Daniel me presentó a su mejor amigo en la cama
Conocí a Daniel en una reunión de trabajo donde ninguno de los dos pretendía estar. Yo había llegado con un cliente que canceló a último minuto y él hacía de chofer del director, ese tipo de favor que se pide entre amigos cuando alguien necesita una hora extra. Cruzamos miradas dos veces antes de hablar y, cuando hablamos, fue como si lleváramos años intentándolo.
A los dos meses ya dormía en su departamento más noches que en el mío. A los cuatro habíamos guardado nuestra ropa en el mismo armario sin acordarlo. Daniel tenía esa manera de quererme que me desarmaba: directa, sin teatro, sin promesas grandilocuentes. Me decía «quédate» y yo me quedaba.
Por eso, cuando una tarde almorzábamos en la cocina y me soltó la propuesta así, entre dos bocados, casi me atraganto.
—Estuve pensando en algo —dijo mientras pinchaba el arroz con el tenedor—. Adrián vino el otro día. Hablamos de ti.
—¿De mí?
—Le conté lo del cumpleaños pasado. Lo que dijiste con un par de copas encima.
Sentí el calor subiéndome al cuello. Aquella noche, después del segundo whisky, había confesado en voz alta una fantasía que tenía guardada hacía años. Una fantasía con dos hombres a la vez, los dos dentro de mí, el límite de lo que mi cuerpo podía aguantar. Lo dije riendo, pensando que se quedaría en el aire del bar y se olvidaría con la resaca.
—Daniel, eso fue una broma —murmuré.
—No lo fue. Y a Adrián le interesó la idea.
Adrián.
Lo había visto tres veces. Abogado, alto, treinta y pocos, con esa seguridad tranquila que dan los hombres que saben exactamente cuánto valen. Daniel y él se conocían de la facultad, una amistad de esas que sobreviven mudanzas y rupturas. Nunca me había pasado por la cabeza que pudiéramos cruzar otra línea con él.
—No sé si soy capaz —dije.
—No te estoy pidiendo que decidas hoy. Solo que lo pienses. Y si te animas, lo organizamos. Yo me ocupo de todo.
Se levantó, llevó los platos al lavadero y volvió a sentarse a mi lado. Me apartó el pelo de la frente con dos dedos. Me besó despacio, sin urgencia, como si quisiera dejarme la decisión completamente libre.
—Confía en mí. Si dices basta, paramos. Nadie te va a forzar nada.
Esa noche no pude dormir. Imaginé escenas que me ponían duro y escenas que me daban miedo. La fantasía, cuando empieza a tener nombre y rostro, deja de ser solo una fantasía. Cuando dejé de pensar en Adrián como una idea y empecé a pensar en sus manos, en su voz, en el modo en que se reía con la boca cerrada, supe que iba a aceptar.
Pasaron diez, quince días sin que volviéramos a hablar del tema. Daniel no insistió ni una vez. Y precisamente por eso, una mañana de sábado, después del café, le dije:
—Bueno. Hablemos de Adrián.
Sonrió. No con suficiencia, sino con un alivio raro, como si llevara semanas esperándome sin decirlo.
—Te aviso cuando esté todo listo.
***
Habían pasado más de tres semanas cuando ocurrió, y yo ya había decidido que Daniel se había olvidado o que Adrián había cambiado de idea. Aquel domingo dormía boca abajo, despeinado, con la sábana enredada en una pierna y la otra al aire. Eran las nueve y poco cuando sentí el colchón hundirse a ambos lados.
Abrí los ojos despacio. Daniel estaba arrodillado sobre la cama, completamente desnudo, mirándome con esa media sonrisa suya. Y a mi izquierda, también desnudo, también de rodillas, estaba Adrián.
—Buenos días —dijo Daniel.
El corazón me dio un golpe seco. Adrián era más grande de lo que recordaba, más ancho de hombros, con un vello suave bajándole por el pecho. Y estaba duro. Los dos estaban duros, esperándome.
—No te muevas todavía —pidió Daniel—. Solo respira.
Adrián me tomó la nuca con una mano y acercó su miembro a mi boca. Lo recibí con un escalofrío que me corrió por toda la espalda. Daniel se posicionó del otro lado e hizo lo mismo. Iban turnándose, uno y otro, dejándome apenas tiempo entre embestidas para tragar aire. La saliva me caía por las comisuras y yo me dejaba hacer, dócil, mareado, abriendo más la boca cada vez que cualquiera de los dos empujaba.
—Mírame —pidió Daniel, y cuando levanté los ojos hacia él me agarró el pelo con suavidad—. Esto lo vas a recordar toda la vida.
Lo creí.
Adrián se separó un momento para dar la vuelta a la cama. Me hizo arrodillarme en el borde, con la cabeza apoyada en la almohada y el resto del cuerpo en alto. Sentí dos manos abriéndome, untándome con calma, una lengua recorriendo lo que después iba a doler. Daniel siempre fue lento en esa parte. Esa mañana lo fue más que nunca, y se lo agradecí en silencio. Adrián miraba sin tocarme todavía, apoyado en una rodilla, esperando turno con una paciencia que me ponía la piel de gallina.
Adrián entró primero, y al principio pensé que no iba a soportarlo. Era distinto a Daniel, más grueso, y entraba con una calma que casi era peor que la prisa. Apreté las sábanas. Solté un quejido que él tomó como permiso para empujar otro centímetro.
—Tranquilo —murmuró Daniel a mi oído, acariciándome la espalda—. Lo tienes. Lo estás haciendo bien.
Cuando Adrián por fin se hundió hasta el fondo, me quedé un segundo sin aire. Me embestía despacio, marcando un ritmo que mi cuerpo fue aprendiendo a recibir. Entonces Daniel se acostó debajo de mí, boca arriba, y me tiró hacia abajo.
—Ven aquí. Siéntate.
—Daniel, no…
—Sí puedes. Despacio.
Intentaron meter los dos a la vez, y eso fue lo más íntimo y lo más extremo que viví nunca. La punta de Daniel buscaba paso por debajo de Adrián, y mi cuerpo se cerraba por instinto. Lo intentamos durante minutos. Cinco, diez, no sé. Cada vez que Daniel ganaba un milímetro, yo soltaba un gemido que era mitad protesta, mitad rendición. Y cada vez que decía «espera», los dos esperaban. Nadie forzó nada. Nadie se enojó. Daniel me besaba el cuello mientras Adrián se quedaba quieto dentro de mí, como dos hombres compartiendo un mismo pulso.
—Si no entra, no entra —dijo Daniel finalmente, besándome la sien—. Igual no nos vamos sin acabar.
Lo que pasó después es lo que recuerdo con más nitidez. Adrián salió, me puso bocarriba, me levantó las piernas hasta que casi me tocaba el pecho con las rodillas. Volvió a entrar de un solo movimiento, ya conocido por mi cuerpo, y empezó a moverse más rápido. Daniel se arrodilló a mi lado y me pidió la boca otra vez. Yo lo miraba a él y sentía a Adrián moverse cada vez más fuerte, hasta que los dos terminaron casi a la vez. Adrián dentro. Daniel sobre mi cuello y mi pecho. Me corrí yo, también, sin tocarme apenas, en el medio de los dos.
Nos quedamos los tres tirados, jadeando, riéndonos sin saber muy bien por qué. Daniel me besó la sien. Adrián me dio una palmada en el muslo. Por un momento pensé que la vida podía ser exactamente así, así de simple.
***
El timbre sonó dos veces antes de que ninguno de los tres reaccionara.
Era el portero del edificio. Detrás suyo venía la dueña del piso, una señora mayor a la que Daniel le alquilaba desde hacía años. Alguien del cuarto contiguo había llamado quejándose. Y la dueña, que no sabía nada de la vida de Daniel y menos aún de la mía, encontró a tres hombres semivestidos en un dormitorio que olía a lo que olía.
El escándalo no fue de novela, pero fue suficiente. Insultos por lo bajo, amenazas de desalojo, llamadas a la familia de Daniel que vivía a doscientos kilómetros y que apareció al día siguiente con cara de funeral. Adrián, fiel a su título de abogado, intentó mediar. No hubo mediación posible. Daniel tenía hasta fin de mes para irse.
Lo más absurdo de todo es que él ya tenía un plan B desde hacía meses. Un tío suyo le había escrito desde Galicia ofreciéndole trabajo en una empresa familiar. Daniel siempre lo había rechazado porque no quería irse de mi lado. Aquella noche, sentados los dos en el sofá del salón medio vacío, me dijo que ya no había mucho más que decidir.
—Vente conmigo.
—Daniel.
—Vente.
—No puedo. Todavía no.
Y los dos sabíamos lo que «todavía no» significaba en realidad.
***
Lo despedimos en el aeropuerto un jueves a las seis de la mañana. Adrián manejó. Yo iba en el asiento del copiloto sin hablar, mirando la ciudad despertarse a través del vidrio empañado. Daniel iba detrás, sosteniendo dos maletas y un portarretrato con una foto nuestra del verano pasado.
Antes de pasar el control me dio un sobre.
—Por si lo necesitas.
—No quiero tu plata, Daniel.
—No es plata. Es para que te muevas si decides venir. Y si no, para que te muevas igual.
Me abrazó largo, sin teatro. Me besó la sien y la boca, sin importarle quién mirara. Después fue la espalda alejándose, los hombros bajando con los pasos, el primer vidrio que cruzó, el segundo, y ya no estaba.
Adrián me esperaba apoyado en el capó del auto. Cuando me vio salir solo, no preguntó nada. Solo abrió la puerta y esperó a que subiera.
Volvimos a casa, que ya no era casa. Quedaban cajas a medio armar, ropa de Daniel que no había podido llevarse, un par de tazas mías que yo había olvidado en su cocina y que ahora me pertenecían por descarte. Me senté en el suelo del salón sin decir palabra. Adrián se sentó al lado.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó.
—No.
Me puso una mano en la nuca, exactamente como me la había puesto aquella mañana. Solo que esta vez no había prisa ni juego. Me empujó suavemente hacia su hombro y me dejó llorar todo lo que tenía que llorar, sin interrumpirme. No me preguntó si estaba bien. No me ofreció frases hechas. Solo aguantó.
Cuando paré, ya no era tan temprano y la luz entraba distinta por la ventana. Adrián me levantó la cara con dos dedos. Me miró un rato largo. Y me besó muy despacio, como si me estuviera preguntando, como si me diera la posibilidad de retirarme.
No me retiré.
Lo que pasó esa tarde no se pareció a la mañana del trío. No hubo prisa, no hubo público, no hubo nadie esperando turno. Hubo dos hombres en el medio de una mudanza, uno de los dos roto, el otro tratando de armarlo de nuevo con las manos. Adrián me cargó hasta la cama deshecha. Me desnudó como si fuera la primera vez. Me hizo el amor con una calma que no había sentido nunca, deteniéndose a mirarme cada pocos minutos, como si quisiera asegurarse de que yo seguía ahí.
Después se quedó dormido a mi lado, vestido a medias, con un brazo cruzado sobre mi pecho.
Daniel mandó un mensaje a la una de la mañana. «Llegué bien.» Le contesté «Avisa cuando estés instalado» y guardé el teléfono.
Miré el techo un rato largo. Adrián respiraba pegado a mi oído. Pensé en lo extraño que era haber perdido a un hombre y haber encontrado a otro en el mismo día, y en cómo la vida se las arregla siempre para no dejarte vacío del todo.
La vida sigue. La vida sigue de las formas más raras.