Cuando el extraño del bar subió al apartamento
Llevaba diez días solo en el apartamento cuando llamó Marcos.
Era la primera semana de agosto y había alquilado el piso por un mes entero: un bloque de apartamentos en la costa de Castellón, a un par de kilómetros del mar y a veinte minutos en coche de Peñíscola. Buenas condiciones para no hacer nada en particular. Lo que se dice unas vacaciones de verdad.
—Quiero acercarme este fin de semana —me dijo—. ¿Tienes sitio?
Mis familiares llegaban la semana siguiente, así que tenía el apartamento libre hasta entonces.
—Ven cuando quieras —le dije.
Marcos tiene treinta y tres años y es gay como yo. Nos conocemos desde hace mucho y hay entre nosotros una confianza que no necesita explicaciones: si andamos sin ropa por el apartamento, ninguno lo considera extraño; si dormimos en la misma cama, tampoco hace falta hacer comentarios. Llevábamos meses sin vernos en persona por la distancia —él vive en el norte— aunque hablábamos casi a diario por teléfono.
Llegó a media tarde con el coche cargado de más cosas de las que necesitaba para un fin de semana. Entró, dejó la bolsa en el suelo y se tumbó en el sofá sin quitarse los zapatos.
—Varias horas al volante —murmuró—. No me hables durante veinte minutos.
Lo dejé dormir. Cuando se despertó lo encontré en el balcón con una cerveza fría esperándolo. El sol ya bajaba y había brisa del mar.
Salimos a la playa a última hora. Caminamos por la orilla sin destino, con el agua hasta los tobillos, hablando de todo lo que se acumula cuando hay meses de distancia entre dos personas: el trabajo, la gente que habíamos dejado de ver, un par de historias que cada uno había tenido por separado desde la última vez. Después cenamos en casa y salimos a pasear. El pueblo tenía bastante ambiente esa noche —era temporada alta y había gente por todas partes— y acabamos bajando hasta el puerto, donde paramos en una terraza que yo había visto los días anteriores.
Pedimos cervezas y fue ahí donde lo vimos.
Estaba sentado solo en la mesa contigua, con una botella de agua a medias y la vista puesta en el mar. Alto, con barba oscura de varios días, una camiseta blanca que le quedaba ajustada en los hombros. Veintiocho años, quizás alguno más. Tenía ese tipo de cuerpo que viene de moverse mucho, no de pasarse horas delante de un espejo en el gimnasio.
Marcos me miró de reojo.
Ya lo había visto.
Fue él quien habló primero. Le preguntó al chico si sabía si había algún bar abierto más tarde en la zona. El chico respondió con naturalidad, sin el recelo de quien no quiere que lo molesten.
—Soy de Valencia —explicó—. Llevo aquí cuatro días solo. Me llamo Rodrigo.
Se llamaba Rodrigo, era de Valencia, estaba de vacaciones sin compañía y no parecía tener ningún plan para esa noche. Hablamos durante casi una hora entre las tres mesas, cada vez con menos distancia. Llegó un momento en que el camarero trajo una ronda que nadie había pedido —Rodrigo la había invitado sin decir nada— y cuando lo miré para agradecerle no apartó los ojos de los míos.
Había algo ahí. No hace falta articularlo para reconocerlo.
—Si queréis, subimos al apartamento por otra cerveza —propuse.
Rodrigo dejó un billete en la mesa y se puso en pie.
***
En el apartamento tardamos poco en dejar de fingir que íbamos a tomar una cerveza.
Marcos y yo nos quitamos la ropa como hacíamos siempre en casa. Rodrigo nos observó un momento, luego hizo lo mismo. No había nada forzado en ello: fue la continuación natural de algo que ya había empezado en la terraza del puerto.
Era atlético sin exagerar. El tipo de cuerpo de alguien que hace deporte porque le gusta, no para exhibirlo. Y estaba excitado, lo cual no dejaba lugar a dudas sobre ninguna de las cosas que habíamos intuido durante la conversación.
Nos acercamos los tres y empezamos despacio. Manos en la espalda, en las costillas, en la cadera. Con dos personas al mismo tiempo el cuerpo recibe demasiada información a la vez y hay algo en eso que es difícil de explicar: nunca sabes exactamente de quién es la mano que tienes en la nuca ni la que te recorre el muslo.
Soy pasivo. Siempre lo he sido, y con Marcos nos entendemos bien en ese sentido —nos hemos acoplado así otras veces. Me puse a cuatro patas en el sofá mientras él se colocaba detrás. Rodrigo quedó de pie frente a mí y pude verlo de cerca: era considerable, grueso, completamente duro. Se lo acercó a mi boca y yo lo recibí sin prisa.
Marcos entró despacio, con la paciencia que lo caracteriza, dejándome tiempo para adaptarme. Rodrigo tenía una mano apoyada en mi hombro, sin presionar, solo acompañando el ritmo. Los tres encontramos una cadencia y la mantuvimos durante un buen rato, con la temperatura subiendo de manera constante hasta que el ritmo se volvió más rápido y menos controlado.
Marcos fue el primero. Reconocí el cambio en su respiración antes de que acelerara. Se sacó y se corrió en mi espalda, jadeando. Unos segundos después Rodrigo tensó la mandíbula, apretó los dedos en mi hombro, y eyaculó sobre mi cara sin avisar.
Marcos se rió por lo bajo desde el sofá.
—¿Bien? —preguntó Rodrigo, todavía sin respirar del todo.
—Sí —dije—. Bien.
***
Hicimos una pausa. Bebimos algo frío y pusimos música baja. Rodrigo se sentó en el suelo con la espalda contra el sofá, con esa manera de estar que tiene la gente cuando todavía está procesando algo que le ha gustado más de lo esperado.
Pasado un rato fue él quien se movió primero. Tenía ganas de seguir y no lo escondía.
Esta vez fue distinto. Marcos se sentó en el sillón y Rodrigo se arrodilló delante de él. Yo me coloqué detrás de Rodrigo y sin necesidad de palabras —él inclinó la cadera hacia mí, señal suficientemente clara— empecé a entrar.
El grosor era lo que me había parecido desde el principio. Hubo un momento de tensión real, ese instante en que el cuerpo evalúa si puede o no puede, pero pasó. Después fue directo e intenso, sin pausas, mientras Rodrigo seguía con Marcos en la boca y los tres volvimos a encontrar ese ritmo extraño y preciso que requiere algo más que buena voluntad para funcionar.
Esta vez se corrió primero Rodrigo, en mi pecho. Marcos eligió hacer lo mismo.
Me quedé mirando el techo durante un minuto largo.
—Esto no estaba en mis planes de vacaciones —dijo Rodrigo en voz baja.
—Los planes de vacaciones están para no cumplirlos —respondió Marcos.
***
Decidimos que Rodrigo se quedara a dormir. El apartamento tenía dos habitaciones y nadie iba a molestarse por ello. Marcos y yo nos metimos en la cama matrimonial, Rodrigo se instaló en la habitación de al lado.
No dormí demasiado. Marcos tampoco, según su respiración. Nos tocamos durante la noche sin llamarlo nada, sin urgencia, solo porque había espacio para ello y era agradable estar así después de todo lo que había pasado. Hacia el amanecer escuché ruido en la habitación de Rodrigo: un movimiento contenido y rítmico que se prolongó un par de veces antes de que volviera el silencio.
No hizo falta preguntarle nada. Por la mañana, mientras hacíamos café en la cocina, lo mencionó él mismo con una sonrisa que no era de vergüenza.
—Dos veces —admitió.
—Bienvenido al club —dijo Marcos.
***
El domingo empezó tarde. Marcos seguía en la cama, medio dormido, cuando Rodrigo apareció en el umbral de la habitación y me miró. No dijo nada durante unos segundos.
—¿Puedo? —preguntó al final.
Asentí.
Se arrodilló a los pies de la cama y tomó el control con una calma que no había tenido la noche anterior. Estuvo largo rato así, sin apresurarse, prestando atención a cada cosa, hasta que yo no pude más. Le pedí que no se moviera y me corrí en su boca. Lo aceptó todo sin apartar los ojos de mí.
Después le devolví el favor con las manos, tumbado a su lado, mientras Marcos seguía con los ojos entrecerrados y una expresión que me dijo que llevaba un rato despierto aunque no quisiera admitirlo. Rodrigo tardó bastante, más que la noche anterior. Cuando llegó, eyaculó sobre mi espalda en una sacudida larga.
—Gracias —dijo, como si eso fuera lo más natural del mundo.
—A ti —respondí.
***
A media mañana Rodrigo recogió sus cosas. Tenía amigos esperándole en Valencia y muchas horas de carretera por delante. Bajé con él al aparcamiento caminando despacio.
—Si volvéis por la costa —empezó a decir.
—Ya sabemos dónde encontrarte —le interrumpí.
Se rió. Abrió el maletero, colocó la bolsa, cerró. Dio la vuelta al coche, se metió dentro y arrancó sin mirar atrás. Lo seguí con la vista hasta que giró en la primera esquina y desapareció.
Cuando subí al apartamento, Marcos estaba en la cocina haciendo huevos revueltos con la radio encendida.
—¿Cómo ha quedado? —preguntó sin girarse.
—Bien —dije—. Ha quedado bien.
***
Marcos se fue después de comer. Tenía el trayecto hasta el norte por delante y quería salir antes de las tres para evitar el tráfico más denso. Recogimos el apartamento despacio, tomamos un café y cuando ya lo tenía todo en el coche volvimos a subir un momento a por algo que Marcos había olvidado y que probablemente no había olvidado del todo.
Fue más lento que la noche anterior. Sin Rodrigo, sin la novedad, sin nada que demostrar. Solo los dos en la habitación con la persiana bajada y el ventilador girando, con la confianza de quien sabe exactamente lo que el otro necesita. Nos corrimos casi al mismo tiempo, con un beso largo que sirvió de cierre, y nos quedamos quietos después sin decir nada durante un minuto.
—La próxima vez voy yo al norte —dije al final.
—Llevas dos años diciéndolo —respondió.
—Esta vez de verdad.
Se rió. Nos vestimos. Bajé con él al coche y lo vi arrancar. Lo vi alejarse hasta que el coche desapareció al final de la calle.
Subí de nuevo al apartamento y me senté en el balcón con una cerveza mirando el mar. Quedaba una semana entera para que llegaran mis familiares.
Era suficiente tiempo para recordarlo todo con calma.