El maduro del ático lo recibió con una orden seca
Adrián tenía veintiséis años y era, según sus propias palabras, un cerdo sin remedio. De esos que se vestían con la única intención de que se los arrancaran después, en algún recibidor ajeno, contra alguna pared que olía a colonia equivocada. Cuerpo trabajado a base de años de gimnasio, culo redondo y firme, lengua afilada y una mirada que delataba sin esfuerzo lo que pensaba mientras hablaba contigo. Vivía en Barcelona, en un piso minúsculo del Eixample que olía a sudor seco, a poppers viejos y a las sábanas de la última noche. No quería novio, no quería compromiso ni planes de domingo. Quería que cada noche alguien le abriera el culo y lo dejara dormido bocabajo, exhausto, con la marca de unas manos en las caderas y una lista de mensajes sin responder.
Esteban tenía cincuenta y cuatro y era, en casi todo, lo contrario. Maduro, ancho de espalda, barba canosa recortada con disciplina y unas manos enormes que parecían diseñadas para sujetar nucas. Trabajaba como notario, ganaba dinero suficiente como para no llevar la cuenta y vivía en un ático de Sant Gervasi con vistas a una hilera de azoteas. Divorciado de su mujer hacía catorce años, sin hijos, sin nadie a quien rendir explicaciones. Salió del armario tarde, a los cuarenta y siete, y desde entonces se había dedicado a recuperar el tiempo perdido con la misma disciplina con la que recuperaba un libro abandonado a la mitad. Tenía oficio. Sabía cómo deshacer a un chico como Adrián hasta que pidiera por su nombre y, al rato, supiera repetirlo bien.
Se cruzaron en Sniffies un martes cualquiera. Adrián había subido una foto de su culo abierto con dos dedos dentro y un texto breve, casi telegráfico: «Busco macho con paciencia para romperme». Esteban respondió con la imagen de su miembro en reposo —ni siquiera duro, y aun así imponente— y un mensaje seco: «Esta noche en mi casa. No traigas nada. Aquí encontrarás todo lo que vas a necesitar».
Adrián llegó a las diez en punto. Esteban abrió la puerta vestido únicamente con unos vaqueros gastados, el torso peludo a la vista y la barriga prominente que no intentaba esconder. No hubo saludos. No hubo charla de cortesía sobre el tráfico ni sobre el ascensor. Adrián apenas tuvo tiempo de oler el apartamento —madera vieja, una nota de tabaco, algo a cuero— antes de que la puerta se cerrara y la mano grande del otro se le posara en la nuca y lo empujara contra la pared del recibidor.
—Quítate la ropa, cerdo —dijo Esteban, sin alzar la voz.
Adrián obedeció. La camiseta ajustada cayó al suelo, los pantalones cortos también, las zapatillas voladas a una esquina como dos animales pequeños. En menos de medio minuto estaba completamente desnudo, temblando por la mezcla de frío, anticipación y vergüenza prestada. Esteban lo observó como quien evalúa una compra. Le pellizcó los pezones con fuerza calibrada, hasta que el chaval soltó un quejido entre los dientes. Le agarró las nalgas con las dos manos, se las abrió con los pulgares y le escupió directamente en el agujero, sin parpadear ni cambiar el gesto.
—Esta noche eres mío —dijo Esteban—. Vas a hacer todo lo que te diga, sin discutir. ¿Queda claro?
—Sí, señor —contestó Adrián.
El miembro le palpitaba contra el muslo antes de que el otro hubiera dicho nada más.
Lo llevó al salón. Sobre la mesa baja de cristal había preparado todo con la calma de quien no improvisa: dos botes de poppers, un tubo de lubricante grueso, una toalla doblada en un rectángulo perfecto, un arnés de cuero negro y, junto al arnés, un anillo más pequeño cuya forma no admitía dudas. Esteban no encendió la luz principal. Trabajaba con una lámpara baja, una atmósfera dorada que recortaba sombras donde quería.
Le ajustó el arnés con la pericia de quien lo había hecho cien veces. Las correas se tensaron sobre el pecho, sobre la cintura, sobre los hombros, y cada hebilla quedó en su sitio sin necesidad de mirar. El cuero dejaba el culo expuesto, casi enmarcado, como una pieza ofrecida en una bandeja. Esteban le pasó los dedos por encima, comprobó la tensión y le dio una palmada seca en una nalga, satisfecho.
—De rodillas.
Adrián se arrodilló sobre la alfombra. Esteban se bajó los vaqueros despacio y dejó caer su miembro a centímetros de la cara del chico. Era grueso, venoso, con un glande oscuro y brillante. Se lo frotó por los labios sin prisa, como quien marca un territorio que ya considera suyo.
—Chúpala. Y hazlo bien, que sé cuándo me están perdiendo el tiempo.
Adrián abrió la boca y se la metió entera hasta sentir la punta en la garganta. El olor le dio un vértigo agradable: sudor limpio, jabón viejo, una nota indefinida que asoció con autoridad. Esteban le agarró la cabeza con ambas manos y empezó a follarse su boca al ritmo que quiso. Adrián tosía, los ojos se le llenaban de lágrimas, la saliva se le escapaba por la comisura, pero no se apartó ni una vez. Le gustaba ese punto exacto del agotamiento. Le gustaba dejar de pensar.
—Así, cerdo —murmuró Esteban, mirándolo desde arriba—. Tan bien que casi me da pena lo que viene.
Después de varios minutos, lo apartó de un empujón. Adrián cayó de costado, jadeando, con un hilo de saliva colgándole de la barbilla y los ojos brillantes. Esteban no le dio tiempo a recomponerse.
—Date la vuelta. Culo en pompa. Cabeza en la alfombra.
Adrián obedeció. Esteban abrió uno de los frascos de poppers y se lo acercó a la nariz con dos dedos firmes.
—Respira hondo. Las dos fosas.
Adrián inhaló. El golpe llegó tres segundos después: las orejas le ardieron, el corazón le bombeó como si quisiera salirse, todo el cuerpo se le aflojó de golpe. El culo se le abrió solo, sin ayuda. La cabeza le daba vueltas en el sentido de las agujas del reloj, y a Esteban se le notó en la sonrisa que sabía exactamente lo que estaba viendo.
No perdió tiempo. Le metió tres dedos de golpe, bien lubricados, y Adrián gritó algo a medio camino entre el dolor y la gratitud. Los dedos entraban y salían sin paciencia, abriéndolo, acomodándolo. Cuando consideró que estaba listo, Esteban se untó el miembro con generosidad y se acercó.
—¿Condón? —preguntó, y la palabra sonó casi a trámite.
—No —jadeó Adrián—. A pelo. Por favor.
—Mira al cerdo, qué bien aprende.
Le metió el miembro entero de una sola embestida. Adrián gritó tan fuerte que cualquier vecino del rellano lo escuchó. Le ardía, le punzaba en el fondo, pero era el dolor exacto que había ido a buscar, el dolor que justificaba el viaje en metro hasta el otro lado de la ciudad. Esteban lo agarró por las caderas y empezó a moverse con una fuerza que no admitía dudas. El sonido de la piel contra la piel llenó el salón, intercalado con el chasquido del lubricante y la respiración entrecortada del chaval.
—Toma, cerdo. Para esto viniste, ¿verdad?
—Sí… joder… más…
Esteban le dio más. Le tiró del pelo hacia atrás, dejándole el cuello arqueado, y siguió penetrándolo al ritmo que solo decidía él. Le dio un bofetón en una nalga. Luego otro. Luego un tercero que dejó la huella roja perfectamente marcada. Adrián se reía y gemía al mismo tiempo, como si una emoción contradijera a la otra y ninguna de las dos pudiera ganar.
—Esta noche eres mi muñeco —le dijo Esteban al oído.
—Soy tu muñeco… úsame…
***
A los pocos minutos, Esteban lo sacó, lo agarró por las caderas y lo tumbó boca arriba en el sofá. Le levantó las piernas, se las apoyó sobre los hombros y volvió a metérsela despacio, esta vez para que Adrián lo viera todo. El chico levantó la cabeza y se encontró con los ojos del otro, oscuros, fijos, sin parpadear.
—Mírame mientras te follo —le ordenó—. Que no se te ocurra cerrar los ojos.
Adrián lo miraba. Veía la barba canosa salpicada de sudor, los hombros tensos, una vena en el cuello que le palpitaba al compás del empuje. Veía, sobre todo, a alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo y disfrutaba haciéndolo. Se sintió pequeño, abierto, completamente sometido, y por primera vez en mucho tiempo, en paz. Esto es lo que soy, pensó, sin culpa.
Esteban aceleró. La respiración se le volvió un gruñido bajo. Adrián entendió que estaba cerca.
—Voy a vaciarme dentro, cabrón. Vas a salir de aquí lleno.
—Sí… vacíate… toda dentro…
Con un último gemido grave, casi animal, Esteban se corrió. Adrián sintió el calor inundándole por dentro, oleada tras oleada, hasta que el otro se quedó quieto, todavía dentro, respirando contra su cuello. Cuando salió, lo hizo despacio, y un hilo blanco le resbaló por el muslo derecho hasta perderse en el cuero del sofá.
—Ni se te ocurra moverte —dijo Esteban, contemplándolo desde arriba—. Quiero verte así un rato. Reventado y lleno.
Adrián se quedó quieto, como una pieza expuesta. Sentía el latido en el culo, el calor escurriéndole, el cuerpo entero vibrando de una manera que no había sentido en meses. Cerró los ojos un instante. No pidió permiso para hacerlo y nadie se lo reprochó.
Esteban se fue al baño y volvió con una toalla tibia. Le limpió sin demasiada delicadeza primero, con la misma autoridad con la que lo había follado, y después, casi sin que Adrián se diera cuenta, con un cuidado distinto. Le pasó el reverso de la mano por el costado, le frotó los hombros para soltarle la tensión, le quitó las hebillas del arnés una a una, con paciencia, sin tirones.
—Venga, cerdo. A la ducha.
Bajo el agua caliente, Esteban lo enjabonó entero. Le pasó la espuma por la espalda, por el pelo, por el culo, esta vez con la mano abierta y suave. Era un contraste tan brutal con la violencia de la hora anterior que a Adrián se le escapó una sonrisa idiota, una sonrisa que no controló. El maduro se la devolvió, apenas insinuada bajo la barba mojada.
—Lo has hecho bien, chaval.
—Tú también.
Después de la ducha, Esteban lo llevó a la cama. Le tendió una camiseta vieja y demasiado grande, le tapó con la sábana y se tumbó a su lado, una mano sobre la cintura, sin más exigencias y sin más palabras. Por un momento Adrián pensó en marcharse. Era la regla que se había impuesto durante años: follar y desaparecer antes de que cualquiera empezara a confundir las cosas. Pero el cansancio le pesaba, y la mano sobre su cintura no se sentía como una atadura.
—Puedes quedarte si quieres —dijo Esteban en voz baja—. Mañana, si te apetece, repetimos.
Adrián cerró los ojos. Le dolía el culo, le temblaban los muslos, le ardían los pezones, y se sentía pleno de una manera que llevaba mucho tiempo sin sentir. Había encontrado exactamente lo que había salido a buscar y, sin esperarlo, también algo que no figuraba en el mensaje original: una mano tibia sobre las costillas, sin exigencias.
—Mañana —murmuró— ya veremos.
Y se durmió antes de que el otro pudiera contestar.