La noche que mi mujer me convirtió en su puta
Esto que voy a contar pasó hace años pero todavía me hierve la sangre cuando lo recuerdo. Lo escribo para quienes ya viven el papel de cornudo y disfrutan cada minuto de él, por si se reconocen en lo que voy a confesar o, al contrario, sienten que se distancian. Cada uno descubre la verga que de verdad necesita a su tiempo, y yo descubrí la mía mucho después de creer que ya lo sabía todo sobre mí.
Cuando empecé a presionarle a Lorena, mi mujer, para que me pusiera los cuernos, no me imaginaba lo lejos que iba a llegar todo aquello. Llevábamos cuatro años casados, ella tenía veintinueve, era menudita, de caderas redondas, y todavía conservaba esa mirada de niña traviesa que tanto me había vuelto loco al principio. Lo nuestro en la cama estaba bien, pero a mí me faltaba algo y no sabía darle nombre.
Le insistí durante meses. A veces durante el sexo, a veces en el bar, a veces en la cocina mientras lavaba los platos. Le pedía que se fijara en otros, que les sonriera, que me contara con quién se cogería si pudiera. Ella se reía, me llamaba enfermo y me cambiaba de tema. Yo seguía. La historia duró trece años, así que ya entenderás por qué digo que fue una hermosa pesadilla.
El momento más excitante de todos, y eso que tuve cientos, fue la noche en que aceptó coger con otro hombre por primera vez. Para entonces yo ya había bajado los brazos, convencido de que mis cuernos eran un sueño imposible. Volvió tarde, oliendo a un perfume que no era el suyo, y se quedó parada junto a la puerta del dormitorio mirándome. Sentí una erección que me cortó la respiración. No me toqué. No quería romper el momento.
Cuando se sentó en la cama y me contó todo, con detalles que parecían sacados de una película, descubrí otra forma de excitación. Mi cabeza era una sala de cine porno: la veía sobre las sábanas de aquel hotel barato, la veía pedirle al tipo que la tomara de la nuca, la veía morderse el labio inferior como hacía conmigo. La oía y me la imaginaba al mismo tiempo, y juro que estuve a punto de venirme sin tocarme.
A Lorena le gustó tanto que continuó. Una vez al mes, a veces dos, salía con alguien distinto y volvía a contármelo. Cada confesión era más explícita que la anterior. Cada vez aprendía mejor qué palabras me cortaban el aliento, qué gestos de su narración me ponían más duro. Aprendió a saborear el poder que ejercía sobre mí cuando hablaba.
***
Una noche, en un motel de la salida sur, recién salida ella de la habitación del tipo de turno, nos pusimos a beber. Yo había llegado solo para recogerla, ella entró con el pelo todavía húmedo de la ducha y los ojos brillantes. Pedimos una botella al servicio y nos tomamos casi media los dos solos. Lorena se puso borrachita, de las suyas, de las que ríen fuerte y dicen cosas que cualquier otro día se callarían.
Se desnudó delante de mí con la torpeza de quien sabe que está siendo observada. Yo estaba sentado a los pies de la cama, a punto de quitarme los calzones. Ella se giró, me miró fijo y se acercó con la copa todavía en la mano.
—Mi rey —me dijo—, hace mucho que me di cuenta de algo. Si no te platico lo que me hacen, no se te para bien la verga. Hoy quiero hacerte algo distinto. Algo que creo que te va a gustar más. No te voy a contar qué es. Solo quiero que me dejes hacerlo. Tómalo como un regalo para mí. Los dos lo vamos a disfrutar. ¿Quieres jugar?
—Claro, mi puta chula —le respondí sin pensarlo.
—Está bien. Pero te aviso una cosa: pase lo que pase, te vas a dejar. Y vas a hacer todo lo que yo te pida, sin chistar. ¿Estamos?
—Ay, mírala qué misteriosa.
—Bueno. Cierra los ojos. Bájate los calzones. Toma, ponte estos. No los abras todavía. Te voy a dar algo para que te relajes.
Sentí en la lengua la pastilla que me puso. La pasé con un sorbo de vino. Notaba el aliento de ella muy cerca, el roce de sus dedos en mis muslos, la tela rara y demasiado pequeña que ahora me cubría el sexo. No me había puesto una tanga en mi vida.
—Esta noche cambiamos de papeles —me susurró—. Tú vas a ser yo y yo voy a ser tú. No te puedes negar a nada. Esta noche no soy tu mujer feliz. Te voy a decir muchas groserías de las que a mí me dicen en los moteles. Tú solo vas a contestar lo que yo te pregunte. Y no te vayas a enojar por lo que diga o haga. ¿Entendiste?
—Sí, mi reina.
—¡Ay, qué perra burra eres! —y se rió fuerte—. Tú serás puta y yo, tu macho padrote. Cada que te equivoques te voy a dar unas nalgadas que te van a dejar el culo rojo. A ver si así aprendes a hablarme bien.
—Perdón, papito.
—¡Ándale, zorra! Ya vas entendiendo. Ahora ponte esas pataletas que te di, rápido.
—Sí, mi rey.
Me las puse a ciegas, sin saber qué eran. Cuando me dijo que abriera los ojos, había transformado la habitación. Las cortinas cerradas, la lámpara del escritorio orientada hacia la pared para crear una luz indirecta, una toalla extendida sobre la cama. Olía a su perfume y al tipo con el que había estado dos horas antes. Yo, frente al espejo, llevaba una tanga negra de encaje barato, unas medias de red que apenas me llegaban a los muslos y unos zapatos de tacón bajo que ella se había traído en la bolsa.
—Acércate, Huila. Te voy a maquillar.
***
Lorena me sentó en la silla del tocador. Me cubrió la cara con base, me dibujó las cejas más marcadas, me pintó los párpados de negro y los labios de un rojo vulgar que se me corría hasta la barbilla cada vez que abría la boca. Me reía sin querer cada dos minutos, no de burla sino de incredulidad. Ella no se reía. Ella estaba seria, concentrada, como una maquilladora profesional preparando a una modelo para la pasarela.
Cuando terminó, me llevó del brazo al espejo grande del baño. Encendió la luz central. Lo que vi me dejó mudo. No era yo, era otra persona. Una mujer barata, pintarrajeada, con las medias mal puestas y la tanga apretándole la verga. Pero esa mujer me ponía. Me ponía mucho más de lo que jamás me había puesto Lorena con sus relatos.
—¡Mírate bien, culebra! —me dijo plantándose detrás de mí, agarrándome el pelo en un puño—. Pareces una putota arrabalera. De esas que paran a los camioneros en la salida del pueblo. Yo sé que te gustaría irte vestida así al congal. ¿Verdad que tienes ganas de ir así al puntero?
—Sí, mi chulo. Quiero ser como las putas.
—¡Ya lo sabía, cabrona! Pon música y hazme un baile rico. Pero rápido, que no tengo toda la noche.
Conecté el celular al parlante portátil con manos temblorosas, busqué una de esas cumbias que ella ponía cuando se arreglaba para salir y empecé a moverme delante de ella. Me sentía ridículo y excitado al mismo tiempo, una combinación que no creía posible. Ella se había sentado en el borde de la cama con las piernas abiertas y una mano metida entre los muslos, mirándome bailar como si yo fuera un espectáculo pagado.
—Más despacio, perra. Que se te vea bien el culo. Date la vuelta. Inclínate. Tócate. Eso es. Así me gusta verte.
Obedecí en todo. Cada palabra dura que salía de su boca me iba aflojando un nudo que yo no sabía que tenía dentro. Cada nalgada que me daba mientras pasaba a mi lado me la sentía hasta la nuca. Trece años de cornudo y todavía me faltaba aprender de qué lado del juego estaba mi verdadero placer.
***
Cuando se hartó del baile, me ordenó subir a la cama y ponerme a cuatro patas en la orilla. Me quitó la tanga de un tirón y se acomodó detrás de mí con la naturalidad de quien lleva ensayando la escena hace meses.
—Ahora sí, pinche suripanta. Te voy a dar lo que sé que llevas años deseando. Tú flojita y cooperando, que no te va a doler.
Me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí la frialdad del lubricante chorreando por el surco, sentí sus dedos separándome, abriéndome, mirándome por dentro y por fuera con la calma de quien estudia un terreno nuevo. Cuando el primer dedo me entró, no pude evitar gemir. Fue un gemido largo, ronco, agradecido. No me reconocí.
—¿Ya viste, putita? Si nomás te rocé el culo y ya estás llorando como perra. No te muevas. Si te gusta sigues comiendo. Si no, te callas. ¿Entendiste?
—Entendí, mi ama.
Bajó de la cama, abrió el cajón del buró y sacó unos guantes de látex que había traído escondidos en su bolso desde hacía vaya a saber cuánto tiempo. Volvió a subirse, untó los guantes con más lubricante y empezó a tocarme el culo con los dedos planos, masajeándolo, calentándolo, preparándolo como quien amasa antes de hornear.
—Qué rico culo tienes, perra. Lo voy a hacer gozar mejor de lo que te lo haya hecho gozar otro.
Me metió un dedo. Después dos. Después tres. Mi propia respiración me sonaba como la de un animal extraño. Sentía cómo el aire entraba y salía de mi garganta sin pasar por mí. Lorena trabajaba paciente, alternando entre embestir y abrir, entre acariciar y golpear. Cuando empezó con el cuarto, dejó la mano quieta dentro de mí unos segundos, dejándome sentir el grosor.
—¡Ay, pinche perra! Ya te metí cuatro dedos y ni un pujido. ¿Quieres más?
—Sí, papito. No me dejes con ganas.
Sentí cómo recogía el pulgar contra la palma, cómo me iba metiendo el resto poco a poco, cómo el anillo cedía con un ardor que no era dolor sino otra cosa, algo que no había sentido nunca, una mezcla de plenitud y entrega que no tiene una palabra exacta en español. Llegó hasta la muñeca. Yo gemía riquísimo, sin acordarme de que el pasillo del motel quedaba a tres metros y las paredes eran de cartón.
Con la mano libre me agarró la verga, que estaba durísima desde hacía un rato, y empezó a masturbarme al ritmo de su otro brazo. La eyaculación fue como si el cuerpo entero se vaciara de algo viejo. Me caí de cara sobre la toalla, sin fuerzas en los brazos, oyéndola decir cosas que no entendí porque me zumbaban los oídos.
***
Mucho después, cuando salí del baño con la cara lavada y los labios todavía hinchados por la falta de costumbre, Lorena estaba fumando junto a la ventana entreabierta, todavía desnuda. Me miró como si me viera por primera vez en trece años.
—¿Te gustó? —me preguntó.
—No tengo palabras, mi reina.
—Entonces vamos a tener que repetirlo —me dijo, y le dio una calada larga al cigarrillo—. Pero la próxima vez, mi rey, los guantes los va a usar otro.
No le contesté. No hacía falta. Continuará.