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Relatos Ardientes

El trío que pagaron por mí terminó en pesadilla

El cliente estaba sentado en una butaca al pie de la cama, con un vaso de whisky en la mano y la mirada clavada en mí. Él dirigía la escena con frases cortas: ahora a este, ahora al otro, abrí más la boca, no cierres los ojos. Yo estaba en esa época de mi vida en la que todo me daba igual, en la que me dejaba usar como un objeto sin protestar. Tenía dos vergas dentro de mí, una en la garganta y otra abriéndome por atrás, y mientras una me ahogaba la otra parecía a punto de partirme en dos.

Esta es una de las imágenes que me devuelve la memoria cuando pienso en aquella temporada. Trabajaba para hombres —y a veces mujeres— que pagaban por concretar fantasías que sus parejas no querían cumplirles. A veces me contrataba uno solo; a veces armaban un cuadro entero con varios chicos y miraban desde un costado. En este caso, un cliente con el que ya me había encontrado meses atrás me llamó para algo distinto: ya no quería tener sexo conmigo, quería ver cómo otros dos chicos lo hacían. Él pagaba, miraba y daba indicaciones.

Cuando llegué al departamento y entramos en el dormitorio principal, reconocí a uno de los chicos. Lo había cruzado un par de veces en los bares de ambiente del centro, esos donde uno levanta clientes con una mirada y un trago. Se llamaba Heider, era afrocaribeño, con un cuerpo trabajado al milímetro en el gimnasio, hombros anchos y una sonrisa que no transmitía nada bueno. Al otro no lo conocía. Lo presentaron como Damián. Era más bajo, compacto, atractivo a su manera, con una mirada más tranquila. Los tres estábamos ahí por plata. Eso ya lo sabíamos sin tener que decirlo.

El cliente —se hacía llamar Gerardo, aunque ninguno creía que ese fuera su nombre real— nos explicó en dos frases qué quería. Quería que me cogieran hasta romperme. Había decidido por su cuenta que la víctima iba a ser yo, porque era el único pasivo de los tres. Heider y Damián asintieron sin discutir. Yo asentí también, porque para eso me pagaba.

La función empezó conmigo de rodillas en la alfombra y ellos dos parados frente a mí. Los manoseé por encima de la ropa, sintiendo cómo se iban poniendo duros, hasta que se sacaron todo y se quedaron desnudos. Heider me agarró del cuello con una mano y me apretó.

—Vos sos una putita, ¿no? —me dijo cerca del oído—. Te voy a destrozar.

No le contesté. Abrí la boca y me dediqué a chupar. Primero a uno, después al otro, y por último intenté meterme las dos vergas juntas. Sólo me entraban los glandes y un poco más, porque eran demasiado grandes, pero igual me gustaba. Siempre me gustó chupar pija, y tenerlas a las dos apretadas contra la lengua tenía algo hipnótico que me dejaba quieto, casi obediente.

Me tumbé boca arriba en la cama. Heider se acomodó encima y me pasó los testículos por los labios para que me los metiera en la boca uno por uno. Damián, mientras tanto, bajó a chupármela. Recuerdo el olor a champú reciente, los huevos depilados, el peso del cuerpo de Heider apoyado sobre mi pecho. Por unos minutos pensé que la noche iba a salir bien.

—Que se lo coma —dijo Gerardo desde la butaca, sin levantar la voz.

Heider se dio vuelta, se subió a horcajadas y me plantó el culo en la boca. Yo me quedé quieto y empecé a lamerlo despacio, metiendo la lengua todo lo que podía. Lo escuché respirar más fuerte, soltar un par de gruñidos. Damián cambió de tarea y empezó a comerme el culo a mí mientras Heider me cogía la boca con la verga otra vez. Hasta ese momento, te lo juro, todo era llevadero. Hasta placentero, incluso.

Cuando mi culo ya estaba bien estimulado, Damián echó lubricante con generosidad y entró. Cerré los ojos y solté el aire de golpe. Sentí cómo iba abriéndose paso, cómo subía la presión, cómo se me iban las piernas. Arrancó despacio, con paciencia, y por un momento llegué a pensar que la cosa se iba a quedar ahí.

—Más fuerte —dijo Gerardo—. Así no me sirve.

Damián cambió el ritmo. Las embestidas se hicieron secas, sonoras, ese golpeteo de carne contra carne que se escucha desde la otra habitación. Sentía placer, sí, pero también un dolor en la zona baja que iba creciendo a cada empuje. No dije nada. Para eso me pagaban.

***

Lo cambiaron al rato. Ahora era Heider el que se acomodaba detrás de mí. Me lanzó la misma sonrisa de antes, me apretó el cuello otra vez y se metió entero de una. No respiré durante varios segundos. La presión fue brutal; no me había preparado para algo de ese tamaño y mis gemidos dejaron de sonar a placer y empezaron a sonar a auxilio.

Eso pareció gustarle más todavía. A él y a Gerardo, que desde la butaca se había desabrochado el pantalón y se tocaba sin disimulo. Damián, parado al costado, frunció un poco la cara.

—Tranquilo, Heider, no le rompas nada —dijo.

—A esta putita le gusta que la cojan así —respondió Heider, sin frenar.

No me gustaba. La verdad es que la estaba pasando mal. Pero me dejé hacer. Así de poco me cuidaba en ese entonces; así de poco valía mi propio cuerpo a mis ojos. Mientras Heider me partía por atrás, Damián volvió a meterme la verga en la boca, pero yo ya no estaba ahí. No le chupaba, no le hacía nada, sólo aguantaba con la boca abierta. Tenía la mente lejos, contando los azulejos del techo, pensando en cualquier otra cosa.

Hasta que pararon. Gerardo había pedido algo nuevo y yo no había escuchado qué. Sólo noté que las vergas dejaban de moverse, que el peso encima mío se aflojaba. Damián se acostó boca arriba en la cama y me indicó que me sentara sobre él. Le obedecí. Me acomodé, me ensarté despacio y respiré hondo. Iba a empezar a moverme cuando sentí la mano de Heider en la cintura, frenándome.

—Quieto —me dijo—. Esperá.

Sentí el glande de Heider apoyado contra mi ano, al lado de la verga de Damián que ya estaba dentro. Me retorcí. Le puse la mano en el muslo para que parase. Él metió la punta igual. Solté un quejido seco y volví a empujarlo.

—Pará. Pará. Eso es mucho. Echá más lubricante. Hacelo con cuidado.

A regañadientes me hizo caso. Echó un chorro largo, frío, que me corrió por la espalda baja. Después empezó a entrar de a poco. La presión fue inhumana. Sentí como si la piel se me fuera a desgarrar, como si me estuvieran abriendo en dos desde adentro. Tenía dos vergas dentro al mismo tiempo, el ano completamente abierto, el cuerpo temblando sin que yo pudiera controlarlo. Apenas podía respirar. Heider movió las caderas, su verga rozó contra la de Damián, y yo entré en una especie de aturdimiento que no era placer ni dolor, era otra cosa. Era estar en otro lado.

—Basta —escuché de pronto—. Así no, así no. Bájense y que termine en la boca.

Por una vez le agradecí a Gerardo en silencio. Heider salió y me dejó hueco. Damián me ayudó a deslizarme hasta el piso. Me tiré de rodillas, con la espalda apoyada contra el costado del colchón, la cabeza echada hacia atrás. Los dos se masturbaron rápido sobre mi cara y se vinieron casi al mismo tiempo. Me cayó por la lengua, por el mentón, por el pecho. Cerré los ojos. No me moví durante un rato largo.

Me costó pararme. Me costó caminar hasta el baño. El culo me latía, ardiente, y cada paso era una alarma que me decía hasta dónde había llegado. Me lavé como pude, me vestí despacio, cobré lo que correspondía y me fui sin saludar mucho. Heider me dio una palmada en el hombro en la puerta, casi cariñosa, como si nada hubiera pasado. Damián me miró con algo parecido a la culpa y desvió la vista.

***

Aquella noche fue una muestra más de lo que somos para cierta gente: carne para que ellos completen una escena que tienen en la cabeza. Estuve cerca, demasiado cerca, de terminar con un desgarro y en una guardia explicando qué me había pasado. Por suerte no llegó a tanto. Pero estuve dolorido varios días y, sobre todo, mentalmente me hundí más en el pozo en el que ya venía cayendo. No era la primera vez que me trataban como un objeto; tampoco fue la peor. Pero la falta absoluta de empatía de Heider, la forma en que Gerardo me usó como una pieza más de su decorado, el hecho de que Damián, que sí tenía algo de conciencia, no se animara a frenar la escena del todo: todo eso se me quedó pegado mucho más tiempo del que admití en aquel momento.

Lo cuento ahora, años después, desde otro lugar. Salí de aquella vida, no sin costo, y lo cuento porque pienso que alguien necesita escucharlo. Si estás ahí, si dejás que te usen porque ya no te importa nada, si pensás que esa es la única forma que tenés de existir: no es cierto. Yo también lo creía. Y acá estoy, escribiendo esto, vivo, entero, ya sin la mirada de ningún cliente clavada en mí desde una butaca.

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Comentarios (4)

LucasMar

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

ElVigilante77

Impresionante como describiste la tension de esa noche. Deja con ganas de saber que paso despues, esperando la continuacion

Mateo_Rosabal

Que mezcla tan intensa de sensaciones. Casi me vi ahi adentro leyendolo, muy logrado el ambiente que creaste. Espero que sigas publicando relatos asi de crudos y honestos

NocheLibre23

genial!!! sigue asi

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