El desconocido del asiento de al lado en el AVE
El AVE de Valencia a Barcelona se me estaba haciendo eterno. Llevaba dos semanas sin parar de trabajar y, encima, en gran parte del trayecto no tenía cobertura, así que ni siquiera podía distraerme con el móvil. Saqué la Switch de la mochila, me puse los auriculares y abrí el último juego que tenía empezado. Cada tanto, cuando aparecía alguna raya de señal, le escribía un par de mensajes a un tío con el que había estado quedando la última vez que pasé por Barcelona. Hablábamos por Grindr, claro, como casi todo en mi vida.
A mitad del trayecto me saltó una notificación de un mensaje nuevo. Era de un perfil que no tenía visto, así que ni lo abrí. Pensé que sería algún tío de cualquier pueblo por el que estábamos pasando, sin foto, con un saludo seco. Lo dejé ahí y volví al juego.
Estaba metido a fondo en una mazmorra cuando noté que alguien se sentaba a mi lado. Me extrañó, porque el vagón iba medio vacío y el asiento de al lado había estado libre desde que salimos. Levanté un poco la vista, vi de reojo a un chico delgado y volví a lo mío. No quería darle conversación a nadie.
El tío no decía ni hacía nada. De vez en cuando notaba que me miraba la pantalla, así que asumí que le llamaba la atención el juego. Pasé otro buen rato concentrado, hasta que volví a abrir Grindr para responderle al de Barcelona. Justo en ese momento, mi vecino de asiento sacó también el móvil y, dos segundos después, me entró un mensaje del perfil anónimo que había ignorado antes.
«No te asustes ni te pongas raro. Soy el chico que está sentado a tu lado.»
Me giré despacio. Él me sonrió, una sonrisa abierta, sin pedir perdón por nada, y me pareció guapísimo. Tendría unos veintidós años. Era muy delgado, de rasgos finos, con los ojos verdes y el pelo castaño un poco revuelto del viaje.
—¿Tienes el Mario Kart? —me soltó, como si lleváramos media hora hablando.
—Sí, tío —contesté, intentando que no se me notaran los nervios—. ¿Quieres echar unas carreras?
—Me apetece un montón. Pásame un mando.
Saqué el segundo Joy-Con, configuré la partida y nos pusimos a jugar. Él no intentó nada más durante un buen rato, así que yo tampoco. Echamos varias carreras y se defendía bien. Algunas las ganaba yo, otras él, y nos íbamos pinchando entre risas bajitas para no molestar al resto del vagón.
Al cabo de un rato volvió a coger el móvil. Esta vez no me escribió por Grindr, sino que abrió la app de notas y giró la pantalla hacia mí.
«Me llamo Bruno. Tranquilo, no pretendo nada raro. Pasé antes por la cafetería, te reconocí por la foto del perfil y me ha hecho ilusión. Viajo solo y me aburro. ¿Te importa si me quedo contigo y nos conocemos un poco? Me vendría bien tener un amigo gaymer.»
Me hizo gracia lo de «gaymer» y, sobre todo, me cayó bien que fuera tan directo sin ponerse pesado. Asentí con la cabeza y le devolví el móvil. A partir de ahí seguimos hablando en voz baja, mezclando inglés del juego con tonterías sobre series y música. Para cualquiera que mirase desde otro asiento, éramos dos colegas matando el tiempo. Ni él tenía pluma, ni yo, así que más allá de que a los dos nos diera por Rosalía no había absolutamente nada gay en la imagen.
Decidimos echar otra ronda de carreras. La Switch ya estaba pidiendo cargador, así que me levanté y le pedí permiso para pasar por encima de él hasta la mochila, que tenía en el portaequipajes de enfrente. Al estirarme, el pantalón del chándal gris que llevaba se me marcó por delante de una forma bastante evidente. Cuando volví la cara para bajar el cable, le pillé apartando la mirada un poco tarde. Estaba claro que se había quedado mirando.
De vuelta al asiento, en lugar de pasar por detrás, decidí pasar por delante de él, despacio, mirando hacia su lado. Le di tiempo a ver lo que quería ver. Cuando me senté, vi que se tiraba de la camiseta hacia abajo para taparse el regazo. Estaba duro, no había duda. Me hice el tonto, le tendí el mando y arrancamos otra carrera.
Esa la gané yo, y él, en cuanto cruzamos la meta, me dio un puñetazo flojo en el brazo.
—Tramposo —me susurró, riéndose.
—Qué mal perder tienes, Bruno.
Me dio otra palmada, esta vez en el muslo, y la mano se le quedó ahí un par de segundos más de la cuenta. Me la acarició muy suave antes de retirarla. Luego cogió el móvil otra vez.
«Eres muy guapo y un tío muy majo. Me estás poniendo demasiado cachondo. Puto tren.»
Le quité el teléfono y borré su frase para escribir la mía.
«Llevas un rato empalmado, ya lo he visto. Vete al baño que hay tres vagones más atrás. Yo te sigo en cinco minutos.»
Me devolvió el móvil, leyó el mensaje y se puso de pie como si nada. En voz alta, para que lo oyeran los de las filas cercanas, me dijo:
—Voy un momento a la cafetería. Si tardo, ven a buscarme, que igual me cuelo en la cola.
El cabrón era listo. Le guiñé el ojo desde abajo y le contesté en el mismo tono:
—Tranquilo, en un rato me acerco. Pídeme un café que me hace falta.
Se alejó por el pasillo con la mano metida en el bolsillo del vaquero, supongo que intentando disimular lo que llevaba dentro. Yo apagué la Switch, guardé el cable, esperé un par de minutos largos y me levanté también. Caminé hacia atrás, sin prisa, mirando los asientos como si buscara a alguien. Cuando llegué al baño, di tres toques lentos en la puerta. Se abrió enseguida.
Entré y echó el pestillo en silencio. El espacio era diminuto, con olor a desinfectante barato y el ruido de las vías metiéndose por las paredes. Bruno me empujó suavemente contra la pared del fondo y se me lanzó a la boca antes de que pudiera decir nada. Besaba bien, sin prisa, mordiéndome un poco el labio inferior.
Cuando paramos para respirar, bajó la cabeza a mi cuello y me susurró:
—Vamos a ser muy buenos amigos gaymers.
Me volvió a besar mientras me apretaba el bulto por encima del chándal. Yo la tenía ya durísima. Él era más bajito, mediría un metro setenta y dos, así que tenía que estirarse un poco para llegarme bien a la boca. Yo le sacaba unos ocho centímetros y bastante músculo, porque en esa época estaba metido a fondo en el gimnasio. Tenía los ojos del mismo verde que los míos, lo noté con la luz del fluorescente del baño.
Sabíamos los dos que no podíamos hacer ruido ni demorarnos demasiado. Me metió la mano por debajo del elástico del pantalón y empezó a pajearme por encima del bóxer, con la mirada fija en la mía. Luego me lo bajó del todo, hasta que el chándal y los calzoncillos se me amontonaron sobre las zapatillas. Se arrodilló sin decir nada y se la metió en la boca.
Lo hacía increíblemente bien. La chupaba sin prisa, jugando con la lengua en la punta, y después se la tragaba entera hasta que la nariz le tocaba mi vientre. Hizo una pausa para sonreír.
—Vaya joystick que te gastas —me dijo bajito.
—Calla y sigue.
Volvió a metérsela hasta el fondo. Yo tenía que apretar los dientes para no gemir, porque la cabina del baño actuaba como caja de resonancia. Le di dos toquecitos en el hombro para que se levantara. Quería besarlo, comerle yo a él la boca un rato antes de seguir.
Nos comimos a besos contra el lavabo. Mi polla mojada empujaba contra su camiseta. Le susurré al oído si quería que se la chupara, y me dijo, casi sin voz, que la quería dentro, que no había tiempo para nada más. Le desabroché el botón del vaquero, le bajé la ropa lo justo y le agarré las nalgas. No tenía un culo de chaval flaquito al uso. Era grande, blando, con la palma de la mano me sobraba donde agarrarme. Me arrodillé yo, le di un par de lametones y luego le pedí que se diera la vuelta.
Le abrí las nalgas y empecé a comerle el culo. Alternaba la lengua con los dedos, despacio, presionando para abrirle paso. Soltó un gemido sin querer, y los dos nos quedamos congelados un segundo. Nos miramos por el espejo, conteniendo la risa, y seguí trabajándole el agujero hasta que lo noté preparado.
Me puse de pie, me escupí un par de veces en la polla y se la apoyé en la entrada. Él se inclinó todo lo que pudo en aquel cubículo, apoyando las manos en la pared. Empujé despacio. Entró con menos resistencia de la que esperaba; estaba clarísimo que llevaba un buen rato pensando en este momento. Cuando se la metí entera, soltó un quejido bajito, casi un suspiro.
Empecé a follármelo lento. No quería que el ruido de mis caderas golpeando contra él se oyera por el pasillo. Al principio fue una cosa casi tierna, yo explorando, acariciándole el pecho por debajo de la camiseta, jugando con sus pezones mientras le metía la polla con suavidad.
Subí el ritmo en cuanto le encontré el punto. Cada vez que se la clavaba justo ahí, se le escapaba un gemido más fuerte que el anterior. A la tercera tuve que taparle la boca con la mano. Nos imaginé a los dos pillados por un revisor, con los pantalones en los tobillos y él inclinado contra la pared. La idea me daba un morbo absurdo, pero también pánico, así que apreté más fuerte.
Con la boca tapada pude soltar las embestidas. El espacio era incomodísimo, no podía darle como me hubiera gustado, pero su culo estaba tan apretado que cada empujón valía por dos. Estuve un buen rato así, sintiendo cómo me iba acercando. El problema era que a ese ritmo no iba a correrme nunca. Yo necesito follar más bruto. Bajé el ritmo y le susurré al oído:
—Te suelto la boca. Muérdete la mano si hace falta, pero necesito darte fuerte ya.
—Por favor —contestó él, sin aliento.
Le destapé la boca. Se metió los nudillos entre los dientes. Yo apoyé una pierna en la tapa del váter para tener mejor ángulo y empecé a follármelo de verdad. El sonido de la piel contra la piel rebotaba por todo el cubículo, y dejé de preocuparme por si alguien pasaba por el pasillo. Quería acabar dentro de él.
—Me corro —le avisé entre dientes.
Le di los últimos pollazos a fondo, hasta el final, soltando un gemido bajo que se mezcló con el suyo y con el zumbido constante del tren. Sentí cómo me sacudía dentro, cómo le iba llenando el culo, mientras él se mordía la mano para no gritar.
No salí enseguida. Le agarré la polla con la otra mano y empecé a masturbarle a la vez que seguía dándole, más despacio. Quería que también acabara, no me parecía justo dejarlo a medias. A los pocos segundos noté cómo se le ponía aún más dura y cómo le palpitaba en la palma.
—Joder, me corro —susurró.
Lo giré rápido, salí de él y me arrodillé delante. Me la metí en la boca justo a tiempo. Su polla empezó a sacudirse y se corrió en mi lengua mientras me follaba la boca a pequeños empujones. Sabía bien. Sabía a tío joven, limpio, recién duchado para el viaje. Cuando terminó, me senté un segundo en la tapa para recuperar el aliento.
—Límpiate —le dije, sonriendo—. Y vuelve al asiento, que te tengo que ganar más carreras.
Antes de que pudiera levantarme, él se arrodilló y me lamió la polla hasta dejármela limpia. Me miró desde abajo con esos ojos verdes y me guiñó uno.
—Para que no te quejes de mí en Grindr.
Salí primero del baño, me lavé las manos en el lavabo de fuera y volví a mi asiento como si nada. Bruno apareció un par de minutos después, recolocándose la camiseta. Se sentó, cogió el mando y arrancamos otra carrera, esta vez con las orejas todavía calientes y sin atrevernos a mirarnos demasiado para no echarnos a reír.
Jugamos hasta que el AVE entró en Sants. Intercambiamos números antes de levantarnos. Las semanas siguientes nos pasamos horas juntos en Discord, echando partidas a videojuegos, y cada vez que pisaba Barcelona quedábamos para jugar a otras cosas que requerían menos pantalla.
De aquel trayecto me quedó algo más que un amigo. Cada vez que cojo el AVE en esa misma línea, miro de reojo a los chicos que se sientan solos cerca de mí. Nunca se sabe quién puede estar mirándote desde el otro lado del pasillo, con el móvil en la mano y media sonrisa esperando a que abras el mensaje.