Lo que pasó en la habitación del maestro esa noche
Hola a todos. Espero que disfruten lo que voy a contar, porque cuando lo viví yo apenas podía creerlo.
Me llamo Adrián, tengo treinta y un años, soy moreno, llevo el pelo corto y una barba muy recortada. Mido un metro noventa y peso alrededor de ochenta kilos. Nací en un pueblo del interior, en una familia que se dedicó toda la vida a la ganadería brava. Por eso, cuando me tocó elegir carrera, no dudé: veterinaria.
Hice las prácticas en una yeguada de sementales y, después, en una clínica de animales pequeños. Trabajé cuatro años entre consulta urbana y cooperativa rural antes de que un conocido me ofreciera el puesto que me cambió la vida: veterinario titular en una plaza de toros del sur. No diré cuál, ni mencionaré nombres reales. La discreción es parte del trabajo.
Mis funciones eran sencillas de explicar. Cuidar de los caballos de tiro, atender a los caballos de los picadores cuando volvían a corrales con algún hematoma, supervisar a los toros desde el momento del desembarque hasta el final de la lidia, y extender los certificados de muerte que correspondieran.
Las dos primeras novilladas pasaron sin sobresaltos. Después llegó una corrida de cartel y, ya cerca del verano, la feria grande. Toros de las mejores ganaderías y figuras del escalafón. Ahí empieza lo que de verdad quiero contar.
***
La antevíspera de la inauguración, mientras yo revisaba los toros recién descargados en los corrales, vino a buscarme el apoderado de uno de los maestros. Quería hablar conmigo en privado. Lo acompañaba el mozo de espadas, un chico alto y delgado que no levantó la mirada del suelo.
Los hice pasar a mi oficina, cerré la puerta y les ofrecí agua. El apoderado fue directo.
—Necesitamos un favor —dijo—. Confidencial. Si te incomoda, lo olvidamos y nadie se entera.
Le pedí que me explicara antes de comprometerme. El asunto era el siguiente: su maestro era el primer espada de la tarde inaugural. Cuando matara al primer toro y yo extendiera el certificado, debía recoger los testículos del animal, conservarlos en frío y llevarlos a su hotel a las once y media de la noche.
—No tienes que preguntar para qué —añadió el apoderado—. Sólo necesitamos saber si lo harás.
Acepté. Firmamos un compromiso verbal de discreción y me dieron la dirección del hotel, junto con las instrucciones para el chófer que pasaría a recogerme.
***
El día de la corrida todo salió como estaba previsto. El maestro mató su primer toro de manera limpia, salió a saludar y se retiró a la enfermería de cortesía. Yo, después del último arrastre, bajé a la zona de despiece, abrí la bolsa escrotal con bisturí y deposité los dos testículos —enormes, todavía calientes— en un recipiente hermético de uso clínico. Lo metí en la nevera del dispensario y volví a mi rutina como si nada.
Acabada la corrida me fui a casa, a diez minutos a pie de la plaza. Cené ligero, me duché y me puse algo cómodo: un pantalón beige de mezclilla, una camiseta blanca, un bóxer ajustado y deportivas. Guardé el recipiente en una mochila de gimnasio, bien protegido entre dos toallas, y a las once y veintinueve estaba en la fachada trasera de la plaza.
A las once y media en punto se detuvo un Mercedes negro con los cristales tintados. Al volante, un chico de mi edad, peinado hacia atrás, sonrisa fácil. Se presentó como Hugo, me abrió la puerta y me llevó al hotel charlando del tráfico y del calor de la noche. Por una puerta lateral, me dejó dentro del vestíbulo de servicio y me indicó:
—Quinta planta, habitación 512. Te esperan. Cuando bajes, llámame a este número y vengo a buscarte.
Subí en el ascensor con la mochila bajo el brazo. Sabía qué llevaba dentro. Lo que no sabía era qué me esperaba detrás de esa puerta cerrada.
***
La quinta planta estaba en silencio absoluto. Más tarde supe que el hotel reserva toda esa planta para los toreros durante las ferias. Llegué a la 512, toqué con dos golpes suaves y la puerta se abrió enseguida.
El mozo me recibió sólo con un bóxer negro. De cerca era más joven de lo que recordaba: veintitrés, veinticuatro como mucho. Alto, delgado, lampiño, con una barbita recortada y un culo redondo de los que una modelo firmaría con sangre. Me llamó Adrián cuando me dio la mano y me dijo que se llamaba Tomás.
Atravesamos un pequeño recibidor y entramos en la suite. El maestro estaba sentado en la cama, la espalda contra el cabecero, leyendo un libro. Sólo llevaba un bóxer gris claro de algodón. Tenía las piernas estiradas y abiertas, y bajo la tela se marcaba un bulto que no buscaba ser discreto. Cerró el libro al verme, sonrió, se levantó y me tendió la mano.
—¿Adrián, no?
—Sí.
—Bien, Adrián. Lo que pasa aquí, aquí se queda. ¿Estamos?
—Perfectamente.
Me señaló un sillón junto a la ventana y se sentó otra vez en el borde de la cama. El maestro tendría treinta y tres años recién cumplidos. Moreno, fibroso, con la cara cortada por meses de entrenamiento y muy pocas horas de sueño. Tenía esa mirada que arde sin pestañear, una mezcla de hambre y control que entendí enseguida por qué arrastraba multitudes en una plaza.
—Te explico —dijo, mirándome a los ojos—. Para mí esto es un fetiche. La temporada entera entreno sin parar y no me corro durante meses. Cuando mato el primer toro de la feria, me bebo su semilla. Es mi descarga. Es lo que me limpia.
Lo dijo sin tono solemne, casi con la misma naturalidad con la que un cocinero explica una receta. Me preguntó si me parecía bien estar presente. Le contesté que por mí no había problema, y que si quería ponerme cómodo como ellos, encantado.
—Ponte como en casa —dijo.
Me quité la camiseta, los pantalones y las deportivas. Me quedé en bóxer, marcando ya algo que no podía disimular. Tomás, al fondo, soltó una risita y volvió a sentarse en un taburete pegado a la pared.
***
Saqué el recipiente de la mochila, lo coloqué en una mesita auxiliar que ya tenían preparada con un paño limpio y lo abrí. Los dos testículos brillaban bajo la luz cálida de la lámpara. Frescos, limpios, conservados.
El maestro se acercó descalzo. Su capullo asomaba por la cinturilla del bóxer.
—Son exactamente como me los imaginaba —dijo en voz baja.
Le pedí permiso para seccionarlos yo mismo, con bisturí. Me dejó hacer. Abrí el primero con un corte limpio y extraje la vesícula seminal. Se la entregué con cuidado, en la palma de la mano.
Se la bebió de un trago. Cerró los ojos, echó la cabeza atrás y se relamió despacio, como quien acaba de probar algo que llevaba meses imaginando. Cuando volvió a abrirlos, los tenía vidriosos.
—Esto, para mí, es mejor que cualquier viagra.
Hice lo mismo con el segundo. Tomás, sentado en el taburete, ya tenía la mano dentro del bóxer y se masajeaba sin disimulo. El maestro se bebió la segunda vesícula y, esta vez, dejó que un hilo le bajara por la comisura. Se lo limpió con el pulgar y se chupó el dedo.
Cuando terminó, se quitó el bóxer de un tirón. Estaba completamente duro, una polla gruesa y cortada, con las venas marcadas. Le hizo un gesto a Tomás. El mozo, en silencio, extendió dos toallas blancas en el centro de la cama y colocó encima los cuatro pedazos de testículo abiertos.
Lo entendí cuando el maestro se subió a la cama, se tumbó boca abajo sobre las toallas y empezó a embestir contra los testículos del toro como quien folla a un cuerpo entero. Se agarró al cabecero, separó las piernas y bombeó las caderas con un ritmo brutal, soltando bufidos roncos.
Yo me quité el bóxer y me senté otra vez en el sillón, abierto de piernas, masturbándome sin apartar la vista de su culo. Tomás también se desnudó. A una señal del maestro, se subió a la cama detrás de él, le separó las nalgas y se metió la cara entre ellas.
—Así —gruñó el maestro contra la almohada—. Cómeme bien, niño.
***
Estuve a punto de correrme sólo de mirarlos. Tomás se comía el culo del maestro con una hambre que asustaba, alternando la lengua con dos dedos que entraban despacio. El maestro empujaba las caderas contra las toallas y, al mismo tiempo, empujaba el culo contra la boca de Tomás, atrapado entre los dos placeres.
Cuando el maestro me miró por encima del hombro y me hizo un gesto con la mano, dejé el sillón sin pensarlo. Me arrodillé en el borde de la cama, a la altura de su cara. Sin soltar el cabecero, abrió la boca y me tragó entero, hasta la base, sin arcadas.
Tomás se levantó, dio la vuelta a la cama y se colocó detrás de mí. Me empujó suavemente para que me inclinara hacia adelante y se metió entre mis nalgas. Su lengua era ancha, paciente y muy entrenada. Sentí cómo un dedo, después dos, entraban con saliva. Avisé.
—Si seguís así, no aguanto.
El maestro me sacó la polla de la boca el tiempo justo para alargar el brazo, abrir el cajón de la mesilla y sacar un bote de popper. Lo destapó, esnifó y se lo pasó a Tomás. Tomás también esnifó y me lo acercó a la nariz. Lo respiré profundo.
Lo que vino después fue una avalancha. El maestro me devoró otra vez hasta la garganta. Tomás me clavó cuatro dedos en el culo, con paciencia y precisión. Mi cuerpo entero se tensó. Sentí cómo el aire se me iba.
—Me voy —dije, o creo que dije—. Me voy.
Y me corrí en la garganta del maestro, con un golpe que me dejó la cabeza en blanco y las piernas temblando. Él me tragó cada gota sin soltar, sin parpadear, sin dejar de mirarme.
***
Me derrumbé sobre el borde de la cama. El maestro se incorporó, todavía erecto, todavía sin haberse tocado, y se giró hacia Tomás.
—Ahora tú.
Tomás se puso a sus espaldas, le levantó las caderas y se lo metió de una sola embestida. No hubo preámbulo, no hubo cortesía. El maestro hundió la cara en la almohada y empezó a soltar gemidos guturales, mientras Tomás lo embestía con la rabia callada de quien lleva esperando demasiado.
Yo, todavía mareado por el popper, no pude no participar. Me arrastré hasta la cara del maestro y le acerqué la polla otra vez. Otra vez me tragó entero. Mientras tanto, busqué los labios de Tomás por encima de la espalda del maestro y nos besamos en pleno embiste, con la cama golpeando la pared al mismo ritmo.
—Me corro —avisó Tomás de pronto, agarrándome los brazos para sujetarse—. Me corro dentro.
Y se corrió, con un alarido largo, mientras yo descargaba por segunda vez en la boca del maestro.
***
Pensé que se había acabado. No.
El maestro se levantó de la cama, fue hasta el taburete junto a la pared y le hizo un gesto a Tomás para que se sentara. Tomás se sentó. El maestro se le subió encima, de espaldas, y se empaló sobre su polla todavía dura.
Lo cabalgó como sólo puede cabalgar alguien que lleva meses de abstinencia y entrenamiento. Yo me arrodillé delante, le agarré los cojones a Tomás con una mano y la polla del maestro con la otra, y los acompañé hasta que volvieron a explotar los dos a la vez. El maestro se vació sobre el pecho de Tomás con un chorro espeso y largo. Yo, por tercera y última vez, dejé mi corrida en el suelo de madera.
***
Cuando terminamos, nadie habló durante un rato. Tomás se levantó y empezó a recoger, en silencio, con una eficiencia entrenada. El maestro me ofreció una botella de agua mineral y me la bebí entera de un trago.
Charlamos unos minutos más, ya vestidos —yo de calle, él en albornoz, Tomás de nuevo en bóxer—. Me dio las gracias con una sinceridad que no esperaba. Me llamó la atención que Tomás siguiera empalmado, como si la noche apenas hubiera comenzado para él.
Tocaron a la puerta. Era Hugo. Salí al recibidor con Tomás y los vi cruzar una mirada cómplice. Hugo llevaba un pantalón azul marino y, bajo la tela, se le marcaba un bulto que no estaba ahí cuando me había traído.
Bajé al Mercedes y me senté delante, a su lado. De camino a casa, conversamos. Le pregunté, si quería contestarme, qué pasaba entre él y el mozo con el maestro.
—Después de torear —me explicó— tiene meses de tensión guardada. Una sola descarga no le basta. Tomás y yo nos tomamos viagra antes de que vuelva al hotel y lo dejamos vacío entre los dos. Cada feria, lo mismo.
Le puse la mano en el muslo, le acaricié el bulto un segundo y la retiré. Llegamos al portal. Le deseé buena noche y le pedí que disfrutaran.
Subí a casa, me desnudé, me metí en la cama y me corrí una última vez contra la almohada antes de caer dormido como un peso muerto.
Espero que os haya gustado. Un abrazo.