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Relatos Ardientes

El apodo que escondía lo que sentía por mi compañero

Esto que voy a contar pasó de verdad. Pasó con un tipo del trabajo y todavía no sé bien cómo terminó pasando, porque hasta ese día yo me había vivido pensando que esto no era lo mío.

Empezó de la manera más boluda posible. Uno de esos cruces de chat al final del turno, cuando ya tenés la cabeza fundida y bromeás cualquier pavada para no pensar en lo que falta. Le mandé un sticker tonto, uno de un gato con la lengua afuera, y él me contestó con otro un poco más subido. Yo me reí, le respondí con uno peor. Así estuvimos una semana, repartiendo guarangadas como quien reparte cigarrillos.

Después los stickers pasaron a ser gifs. Los gifs pasaron a ser frases. Una noche me mandó la imagen de un pibe arrodillado y me escribió «así te quiero ver, Vestuario». Tardé tres minutos en contestar. Tres minutos eternos, con la pija dura debajo del escritorio y la respiración entera concentrada en el pulgar. Le respondí con un «jaja» y un emoji que no significaba nada y todo a la vez.

Tengo novia. Llevamos casi cuatro años juntos. Vivimos en un departamento del barrio, dos habitaciones, una gata que se llama Mía y una rutina cómoda de viernes con pizza y películas. Nunca había mirado a otro hombre como lo estaba mirando a él. La verdad es que tampoco me llamaban demasiado las mujeres por fuera. Solo él. Damián, mi compañero de turno, el que me cebaba mate a media tarde y se reía con una boca grande que yo había empezado a estudiar sin querer.

Una noche apareció el apodo. Fue por un video que él me mandó: dos pibes garchando contra los lockers de un vestuario y un utilero que los entra a buscar de golpe. Nos cagamos de risa por chat. A partir de ahí empezamos a llamarnos «Vestuario». «Buen día, Vestuario.» «Cómo viene la noche, Vestuario.» Cada vez que él me tipeaba esa palabra a mí se me hacía agua la boca, en serio, como un perro de Pavlov pero al revés.

Esto no se le hace a nadie, pensaba.

Pero igual le contestaba.

Las fantasías me empezaron a ocupar la cabeza entera. No quería cogérmelo. Quería arrodillarme y chupársela. Quería sentir el peso en la lengua, quería que me la metiera hasta atrás, quería tragarme todo lo que tuviera para darme y limpiar la última gota con la punta de la lengua. Me la imaginaba no demasiado grande pero blanca, con las venas marcadas, una de esas pijas de pibe joven que parecen dibujadas a propósito, con la cabeza rosada y los huevos pesados. Me masturbaba con esa imagen casi todas las noches. Mi novia dormía al lado mío respirando despacio y yo me iba al baño con el celular en silencio, sin sonido de notificación, repasando los chats que había guardado en una carpeta que ella nunca iba a abrir.

***

Después nos cambiaron de turno. A él lo pasaron a la mañana, a mí me dejaron en la tarde, y los chats se fueron desinflando solos. Tres semanas sin nada. Después un «todo bien, Vestuario?» suelto un domingo a las once de la noche que ninguno de los dos siguió. Yo creí que se había terminado y por un rato le agradecí al universo por sacarme de encima esa tentación de mierda. Por otro rato me agarró una tristeza rara, como cuando se te corta una serie en la mitad de la temporada.

No se había terminado.

Era un jueves de septiembre. Yo estaba solo en casa porque mi novia se había ido tres días al campo a ver a su vieja. La gata dormía hecha rosca en el respaldo del sillón. Me había hecho una milanesa al horno y estaba mirando cualquier cosa en la tele cuando vibró el celular sobre la mesa ratona.

«Vestuario, ¿ahí estás?»

Me quedé tildado mirando la pantalla. Lo leí dos veces. Lo leí tres. Sentí el cuerpo cambiar de temperatura como cuando bajás muy rápido en un ascensor.

«Acá estoy, Vestuario. ¿Vos?»

Tardó un minuto largo en escribir. Vi los puntitos aparecer y desaparecer dos veces, como si estuviera dudando entre dos respuestas. Cuando llegó la suya, fue tan larga que tuve que scrollear para terminar de leerla.

Me contó que estaba haciendo horas extras en el depósito, que había aceptado quedarse hasta la una de la mañana porque necesitaba la plata para arreglar la moto, y que después le quedaba un viaje de cuarenta y cinco minutos hasta su casa para volver al otro día a las siete. Me preguntó cómo andaba, qué hacía, si seguía con la misma novia. Le contesté que sí, que estábamos bien, pero que esa noche estaba solo porque ella se había ido al campo.

Apenas le di enter lo sentí. Lo sentí en serio, no metafóricamente. Una corriente que me bajó por la columna, me agarró los huevos, me hizo subir la sangre a la pija de una manera que casi me asustó. Las venas se me marcaron como si me hubieran inflado con una bomba. El corazón me golpeaba la garganta. Y mientras tanto yo escribía con una sola mano, porque la otra ya estaba adentro del pantalón corto.

«Si querés, venite a casa y de acá te queda cerca para volver mañana», le tipeé.

Lo mandé sin pensar. Apenas tocó el botón quise volver atrás. Qué hice, qué carajo hice.

Pasaron treinta segundos. Cuarenta. La pantalla se apagó. La toqué para que se prendiera de nuevo, como si eso fuera a acelerar la respuesta. Cincuenta segundos. Un minuto entero.

«Hoy tomás la chechona, Vestuario.»

Lo leí y se me cortó la respiración. Lo releí. Lo releí otra vez. Solté el celular sobre el pecho y me quedé mirando el techo, con la mano todavía metida en el pantalón y el corazón haciendo un ruido que no debería hacer un corazón.

***

Volví a agarrar el teléfono después de varios segundos y le escribí la dirección. La escribí letra por letra, porque me temblaban los dedos y se me iban las eñes. Le aclaré qué timbre tocar, le dije que dejara el casco en la puerta, le pregunté si quería tomar algo cuando llegara, una cerveza, lo que fuera. Me respondió que sí, una cerveza estaba bien.

«Salgo a la una, calculá veinte minutos en moto.»

Miré el reloj de la pared. Eran las once y cuarenta.

No sabía qué hacer con el cuerpo. Me levanté del sillón, me fui a la cocina, me serví un vaso de agua y volví a sentarme. Me paré de nuevo. Fui al baño. Me miré al espejo y traté de calmarme, de respirar, de pensar si esto que estaba a punto de hacer era una pavada de la que me iba a arrepentir el resto de la vida o si era una cosa que yo había necesitado desde hacía años sin animarme a nombrarla.

Me bañé. Me lavé los dientes dos veces. Me puse una remera negra y un pantalón corto. Bajé las luces del living como si fuera una cita. Después me dio vergüenza y las prendí todas de nuevo. Después las bajé otra vez. Caminé en círculos por el departamento durante diez minutos, mirando la hora cada treinta segundos.

A las doce y cuarenta y cinco volvió a vibrar el teléfono.

«Salí, Vestuario.»

A la una y diez sonó el portero. El sonido me atravesó el pecho. La gata levantó la cabeza, me miró con cara de qué hacés, y volvió a hacerse rosca en el sillón.

Apreté el botón sin decir nada. Escuché los pasos en la escalera, lentos, como si él también estuviera tomando aire entre escalón y escalón. Cuando lo vi parado en la puerta, con el casco bajo el brazo, la campera de cuero todavía puesta y el pelo aplastado por el casco, todo el discurso que había ensayado en la cabeza se me deshizo.

—Hola, Vestuario —dijo.

Tenía la voz más grave que por chat. Por chat la voz no se escucha. Yo no me había acordado de que en la oficina hablaba con esa voz tan baja, como si guardara algo.

—Hola —contesté, y la mía me salió como la de un pibe de quince.

Pasó. Cerré la puerta despacio detrás suyo. Le ofrecí la cerveza, la aceptó, la apoyó en la mesa sin abrirla, me miró. Yo estaba parado en el medio del living como si me hubiera olvidado para qué se usan las piernas.

—Vení —dijo.

Fui.

Me agarró del cuello con las dos manos, sin apuro, y me dio el primer beso de mi vida con un hombre. No fue un beso de película. Fue un beso de alguien que sabe lo que quiere y se cansó de esperar. Me apretó contra la pared del pasillo, me metió la lengua, me mordió el labio inferior con una calma que me desarmó entero.

—Llevamos meses con esto —murmuró contra mi oreja.

—Sí.

—¿Sabés lo que querés hacer, no?

No contesté. Me bajé sin decir nada. Me arrodillé ahí, contra la pared del pasillo, y cuando empecé a desabrocharle el cinturón él me agarró el pelo con una mano. No fuerte. Justo. Lo necesario para hacerme entender que esto no era un favor ni un regalo: era yo el que se la iba a buscar.

Lo que pasó después, Vestuario, lo voy a contar despacio. Lo voy a contar tan despacio que cuando lo leas vas a sentir todo otra vez. Pero antes necesito que ustedes me digan si quieren que siga. Que esto es real lo sigo jurando. Y si llegaste hasta acá, Vestuario, mandame un beso en la punta cuando leas esto, igual que aquella noche.

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Comentarios (1)

SergioBsAs

buenisimo, me tuvo enganchado hasta el final

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