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Relatos Ardientes

Mis dos compañeros me cogieron viendo la final

Como les conté en mi confesión anterior, la tensión entre Mateo y Sergio en la oficina se había suavizado. No eran amigos, pero el aire ya no se cargaba cuando coincidían en la sala de juntas. Yo seguía repartiéndome entre los dos sin que el otro lo supiera, o eso creía.

El sábado se jugaba la final de la Champions entre Manchester City e Inter, y Sergio nos invitó a Mateo y a mí a verla en su departamento. La invitación me extrañó. Miré a Mateo de reojo y él aceptó sin pensarlo, casi con entusiasmo.

Supuse que tenía sentido: los dos eran los únicos en la oficina que seguían el fútbol europeo con devoción. Yo apenas miraba un partido al año, pero una final era una final.

Por la tarde le avisé a mi esposa que vería el partido con gente del trabajo. Me bañé, me puse un short deportivo y una camiseta lisa, agarré dos bolsas de papas y unas cervezas, y manejé hasta la casa de Sergio.

Mateo ya estaba ahí cuando llegué. Bebían cerveza en el sofá. Sergio tenía picadas servidas en la mesa de centro. Dejé las mías al lado y me senté en medio de los dos, frente a la pantalla.

El primer tiempo fue cero a cero. Gritaban cada falla, cada córner, cada disparo desviado. Yo bebía sin entusiasmo, intentando seguir el partido. Me sentí ligeramente mareado por la cerveza y me puse de pie cuando sonó el silbato del descanso.

Mateo aprovechó para ir al baño. Sergio me alcanzó en la cocina y me apretó contra la encimera por la espalda. Sentí su bulto presionando entre mis nalgas a través del short. Su voz, baja y áspera, me erizó la nuca.

—Estoy cachondo, putito. Cuando termine el partido te voy a coger.

Me giró, me dio un beso en los labios y me presionó la mano contra su entrepierna. Hasta sin estar duro se sentía gruesa y larga. Cuando Mateo salió del baño, Sergio se separó como si nada y me dejó con las piernas temblando.

Empezó el segundo tiempo. Manchester City marcó al minuto sesenta y dos y los dos saltaron del sofá gritando. El partido se cerró sin sustos. Cuando el árbitro pitó el final, los dos volvieron a saltar, se abrazaron entre risas y Sergio se giró hacia mí.

Me abrazó también, pero su abrazo no era el de un compañero de oficina. Una mano se hundió entre mis nalgas y los dedos buscaron mi rajita por encima de la tela. Di un respingo y miré a Mateo, esperando lo peor: una pelea, una salida en falso, una catástrofe. Pero Mateo sonreía.

—Tranquilo, putito —dijo, acercándose—. Sé que Sergio te ha estado cogiendo todo este tiempo. No soy tonto. Hoy quedamos en compartirte. Vas a tener dos machos para vos solo.

Sergio me susurró al oído sin soltarme:

—Sí, nena. Esta noche te cogemos entre los dos.

Lo habían planeado todo. Yo iba a ser la puta de ambos esa noche, y la idea me prendió como un fósforo. Sergio me bajó el short ahí mismo, en el living, y me dejó las nalgas al aire. Me subió la camiseta y se inclinó para lamerme el pecho. Encontró mis tetillas, las mordió, y un gemido se me escapó sin permiso.

Mateo se ubicó detrás. Sentí su bulto contra mis nalgas a través del short y su boca recorriendo mi cuello. Cerré los ojos. Estar en medio de los dos era una de esas fantasías que uno se cuenta en la ducha pero nunca espera ver cumplirse.

Sergio me tomó de la mano y me guio hasta su dormitorio. Mateo nos siguió sin dejar de manosearme las nalgas en cada paso.

Sergio se sentó en la cama, con la espalda contra el respaldo y las piernas abiertas. Su voz volvió al tono que usaba siempre conmigo, ese tono de mando que me derretía.

—Qué esperás, puta. Arrodíllate y mámamela.

Me arrodillé entre sus piernas en cuatro patas. Su verga, gruesa y oscura, quedó a la altura de mi boca. Iba a abrirla cuando me corrigió.

—Así no. Como una perra. Abrí más las piernas, arqueá la espalda, agachá la cabeza. Bien empinada.

Obedecí. Al arquearme las nalgas se me abrieron solas y mi anito quedó expuesto al aire. Mi nariz rozaba sus huevos y el aroma a macho me llenó la cabeza. A Sergio le gustaba humillarme y a mí me prendía que lo hiciera, pero siempre había sido en privado. Que Mateo lo viera me incomodaba. Lo que no entendí en ese momento es que la postura no era solo para humillarme: estaba dejándome a disposición de Mateo.

Sergio se agarró la verga y me dio un golpe seco en la cara con ella.

—Dale, abrí la boca. A mamar.

Rodeé la cabeza con los labios y empecé a chuparle despacio. El sabor a macho me inundó la lengua. Estaba en eso cuando sentí un chorro frío caer en medio de mis nalgas y un dedo presionando mi entrada. El dedo de Mateo, lubricado, entró sin esfuerzo y empezó a moverse en círculos.

Quise gemir pero tenía la boca llena. Apenas pude soltar un suspiro ahogado. Se sumó un segundo dedo y di un respingo. Mateo sabía lo que hacía. Sus dedos entraban y salían marcando el ritmo, abriéndome, hasta que los abrió en tijera y echó más lubricante directo dentro.

Después se untó la verga y empezó a pasarla por mi raja, de arriba abajo. Cuando la cabeza tocaba mi entrada, hacía presión sin meterla. La retiraba. Volvía. Yo me moría. Empecé a culear hacia atrás como una perra en celo, buscándolo, sin dejar de chupar a Sergio. Sergio se rio.

—Mirá, mirá. La putita quiere verga. Pedísela bien, nena. Pedile a Mateo que te rompa.

Saqué la verga de Sergio de mi boca, sin orgullo, y supliqué:

—Metémela, por favor. Abrime. Cogeme ya.

Mateo se rio.

—Eso quería oír.

Apoyó la punta contra mi ano y empezó a empujar de a poco, sin pausa. Sentí cómo mi esfínter se abría hasta tragar la cabeza. Se quedó quieto un segundo. Lancé un gemido que Sergio ahogó volviendo a meterme la verga hasta la garganta.

Tenía los dos agujeros llenos al mismo tiempo. Mateo siguió empujando despacio hasta que su vello me hizo cosquillas en las nalgas. Sergio me agarró de la cabeza y empezó a moverme él, marcando el vaivén.

—Listo, nena —dijo Mateo—. La tenés toda adentro.

Sergio no perdió la oportunidad.

—Disfrutala, puta. Tu macho te trata bonito. Yo no voy a ser tan suave cuando me toque. Vas a quedar abierta de par en par.

—A las putitas hay que cogerlas así —contestó Mateo—. Despacio. Para que vuelvan.

—Yo no sé hacerlo despacio. Pero también vuelven.

Mateo empezó a embestir con calma. Cada vez que entraba hasta el fondo, Sergio aprovechaba para hundírmela en la boca. Sincronizaron sin hablar, como si lo hubieran ensayado. Mateo fue subiendo el ritmo. Mis nalgas chocaban con su pelvis. Sus huevos rebotaban contra mi entrada. Yo intentaba gemir y solo lograba sonidos ahogados con la verga de Sergio rozándome el paladar.

Mateo aceleró hasta que su respiración cambió. Lo conocía: estaba por terminar.

—Ahí va, nena. Te lleno. Te dejo bien preñada.

Sentí cómo se hinchaba dentro mío y empezaba a soltar chorros calientes, profundos. Me clavó una última estocada y se derrumbó sobre mi espalda, jadeando. Pensé que Sergio terminaría en mi boca, pero no. Se incorporó.

—Cabrón —le dijo a Mateo—. Te corriste adentro. Ahora me toca cogerla con tu leche encima.

—Vos la querías bien lubricada. Te la dejé lista.

—Hijo de puta —se rio Sergio—. Bueno. Un culo es un culo. Y el de Damián es de los mejores.

Mateo me sacó la verga del culo y se acomodó frente a mi cara. Tomó la suya con la mano y me la apoyó en los labios.

—Limpiámela, nena. Toda. Que todavía no terminamos.

Abrí la boca y empecé a chupar. Recorrí cada centímetro con la lengua, limpiando los restos de su corrida. El sabor a semen mezclado con mi propio interior me prendió todavía más. Le dejé la verga brillante. Detrás, Sergio se acomodaba.

Sentí una palmada seca en la nalga izquierda.

—Postura, puta. Ya sabés.

El ardor del golpe me corrió por toda la espalda. Arqueé el cuerpo y empiné el culo. Al hacerlo, mi esfínter, abierto y cargado de la corrida de Mateo, dejó escapar un hilo de semen.

—Mirá nada más —se rio Sergio—. Le escurre tu leche. Dejaste a la putita lista.

—Capaz le hago un gemelo a tu hijo —agregó Mateo, todavía con la verga apoyada en mi labio—. Le dejo dos cogelones iguales a su padre.

—Pruebas de paternidad, entonces —bromeó Sergio.

—Tendré uno de cada uno —murmuré, intentando reírme—. Los dos van a salir machos.

Sin previo aviso, Sergio me agarró de la cintura y me ensartó toda la verga de una sola estocada, hasta el fondo. Saqué la verga de Mateo de la boca para gritar. Me retorcí. Aunque tenía el culo abierto y lubricado, Sergio seguía siendo Sergio: un sádico al que le prendía escucharme sufrir.

—Nadie abre culos como yo —dijo, triunfante.

Me la sacó hasta dejar solo la cabeza dentro y volvió a clavármela con toda la fuerza del cuerpo. Quise zafarme. Mateo se dio cuenta y le levantó la voz.

—Tranquilo, cabrón. Lo estás lastimando.

—Así le gusta. Esperá un poco y va a estar pidiendo más.

Sergio me agarró de las caderas y empezó a embestirme como un animal. Plop, plop, plop, llenaba la habitación el sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas. Traté de aflojar el cuerpo, dejar que me usara como una muñeca. Funcionó. Poco a poco el dolor se diluyó en una marea de calor, y mis gritos se volvieron de otra cosa. Mateo me observaba, sonriendo con esa cara perversa que ponía cuando se daba cuenta de que yo estaba en otro plano.

—¿Te gusta? —me preguntó.

Asentí con la cabeza. Me tomó la cara y me hundió la verga hasta la garganta.

—Mirá vos. Yo te trato como una princesa y resulta que te gusta que te traten como una perra.

Quise contestarle que también me encantaba su forma de cogerme, pero su verga en mi boca me lo impedía. Solo lo miré con los ojos brillantes y me abandoné. Sergio no aflojaba. Me daba con toda la fuerza, sin compasión. Y yo estaba en otro lugar. Gemía como una perra y mi propia verga, sin que nadie la tocara, empezó a temblar. De pronto se me nubló la vista y un orgasmo me arrancó de adentro hacia afuera. Mi cuerpo se sacudió. Empecé a disparar chorros y chorros de semen sobre las sábanas, sin haber sido tocado.

Mateo se rio al verme acabar y aceleró. Me sostuvo la cabeza y se hundió hasta el fondo. Sentí los chorros calientes estrellarse contra mi paladar. Traté de tragarlo todo, pero era demasiado. Algo se me escapó por las comisuras y resbaló por mi barbilla. Saqué la lengua para recoger lo que quedaba sobre sus huevos. Sergio seguía bramando atrás. En una última embestida me clavó tan profundo que me levantó del colchón. Por un instante quedé suspendido, solo sostenido por su verga. Y entonces empezó a vaciarse. Sentí cada chorro caliente quemándome adentro, hasta que se desplomó sobre mi espalda y me aplastó contra la cama.

Los tres quedamos desfallecidos. Mateo, jadeando boca arriba. Sergio, encima mío, respirándome en la nuca. Yo, con el culo abierto, la boca cubierta de semen y la cara hundida en las sábanas mojadas con mi propia corrida.

Pasó un rato largo antes de que la verga de Sergio bajara y saliera de mí. Me incorporé como pude. Las piernas no me respondían. Mateo, caballero como siempre, me ayudó a llegar al baño. Sentí cómo el semen me corría por los muslos. Me senté en el inodoro y empezó a salir leche a borbotones. Leche de los dos. Después nos metimos a la ducha. Mateo me lavó las nalgas y el ano con cuidado, casi con ternura. Sergio dormía cuando volvimos al cuarto. Nos vestimos en silencio y cada uno se fue para su casa. Por suerte mi esposa ya dormía. No me hubiera dado el cuerpo para nada más.

***

El lunes Mateo me llamó a su oficina. Cerró la puerta. Me preguntó con un dejo de celos si gozaba más con Sergio que con él. Le contesté con la verdad.

—Son cosas distintas. Vos me hacés sentir una mujer. Me llevás de a poco, disfrutás cada rincón. Sergio me hace sentir una puta barata, un agujero. A veces lo necesito, pero prefiero mil veces como me cogés vos. Además, cuando Sergio termina conmigo no puedo tener sexo en días.

Sonrió. Me tomó la cara y me dio un beso largo, cachondo.

—Sabés que estoy loco con tu culo. No te voy a prohibir nada. Cogete con quien quieras. Pero me gustó saber que sigo siendo el que mejor te coge.

Me acarició las nalgas por encima del pantalón.

—Te dejo descansar dos días. Después te quiero de vuelta.

Salí de su oficina pensando si la escena de los tres se repetiría. No se dio. Dos semanas más tarde, a Sergio lo ascendieron a jefe de unidad en una ciudad fronteriza. Un puesto que no podía rechazar a pocos años de jubilarse. Se fue y me dejó las llaves de su casa para que se la cuidara. Ahora Mateo y yo teníamos un lugar para encontrarnos cuando quisiéramos.

Sospeché que Mateo había metido la mano en ese traslado. Cuando se lo pregunté, solo sonrió.

—Si querés vender el camello, hablá bien del camello.

Confirmé mis sospechas. Había sido un movimiento brillante. Le dio a Sergio lo que tanto buscaba y, al mismo tiempo, se lo sacó del camino. A Mateo no le gustaba compartir, y de paso consiguió un departamento gratis donde cogerme cada vez que quisiera. Yo lo entendía. Me convenía. Pero en el fondo, a veces, todavía extrañaba a ese viejo pervertido y su forma brutal de romperme.

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Comentarios (5)

GusLector

que calientito esto jaja, no me lo esperaba para nada!!!

TomyCba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

SebastianL

me rei con lo del partido como excusa, perfecta jaja. Muy bueno el relato

GabrielNocturno

me recordo a una situacion parecida con un amigo... esa tension que se siente antes de que pase algo es inconfundible

Felix_Baires

escribis seguido? quiero leer mas de este estilo

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