si en cada embestida quisiera llegar un poco más lejos. Y cada embestida me arranca un gemido, más prolongado, más alto, más intenso, hasta que se encadenan en uno solo y se convierten en el anuncio de mi orgasmo.

Cuando me corro, lo oigo soltar un pequeño grito de victoria y acelerar. No tarda mucho en alcanzar el suyo. Se aprieta contra mí, lo más profundo que puede, y se queda ahí, vibrando.

Nos quedamos quietos, respirando con dificultad, durante un tiempo difícil de calcular. Mi cabeza sigue apoyada en su hombro y mi cuello sigue ofrecido. Me besa suavemente. Uno, dos, tres, cuatro, cinco besos pequeños.

—¿Te ha gustado? —pregunta.

—Ya lo ves… —murmuro.

—Estás buenísima.

—Hmmm.

No me apetece separar mi cuerpo del suyo. Y entonces caigo en la cuenta: es la primera vez que le soy infiel a mi marido. Y no es un beso, ni un toqueteo. Es el segundo hombre que me folla, y el primero en cuarenta y seis años que no es él.

Sus besos suben por el cuello hasta la oreja. La mordisquea un poco antes de hablarme.

—Creo que deberíamos irnos. El camarero está esperando para recoger.

Contesto sin ganas.

—No quiero moverme.

—Vamos a mi habitación.

—No. No quiero más. Yo me voy a la mía.

No discute. Se separa, se recoloca el pantalón con una calma tranquilizadora y me señala las bragas, en el suelo, salpicadas de mi leche. Las recojo. Miro las tostadas, frías y un poco quemadas, abandonadas en el plato. Me hacen sonreír sin saber por qué. Recogemos lo que cada uno había dejado en su mesa y salimos del comedor.

***

Apenas me doy cuenta de que me acompaña hasta mi habitación. Lo veo a mi lado cuando abro la puerta. No le ofrezco entrar, pero entra. Y dejo que se duche conmigo, que me enjabone entera con una paciencia rara en alguien de su edad, que me seque con una toalla mullida y que, después, me vuelva a follar en la cama bocabajo, con una lentitud distinta a la de la cocina, más íntima y más larga.

Cuando se va, me deja bocabajo en la cama con el culo lleno de su leche, el cuerpo todavía electrizado y la cabeza en una especie de duermevela densa. Me cuesta volver al mundo. Cuando consigo despertarme del todo, ya es la hora a la que el barco del buceo regresa al puerto, y quiero que mi marido me vea en la playa.

Me visto rápido, me maquillo apenas y bajo a la cala. Lo encuentro saliendo del agua, con el traje de neopreno bajado hasta la cintura y la cara feliz de quien ha visto algo bonito ahí abajo. Me besa en la frente. No nota nada. O si lo nota, no dice nada.

Por la tarde, mientras volvemos del bar al ascensor, paso por delante de recepción y veo a mi amigo del bufé. Está liquidando la cuenta. A su lado, un chico de veintipocos años, delgado, con cara de cansancio amable, espera con dos maletas. El chico no habla. Se mueve obediente, recogiendo lo que el otro le indica con un gesto.

Le hago un pequeño gesto de despedida con la cabeza. Él me devuelve un guiño y una sonrisa amplia, casi paternal. El chico levanta la vista, me mira un instante y vuelve a bajarla. Después salen los dos por la puerta giratoria hacia el coche que les espera fuera.

Mi marido me pregunta algo sobre la cena. Yo asiento, sin escucharlo del todo, y aprieto un poco el botón del ascensor. La piel del muslo, donde aquella mano cuadrada se apoyó por primera vez, todavía me arde como si llevara dentro una pequeña brasa.

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Comentarios (1)

TomyCba

jajaja el titulo ya me engancho, tremendo

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