El vecino del fondo del pasillo sabía mi secreto
Hay deseos que uno empuja al fondo durante años, hasta que una tarde cualquiera se descuelgan solos y ya no hay manera de volver a guardarlos. Eso fue lo que le pasó a Damián.
Damián tenía diecinueve años y la vida ordenada de cualquier chico de barrio: los amigos, los partidos en la calle, las horas perdidas frente a la consola. Pero había algo más, algo que solo aparecía cuando estaba solo, y era la curiosidad insistente por estar con otro hombre. Lo había tenido siempre, aunque se las arreglaba para no mirarlo de frente.
No es que le faltaran oportunidades con chicas. Medía un metro setenta, tenía rasgos finos, el pelo oscuro y largo que llevaba siempre atado en una colita, y un cuerpo trabajado de tanto deporte sin llegar a ser musculoso. Gustaba, y lo sabía. Pero esa otra cosa solo se la permitía en la intimidad de su cuarto, con algún video a oscuras, imaginándose siempre en el mismo papel: el más joven, el que se dejaba llevar por alguien con más experiencia.
Aquella tarde de enero jugaba un partido con los de siempre cuando una pelota le entró de lleno en la cara.
—Damián, ¿estás bien? —le preguntaron al verlo taparse la nariz.
—Sí, sí —respondió, mientras un hilo de sangre le caía entre los dedos.
Inclinó la cabeza hacia atrás y se apretó el tabique. No era nada nuevo: cualquier golpe le hacía sangrar, lo arrastraba desde chico. Intentó seguir, pero esta vez la hemorragia no aflojaba.
—Me voy a casa, muchachos, esto no para.
Caminó las tres cuadras hasta su edificio con la cabeza echada hacia arriba, esquivando manchar más la remera.
—¿Otra vez lo mismo? —dijo Aníbal, el portero, abriéndole la puerta.
—Un clásico, Aníbal. Ya me tiene cansado.
Apretó el botón del ascensor y escuchó al portero saludar a alguien que entraba detrás.
—Esteban, buenas tardes.
—Buenas tardes, Aníbal, gracias.
Esteban vivía en el mismo piso que Damián, en el departamento del fondo del pasillo. Era un hombre de unos treinta y cinco años, flaco, de modales cuidados, y sobre el cual circulaban toda clase de historias en el edificio. Que le gustaban los muchachos jóvenes. Que armaba reuniones en su casa con ellos. Pero nadie había comprobado nunca nada: jamás se oía un ruido raro en su puerta, nunca lo veían entrar acompañado, y con los vecinos era siempre el tipo más correcto del mundo. Aun así, todos los padres del edificio les habían advertido a sus hijos que tuvieran cuidado, que no aceptaran ninguna invitación.
—Uh, ¿qué te pasó? —preguntó Esteban al llegar al ascensor.
—Nada grave. Un pelotazo y esta nariz que sangra por cualquier cosa.
Las puertas se abrieron. Damián entró primero y Esteban marcó el noveno piso.
—¿Y siempre te pasa?
—Siempre. Seguro que ya para, igual necesito cambiarme.
—Sí, te veo todo ensangrentado —dijo, y se rió bajito.
Llegaron al piso y bajaron los dos.
—Chau, que te mejores —se despidió Esteban caminando hacia su puerta.
—Gracias —contestó Damián, buscando las llaves en el bolsillo.
La puta madre, las perdí.
Revisó los dos bolsillos sin suerte, y cuando se dio cuenta de que de verdad no estaban, pateó la puerta con bronca. El golpe retumbó en todo el pasillo.
La puerta de Esteban volvió a abrirse.
—¿Estás bien?
—Sí, perdón. Perdí las llaves y no llega nadie a casa hasta dentro de dos horas.
—Qué bajón. ¿Querés pasar y te doy algodón para la nariz y te limpiás un poco?
—No, gracias, no hace falta —respondió rápido, recordando todo lo que se decía.
—No podés quedarte así. Pasá, te limpiás y te vas. Por lo menos no estás con toda la cara cubierta de sangre.
—Bueno, dale —cedió Damián, dudando, pero con una chispa interior que lo empujaba a sacarse de encima la duda sobre ese hombre.
***
Esteban lo llevó directo al baño. Agarró algodón, lo apretó hasta formar un taponcito y se lo pasó para que se lo pusiera.
—Con esto seguro te para. Qué bueno que te animaste a entrar, sé que la gente no habla muy bien de mí.
Damián se quedó callado, sin saber qué responder.
—No hace falta que digas nada, sé lo que rumorean. No pasa nada. Te llamás Damián, ¿no?
—Sí.
—¿Y vos qué pensás de mí? —preguntó, mirándolo fijo.
—Nada, todo bien —contestó medio tartamudeando.
—Tranquilo, te estaba cargando —se rió Esteban—. Mirá, ¿por qué no te pegás una ducha y te limpiás bien? Te presto una toalla y algo de ropa, y mientras te lavo la tuya. En media hora la tenés lista.
—No, de verdad, no hace falta.
—Insisto. Tomá.
Le lanzó una toalla. Damián la atrapó por reflejo y, antes de que pudiera decir nada más, Esteban ya cerraba la puerta desde afuera.
—Bañate tranquilo, te espero en la cocina.
Damián se quedó unos minutos sentado al borde de la bañera, repasando todo lo que le habían dicho de ese hombre. Pero la misma chispa de antes volvió a ganarle. Se desvistió, dejó la ropa en el piso y entró bajo el agua. Se enjabonó, se sacó los restos de sangre y dejó que el calor lo distrajera un rato. Lo trajo de vuelta la voz de Esteban entrando al baño.
—Seguí tranquilo, me llevo la ropa sucia y te dejo esta acá.
Damián, sorprendido, atinó a girarse para taparse, y en el gesto le ofreció sin querer una vista completa de su espalda y su trasero. Esteban se demoró un segundo mirando, cruzó los ojos con los de él y salió esbozando una sonrisa, sin decir una palabra.
Solo otra vez, Damián sentía una excitación rara recorriéndole el cuerpo. Notaba que algo se había encendido en ese cruce de miradas, aunque seguía peleando con su propia cabeza. No tardó en darse cuenta de que se le había parado, y eso lo prendió todavía más. Pensó en masturbarse, incluso empezó, pero se frenó y decidió que era hora de salir.
Se secó el pelo a medias y lo dejó suelto. Tomó la ropa que le había dejado Esteban y se vistió. Al mirarse al espejo casi no se reconoció. Era un short minúsculo, de mujer en realidad, aunque en el momento no lo registró y pensó simplemente que le quedaba chico, y una musculosa de tirantes finos, ajustada en el pecho. Se sentía extraño, pero algo lo recorrió y se le puso la piel de gallina. Se sentía atractivo, como los chicos de los videos que miraba a escondidas.
Salió siguiendo el ruido del lavarropas hasta la cocina.
—Creo que me queda chico el short —dijo al entrar.
—Ay, perdón. Es un ratito nomás, ya te lavo lo tuyo. ¿Querés tomar algo?
—¿Tenés gaseosa?
—Claro, ya te sirvo.
Esteban fue a la heladera pasando bien cerca de él. Con la botella en la mano, señaló una repisa alta.
—¿Me alcanzás un vaso de ahí?
Damián se puso en puntas de pie, estiró el brazo y no llegaba. Entonces sintió dos manos tomándolo de la cintura por detrás. Esteban, sonriendo, lo sostenía con una mano mientras con la otra alcanzaba el vaso.
—Te ayudo.
Un escalofrío lo atravesó entero. Sintió un bulto duro apoyado contra su trasero, separado apenas por la tela finita del short. La sensación le pareció enorme, y no supo cómo reaccionar: se quedó tieso, tan duro como la erección que él mismo arrastraba y que ahora se marcaba bajo la tela.
—Acá tenés —dijo Esteban, ya sentado, sirviéndole la gaseosa.
Damián tomó un trago largo. Después juntó coraje del estómago y soltó la pregunta.
—¿Y es verdad lo que dicen de vos?
Esteban lo miró con sorpresa, pero enseguida sonrió.
—¿Qué cosa? ¿Que me gustan los pibes como vos?
Damián no sabía dónde meterse. Esteban se paró frente a él, muy cerca, y le habló casi en un susurro.
—Y me parece que a vos te gustan los tipos como yo. O al menos eso es lo que dice tu amigo de ahí abajo.
Le rozó con la mirada la entrepierna. Damián seguía sin hablar, duro, mirándolo desde abajo. Entonces Esteban lo tomó con delicadeza del cuello y se lanzó a su boca. Tímido al principio, él se entregó al beso, y la intensidad fue creciendo de a poco. La lengua de Esteban lo recorría con hambre mientras sus manos le amasaban el trasero, alternando apretones suaves con otros más firmes, sin separarse ni un segundo.
Pasaron unos minutos que parecieron eternos. Esteban se apartó para tomar aire.
—Si querés que pare, decímelo ahora. Si no, te voy a hacer mío, que es lo que estás deseando.
Damián no podía con la excitación. Era su primera vez, estaba viviendo de golpe todo lo que se había prohibido durante años. No le salió ninguna palabra: solo lo miró fijo, deseando que siguiera, sin fuerzas para decirlo en voz alta.
—Voy a tomar ese silencio como un «no» —dijo Esteban, y volvió a besarlo.
Esta vez bajó al cuello, lo mordió despacio, y Damián no pudo contener un gemido.
—Así me gusta, saber que lo estás disfrutando —le susurró al oído—. Sos todo mío.
Le mordisqueó el lóbulo de la oreja. En un nuevo arranque de valentía, Damián llevó la mano hasta la entrepierna del otro.
—Dale, animate. Agarrala, es tuya —dijo Esteban, bajándose el pantalón.
Damián la tomó. Le pareció enorme. Había visto muchas en videos, pero era la primera vez que tenía una en la mano. Empezó una masturbación torpe y fue sintiendo cómo crecía entre sus dedos.
—Quiero que la chupes.
—Bueno —alcanzó a decir—, pero nunca lo hice.
—Quedate tranquilo, yo te guío.
Esteban se sentó en la silla y lo fue acomodando frente a él.
—Como un chupetín. Despacio, y cuidado con los dientes.
Damián se inclinó y se la metió en la boca. Para su sorpresa, el sabor no le resultó desagradable, y en poco tiempo ya subía y bajaba recorriéndola entera. Le salió fácil, casi como si lo hubiera hecho antes.
—¿Seguro que es tu primera vez? —preguntó Esteban, extrañado.
Damián asintió sin sacársela de la boca.
—A ver cuánto podés tragar —dijo el otro, tomándolo del pelo y empujándolo un poco más.
Damián tuvo una arcada y se separó tosiendo.
—No puedo, es mucho.
—Lo hiciste genial. Abrí de nuevo, despacio, de a poco vas a poder más.
Y así lo hizo, ganando confianza con cada intento, hasta que entre hilos de saliva tuvo que apartarse para tomar aire.
—No puedo creer lo bien que estás —dijo Esteban—. Es hora de devolverte el favor.
Lo giró y lo apoyó de espaldas contra la mesada, con las manos sobre la superficie fría. Se agachó, le bajó el short y le abrió las nalgas con las manos. No le hizo falta jugar mucho con la lengua para arrancarle los primeros suspiros.
—Uff —jadeó Damián, arqueando la espalda.
—Sabía que te iba a gustar.
Esteban no tenía ninguna prisa. Lo besó, lo lamió, recorrió cada pliegue con calma, decidido a saborearlo entero. Damián estaba entregado, y sin darse cuenta empezó a masturbarse mientras el otro seguía detrás.
—Te quiero coger —soltó Esteban, todavía hundido entre sus nalgas.
—Me gustaría, pero me da un poco de miedo.
No mentía: las ganas lo empujaban, pero nunca había vivido algo así.
—Yo te cuido, te lo prometo. Vas a disfrutar como loco.
Lo incorporó y le dio un beso, esta vez suave, para darle la confianza que necesitaba. Fueron hasta el dormitorio terminando de desvestirse por el camino. Esteban lo recostó en la cama y se acomodó sobre él, que le rodeó la cintura con las piernas. Se fundieron en un beso largo y después Esteban bajó por el cuello, el pecho, el abdomen, repasándolo entero con la lengua mientras Damián, con los ojos cerrados, se dejaba ir.
—Esperá así —dijo, y se estiró hasta la mesa de luz para sacar el lubricante—. ¿Alguna vez te metiste los dedos?
—Sí, alguna vez, en la ducha.
Le puso lubricante en los dedos y lo guió para que empezara con uno y después siguiera con dos. Damián obedeció, y con la ayuda del lubricante entraron sin esfuerzo.
—Qué lindo verte así —dijo Esteban, arrodillado frente a él, masturbándose.
No aguantó mucho más.
—Ahora sí. Dejame que te voy a hacer el amor.
Damián lo miró, con esa mezcla de deseo y miedo, pero decidido. Esteban se acomodó, dirigió su pene con la mano y fue entrando muy de a poco, guiándolo con maestría: que respirara hondo, que se relajara, masturbándolo al mismo tiempo. Sin darse cuenta, en un momento ya la tenía entera adentro.
—Eso. Respirá tranquilo, voy a empezar bien lento.
—Despacio, por favor —rogó Damián.
—Relajate, vas a disfrutar.
Empezó a salir casi del todo y volver a entrar, todavía más lento, hasta que el cuerpo de Damián lo recibía sin tensión.
—Ay, duele un poco. Suave.
—Shh, relajá. Concentrate en disfrutar.
Mantuvo el ritmo lento, y cuando notó que el otro empezaba a aflojar y a gozar, fue ganando intensidad. Le subió las piernas a los hombros, aceleró, y en la habitación empezó a escucharse el choque de los cuerpos. Damián ya lo disfrutaba; no decía nada, pero la cara hablaba por él.
—¿Te gusta? —preguntó Esteban, buscando que se soltara.
—Sí, seguí —contestó en voz muy baja.
—Sos hermoso. Te voy a hacer mío.
Siguió un rato más hasta que sintió que se acercaba. Pero quería más: más tiempo, más poses, más todo. Se retiró sin avisar.
—¿Pasó algo? —preguntó Damián, sorprendido.
—No, tranquilo. Date vuelta.
Damián quedó boca abajo. Esteban le puso un almohadón bajo el vientre para levantarle la cadera y volvió a entrar de un solo movimiento, besándole el cuello mientras retomaba el vaivén.
—¿Lo estás disfrutando?
—Sí, me gusta.
—Quiero que pierdas esa vergüenza. ¿Qué te gustaría que te haga?
Damián cerró los ojos y se imaginó en su cuarto, frente a la pantalla, repasando qué era lo que más lo prendía. Y se acordó de cuándo más se excitaba, cuando se daba palmadas a sí mismo y miraba la marca de su mano sobre la piel.
—Quiero que me des una nalgada.
—¿Cómo? —respondió Esteban, sorprendido, pero con una sonrisa.
—Una nalgada. Me gusta.
—Lo que pidas.
Lo levantó hasta dejarlo en cuatro patas y, sin soltarle la cintura, le dio una palmada suave.
—¿Así?
—Sí. Otra.
La segunda fue más firme, justo cuando retomaba el vaivén. Lo tomó con las dos manos y aumentó el ritmo. Damián jadeaba: había dado en el punto exacto y la sensación era de éxtasis. Esteban le soltó una mano de la cintura, lo agarró del pelo y empujó cada vez más fuerte. El sudor corría por los dos cuerpos y el sonido de los golpes llenaba la habitación.
—Ahh… ahh —exclamaba Damián.
Una última nalgada retumbó en toda la pieza, y él jadeó más fuerte. Esteban aceleró hasta que el cosquilleo volvió a avisarle.
—Me vengo, me vengo…
Damián sintió un líquido caliente invadiéndolo por dentro, chorro tras chorro.
—Qué orgasmo —murmuró Esteban, agotado.
Damián se quedó quieto sobre la cama. Recién entonces empezaba a aterrizar en lo que acababa de hacer. Lo había disfrutado como nunca, pero también lo asaltaba la idea de que había cruzado una línea, algo prohibido, algo que se suponía que no debía sentir.
Esteban notó el cambio en su cara.
—¿Estás bien? Veo que vos todavía no acabaste. Dejame solucionarlo.
Lo giró boca arriba, en el borde de la cama, y se tomó con la boca el miembro de Damián, que seguía duro. Lo tragó entero. Damián volvió a olvidarse de todo y se entregó. No hizo falta mucho para que sintiera que se venía.
—Ay, me vengo —llegó a decir.
Esteban no se apartó. Siguió hasta que él terminó dentro de su boca, le mostró el resultado y se lo tragó todo.
—Mmm. Riquísimo.
Damián lo miraba asombrado, como dentro de una película. Se levantó para ir al baño y, al pasar frente a la estantería, notó una pequeña luz roja que parpadeaba entre los libros.
—¿Eso es una cámara? —preguntó, con la voz cortada—. ¿Quedó todo grabado?