Mi segunda noche con aquel hombre fue la última
Si leyeron lo que pasó la primera vez con Adrián, esto es el cierre. La segunda parte. La que tardé en contar porque tardé en entender qué había pasado realmente entre nosotros.
Habían pasado meses desde aquella noche sin volver a hablar con él. Yo lo había bloqueado en todos lados después de la última discusión, no porque me hubiera hecho nada malo, sino porque me incomodaba la forma en que me escribía. Demasiado dulce. Demasiado pendiente. Yo había sido claro desde el día uno, pero parecía que él escuchaba lo que quería escuchar.
Hasta que una tarde, volviendo del gimnasio, vi su nombre en el celular. Adrián. Había encontrado la manera de escribirme desde otro número.
—Hola, te extrañaba. Solo quería saber cómo estabas.
Lo leí dos veces. Lo borré. Lo volví a abrir en la carpeta de eliminados. Lo respondí.
A partir de ahí retomamos lo de siempre. Charlas largas que empezaban como una cosa y terminaban como otra. Le contaba en qué andaba, le hablaba de la chica con la que estaba saliendo en ese momento, una rubia de Almagro que me tenía bastante entretenido. Y él me escuchaba, aunque sabía que cada palabra le dolía un poco.
Después venían las charlas hot. Esas en las que yo le mandaba audios a la madrugada, después de salir de un bar, calentón y solo. Esas en las que él me contestaba con detalles que solo él sabía hacerme. Cuando hablábamos así, me gustaba. Cuando volvía a hablarme con amor, me distanciaba.
Desde un principio había sido sincero con él. Desde el día uno. Yo no quería una relación. Lo mío con los hombres era sexual. Morbo. Deseo por lo prohibido, por lo que no se cuenta. Adrenalina. Calentura. Nada más.
En mi vida cotidiana salgo con mujeres. La paso bien. Me enamoro, me desenamoro, hago lo que hace cualquier tipo de mi edad. Pero hay algo en estar con un hombre, sobre todo con un hombre mayor que me lleva veintipico de años, que me prende de una manera que ni yo entiendo y que tampoco necesito entender.
Adrián era ese tipo de hombre.
Volvimos a alejarnos un par de veces más. La dinámica era siempre la misma: charlas, calentura, sexo verbal, él se enamoraba un poco más, yo me asustaba, lo dejaba sin leer una semana. Después él me escribía un mensaje largo, yo lo evitaba dos días, y al tercer día le contestaba pidiéndole perdón. Y volvíamos a empezar.
Hasta que un sábado lo busqué yo.
No sé bien por qué lo hice. La verdad que me arrepiento, porque sé que le lastimé los sentimientos y no era lo que quería. Pero ese día andaba por la zona de su casa, había quedado con un amigo a cuatro cuadras, y la cabeza me jugó una mala pasada. Le escribí.
—Ando por acá. ¿Te paso a saludar?
Contestó en dos minutos.
—Vení cuando quieras. Estoy solo.
***
Su departamento era el mismo de la primera vez. Tercer piso por escalera, una puerta vieja de madera oscura, un perro chiquito que ladraba al otro lado y al que él hacía callar con un chasquido. Cuando abrió, me quedé mirándolo un segundo. Estaba más flaco. La barba más blanca. Los anteojos que no usaba antes. Pero los ojos eran los mismos. Esa mezcla de calma y deseo contenido que me había enganchado dos años atrás.
—Pasá. Te hago un café.
Entré. Me senté en el mismo sillón en el que la primera vez había terminado con la remera arriba de la cara. Mientras él preparaba la cafetera, miré las paredes. Había agregado un par de cuadros. Plantas nuevas. Un orden distinto. La casa de un hombre que vive solo y que con los años se acostumbró a estar bien con eso.
Hablamos del trabajo. De la familia. De cómo me había ido con la chica de Almagro (mal). De su hermana, que se había mudado al sur. Del perro, que tenía once años y ya casi no veía. Nada de lo que decíamos importaba. Los dos sabíamos a qué había venido yo.
A las dos tazas de café, se sentó al lado mío.
No dijo nada. Yo tampoco. Me apoyó una mano en la pierna, arriba de la rodilla, y la dejó ahí. Lo dejé hacer. Subió. Despacio. Sin apuro. Cuando llegó a la entrepierna, yo ya estaba duro y los dos lo sabíamos.
—Pensé que no volverías —dijo bajito.
—Yo también lo pensé.
Me besó. La barba me raspaba el mentón y la sensación me trajo de golpe todo lo de la primera vez. El olor de su colonia, el peso de su mano en la nuca, la forma en que él besaba con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. A los veintinueve años nadie te besa así. Solo los hombres mayores saben besar así.
Nos fuimos al cuarto sin decirnos nada.
Yo me saqué la remera. Él se sacó la camisa. Tenía más canas en el pecho que la última vez, y la piel un poco más blanda, pero las manos seguían firmes. Me empujó contra la cama y se subió encima.
—¿Tenés todo? —pregunté.
—En el cajón.
***
La segunda vez fue mejor que la primera. Y eso que la primera había sido buena.
Mejor porque ya no había nervios. Mejor porque los dos sabíamos lo que le gustaba al otro. Mejor porque yo no tuve que pedirle nada, ni explicarle nada, ni guiarlo. Él hizo lo que sabía que me hacía perder la cabeza. Me agarró del pelo. Me mordió la nuca. Me lamió la espalda hasta más abajo y me preparó con una paciencia que no le conocía a nadie. Cuando entró, lo hizo despacio. Después fuerte. Después despacio de nuevo, marcando el ritmo como si estuviera tocando un instrumento que solo él sabía leer.
Me cogió bastante fuerte. Más fuerte de lo que recordaba. Yo apretaba la almohada con las dos manos y le pedía que no parara, y él no paraba, y yo no quería que acabara nunca.
Pero acabó.
Habían pasado dos años desde aquella primera vez. Él tenía cincuenta y cuatro entonces, ya cincuenta y seis ahora, y se notaba. No en cómo me agarró, ni en cómo me mordió, ni en cómo me hizo morder la almohada para no gritar. Se notaba en la duración. Duró menos. Bastante menos. La primera vez había sido una noche entera, con pausas, con descansos, con segundas y terceras veces. Esta vez fue una sola vez, intensa, corta, y después él se quedó tirado de espaldas con un brazo cruzado sobre los ojos y respirando hondo.
Yo me quedé mirando el techo.
Pobre. Y yo encima haciéndome el que no me daba cuenta.
—No te imaginás cuánto te extrañé —dijo después de un rato.
No le contesté.
—Esto no va a volver a pasar, ¿no? —insistió.
Giré la cara, lo miré. Tenía los ojos un poco húmedos. No supe si era por el cansancio o por otra cosa.
—No sé —mentí.
Pero sí sabía.
***
Me bañé en su baño. Usé su toalla. Me vestí en silencio mientras él me miraba desde la cama, sin moverse, sin levantarse, sin hacer el esfuerzo de aparentar que esto era algo más. Cuando estuve listo, me senté un segundo al borde del colchón.
—Te quiero —le dije. Y era cierto. A mi manera, lo quería. Lo quería como se quiere a alguien que te hizo bien dos veces en la vida y que no merece ser usado por tercera.
Él asintió. No dijo nada.
Lo abracé. Le di un beso en la frente. Salí de su casa con el pelo todavía húmedo y caminé hasta la esquina con el celular en la mano, pensando si era mejor escribirle algo en ese momento o esperar a llegar a casa.
Esperé.
Esa noche le mandé un mensaje largo. Le agradecí. Le pedí perdón. Le dije que no íbamos a volver a vernos, y que esta vez era en serio. Le expliqué lo que ya sabía: que lo mío era sexual, y que lo de él era amor, y que la diferencia entre las dos cosas, cuando es tan grande, no se arregla con buena voluntad.
Tardó horas en contestar.
—Está bien. Gracias por ser honesto. Cuidate.
Tres líneas. Frías. Las merecía.
No volvimos a hablar.
A veces, cuando paso por su barrio camino a otra cosa, miro hacia arriba buscando la ventana del tercer piso. No para subir. Solo para acordarme. Para recordarme a mí mismo que hubo una vez, dos en realidad, en las que un hombre veinticinco años mayor que yo me hizo entender algo sobre el deseo que antes no había entendido. Y que después yo, que entendí eso, no supe entender lo que él sentía.
Por eso lo más sano fue dejarlo tranquilo.
Por eso fue la última vez.