Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El amigo de la otra cuadra y los masajes que cambiaron todo

Me llamo Mateo. Por aquel entonces tenía dieciséis años recién cumplidos, era rubio, de ojos claros, flaco como un palo y con un trasero más grande del que correspondía a un cuerpo tan delgado. Mis compañeros del barrio se reían de eso cada vez que jugábamos al fútbol y la pelota se me iba lejos. Yo me reía con ellos, porque a esa edad uno aprende a defenderse haciendo de la burla parte del chiste.

Era un chico tímido en lo que al sexo se refería. Sabía lo básico, había hojeado alguna revista escondida, pero todo lo demás vivía dentro de mi cabeza, mezclado con curiosidad y miedo a partes iguales. Tenía una adolescencia tranquila hasta que en la casa amarilla de la esquina se mudó un médico nuevo con su mujer y sus dos hijos.

El mayor se llamaba Damián. Le sacaba un par de años a mi curso, era inteligente, leía libros que yo apenas entendía y tenía esa seguridad que dan los hombres mayores cuando aún no son hombres del todo. Nos hicimos amigos enseguida. Íbamos al mismo colegio, andábamos en bici hasta el arroyo, jugábamos al ajedrez en su patio y volvíamos a casa con las rodillas raspadas y la garganta seca.

Nunca hablábamos de sexo. Ni una sola vez. Por eso, cuando todo empezó, me agarró tan desprevenido.

Una tarde de invierno le comenté, casi de pasada, que me dolía la zona baja de la espalda.

—Te habrás movido raro —me dijo, mientras encajaba la cadena de la bicicleta—. ¿Querés que se lo cuente a mi viejo? Te revisa y listo.

—No, no lo molestemos por una pavada.

—Algo sé yo. Mi viejo me enseñó a hacer masajes. Si querés probamos.

—Mejor no —dije, sin saber por qué.

Pasaron los días y la molestia seguía. No se lo decía a mis padres, no sé por qué. Solo a Damián, que cada tarde insistía con el mismo ofrecimiento, hasta que un jueves cedí.

Total, es un amigo, pensé. Qué puede pasar.

Fuimos al consultorio de su padre, que ese día atendía en el hospital. Damián cerró la puerta sin llave y me indicó la camilla. Me quité la camisa y el pantalón, me dejé puesto el calzoncillo y me acosté boca abajo. Él se frotó las manos para calentarlas y empezó a apretar a los lados de la columna.

—Así no se puede —dijo a los pocos minutos—. Sacate todo, es más práctico.

Me quedé un instante en silencio. La idea de quedar desnudo delante de él me apretó el pecho.

—¿Qué pasa? ¿Tenés miedo de que te vea? —me dijo en tono de broma, pero con un fondo serio—. Tengo lo mismo que vos. Si te da vergüenza, te tapo el culo con una toalla.

Hice lo que pidió. Me cubrió con una sábana corta y volvió a las manos. Esta vez puso un gel frío que me sacó un escalofrío. Empezó por los hombros, bajó por la espalda con fuerza, me apretó los músculos hasta hacerme doler y después aflojó, deslizando los dedos en círculos. Cuando llegó a las nalgas, por encima de la sábana, sus dedos hundían y soltaban con un ritmo que no se parecía a nada que yo hubiera sentido antes.

Al final retiró la sábana sin avisar. Me quedé boca abajo, desnudo del todo, y sus manos siguieron como si nada. Resbalaban por mis muslos, por el costado de los glúteos, rozaban el principio de la raya. Sentí cómo se me ponía dura debajo del cuerpo, atrapada contra la camilla. Cerré los ojos y no dije una palabra.

—Listo —dijo de pronto—. Por hoy alcanza.

Me vestí intentando que no me viera la erección. Le agradecí, salí a la calle y caminé las dos cuadras hasta mi casa con las orejas rojas. ¿Y si lo hubiera dejado seguir?, pensé. Sacudí la cabeza. Boludeces.

***

Dos días después me preguntó cómo iba la espalda. Le dije que mejor. Me propuso un par de sesiones más para terminar de aflojar y acepté antes de pensarlo. Era obvio que algo había cambiado entre nosotros, pero ninguno lo nombraba.

La segunda vez me desnudé sin tantas vueltas. Damián volvió a derramar el gel, esta vez más generoso, y dejó caer un chorro entre los glúteos. Sus dedos entraron por la raya y rozaron, casi sin querer, mi entrada. Después subieron por los costados hasta los testículos. No se quedó ahí: empezó a deslizar el índice una y otra vez sobre el ano, sin presionar, solo rozando.

Mi cuerpo respondió de la manera más obvia. Me puse duro como una piedra. Cuando intentó girarme para masajear el frente, me opuse al principio, pero terminó dándome vuelta. Vio el bulto. Me tapé con la mano, muerto de vergüenza.

—No seas tonto, disfrutá —me dijo—. ¿Querés que siga? Así acabás.

—No, no está bien.

Me levanté, me vestí a los tropezones y me fui. Caminé sin mirar atrás, con el cuello ardiendo y una mezcla extraña de bronca conmigo mismo y de algo más, algo que no quería ponerle nombre.

Estuve dos días esquivándolo. Lo cruzaba en la calle y bajaba la vista. Pero Damián volvió a buscarme con la naturalidad de siempre.

—No entiendo por qué te enojaste —me dijo en voz baja—. La última vez la disfrutaste bastante.

Me puse colorado hasta el pelo. Me agarró de la mano un segundo, solo un segundo.

—Mañana te espero. Vamos a terminar lo que empezamos.

Asentí con la cabeza, porque la boca no me salía.

***

Al día siguiente fui. Su madre había salido, el padre estaba en el hospital, los hermanos en la escuela. Fuimos al consultorio y esta vez sí trabó la puerta con llave.

—Por las dudas —dijo, sin mirarme.

Me desnudé sin preámbulos y me tiré boca abajo. Damián vertió el gel por la espalda, los glúteos, las piernas, hasta los pies. Sus manos se desplazaron por mi piel con una lentitud nueva, ya no buscaban el dolor: buscaban otra cosa. Yo lo sabía y él lo sabía, y aun así seguíamos en silencio.

Cuando los dedos empezaron a abrirme la raya y a apretar contra la entrada, escapó de mi garganta un sonido que no era voluntario. Damián me hizo girar otra vez, vio que estaba duro, y esta vez bajó la mano y empezó a tocarla. La acariciaba con tres dedos, casi con curiosidad. Después me dio vuelta de nuevo, boca abajo, y el índice empezó a empujar.

El gel le abrió el camino. Sentí cómo el dedo entraba entero, lento, y mis gemidos se filtraban contra la camilla. Entraba y salía con una calma que me volvía loco.

—¿Te gusta? —me preguntó al oído.

—Seguí —le dije, y fue lo único que pude decir.

De pronto sentí su peso sobre mí. Estaba desnudo, no me había dado cuenta de en qué momento se había sacado la ropa. La punta de su miembro me rozó la raya, paseó entre las nalgas, buscó la entrada.

—Eso no, Damián —alcancé a decir.

—Está bien, me bajo. No te obligo a nada —respondió, y se apartó.

Pasaron dos segundos. Tres. Yo seguía boca abajo, escuchando mi propia respiración. Me oí decir, con una voz que no parecía mía:

—Bueno, está bien.

Volvió a montarse. El gel hizo casi todo el trabajo. Sentí algo grueso abrirse paso, una presión que dolía y a la vez no, una sensación que no se parecía a ninguna otra. Me abrazó por la espalda, me besó el cuello, empezó a moverse despacio. Yo no sabía qué hacer con las manos, con la cabeza, con la idea de lo que estaba pasando. Solo me quedé quieto, dejándome llevar, con los ojos cerrados y los gemidos saliendo solos.

No sé cuánto duró. Cinco minutos, diez. Cuando acabó adentro mío, lo sentí temblar entero, apretarme los pezones, gruñir como si lo hubiesen mordido. Después se desplomó sobre mi espalda, sudado, sin salirse.

Cuando finalmente se separó, todavía la tenía dura. Me asusté del tamaño, no la había mirado bien hasta ese momento.

—¿La querés probar? —me preguntó.

Me arrodillé sin pensar. La chupé con torpeza al principio, con más entrega después, mientras él me acariciaba la cabeza. Yo me toqué al mismo tiempo, hasta que terminé sobre el piso de baldosas frías del consultorio.

Volviendo a casa decidí que había sido un episodio. Una rareza. No iba a repetirse. No soy puto, me dije. Pero esas cosas uno se las dice cuando ya está saciado.

***

Pasaron dos semanas en blanco. Exámenes, estudio, cero cabeza para otra cosa. Apenas terminé el último parcial, fui a buscarlo. Estaba solo. Me acarició la cara y empezó a desabrocharme la camisa sin decir nada. Me dejé. Cuando él también quedó desnudo, me arrodillé otra vez. Esta vez no hubo dudas. Esta vez tampoco hubo masajes.

Volví a casa pensando que tenía que cortarlo. Que iba a hablar con él. Que no era lo mío. Esas conversaciones siempre las pospone uno para mañana.

***

Una tarde de septiembre salimos a pasear en bicicleta hasta más allá del barrio. Pedaleamos por caminos de tierra, cruzamos un descampado y dimos con una casa abandonada al borde de una arboleda. La curiosidad nos llevó adentro. Forzamos una ventana, recorrimos las habitaciones, encontramos muebles rotos, polvo, telas comidas por la humedad. En el dormitorio del fondo había una cama con un colchón viejo, desfondado.

Miré a Damián. Él me miraba a mí de una manera que ya conocía.

—Escuchá, quería hablar de algo… —empecé.

No me dejó terminar. Se sacó los pantalones, se tumbó en el colchón y me empujó la cabeza hacia su entrepierna. Cuando quise darme cuenta, ya tenía sus dedos por debajo de mi pantalón, abriéndome paso. La frase que iba a decir se quedó para otro día.

—Te deseo —me dijo en un susurro—. No dejo de pensar en vos.

Esa tarde estuvimos más de dos horas en esa cama. Adoptamos la casa abandonada como nuestro refugio. Llevamos una manta, una vela, una botella de agua. Cualquier excusa servía para escaparnos hasta ahí.

***

Pero un sábado de lluvia todo cambió.

Habíamos llegado empapados. Nos secamos como pudimos, nos besamos, nos sacamos la ropa. Estábamos en plena cosa cuando escuchamos los pasos. Antes de poder reaccionar, dos hombres se plantaron en el marco de la puerta. Tendrían treinta y pico, eran grandes, uno con barba descuidada, el otro pelado, con la cara dura.

—Mirá lo que tenemos acá —dijo el pelado, sonriendo de costado—. Dos putitos jugando.

El miedo me cayó como un balde de agua helada. Intentamos cubrirnos con algo. El pelado caminó hasta mí, me agarró del brazo y me apartó de la cama. Damián quiso intervenir y se ganó un revés que lo tiró al piso.

—Acá mando yo —me dijo el pelado, sentándose en el borde del colchón y obligándome a quedar parado frente a él—. ¿Cómo te llamás?

—Mateo, señor —murmuré, temblando.

—¿Te gusta cómo te lo hace tu amiguito?

—Eso es cosa nuestra —respondí, con un coraje que no sabía de dónde sacaba.

Me agarró del brazo, me dobló sobre sus rodillas y me dio una palmada en las nalgas tan fuerte que se me escapó un grito. Le siguieron dos, tres más, hasta que se me caía la cara de lágrimas. Damián miraba desde un rincón, en silencio, y yo no entendía por qué no hacía nada.

El pelado me hizo arrodillar entre sus piernas y se bajó el pantalón. Lo que apareció era oscuro, grueso, curvo, y estaba tan duro como si llevara horas esperando ese momento. Me agarró del pelo y empujó.

—Siempre hay una primera vez —me dijo.

Lo hice porque no tenía otra. Y de a poco, contra todo lo que quería sentir, mi cuerpo empezó a confundirse. La adrenalina, el miedo, el peso de ese hombre que me dominaba sin esfuerzo, todo se mezcló en algo que ya no era solo terror. Esa mezcla la conocería después, pero entonces no tenía nombre para ponerle.

—Te gusta, ¿no, chiquita? —me dijo, y yo no contesté.

Me hizo subir a la cama, me separó las piernas con sus manos como tenazas. La barba se acercó al colchón y miró todo sin pestañear. El pelado se hundió en mí de una sola vez, sin avisar. Grité. El dolor fue eléctrico, pero al cabo de un minuto cedió a otra cosa. Empezó a moverse rápido, sin medida, sin importarle nada de mí. Su pecho sudado se pegaba a mi espalda como un papel mojado.

Acabó adentro a los pocos minutos. Cuando salió, me llevó la cara hasta su miembro y me hizo limpiarlo con la boca. Mientras tanto el de barba ya estaba listo, esperando turno. Lo que vino después no quiero recordarlo con detalle. Solo sé que cuando los dos terminaron, se vistieron sin apuro y antes de irse el pelado le dio una palmada en el hombro a Damián.

—Linda hembrita la tuya —le dijo—. Te dejamos seguir.

Damián no respondió. Pero algo había notado yo durante todo ese rato: la tenía dura. Mirándolo todo y la tenía dura.

Me vestí en silencio. Me sentí menos que un objeto, menos que nada. Damián se acercó, quizá para consolarme, quizá para terminar él lo que los otros habían dejado. No lo supe nunca, porque no lo dejé hablar.

—No quiero saber más de nada —le dije—. Me voy.

Pedaleé hasta casa con las piernas temblando y el culo ardiendo. Esa noche, en la cama, miré el techo durante horas. No lloré. Lloré después, semanas más tarde, cuando entendí que la peor traición de esa tarde no había venido de los dos desconocidos. Había venido del amigo que me había mirado todo el tiempo sin mover un dedo.

Valora este relato

Comentarios (4)

Tomi_RA

buenisimo!!!

InquietoLector

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como sigue

ElCriollo_77

esa tension antes de que pase todo... uff

Mauri_Cba

Me recordo a algo que me paso hace años, esas cosas que nadie planea y pasan solas... buen relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.