El secreto del asistente en el despacho del director
Para Noa, la torre del grupo Velmar se vaciaba siempre a la misma hora. A las ocho, las últimas secretarias recogían sus bolsos, el guardia empezaba su ronda y los ascensores dejaban de sonar. Entonces, en la planta más alta, comenzaba lo que de verdad lo había mantenido en ese empleo durante el último año.
Tenía veinticuatro años y un cuerpo que había aprendido a cuidar con paciencia: delgado, de cintura estrecha, con las piernas largas y depiladas que escondía durante el día bajo un traje impecable. Nadie en el edificio sospechaba lo que llevaba debajo. Esa tarde se había puesto un conjunto de encaje negro contra la piel, medias que se ajustaban a media altura del muslo y, sobre todo, el lazo de raso que Adrián le había regalado y que solo se anudaba al cuello cuando estaban a solas.
Adrián Vega dirigía la empresa desde el despacho del fondo. Cincuenta y dos años, alto, de hombros anchos y un pelo gris que peinaba siempre hacia atrás. En las reuniones era un hombre de pocas palabras y decisiones rápidas; en privado, era otra cosa por completo. Había sido él quien, meses atrás, reparó en la forma en que Noa bajaba la mirada al hablarle, y quien convirtió esa reticencia en un juego que ninguno de los dos confesaría jamás a la luz del día.
—Cierra con llave —dijo Adrián sin levantar la vista de la pantalla cuando Noa entró aquella noche.
El chasquido del pestillo bastó para acelerarle el pulso. Era la misma señal de siempre, y su cuerpo ya la conocía: la respiración corta, el calor subiéndole por el cuello, las manos que de pronto no sabía dónde poner.
—Acércate.
Noa rodeó el escritorio de roble. Adrián giró el sillón, lo recorrió de arriba abajo con la mirada y, sin prisa, le aflojó el nudo de la corbata. Después le desabotonó la camisa, botón a botón, hasta dejar a la vista el encaje que le cruzaba el pecho.
—Todo el día sentado en esa reunión, sonriendo a los inversores —murmuró Adrián, deslizando un dedo bajo el tirante—, y mientras tanto llevabas esto puesto.
—Me lo puse pensando en este momento —admitió Noa en voz baja.
Llevo toda la tarde esperándolo.
Adrián lo hizo girar y lo inclinó hasta apoyarle las palmas sobre la madera fría. Le subió la camisa por la espalda y le bajó los pantalones sin ceremonia, dejándolos caer en los tobillos. El encaje negro quedó a la vista, tenso sobre las nalgas. Una mano grande y tibia recorrió la curva, la apretó, midió su peso.
—Quieto —ordenó.
Noa obedeció. Sintió el roce de la barba contra la nuca, los labios bajando por la columna, los dientes mordiéndole apenas la cadera. Cada caricia era lenta, calculada, hecha para hacerlo esperar. Cuando creyó que no aguantaría más, Adrián le apartó el encaje a un lado y reemplazó la mano por la boca. El primer contacto húmedo lo hizo arquearse y sujetarse al borde del escritorio.
—Por favor —pidió.
—Por favor, ¿qué?
—Por favor, no pares.
Adrián se rió por lo bajo, un sonido grave que Noa sintió en la piel. Se incorporó, lo tomó del mentón y lo obligó a girar la cabeza para mirarlo.
—De rodillas.
Noa se dejó caer sobre la alfombra sin dudarlo. Desde abajo, Adrián parecía aún más imponente, la corbata floja, la camisa abierta, el cinturón ya a medio soltar. Le pasó el pulgar por el labio inferior y Noa abrió la boca antes de que se lo pidiera. Lo que siguió fue lento al principio, una mano firme en su nuca marcando el ritmo, las órdenes apenas susurradas. Noa cerró los ojos y se entregó a la tarea, la única en la que se sentía exactamente donde quería estar.
—Mírame —exigió Adrián, y él levantó la vista sin detenerse.
Adrián marcaba el compás sin prisa, deteniéndose cada vez que lo notaba demasiado cerca, retirándose un segundo solo para verlo abrir los ojos y buscarlo. Le gustaba ese poder, el de dosificar el placer ajeno como quien administra un presupuesto. Y a Noa le gustaba entregárselo, aunque jamás lo diría con esas palabras a plena luz.
—Eres insaciable —murmuró Adrián, pasándole el pulgar por la mejilla encendida—. Nadie en esta empresa lo imaginaría.
—Ese es el punto —respondió Noa con una sonrisa floja.
Estuvieron así hasta que Adrián lo apartó con suavidad, no porque quisiera terminar, sino porque tenía otros planes. Lo levantó de los brazos y, casi sin esfuerzo, lo sentó sobre el escritorio, barriendo a un lado una carpeta de informes que cayó al suelo sin que ninguno de los dos le prestara atención.
***
—¿Sabes cuántas veces pensé en esto durante la reunión de hoy? —dijo Adrián, abriéndole las piernas y colocándose entre ellas—. Tú tomando notas, tan correcto, tan formal. Y yo sabiendo lo que escondías.
—Cuéntame —pidió Noa, rodeándole las caderas con las medias todavía puestas.
—Prefiero demostrártelo.
El primer empuje lo arrancó de toda compostura. Noa echó la cabeza hacia atrás y se aferró a los antebrazos de Adrián mientras él avanzaba despacio, dándole tiempo, observándole la cara para medir cada reacción. Cuando estuvo del todo dentro, se quedó quieto un instante, dejando que Noa se acostumbrara, antes de empezar a moverse con un ritmo profundo y constante.
El escritorio crujía con cada embestida. La lámpara temblaba. Noa intentó morderse el sonido que le subía por la garganta, pero Adrián le tomó la barbilla.
—Aquí no tienes que callarte —le dijo—. El piso está vacío. Solo estamos tú y yo.
Y entonces Noa dejó de contenerse. Cada golpe le sacaba un jadeo, cada cambio de ángulo lo hacía temblar. Adrián lo tenía sujeto por las caderas, lo atraía contra sí, marcaba el compás con una seguridad que a Noa lo desarmaba por completo. Había algo en rendirse a él, en dejar de decidir, que lo soltaba de una manera que nada más conseguía.
—Date la vuelta —ordenó Adrián.
Noa se giró sobre el escritorio, apoyando el pecho contra la madera, ofreciéndose. Adrián volvió a entrar de una sola vez, esta vez sin la paciencia de antes. Le sujetó las muñecas a la espalda con una mano y con la otra le sostuvo la nuca contra la superficie. La nueva postura lo abría más, lo hacía sentir cada centímetro, y Noa empezó a repetir su nombre como si fuera lo único que recordaba decir.
—Eso es —gruñó Adrián, inclinándose sobre él hasta hablarle al oído—. Esto es lo que eres cuando se cierra la puerta.
—Soy tuyo —respondió Noa, y lo decía en serio.
Las palabras parecieron encender algo en Adrián. El ritmo se volvió implacable, el sonido de la piel contra la piel llenó el despacho, los papeles resbalaron del borde uno tras otro. Noa sentía el orgasmo construirse en la base de la espalda, creciendo sin que nadie lo tocara, alimentado solo por la fricción y por el peso del cuerpo que lo dominaba.
—No aguanto más —jadeó.
—Todavía no —le ordenó Adrián—. Espera a que yo lo diga.
Noa apretó los dientes y obedeció, aunque las piernas le temblaban y las medias se le habían escurrido hasta las rodillas. Adrián lo llevó al límite tres veces, deteniéndose justo antes, disfrutando del poder de hacerlo esperar. Solo cuando su propia respiración se quebró y sus dedos se clavaron en las caderas de Noa, le dio permiso.
—Ahora.
Fue como soltar una cuerda tensada durante horas. Noa se vino con un gemido largo, todo el cuerpo sacudido, las uñas arañando la madera. Adrián lo siguió un instante después, hundiéndose hasta el fondo, sujetándolo con fuerza mientras lo recorría el último estremecimiento.
***
Durante un rato no se movieron. Adrián seguía inclinado sobre su espalda, el corazón de ambos golpeando contra el silencio del despacho. Después se enderezó, lo ayudó a incorporarse y le retiró el pelo húmedo de la frente con una delicadeza que contrastaba con todo lo anterior.
—Quédate quieto —dijo.
Sacó un pañuelo del cajón y lo limpió sin prisa, le subió las medias, le acomodó el lazo del cuello que en algún momento se había aflojado. Noa lo dejó hacer, todavía flojo, con esa calma extraña que solo conocía después de estar con él.
—¿La próxima semana viajamos a la conferencia? —preguntó Noa, abrochándose la camisa.
—Reservé una sola habitación —respondió Adrián, anudándose de nuevo la corbata frente al reflejo de la ventana—. Espero que no te moleste.
—Para nada.
Noa recogió las carpetas del suelo, las ordenó sobre el escritorio como si nada hubiera pasado y se ajustó la chaqueta hasta que volvió a parecer el asistente intachable de siempre. En el ascensor, mientras bajaban juntos las treinta plantas en silencio, Adrián mantuvo las manos en los bolsillos y la mirada al frente, igual que cualquier otra noche.
Pero en la planta baja, justo antes de que se abrieran las puertas, le rozó la espalda con dos dedos. Una señal mínima, invisible para cualquiera, que Noa entendió perfectamente. Mañana habría otra reunión, otra fila de inversores, otra jornada de sonrisas correctas y trajes impecables. Y mañana, cuando volviera a sonar el pestillo, los dos sabrían exactamente quién era cada uno detrás de la puerta cerrada.