El cuarto día atado en su villa del Adriático
El cielo sobre el mar Adriático había amanecido plomizo. Desde la ventana del cuarto principal, la línea del horizonte parecía una placa de hierro mojado, sin sol, sin promesa. Por dentro me sentía exactamente igual: pesado, gris, cargado de algo que todavía no terminaba de quebrarse.
Llevaba dormido de lado, con la mejilla pegada a la sábana húmeda de sudor seco. Por primera vez en cuatro días, abrí los ojos sin sentir náuseas inmediatas. Solo un cansancio profundo, casi resignado, como si el cuerpo hubiera aceptado vivir bajo el agua. El culo me dolía menos que el día anterior, pero a cambio había aparecido una sensibilidad nueva, extraña, una especie de eco caliente que se quedaba latiendo más adentro.
Mi cuerpo está empezando a recordar la forma de Dario.
Ese pensamiento me revolvió el estómago más que el semen seco que todavía tenía pegado entre los muslos.
Me levanté despacio. Las marcas del cuello, que el primer día habían sido casi negras, hoy tenían un tono verdoso, sucio, como de fruta vieja. En el espejo del baño ya no veía a un desconocido. Veía a alguien que estaba cambiando, y eso era peor. Los ojos verdes seguían hinchados, pero detrás había otra cosa. Menos sorpresa. Más vergüenza vieja, acumulada, como polvo asentado.
Bajé al comedor con el pelo todavía mojado.
Dario estaba de pie junto al ventanal, café en mano, mirando el mar gris. Llevaba solo un pantalón de lino negro y el torso desnudo, los tatuajes oscuros recorriéndole los hombros como hiedra antigua. Se giró al oír mis pasos descalzos sobre el suelo de mármol y sonrió con esa calma peligrosa, esa que ya había aprendido a temer más que sus gritos.
—Buenos días, Apolo. Hoy tienes mejor cara. Menos roto.
No le respondí. Me senté sin que tuviera que ordenármelo, y eso por sí solo me dio un asco silencioso. El plato ya estaba servido: fruta fresca, yogur griego espeso, dos huevos pasados por agua, un vaso de zumo de naranja recién exprimido. Esta vez cogí el tenedor sin que tuviera que insistir. No porque tuviera hambre. Porque ya sabía que resistir en lo pequeño no servía de nada, y que reservarme la rabia para lo grande era lo único que me quedaba.
Dario se sentó frente a mí y me observó masticar.
—¿Hiciste la transferencia? —pregunté, con la voz todavía ronca.
—Ya está hecha. Doce mil esta mañana. Y esta noche habrá seis mil más si te portas bien.
—¿Y qué significa para ti «portarme bien»? —Lo dije sin levantar la vista del plato.
Sonrió y se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre el mantel.
—Que dejes de fingir que no sientes nada. Que admitas, aunque solo sea para ti, que tu cuerpo está empezando a abrirse. Hoy vamos a ir más lejos.
***
Después del desayuno me llevó al dormitorio principal. La cama era enorme, de madera oscura y sábanas de lino blanco recién cambiadas. La habitación olía a mar y a esa colonia amaderada que ya me resultaba familiar de un modo que prefería no pensar.
—Desnúdate —ordenó.
Lo hice sin protestar en voz alta, aunque por dentro seguía gritando. Doblé la camiseta sobre la silla con una pulcritud absurda, como si ordenar la ropa pudiera ordenar algo más. Él lo notó y sonrió, pero no dijo nada.
Me tumbó boca arriba, con las rodillas flexionadas y abiertas. Ató mis muñecas a los postes del cabecero con cintas de seda negra, no tan apretadas como la primera noche, pero lo suficiente para que no pudiera cerrar las piernas ni empujarlo lejos. Comprobó el nudo con dos dedos, despacio, casi con cariño.
—Quiero que me mires todo el tiempo —dijo mientras se quitaba el pantalón.
Su polla ya estaba medio dura, pesada, gruesa, brillando levemente bajo la luz gris que entraba por el ventanal. Tragué saliva sin querer y él lo vio.
Se arrodilló entre mis piernas y empezó con la boca. No fue suave como el día anterior. Esta vez chupó con más hambre: lengua plana recorriendo toda la longitud, succionando la punta con un ritmo constante, metiéndose casi hasta la garganta sin pausa. Mis caderas se sacudieron involuntariamente. Mi polla se endureció mucho más rápido que el día anterior. En menos de cinco minutos ya estaba completamente erecta, palpitando contra su paladar caliente.
—Joder… para… —murmuré.
Pero la voz me sonó débil, sin convicción, casi como una pregunta. Dario levantó la mirada sin sacarse la polla de la boca y sonrió alrededor de ella. Después bajó una mano y empezó a jugar con mi entrada. Un dedo lubricado rodeó el agujero con círculos lentos, presionando apenas, calentando la piel. Cuando metió la primera falange, gemí. No era dolor puro. Había algo más. Una presión caliente que se extendía hacia dentro como una ola lenta.
Añadió un segundo dedo mientras seguía chupando. Los movió con habilidad, curvándolos, buscando. Cuando rozó la próstata con precisión quirúrgica, mi polla soltó un chorro espeso de líquido transparente que él lamió con gusto, sin dejar de mirarme.
—¿Lo sientes? —preguntó, sacando los dedos un momento y volviéndolos a meter más profundo—. Ya no duele igual. Tu culo me está chupando los dedos.
—Cállate… —jadeé.
Pero mis caderas se movieron ligeramente hacia abajo, buscando más presión, sin que mi cerebro las hubiera autorizado. Lo vi sonreír y odié esa sonrisa. Y me odié a mí mismo por haberla provocado.
Se incorporó, se untó la polla con lubricante con dos pasadas firmes y se colocó contra mi entrada. Esta vez no me pidió que bajara yo. Me abrió las piernas todavía más, me sujetó los muslos contra mi pecho y empujó. Entró de una sola embestida, hasta la mitad. Grité, pero el grito terminó en un gemido ahogado contra mi propio hombro. El ardor seguía allí, sí, pero debajo del ardor había una sensación llena, pesada, que mi cuerpo empezaba a reconocer como algo distinto al dolor.
Dario empezó a follarme con embestidas lentas pero profundas. Cada vez que salía casi por completo y volvía a entrar, mi polla saltaba contra mi abdomen, dejando rastros brillantes sobre la piel.
—Mírame —ordenó.
Lo hice. Sus ojos oscuros, casi negros, estaban clavados en los míos mientras aceleraba el ritmo poco a poco. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenaba la habitación, y por encima estaba mi propia respiración, cortada, rota. Las muñecas tiraban de las cintas, no para escapar, sino por pura tensión acumulada en los brazos.
Después de varios minutos en esa posición, se detuvo, me desató las manos y me giró boca abajo. Me levantó las caderas hasta que quedé apoyado solo en las rodillas y la cara contra la almohada. Me folló así, más fuerte, una mano firme en mi nuca y la otra clavada en la cadera. Cada embestida golpeaba directamente la próstata, sin equivocarse, como si llevara meses estudiándome y no cuatro días. Mi polla, dura como nunca, rozaba las sábanas con cada empuje y me estaba volviendo loco.
—No… no voy a correrme… —repetía entre dientes.
Era mentira y los dos lo sabíamos.
Dario se inclinó sobre mí, pecho ardiendo contra mi espalda sudada, y me habló al oído sin dejar de follarme.
—Sí que vas a correrte. Y esta vez vas a correrte porque te gusta cómo te lleno. Porque tu culo ya no quiere que pare.
Aceleró. El ritmo se volvió brutal, casi animal. Mis gemidos ya no eran solo de dolor. Eran roncos, desesperados, mezclados con jadeos que sonaban demasiado parecidos al placer como para poder negarlo después. Sentí la presión subir desde los huevos hasta la base de la polla, imparable, una marea de la que no había manera de bajarse a tiempo.
—Dario… joder…
Se me escapó su nombre sin querer. Eso pareció encenderlo más. Me agarró del pelo, que llevaba largo desde antes de todo esto, y tiró hacia atrás mientras me daba las últimas embestidas profundas. Me corrí con una fuerza que no había sentido nunca: chorros gruesos manchando las sábanas blancas, el cuerpo entero convulsionando bajo el suyo, un gemido largo y roto saliendo de mi garganta como si me hubieran arrancado algo. Casi al mismo tiempo, él se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de mí, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar contra la próstata una y otra vez.
Me derrumbé sobre la cama, temblando, semen escapando lentamente de mi culo y mi propio orgasmo pegado al vientre.
Dario se dejó caer a mi lado, respirando agitado. Me pasó la mano por la espalda sudorosa, despacio, casi con ternura, como si fuéramos amantes y no lo que éramos.
—Buen chico —murmuró—. Esta vez sí lo sentiste. Y gritaste mi nombre.
No le respondí. Tenía la cara hundida en la almohada, las lágrimas mezclándose con el sudor. Eran lágrimas de rabia, sí, y de vergüenza, pero también de algo mucho más peligroso: placer residual que todavía me hacía temblar los muslos.
***
Cuando por fin junté fuerzas para ir al baño, vi la notificación nueva en el móvil que él había dejado sobre la mesita de noche.
«+6.000,00 € recibidos – bono por entrega completa.»
Dieciocho mil euros en un solo día.
Me apoyé con las dos manos en el lavabo de mármol y me miré en el espejo. El semen de Dario me resbalaba lento por la cara interna de los muslos. Mi polla todavía estaba semierecta, hinchada. El cuello marcado, los labios partidos, el pelo revuelto. Y los ojos.
Los ojos ya no tenían solo vergüenza.
Tenían hambre.
Y eso me aterrorizó más que cualquier cosa que ese hombre me hubiera hecho hasta ese momento.