Lo que amasaba en el horno a las cuatro de la mañana
Eran las cuatro de la madrugada y el horno de «Aroma de Levadura» rugía como una bestia hambrienta. Lalo llevaba el delantal blanco manchado de harina hasta los codos, los vaqueros gastados pegados a las piernas y la cabeza en cualquier parte menos en la masa que tenía entre las manos. Hacía tres semanas que había firmado los papeles del divorcio con Carmela y, desde entonces, andaba más caliente que el propio obrador.
—Joder, contrólate —se susurró, y golpeó la masa contra el mármol con más fuerza de la necesaria.
El barrio de Lavapiés dormía. La panadería era suya desde que su padre se había retirado, hacía ya doce años, y conocía cada baldosa, cada arañazo en la mesa de trabajo, cada esquina donde la harina se acumulaba pese a barrer dos veces al día. A esa hora, sin clientes, sin Adrián durmiendo arriba, sin nadie que entrara a comprar barras o magdalenas, el local era un templo privado donde a veces se permitía hablar solo, cantar, decir burradas en voz alta.
Lalo tenía cuarenta y seis años, espalda ancha de cargar sacos, brazos forjados a fuerza de amasar y también a fuerza de los partidos de fútbol del domingo con los del bar de Quique. Llevaba la barba recortada con esmero, rubia con vetas oscuras, y el pelo aún tupido pese a las canas. Se sabía atractivo, pero ese saberse no le servía para nada estando solo en una panadería de madrugada con una erección que no se le bajaba desde que había levantado la persiana.
—Esto es ridículo —murmuró, y miró hacia abajo.
El bulto en los vaqueros era evidente. Lo había sido durante todo el día anterior, cuando Marga, una vecina morena que entraba siempre a por la barra de hogaza, se había agachado a recoger las monedas que se le habían caído y él se había quedado mirando el escote como un crío. Lo había sido también cuando había aparecido Tobías, el del cuarto, el de los tatuajes, el del chándal gris que no dejaba nada a la imaginación. Tobías le había pedido dos cruasanes y le había sonreído de una manera que Lalo no supo descifrar. O sí. O quizás se la inventó. O quizás no.
—Tobías, hostia —dijo en voz alta, y se rio él solo de lo absurdo del momento.
Llevaba semanas notando que su cabeza no funcionaba como antes. No era solo el deseo por las mujeres, que ese siempre había estado ahí, abundante, ordenado, predecible. Era otra cosa. Era fijarse en la nuca de Tobías. Era pensar, mientras se duchaba, en cómo sería la mano de un hombre apretándole los hombros. Era despertarse a las tres de la mañana con la imagen de unos brazos tatuados rodeándolo por detrás. Cosas que a los cuarenta y seis no se planteaba esperar.
—Será que el divorcio me ha vuelto loco —se dijo, y dejó la masa reposando bajo un paño limpio.
***
Adrián, su hijo, tenía veintiún años y un cuerpo que delataba las horas en la piscina del polideportivo. Cuando Carmela se había marchado a Albacete con sus padres, el chaval había decidido quedarse en Madrid. «Aquí está mi vida, papá, no me voy a una ciudad donde no conozco a nadie», le había dicho con esa serenidad nueva que Lalo todavía no acababa de identificar como adulta. Vivían los dos en el piso de arriba, el de los balcones que daban a la plaza. Cada uno con su cuarto, sus horarios, sus silencios respetuosos.
Adrián era buen chico. Estudiaba Ingeniería de Caminos a duras penas, salía con sus amigos los viernes, dormía hasta las dos los sábados. Y nada más. Lalo no podía pedir más. Cuando la cabeza se le iba por terrenos raros —y a veces se le iba—, se obligaba a apartar cualquier pensamiento que mezclara al chaval con las fantasías nuevas que lo asaltaban. «Por ahí no, jamás», se decía, y volvía a centrarse en la masa, en el horno, en Tobías, en Marga, en cualquiera que no fuera su propio hijo durmiendo dos pisos por encima.
Esa madrugada, sin embargo, le costaba apartar todo lo demás también.
***
Se apoyó en la mesa de trabajo, dejó la masa cubierta con un paño y miró el techo. El extractor zumbaba. El horno marcaba doscientos veinte grados. Faltaba media hora para meter los primeros bollos. Tiempo de sobra para hacer una idiotez.
—No vas a hacerlo —dijo en voz alta, mientras se desabrochaba el botón del pantalón.
Se rio de sí mismo. Bajó la cremallera con la mano izquierda, sin haberse lavado del todo la harina, y se sacó la polla con cuidado. Estaba dura desde hacía un buen rato y palpitaba contra la palma con un latido que parecía tener vida propia. Era una polla de las que no pasan inadvertidas: gruesa, recta, con la cabeza rosada asomando entre la piel del prepucio retraído. La había mirado al espejo decenas de veces, sin orgullo y sin vergüenza, sencillamente como se mira una herramienta cuando se conoce bien.
—Joder, qué desastre eres —murmuró.
Se sentó en el taburete de madera que tenía junto al horno, el que usaba para revisar facturas, y se acomodó con las piernas abiertas. La camiseta interior se le pegaba al pecho por el calor del obrador. Empezó a moverse despacio, casi con cariño, intentando alargar la cosa más allá de los dos minutos miserables que llevaba teniendo últimamente. La paja del divorciado, pensó: rápida, eficaz, sin imaginación, solo para dormir.
Pero esa noche quería más.
Cerró los ojos. Buscó una imagen. Apareció Marga, agachándose, el escote, el pelo cayéndole sobre la cara. Bien. Funcionaba. La mano subió y bajó con más decisión. Pero a los pocos segundos, sin pedir permiso, Marga se desvaneció y en su lugar apareció Tobías. Tobías sin camiseta, con esos tatuajes que le recorrían el costado izquierdo desde el cuello hasta la cadera. Tobías mirándolo desde el otro lado del mostrador con una sonrisa pequeña, ladeada, de las que dicen «tú y yo ya sabemos».
—Hostia —susurró Lalo, y aceleró el ritmo.
La fantasía se desplegó sola. Tobías entrando al obrador por la puerta trasera, apoyándose en el marco, viéndolo así, con la polla fuera, sin sorprenderse. Tobías cruzando la cocina en cuatro pasos. Tobías arrodillándose entre sus piernas con los antebrazos tatuados apoyados en los muslos de Lalo. La idea le golpeó con una fuerza nueva, casi violenta. Nunca antes había imaginado algo así con tanto detalle. Nunca había sentido tantas ganas de que una imagen fuera real.
—Joder, joder, joder —dijo entre dientes, la mano volando.
El obrador se había convertido en una sauna. El sudor le bajaba por la barba, le picaba en los ojos. Con la mano libre se levantó la camiseta hasta el pecho, dejó ver el vello rubio que le subía desde el ombligo. Se pellizcó un pezón. Soltó un quejido bajo, ronco, que él mismo no se reconoció.
Esto no lo había hecho nunca. Esto no lo había pensado nunca.
***
Y entonces oyó un crujido en el techo.
El cuerpo se le quedó paralizado de cintura para arriba. La mano, no. La mano siguió, traidora, terca, sin obedecer. El crujido se repitió. Pasos. Alguien andaba en el piso. Adrián, probablemente, que se levantaría a por agua o al baño, como hacía a veces.
—Mierda —musitó.
Por un instante imaginó —no pudo evitarlo, fue una décima de segundo, un fogonazo— que su hijo bajaba la escalera y lo encontraba así. La imagen se cortó sola, repudiada, y Lalo apretó los dientes con rabia hacia sí mismo. «Por ahí no, cabrón. Por ahí no, jamás». Pero el corazón le latía a doscientos, y la culpa de haber pensado lo que había pensado, aunque fuera un instante, paradójicamente le aceleró todo lo demás.
Volvió a Tobías. Se aferró a Tobías como a una boya. Tobías chupándola sin prisa, mirándolo desde abajo, con esos ojos verdes que tenía. Tobías subiéndose la camiseta y enseñándole los tatuajes completos. Tobías diciéndole, con esa voz grave que ponía cuando pedía los cruasanes, algo sucio que Lalo no acababa de articular ni siquiera en la fantasía.
—Ya, ya, ya —jadeó.
Sintió la descarga subir desde abajo, lenta, eléctrica, distinta a las pajas rápidas de las últimas semanas. Se mordió el labio para no gritar, porque encima de él estaba su hijo y debajo de él estaba la panadería que abriría al barrio en cinco horas. Se corrió en chorros densos sobre la harina caída en el suelo, sobre el pantalón mismo, sobre la mano. Los muslos le temblaron. La cabeza se le fue hacia atrás. Soltó un gruñido sordo, contenido, casi animal.
Cuando volvió a abrir los ojos, el horno seguía rugiendo, el extractor seguía zumbando y arriba ya no se oía nada.
***
Tardó cinco minutos en moverse. Se limpió con un trapo viejo, tiró harina nueva sobre la mancha del suelo, se subió la cremallera y se lavó las manos en el fregadero con jabón industrial hasta que la piel le ardió. La cara le ardía también, pero por otra cosa.
—Vale, Lalo —dijo en voz alta, hablándose como se hablaba a veces a sí mismo en la trastienda—. Vale. Esto te ha gustado. Esto te ha gustado de verdad.
No era la primera paja de su vida con un hombre en la cabeza. Era la primera, sin embargo, en la que la fantasía con un hombre había venido sola, sin pedir paso, y había desplazado todo lo demás. Eso era nuevo. Eso pedía pensar.
Metió los bollos en el horno. Programó el temporizador. Subió al piso a darse una ducha rápida antes de abrir.
Adrián estaba en la cocina, en calzoncillos, sirviéndose un vaso de leche. Tenía el pelo castaño revuelto y los ojos pequeños de no haber dormido del todo.
—Papá, ¿estabas trabajando? Oí ruidos raros —dijo, sin malicia, con la voz pastosa.
Lalo se rio, y la risa le salió más natural de lo que esperaba.
—Sí, hijo. Una masa difícil. A veces hay que pelear con ella.
—Vale, papá. Bájame un bollito cuando salgan, ¿sí?
—Hecho.
Adrián se fue a su cuarto arrastrando los pies. Lalo se quedó un instante apoyado en la encimera, mirando por la ventana cómo el cielo empezaba a teñirse de gris claro sobre los tejados de Lavapiés. Pensó en Tobías. Pensó en mañana, cuando Tobías volviera a por cruasanes. Pensó en lo que diría si le pidiera, por una vez, que se quedara un minuto después de pagar.
—Joder —dijo, y se metió en la ducha con esa sonrisa pequeña de quien acaba de descubrir, a los cuarenta y seis, que la vida todavía tiene cosas que enseñarle.
***
La panadería abrió a las siete en punto. Doña Rosario, la primera clienta de siempre, llevaba el bolso de cuadros y el rosario en la mano. Pidió dos napolitanas y una barra. Lalo se las puso con una cordialidad que parecía recién horneada, y la mujer se fue refunfuñando algo sobre el frío que hacía esa mañana.
A las nueve y media, cuando el barrio ya andaba en plena faena y la cola llegaba hasta la puerta, Lalo levantó la vista y lo vio. Tobías estaba en mitad de la fila, sin chándal esta vez, con un jersey de lana oscuro que le marcaba los hombros. Le sonrió desde lejos, con esa sonrisa pequeña, ladeada, exactamente la misma que Lalo había imaginado horas antes mientras se corría sobre la harina del obrador.
—Dos cruasanes, Lalo —dijo Tobías cuando llegó al mostrador, como cada día.
—Marchando, Tobías.
Y cuando le tendió la bolsa de papel y los dedos de Tobías rozaron los suyos un segundo más de la cuenta, Lalo entendió, por fin, que el divorcio no había sido el final de nada.
Había sido el principio.