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Relatos Ardientes

Descubrí que el amigo gay de mi novia era una farsa

Si alguna vez tu novia tiene un amigo «supuestamente gay» del que tú dudas — y los dos sabemos que esa duda nunca aparece por accidente —, déjame contarte lo que hice yo. No estoy orgulloso de todo lo que pasó aquella noche. Pero tampoco lo cambiaría.

Me llamo Mateo, tengo veintiocho años, último semestre de Comunicación. Buena estatura, gimnasio cuatro veces por semana, una verga que nunca me dio quejas. Salía desde hacía casi dos años con Daniela, una chica menuda de pelo largo y oscuro, con un culo trabajado a base de sentadillas y una sonrisa que me desarmaba en cualquier discusión. Cogíamos como animales en cualquier rincón donde nos diera tiempo: el baño de un restaurante, el coche, la cocina de su casa cuando sus padres se iban al cine. Estábamos bien. Estábamos demasiado bien.

Y entonces apareció Iván.

Lo había conocido en un taller de teatro a comienzos del semestre. Daniela me lo presentó una tarde de café como «mi mejor amigo, es gay, te va a encantar». Tenía la pinta: voz suave, gestos cuidados, ropa pegada al cuerpo, el pelo siempre acomodado con algo de gel. Yo le creí, porque para qué iba a mentir, ¿no? Pero cada vez que armábamos un plan — cine, asado, escapada a la finca de un amigo —, Daniela lo invitaba sin preguntarme. Y cada vez que estábamos los tres, algo se rompía. Una palabra mía malinterpretada, un comentario suyo que parecía inocente, y ya estábamos discutiendo antes de que terminara la noche.

Lo que más me jodía era la cara que ponía Iván cuando ella se iba enojada conmigo. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible. La cara del que está esperando su turno.

No estoy loco, me repetía. No me lo estoy inventando.

***

El sábado anterior al examen final caí en un bar del centro al que nunca iba — uno de esos sitios oscuros con sillones de cuero gastado y música baja. Necesitaba un trago y silencio. Pedí un whisky en la barra y, cuando me giré buscando dónde sentarme, lo vi.

Iván. En una mesa del fondo. Con una chica que no conocía.

No me vio. Estaba demasiado concentrado, gesticulando, hablando alto. Me senté en la mesa de al lado, de espaldas a la suya, con la capucha puesta. Pedí otro whisky para no levantar sospechas. Y escuché.

—Te juro que estoy a punto —decía él—. Una semana, dos como mucho. Está harta del tipo ese.

—¿A punto de qué? —preguntó ella, aburrida.

—De cogérmela. ¿De qué va a ser? A Dani.

Sentí el vaso pesarme en la mano.

—¿La del novio?

—Sí, la del idiota. Llevan semanas peleando. Cada vez que salimos los tres dejo caer alguna cosita, un comentario, una mirada en el momento justo, y ya está. Listo el escándalo.

—Ajá. ¿Y haces de amigo gay para qué? ¿Para que confíe en ti? Eso es jugar sucio, Iván.

—Es jugar bien. Confía en mí más que en él. Me cuenta cosas que no le cuenta a nadie. Cuando termine con el tipo, voy a estar ahí. Y la voy a coger como se merece, no como ese imbécil que ni le dura.

—Cuidado con el karma.

—El karma me lo paso por los huevos.

Ahí me levanté. Dejé el whisky a la mitad, un billete en la barra, y salí sin que ninguno notara que yo había estado a tres metros de su mesa. Caminé hasta el coche temblando. No de miedo. De rabia.

De camino a casa pensé en mil cosas. En enfrentarlo. En grabarlo. En contárselo a Daniela y mostrárselo. Pero ninguna de esas opciones me dejaba como yo quería quedar. No quería ganar una discusión. Quería que Iván aprendiera quién mandaba. Y quería que lo aprendiera en su propio terreno, con su propia trampa volteada contra él.

***

El viernes siguiente era la fiesta de fin de carrera. Dos pisos de una casa alquilada en las afueras, barra libre, música de la facultad, gente que no veíamos hacía meses. Daniela me había confirmado que Iván iba a estar. Perfecto.

Esa semana llamé a Adrián.

Adrián era un conocido del gimnasio, un tipo grande, espaldón, con una sonrisa que no se le borraba ni cuando estaba serio. Hacía ese trabajo desde hacía años — servicios para hombres, para mujeres, para parejas. No le importaba el público; le importaba que pagaran bien y a tiempo. Lo cité en una cafetería y le conté lo que quería: un escarmiento. Sin lesiones, sin marcas visibles, sin nada que se pudiera denunciar después. Solo una lección que el chico no se olvidara nunca.

—¿Y el tipo va a querer? —preguntó Adrián, removiendo el café.

—El tipo va a estar en condiciones de no querer y aceptar igual. Eso lo dejas en mis manos.

Adrián me miró un largo rato. Después sonrió.

—Me caes bien, Mateo. Contá conmigo.

***

El sábado por la noche llegamos a la fiesta cerca de las diez. Daniela iba con un vestido negro corto que le marcaba todo y, por primera vez en semanas, yo no le quitaba ojo. Iván ya estaba ahí cuando entramos. Me tendió la mano con esa sonrisa suya y casi se la arranco de un mordisco. Pero respiré. Sonreí. Lo abracé como a un amigo de toda la vida.

—Qué bueno verte, Iván.

—Igualmente, hermano. Igualmente.

Antes de la fiesta había hablado con Daniela. La había llamado el miércoles, le había pedido disculpas por todas las peleas absurdas de las últimas semanas, le había dicho que la quería como nunca y que iba a hacer las cosas mejor. Ella se derritió. No solo me perdonó. Esa noche en la fiesta no me soltaba la mano ni para ir al baño.

Iván nos miraba desde su rincón con cara de funeral.

Esto recién empieza, amigo.

Daniela me había dicho varias veces, riéndose, que a Iván se le subían las copas rapidísimo. Que con tres ya estaba mareado, con cinco ya no se sostenía. Yo me hice cargo del bar esa noche. Le acerqué un vodka tónica y le dije que invitaba yo. Después otro. Después otro con más vodka que tónica. Después un chupito. Y otro. Y él, encantado de que por fin le diera trato de amigo de verdad, aceptaba todo lo que le acercaba.

A la una de la madrugada Iván se reía solo, apoyado en la pared del pasillo, con los ojos vidriosos. Adrián, que había llegado hacía media hora vestido de civil y se había ubicado cerca de la barra como un invitado más, intercambió una mirada conmigo. Yo asentí.

—Eh, amigo —se acercó Adrián a Iván—. ¿Estás bien? Te veo medio mareado. ¿Te ayudo a recostarte un rato arriba?

Iván, con los ojos perdidos, asintió.

—Gra... gracias, hermano.

Subieron al segundo piso. Yo le dije a Daniela que iba al baño y subí cinco minutos después, en silencio, por la escalera del fondo. Crucé el pasillo. La puerta del cuarto del final estaba entreabierta. Me asomé.

***

Lo que vi me confirmó que Adrián era un profesional.

Iván estaba arrodillado en el suelo, completamente desnudo, con las muñecas atadas a los pies de la cama con su propia camisa hecha jirones de nudos. La cabeza le colgaba hacia adelante, el pelo cayéndole sobre los ojos. Adrián, de pie frente a él, con los pantalones bajados y la verga afuera — gruesa, dura, levantada en línea recta —, le sostenía el mentón con dos dedos.

—Abrí la boca, putita. Vamos.

Iván abrió. Adrián le metió la verga de un empujón hasta la garganta. Iván tosió, se atragantó, y Adrián le dio una palmada en la mejilla, casi cariñosa.

—Tranquila. Respirá por la nariz. Así. Eso es. Buena puta.

Le agarró el pelo con una mano y empezó a follarle la boca en serio, sin pausa, marcando él el ritmo. Iván trataba de seguirle, pero el alcohol lo tenía blando. Hacía ruidos como un animal pequeño, sumiso, ahogado. Yo entré al cuarto. Cerré la puerta detrás de mí. Me apoyé contra ella sin hacer ruido.

Adrián me miró por encima del hombro y sonrió. No interrumpió el ritmo. Cuando le sacó la verga de la boca a Iván, lo levantó del pelo, lo puso de pie y lo empujó contra la cama, boca abajo, con el culo al aire. Le ató cada muñeca a un poste distinto de la cabecera. Después le metió en la boca el calzoncillo del propio Iván, hecho un nudo, como mordaza.

Sacó del bolsillo de la chaqueta un sobre de lubricante y un preservativo.

—¿Te vas a portar bien o te tengo que enseñar? —le preguntó Adrián mientras se untaba los dedos.

Iván intentó decir algo. Solo salieron sílabas amordazadas. Adrián le metió un dedo. Iván gimió, se sacudió. Adrián metió un segundo. Iván volvió a gemir, esta vez más largo, más raro, como si la rabia y el alcohol y otra cosa se le mezclaran en la misma garganta.

—Mirá nada más. Si esto te gusta.

Cuando lo sintió listo, Adrián se puso el preservativo, se untó bien, le agarró las caderas a Iván y empujó. Iván gritó contra la mordaza. Adrián entró hasta el fondo de una sola embestida.

—Apretadita la putita —dijo Adrián, sonriendo—. Tranquila. Ya te va a gustar.

Iván sacudía la cabeza, trataba de soltarse, trataba de cerrar las piernas. Adrián lo dejó quieto, hundido hasta el fondo, esperando a que se acostumbrara. Le pasó la mano por la espalda como quien acaricia a un perro asustado. Y empezó a moverse: despacio al principio, casi suave, dejando que sintiera cada centímetro.

A los pocos minutos Iván dejó de moverse en sentido contrario. Después empezó a moverse en otro — hacia atrás, contra Adrián, ofreciéndose sin querer admitirlo. Los gritos se volvieron gemidos. Los gemidos se volvieron más agudos, más entregados. Su propia verga, contra la sábana, se le había puesto dura otra vez. Adrián lo agarró del pelo, le levantó la cabeza, le habló al oído lo bastante fuerte para que yo lo oyera desde la puerta.

—Mirá a la puta. Se enamoró.

Adrián empezó a embestir más fuerte. La cama crujía en cada empuje. La mordaza ahogaba unos sonidos que ya no eran de protesta, eran de otra cosa. Iván se vino contra la sábana sin que nadie le tocara la verga. Adrián siguió. Lo embistió hasta que Iván volvió a venirse, esta vez con un gemido roto, agotado, casi adolescente. Adrián se sacó, se quitó el preservativo, lo tiró al piso, le abrió las nalgas a Iván con las dos manos y se vino encima, marcándolo. Después le pasó dos dedos por la espalda, untándole el semen, como una firma.

***

Yo me adelanté. Le desaté las muñecas. Le quité la mordaza. Iván tardó unos segundos en enfocar la mirada. Cuando me vio, abrió mucho los ojos. Quiso hablar. No le salió.

—Te hacías el amigo gay para meterte en la cama de Daniela —le dije, agachado junto a la cama, sin levantar la voz—. Resulta que la puta eras tú. Que duermas bien, Iván.

Le dejé caer en la mano un billete arrugado, propina simbólica. Adrián, terminándose de subir el pantalón, le pasó por encima una tarjeta con un número.

—Fuiste una putita de primera —le dijo, en serio, sin sarcasmo—. Si querés repetir, llamame cuando quieras.

Salimos del cuarto. Cerré la puerta. Bajé las escaleras tranquilo, como si volviera del baño. Daniela me recibió con un beso, preguntándome si estaba bien. Le dije que sí, que se me había revuelto algo del último trago. Adrián pasó después por el living, le dijo a Daniela que había visto a Iván dormido arriba, que mejor lo dejaran descansar la borrachera. Ella se quedó tranquila. Yo me quedé tranquilo.

Esa noche, cuando la llevé a su casa, Daniela seguía con la calentura de la fiesta y yo seguía con la adrenalina de lo que había pasado arriba. La cogí en el sofá de la sala con sus padres durmiendo en el cuarto de al lado. La cogí dos veces más antes del amanecer. Nunca me había venido tanto en una sola noche, ni había estado tan duro tantas horas seguidas.

***

Las semanas siguientes fueron una rareza calmada. Iván seguía siendo amigo de Daniela. Yo lo saludaba cordial, le ofrecía cerveza, le preguntaba por sus exámenes. Él respondía con monosílabos y no me miraba a los ojos. Daniela comentó una vez que lo notaba raro, distante, que se le habían bajado las ganas de salir con nosotros. Yo me encogí de hombros: «se le pasará».

Adrián me llamó tres semanas después, riéndose por teléfono.

—Tu amigo me marca cada dos días, Mateo. Tengo a una putita nueva en la agenda. Te lo agradezco.

Lo del karma resultó ser cierto. Solo que el karma a veces lo escribe uno mismo, con muy mala letra, y le pide a un amigo del gimnasio que lo firme.

Terminamos la carrera unos meses después. Daniela y yo seguimos juntos un par de años más, hasta que la vida nos llevó a ciudades distintas y todo se diluyó como suele diluirse lo bueno cuando deja de pelearlo nadie. Iván desapareció de nuestras vidas tan suavemente como había aparecido. La última vez que supe de él, alguien me dijo que estaba saliendo con un chico mayor. Un tipo grande, espaldón, con sonrisa que no se le borraba. No pregunté el nombre.

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Comentarios (1)

Fede1985

Tremendo giro argumental, no me lo esperaba para nada. Excelente!!

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