Lo confieso: lo que hacía solo en el arroyo seco
Antes de empezar, déjenme advertir que esta confesión la guardé durante años. La escribo ahora porque siento que ya no me pertenece, que necesita salir de mí. No esperen literatura. Lo que sigue es lo que recuerdo, tal cual viene, sin adornos.
De aquellos años solo conservo retazos. Tenía la edad en que uno aún cree que los secretos se pueden esconder para siempre. Vivía en un barrio chico, de calles polvorientas, donde los muchachos nos juntábamos a hacer nada. Lo único que rompía la rutina era el arroyo seco que cruzaba el final del pueblo. Allá íbamos en grupo a fumar lo que conseguíamos, a tomar lo que sobraba de los bares, a hablar de mujeres que no nos miraban.
Pero esta no es una historia de grupo. Esta es la historia de cuando iba solo.
La primera vez que lo vi, estaba sentado contra un árbol seco, con la espalda apoyada en la corteza y una botella entre las piernas. Fumaba algo cuyo olor reconocí enseguida. No me miró cuando me acerqué. Me senté a unos metros, sin saber muy bien qué hacía allí, y él tampoco preguntó.
No recuerdo su cara. Lo digo con honestidad, no por modestia. Si me cruzara con él hoy, en la calle, pasaría de largo sin reconocerlo. Tenía la barba descuidada, las manos grandes, la ropa gastada. Era mucho mayor que yo. Eso es todo lo que mi memoria conserva de su rostro, y a veces dudo de si lo invento.
Lo que sí recuerdo, con una claridad que me incomoda, es lo demás.
Sé que parecerá extraño, pero la primera vez no pasó nada. Estuve sentado a unos metros de él, mirando cómo se le movía la nuez de Adán cada vez que tragaba un sorbo, y me fui sin que cruzáramos palabra. Esa noche no pude dormir. Di vueltas en la cama tratando de explicarme a mí mismo por qué había vuelto a casa con esa inquietud rara, esa sensación de haber estado a punto de algo sin saber de qué.
***
La segunda vez que me lo crucé también estaba solo. Yo había vuelto al arroyo sin admitírmelo a mí mismo. Me había convencido de que iba a buscar mis cosas, de que se me había caído algo, de cualquier cosa menos lo que en realidad quería. Él estaba en el mismo lugar, como si nunca se hubiera movido.
—Vení —dijo. Y no agregó nada más.
Esa palabra fue la única que recuerdo haberle escuchado en todo el tiempo que duró aquello. Una palabra de dos sílabas que me empujó hacia él como si me hubieran empujado físicamente. Me arrodillé sin pensar. No sé por qué me arrodillé. Quizás porque algo en mí entendió, antes de que yo lo entendiera, qué se esperaba.
Esto no debería estar pasando, pensé. Pero ya estaba pasando.
Lo que sacó de su pantalón me dejó sin aire. No sé si en aquel momento exageré el tamaño con esos ojos que aún no habían visto nada, o si efectivamente era tan grande como lo guardo en la memoria. Me cubría el rostro de mentón a frente. Era tan gruesa que mis dedos no llegaban a juntarse alrededor. Pesada, tibia, viva. La miré con la respiración cortada.
—Tomala —dijo. Una palabra más. Tres palabras en total, contando la primera.
***
La tomé con las dos manos. Recuerdo la textura, sobre todo. Esa piel que se deslizaba sobre algo más duro, como si fueran dos cosas diferentes habitando el mismo cuerpo. La apoyé contra mi mejilla porque no supe qué otra cosa hacer. Sentí cómo se iba endureciendo contra mi cara, cómo crecía y se levantaba, y algo en mí celebró que yo fuera capaz de producir ese efecto.
Después la besé. No por amor, ni siquiera por deseo en el sentido en que lo entendía. La besé porque era lo único que sabía hacer con una boca. La besé y le pasé la lengua por la cabeza, que era roja y brillante, y descubrí el sabor. Salado. Distinto a cualquier sabor que hubiera probado hasta entonces. Un sabor que me pareció horrible y delicioso al mismo tiempo.
Abrí la boca en forma de O e intenté meter la cabeza. Apenas entraba. Hice fuerza, estiré los labios hasta que me dolieron las comisuras, y conseguí pasarla. Cuando lo logré, no quedaba aire entre mi paladar y aquella piel. Ni un milímetro. Era como respirar dentro de algo cerrado.
Cada movimiento mío era una pregunta. ¿Así está bien? ¿Más adentro? ¿Más rápido? Las preguntas no salían de mi boca porque mi boca estaba ocupada. Pero estaban ahí, en cada chupada, en cada subida y bajada de la cabeza. Él contestaba sin hablar: si yo hacía algo que le gustaba, la verga crecía un poco más. Si frenaba, la sentía perder un toque de firmeza. Aprendí su lenguaje sin un solo profesor.
Él no me dijo nada. No me acarició la nuca, no me dio instrucciones, no me llamó de ninguna manera. Solo seguía bebiendo de su botella y dejaba caer el humo del cigarrillo hacia el cielo. Yo chupaba sin método, sin técnica, guiado por una intuición que no sabía que tenía. Él tampoco se quejó. Quizás aceptaba lo que recibía. Quizás le daba igual.
***
En mi cabeza, sin embargo, él hablaba todo el tiempo.
Así, chiquito, así. Más fuerte. Tragátela toda. Mostrame para qué naciste. Mamala como si fuera lo único que importara, porque es lo único que importa.
Le inventé una voz. Le inventé palabras que me hacían temblar. Le inventé promesas que yo entendía como contratos: si me portaba bien, él se iba a asegurar de que nunca me faltara una verga para chupar. Si era su putita, no me iba a dejar nunca. En mi cabeza yo respondía que sí a todo, una y otra vez, con la boca llena.
Nada de eso existió en la realidad. Él jamás me dirigió la palabra después del «vení» y el «tomala». Pero yo tenía la fantasía completa montada cada vez que me arrodillaba. Era como si hubiera dos escenas pasando al mismo tiempo: la silenciosa, polvorienta, junto al arroyo seco, y la otra, la mía, donde un hombre sin rostro me dictaba quién era yo.
***
Cuando se venía, lo hacía sin avisar. Llenaba mi boca de una leche espesa y caliente que yo apuraba a tragar antes de que se escapara por las comisuras. Me ardía un poco la garganta. Era tanta que tenía que pasarla en dos o tres veces. Sentía cómo bajaba, cómo me dejaba el sabor pegado al paladar, cómo me marcaba.
Después, sin que él me lo pidiera, le pasaba la lengua por toda la verga hasta limpiarla. Era un gesto de agradecimiento que nadie me había enseñado y que me salía solo. Cuando terminaba, miraba hacia arriba esperando algo: una mirada, una caricia, un «bien hecho». Nunca llegó nada. Él se acomodaba la ropa, me daba la espalda y se quedaba mirando el arroyo seco como si yo no hubiera estado ahí. Y yo me iba caminando, con el sabor todavía en la boca, sin atreverme a escupir.
***
No sé cuántas veces fui. Tampoco sé durante cuánto tiempo duró. Lo que sé es que volvía siempre que podía, y que la ansiedad de encontrarlo me empezaba el día que decidía ir. Caminaba al arroyo con el corazón en la garganta. Si estaba, era una fiesta callada. Si no estaba, me quedaba sentado un rato bajo el mismo árbol, esperándolo como un perro espera a su dueño.
Hubo días en que no apareció. Hubo otros en que sí, y en cada uno de esos días yo me arrodillé sin que tuviera que decirme nada. Aprendí, sin que nadie me enseñara, a respirar por la nariz mientras lo tenía dentro. Aprendí a estirar más la mandíbula cada vez. Aprendí a leer cuándo estaba a punto de venirse por la forma en que apretaba el puño contra la corteza del árbol. Lo aprendí todo solo, en silencio, en la penumbra de una tarde que se repetía.
***
Un día dejó de estar. Volví al arroyo durante semanas y no apareció más. Pregunté sin preguntar, miré sin mirar, escuché las conversaciones de los demás muchachos esperando que alguien dijera algo, pero nadie dijo nada. Era como si no hubiera existido nunca. Quizás se fue del pueblo. Quizás se murió. Quizás simplemente cambió de arroyo.
Yo me quedé con su sabor en la boca durante años. Lo busqué, sin admitirlo, en otras bocas, en otros encuentros, en otras camas. Nunca volvió a aparecer exactamente igual. La medida que él dejó en mí se convirtió en la regla con la que medí, mucho tiempo después, todo lo que vino. Algunas vergas eran más lindas. Otras me dieron más placer. Ninguna me hizo arrodillarme con esa entrega de cachorro que tuve a los pies de aquel desconocido.
Hay noches en que todavía sueño con él. No con su cara, que sigue siendo un agujero en mi memoria, sino con sus manos. Con la forma en que sujetaban la botella sin temblar. Con cómo se le marcaban las venas del antebrazo cuando se acercaba al final. Sueño que vuelve al arroyo, que yo soy el mismo de entonces, que todo se repite. Cuando me despierto, me toco la boca como si pudiera encontrar algo. No hay nada.
***
Escribo esto y siento una punzada en el culo, lo digo así, sin metáforas, porque el cuerpo recuerda lo que la cabeza intenta domesticar. Recuerdo el tamaño frente a mi cara. Recuerdo el grosor entre mis manos. Recuerdo la textura contra mi mejilla, ese roce que crecía y se endurecía como si yo estuviera invocando algo. Y recuerdo, sobre todo, el sabor que se quedó conmigo y que sigo buscando.
Por eso lo confieso ahora. No para limpiarme. No para arrepentirme. Para nombrarlo. Para sacármelo de adentro al menos por un rato y devolverlo al mundo, donde quizás otro lo lea y reconozca esa misma necesidad que no se va: la de sentir, ahora mismo, una verga en mi boca.