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Relatos Ardientes

El amigo de la otra cuadra y los masajes que cambiaron todo

Me llamo Mateo. Por aquel entonces tenía diecinueve años recién cumplidos, era rubio, de ojos claros, flaco como un palo y con un culo más grande del que correspondía a un cuerpo tan delgado. Mis compañeros del barrio se reían de eso cada vez que jugábamos al fútbol y la pelota se me iba lejos. Yo me reía con ellos, porque a esa edad uno aprende a defenderse haciendo de la burla parte del chiste.

Era un chico tímido en lo que al sexo se refería. Sabía lo básico, había hojeado alguna revista escondida, me la había cascado mil veces mirando fotos de tetas y de culos, pero todo lo demás vivía dentro de mi cabeza, mezclado con curiosidad y miedo a partes iguales. Tenía una juventud tranquila hasta que en la casa amarilla de la esquina se mudó un médico nuevo con su mujer y sus dos hijos.

El mayor se llamaba Damián. Le sacaba un par de años a mi curso, era inteligente, leía libros que yo apenas entendía y tenía esa seguridad que dan los hombres mayores cuando aún no son hombres del todo. Nos hicimos amigos enseguida. Íbamos a la misma facultad, andábamos en bici hasta el arroyo, jugábamos al ajedrez en su patio y volvíamos a casa con las rodillas raspadas y la garganta seca.

Nunca hablábamos de sexo. Ni una sola vez. Por eso, cuando todo empezó, me agarró tan desprevenido.

Una tarde de invierno le comenté, casi de pasada, que me dolía la zona baja de la espalda.

—Te habrás movido raro —me dijo, mientras encajaba la cadena de la bicicleta—. ¿Querés que se lo cuente a mi viejo? Te revisa y listo.

—No, no lo molestemos por una pavada.

—Algo sé yo. Mi viejo me enseñó a hacer masajes. Si querés probamos.

—Mejor no —dije, sin saber por qué.

Pasaron los días y la molestia seguía. No se lo decía a mis padres, no sé por qué. Solo a Damián, que cada tarde insistía con el mismo ofrecimiento, hasta que un jueves cedí.

Total, es un amigo, pensé. Qué puede pasar.

Fuimos al consultorio de su padre, que ese día atendía en el hospital. Damián cerró la puerta sin llave y me indicó la camilla. Me quité la camisa y el pantalón, me dejé puesto el calzoncillo y me acosté boca abajo. Él se frotó las manos para calentarlas y empezó a apretar a los lados de la columna.

—Así no se puede —dijo a los pocos minutos—. Sacate todo, es más práctico.

Me quedé un instante en silencio. La idea de quedar desnudo delante de él me apretó el pecho.

—¿Qué pasa? ¿Tenés miedo de que te vea? —me dijo en tono de broma, pero con un fondo serio—. Tengo lo mismo que vos. Si te da vergüenza, te tapo el culo con una toalla.

Hice lo que pidió. Me bajé el calzoncillo con las mejillas ardiendo, sintiendo su mirada clavada en mi culo mientras me acostaba de nuevo. Me cubrió con una sábana corta y volvió a las manos. Esta vez puso un gel frío que me sacó un escalofrío. Empezó por los hombros, bajó por la espalda con fuerza, me apretó los músculos hasta hacerme doler y después aflojó, deslizando los dedos en círculos. Cuando llegó a las nalgas, por encima de la sábana, sus dedos hundían y soltaban con un ritmo que no se parecía a nada que yo hubiera sentido antes. Amasaba mis cachetes como si fueran masa, los abría y los cerraba, y cada vez que los separaba yo sentía el aire fresco meterse por la raya y erizarme entero.

Al final retiró la sábana sin avisar. Me quedé boca abajo, desnudo del todo, y sus manos siguieron como si nada. Resbalaban por mis muslos, por el costado de los glúteos, rozaban el principio de la raya. La palma abierta subía por el interior de los muslos y se detenía a milímetros de los testículos, sin llegar a tocarlos, y bajaba de nuevo. Sentí cómo la polla se me ponía dura debajo del cuerpo, atrapada contra la camilla, palpitando contra el cuero acolchado. Un hilo de líquido me mojaba la punta y se pegaba a la piel. Cerré los ojos y no dije una palabra. Sus dedos volvieron a subir, esta vez separando abiertamente las nalgas, y sentí uno de ellos correr por toda la raya, de arriba a abajo, un roce lento que me sacó un temblor de la nuca a los pies.

—Listo —dijo de pronto—. Por hoy alcanza.

Me vestí intentando que no me viera la erección, con la verga tan hinchada que apenas entraba en el calzoncillo. Le agradecí, salí a la calle y caminé las dos cuadras hasta mi casa con las orejas rojas y la punta mojando la tela. ¿Y si lo hubiera dejado seguir?, pensé. Sacudí la cabeza. Boludeces. Esa noche me la casqué dos veces pensando en sus dedos separándome el culo.

***

Dos días después me preguntó cómo iba la espalda. Le dije que mejor. Me propuso un par de sesiones más para terminar de aflojar y acepté antes de pensarlo. Era obvio que algo había cambiado entre nosotros, pero ninguno lo nombraba.

La segunda vez me desnudé sin tantas vueltas. Damián volvió a derramar el gel, esta vez más generoso, y dejó caer un chorro entre los glúteos. El líquido tibio bajó por la raya y me llegó hasta los huevos. Sus dedos entraron por el surco y rozaron, casi sin querer, el agujero. Después subieron por los costados hasta los testículos, los pesaron en la palma, los amasaron con cuidado. No se quedó ahí: empezó a deslizar el índice una y otra vez sobre el ano, sin presionar, solo rozando el borde arrugado, dibujándome círculos sobre la entrada. Cada pasada me hacía apretar el culo contra su dedo, como pidiéndole que se metiera, aunque yo no me atreviera a decirlo.

Mi cuerpo respondió de la manera más obvia. Se me puso dura como una piedra, tan hinchada que me dolía. Cuando intentó girarme para masajear el frente, me opuse al principio, pero terminó dándome vuelta. Vio el bulto, vio la verga tiesa contra el vientre, la punta brillando de líquido. Me tapé con la mano, muerto de vergüenza.

—No seas tonto, disfrutá —me dijo—. ¿Querés que siga? Así acabás.

—No, no está bien.

Me levanté, me vestí a los tropezones y me fui. Caminé sin mirar atrás, con el cuello ardiendo y una mezcla extraña de bronca conmigo mismo y de algo más, algo que no quería ponerle nombre.

Estuve dos días esquivándolo. Lo cruzaba en la calle y bajaba la vista. Pero Damián volvió a buscarme con la naturalidad de siempre.

—No entiendo por qué te enojaste —me dijo en voz baja—. La última vez la disfrutaste bastante.

Me puse colorado hasta el pelo. Me agarró de la mano un segundo, solo un segundo.

—Mañana te espero. Vamos a terminar lo que empezamos.

Asentí con la cabeza, porque la boca no me salía.

***

Al día siguiente fui. Su madre había salido, el padre estaba en el hospital, los hermanos en clase. Fuimos al consultorio y esta vez sí trabó la puerta con llave.

—Por las dudas —dijo, sin mirarme.

Me desnudé sin preámbulos y me tiré boca abajo. Damián vertió el gel por la espalda, los glúteos, las piernas, hasta los pies. Sus manos se desplazaron por mi piel con una lentitud nueva, ya no buscaban el dolor: buscaban otra cosa. Yo lo sabía y él lo sabía, y aun así seguíamos en silencio.

Cuando los dedos empezaron a abrirme la raya y a apretar contra la entrada, escapó de mi garganta un sonido que no era voluntario. Un gemido ronco, sucio, que me delató entero. Damián me hizo girar otra vez, vio que estaba duro, y esta vez bajó la mano y empezó a tocarla. Me agarró la verga con los dedos empapados en gel, la envolvió entera y empezó a mover el puño arriba y abajo, despacio, mirándome a la cara. La acariciaba con tres dedos, casi con curiosidad, jugaba con el prepucio, pasaba el pulgar por la punta y me untaba el líquido preseminal que yo mismo iba largando. Yo mordía la camilla para no gritar.

Después me dio vuelta de nuevo, boca abajo, me tiró de las caderas para levantarme el culo, y el índice empezó a empujar.

El gel le abrió el camino. Sentí cómo el dedo entraba entero, lento, forzando el anillo apretado, y mis gemidos se filtraban contra la camilla. Entraba y salía con una calma que me volvía loco. A los pocos minutos metió el segundo. La quemazón me hizo respirar entrecortado, pero él siguió, abriéndome, separándome los dedos adentro para ensanchar la entrada.

—¿Te gusta, Mateo? —me preguntó al oído, la voz ronca, la barba de tres días rozándome la mejilla—. Decime que te gusta.

—Seguí —le dije, y fue lo único que pude decir.

Metió y sacó los dos dedos con más fuerza, curvándolos adentro, buscando algo. Cuando dio con ese punto me atravesó una descarga que me hizo levantar el culo pidiendo más. La verga me chorreaba sobre la camilla, un charco tibio bajo mi vientre.

De pronto sentí su peso sobre mí. Estaba desnudo, no me había dado cuenta de en qué momento se había sacado la ropa. Su polla dura me buscó entre las nalgas, caliente, resbalosa de gel, mucho más gruesa de lo que habían sido los dedos. La punta me rozó la raya, paseó entre las nalgas, buscó la entrada y se apoyó ahí, latiendo contra el agujero.

—Eso no, Damián —alcancé a decir.

—Está bien, me bajo. No te obligo a nada —respondió, y se apartó.

Pasaron dos segundos. Tres. Yo seguía boca abajo, escuchando mi propia respiración y sintiendo el agujero abierto, palpitando, pidiéndole algo que la boca no se animaba a nombrar. Me oí decir, con una voz que no parecía mía:

—Bueno, está bien.

Volvió a montarse. Me separó las nalgas con las dos manos y apoyó la punta contra el culo. Empujó despacio, sin apuro. El gel hizo casi todo el trabajo. Sentí algo grueso abrirse paso, un ardor sordo que subía por la columna, una presión que dolía y a la vez no, una sensación que no se parecía a ninguna otra. La verga fue entrando de a poco, centímetro por centímetro, y yo gemía contra la camilla, mordiéndome el labio hasta hacerme sangre. Cuando terminó de entrar entera, se quedó quieto adentro mío, dejándome sentir cómo palpitaba dentro del culo.

Me abrazó por la espalda, me besó el cuello, me mordió el hombro y empezó a moverse despacio. Sacaba la polla casi entera y volvía a meterla hasta el fondo, cada embestida más profunda que la anterior. Yo no sabía qué hacer con las manos, con la cabeza, con la idea de lo que estaba pasando. Solo me quedé quieto, con el culo levantado, dejándome coger, con los ojos cerrados y los gemidos saliendo solos. Damián agarró ritmo. Las caderas le chocaban contra mis nalgas con un sonido húmedo, y cada golpe me hacía escupir un quejido nuevo. Metió una mano por debajo, encontró mi verga y empezó a machacármela al mismo tiempo que me la clavaba, sincronizando el puño con los envites.

—Qué culo apretado tenés, la puta madre —jadeó contra mi oreja—. Te la vas a comer entera.

No sé cuánto duró. Cinco minutos, diez. Sentí cómo aceleraba, cómo los golpes se volvían salvajes, cómo su respiración se rompía. Cuando acabó adentro mío, lo sentí temblar entero, apretarme los pezones entre los dedos hasta hacerme doler, gruñir como si lo hubiesen mordido. Un chorro tibio me llenó por dentro, y él siguió empujando lento, vaciándose entero. Después se desplomó sobre mi espalda, sudado, sin salirse, con la polla todavía dura clavada en el culo. Con cada latido suyo sentía la corrida bajarme por los muslos.

Cuando finalmente se separó, la sacó despacio y yo sentí el vacío raro, la abertura abierta, un hilo de semen resbalando por la raya. Todavía la tenía dura. Me asusté del tamaño, no la había mirado bien hasta ese momento: gruesa, larga, con las venas marcadas y el glande hinchado, todavía brillante de gel y de su propia leche.

—¿La querés probar? —me preguntó.

Me arrodillé sin pensar. La chupé con torpeza al principio, sin saber cuánto abrir la boca, atragantándome cuando quiso empujar más adentro. Después le agarré la base con la mano y me la fui metiendo con más entrega, mientras él me acariciaba la cabeza y me guiaba el ritmo tirándome del pelo. Sentí su sabor mezclado con el mío, salado y áspero, y me di cuenta de que me gustaba. Yo me la casqué al mismo tiempo, la verga entre los dedos, la boca ocupada con la suya, hasta que terminé sobre el piso de baldosas frías del consultorio con un gemido ahogado y un chorro largo que me salpicó las rodillas.

Volviendo a casa decidí que había sido un episodio. Una rareza. No iba a repetirse. No soy puto, me dije. Pero esas cosas uno se las dice cuando ya está saciado.

***

Pasaron dos semanas en blanco. Exámenes, estudio, cero cabeza para otra cosa. Apenas terminé el último parcial, fui a buscarlo. Estaba solo. Me acarició la cara y empezó a desabrocharme la camisa sin decir nada. Me dejé. Cuando él también quedó desnudo, me arrodillé otra vez. Esta vez no hubo dudas. Le agarré la verga con las dos manos, le pasé la lengua por toda la base hasta la punta, le chupé los huevos uno por uno mientras lo pajeaba, y después me la tragué entera hasta que la garganta me golpeó contra su pubis. Damián me agarró de la nuca y empezó a coger contra mi boca, moviéndome la cabeza como si fuera un juguete. Cuando acabó, me llenó la boca de semen y me obligó a tragarlo todo. Después me hizo poner en cuatro sobre la alfombra y me la clavó por atrás sin gel, con la saliva de mi boca como toda lubricación. Me cogió duro, agarrándome de las caderas, mordiéndome la espalda. Yo terminé sobre la alfombra sin que nadie me tocara la verga, solo con las embestidas suyas martillándome por dentro. Esta vez tampoco hubo masajes.

Volví a casa pensando que tenía que cortarlo. Que iba a hablar con él. Que no era lo mío. Esas conversaciones siempre las pospone uno para mañana.

***

Una tarde de septiembre salimos a pasear en bicicleta hasta más allá del barrio. Pedaleamos por caminos de tierra, cruzamos un descampado y dimos con una casa abandonada al borde de una arboleda. La curiosidad nos llevó adentro. Forzamos una ventana, recorrimos las habitaciones, encontramos muebles rotos, polvo, telas comidas por la humedad. En el dormitorio del fondo había una cama con un colchón viejo, desfondado.

Miré a Damián. Él me miraba a mí de una manera que ya conocía.

—Escuchá, quería hablar de algo… —empecé.

No me dejó terminar. Se sacó los pantalones, se tumbó en el colchón y me empujó la cabeza hacia su entrepierna. Cuando quise darme cuenta, ya tenía sus dedos por debajo de mi pantalón, abriéndome paso, hurgándome el culo con el dedo seco. La frase que iba a decir se quedó para otro día. Le mamé la verga hasta ponerlo duro, se la chupé lento, dejando que el hilo de saliva le corriera por los huevos, y después subí y me senté sobre él. Me la fui metiendo yo mismo, empalándome despacio, sintiendo cómo se abría paso adentro mío, y cuando la tuve entera me quedé quieto, respirando, mientras él me apretaba las nalgas y me miraba desde abajo.

—Te deseo —me dijo en un susurro—. No dejo de pensar en vos.

Empecé a moverme yo. Subía y bajaba las caderas, me la clavaba una y otra vez, sintiendo cada centímetro entrar y salir. Él tenía las manos en mi cintura y me acompañaba el ritmo, arqueándose para hundirse más adentro. Después me dio vuelta, me puso boca arriba, me levantó las piernas sobre sus hombros y me cogió mirándome a los ojos, con la verga saliéndose casi entera y volviendo a fondo, hasta que se corrió adentro mío por segunda vez esa tarde. Cuando terminó, se agachó y me la chupó a mí hasta que le llené la boca. Esa tarde estuvimos más de dos horas en esa cama, cogiendo en todas las posiciones que se nos ocurrieron. Adoptamos la casa abandonada como nuestro refugio. Llevamos una manta, una vela, una botella de agua. Cualquier excusa servía para escaparnos hasta ahí.

***

Pero un sábado de lluvia todo cambió.

Habíamos llegado empapados. Nos secamos como pudimos, nos besamos, nos sacamos la ropa. Yo estaba en cuatro sobre el colchón, con la verga de Damián metida hasta el fondo, cuando escuchamos los pasos. Antes de poder reaccionar, dos hombres se plantaron en el marco de la puerta. Tendrían treinta y pico, eran grandes, uno con barba descuidada, el otro pelado, con la cara dura.

—Mirá lo que tenemos acá —dijo el pelado, sonriendo de costado—. Dos putitos jugando.

El miedo me cayó como un balde de agua helada. Intentamos cubrirnos con algo. El pelado caminó hasta mí, me agarró del brazo y me apartó de la cama. Damián quiso intervenir y se ganó un revés que lo tiró al piso.

—Acá mando yo —me dijo el pelado, sentándose en el borde del colchón y obligándome a quedar parado frente a él—. ¿Cómo te llamás?

—Mateo, señor —murmuré, temblando.

—¿Te gusta cómo te lo hace tu amiguito?

—Eso es cosa nuestra —respondí, con un coraje que no sabía de dónde sacaba.

Me agarró del brazo, me dobló sobre sus rodillas y me dio una palmada en las nalgas tan fuerte que se me escapó un grito. Le siguieron dos, tres más, hasta que se me caía la cara de lágrimas y el culo me ardía como si me lo hubiesen quemado. Damián miraba desde un rincón, en silencio, y yo no entendía por qué no hacía nada.

El pelado me hizo arrodillar entre sus piernas y se bajó el pantalón. Lo que apareció era oscuro, grueso, curvo, y estaba tan duro como si llevara horas esperando ese momento. Una verga bruta, con el glande morado y las venas hinchadas, mucho más grande que la de Damián. Me agarró del pelo y empujó.

—Siempre hay una primera vez —me dijo—. Abrí bien la boca, chiquita.

Lo hice porque no tenía otra. Me la metió hasta la garganta de una sola vez y yo me atraganté, escupiendo saliva, con los ojos llorando. No me dio tiempo a acomodarme: me agarró de las orejas y empezó a coger contra mi boca, chocándome los huevos contra el mentón, forzándome a tragarlo. Yo tosía, babeaba, un hilo de saliva me caía por el pecho. Y de a poco, contra todo lo que quería sentir, mi cuerpo empezó a confundirse. La adrenalina, el miedo, el peso de ese hombre que me dominaba sin esfuerzo, el olor fuerte de su entrepierna, todo se mezcló en algo que ya no era solo terror. La verga se me puso dura entre las piernas, traicionera, y él lo notó.

—Te gusta, ¿no, chiquita? —me dijo, y yo no contesté. Se me escapó la mano hasta mi propia polla, me la agarré sin pensarlo, y él se rió—. Miralo, se está pajeando la putita.

Me hizo subir a la cama, me tiró boca abajo, me separó las piernas con sus manos como tenazas. La barba se acercó al colchón y miró todo sin pestañear, con la mano metida en el pantalón, tocándose. El pelado me escupió en el culo, se pasó la saliva por la punta y se hundió en mí de una sola vez, sin avisar. Grité. El dolor fue eléctrico, un desgarro que me subió hasta la nuca, sentí que me partía en dos. Pero al cabo de un minuto cedió a otra cosa. Empezó a moverse rápido, sin medida, sin importarle nada de mí, golpeándome las nalgas contra su pelvis con un ruido seco. Su pecho sudado se pegaba a mi espalda como un papel mojado. Me agarraba del pelo, me tiraba la cabeza para atrás, me susurraba obscenidades al oído mientras me destrozaba el culo.

—Qué culito rico tenés, putita, te voy a llenar de leche.

Acabó adentro a los pocos minutos, con un gruñido largo, apretándome las caderas hasta dejarme las marcas de sus dedos. Cuando salió, me llevó la cara hasta su miembro y me hizo limpiarlo con la boca. Le chupé la verga sucia con la corrida suya y con mi propio culo, y el sabor mezclado me revolvió el estómago. Mientras tanto el de barba ya estaba listo, esperando turno, con la polla afuera y la mano moviéndosela. Lo que vino después no quiero recordarlo con detalle. Solo sé que me lo hicieron entre los dos, que me pusieron en todas las posiciones, que uno me la metía por la boca mientras el otro me cogía por atrás, que me llenaron de semen por dentro y por fuera, y que cuando los dos terminaron, se vistieron sin apuro y antes de irse el pelado le dio una palmada en el hombro a Damián.

—Linda hembrita la tuya —le dijo—. Te dejamos seguir.

Damián no respondió. Pero algo había notado yo durante todo ese rato: la tenía dura. Mirándolo todo y la tenía dura.

Me vestí en silencio, con el semen resbalándome por los muslos y el culo ardiendo. Me sentí menos que un objeto, menos que nada. Damián se acercó, quizá para consolarme, quizá para terminar él lo que los otros habían dejado. No lo supe nunca, porque no lo dejé hablar.

—No quiero saber más de nada —le dije—. Me voy.

Pedaleé hasta casa con las piernas temblando y el culo ardiendo. Esa noche, en la cama, miré el techo durante horas. No lloré. Lloré después, semanas más tarde, cuando entendí que la peor traición de esa tarde no había venido de los dos desconocidos. Había venido del amigo que me había mirado todo el tiempo sin mover un dedo.

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Comentarios(9)

Tomi_RA

buenisimo!!!

InquietoLector

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como sigue

ElCriollo_77

esa tension antes de que pase todo... uff

Mauri_Cba

Me recordo a algo que me paso hace años, esas cosas que nadie planea y pasan solas... buen relato

NadiaNoche

increible!!! segui subiendo

JuanPabloK

Hay algo en como contas las cosas que te engancha desde la primera linea. No es solo el tema, es como lo construis. Esperando el proximo

GabrielMx

jaja el titulo lo dice todo y nada al mismo tiempo, muy bien logrado

Klaus_BsAs

Muy bien escrito, tiene ritmo y fluye solo. Para guardar entre los favoritos

LorenaQ92

de los mejores que lei en esta seccion, gracias por compartirlo

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