Me fui de cruising y acabé desnudo en el pasillo
Te despiertas de la siesta con una erección bestial. Llevas un rato así, con la entrepierna pesada, sintiendo el latido de la sangre acumulada bajo la sábana. Te tocas por encima del bóxer y un gemido sordo se te escapa solo. Mmmm. Estás demasiado caliente para una paja rápida en la cama y demasiado despierto para volver a dormirte.
Te incorporas. La tarde está cayendo y por la ventana entra esa luz naranja que precede al atardecer. Miras el bulto bajo la tela y piensas en alternativas. La paja no te apetece. Lo que te apetece es algo más sucio, más anónimo, más rápido. Quieres salir y que alguien te use sin preguntarte nada.
Decides ir al local de cruising que abrieron hace unos meses cerca de la avenida Castellar. Has pasado por delante varias veces sin atreverte. Hoy no piensas dudar. Te metes en la ducha, te lavas a conciencia por dentro y por fuera, te recortas un poco lo que llevas más largo, te pones unos vaqueros directamente sobre la piel y una camiseta blanca que se transparenta lo justo. Las zapatillas, sin calcetines. Llaves, móvil, cartera. Cierras la puerta.
Aparcas a dos calles. La fachada del local es discreta, una puerta negra con un cartel diminuto. Pagas la entrada, te dan una toalla pequeña y una llave de taquilla. La cuelgas de la muñeca por la goma y pasas directo al laberinto.
El pasillo está mal iluminado, con luces rojas que dejan ver las siluetas pero no las caras del todo. Huele a humo, a sudor, a desinfectante barato. Das una primera vuelta valorando el personal. Hay un cuarentón apoyado contra la pared con el rabo fuera, hay dos chicos jóvenes besándose en un rincón, hay un tipo grande con la cabeza rapada que te mira fijo y no aparta los ojos cuando pasas a su lado.
En un recodo más estrecho, te cruzas con un chico que te roza el paquete por encima del pantalón sin frenar el paso. Sólo un toque, firme, y sigue. Te giras y lo miras alejarse. Sientes que el calentón te sube otro escalón. Quieres estar desnudo ya. Quieres que vean el zorrón en el que te has convertido esta tarde.
Entras en una cabina vacía y cierras la puerta con pestillo. Te quitas la camiseta, te bajas el pantalón, te lo sacas por los pies junto con las zapatillas, y te vuelves a poner las zapatillas porque el suelo no invita. Sólo zapatillas. Cuelgas la ropa del gancho de la pared. Te miras en el espejito rayado y casi te ríes solo de lo cachondo que estás.
La cabina tiene gloryhole. Un agujero a la altura adecuada, con los bordes pulidos por el uso. Te lo piensas un segundo y lo decides. Te das la vuelta, te apoyas con las manos contra la pared y arrimas el culo al agujero. Si pasa algún macho, que se sirva. Esperas sin tocarte. Tienes la polla tan dura que prefieres no rozarla para alargar esto el máximo posible.
Pasan tres minutos, quizá cinco. Oyes pasos al otro lado del tabique. La respiración de alguien que se ha parado. Luego unos dedos. Unos dedos que te acarician la nalga, que bajan hasta el surco, que rozan tu agujero lampiño y respingón. Te dejas hacer. Cierras los ojos.
—Quieto ahí —dice una voz desde el otro lado, baja y ronca.
Te dejas mover. Pero la curiosidad puede contigo y al cabo de un minuto te giras. Quieres verle al menos lo que te va a meter. Te agachas y pegas la cara al agujero. Por el hueco aparece un rabo bonito, ni muy largo ni muy gordo, una polla limpia y simétrica con la cabeza brillante. Te lanzas. La metes entera en la boca de golpe, sin protocolo, con ganas atrasadas.
El tío gruñe algo del otro lado. Se la chupas con avidez, dejando que la saliva se te escurra por la barbilla y caiga sobre los muslos, sobre el abdomen. Recoges la baba con dos dedos y te la llevas al culo. Te lubricas a conciencia mientras sigues mamando con la otra mano. Tienes un hambre tonta de polla, una de esas que no se llenan fácil.
Cuando crees que está lo bastante mojado, te incorporas y vuelves a poner el ojete contra el agujero. Notas la cabeza, gorda y caliente, empujando. Te abres. Te muerdes el labio. El tío juega un poco: mete, saca, mete, saca, sólo la corona, hasta que se cansa o se calienta demasiado. Da una embestida más profunda, gime bajo, y notas cómo se corre dentro de ti. Caliente. Mucho. Y después… se pira. Oyes la puerta de su cabina abrirse y cerrarse.
Te quedas con las manos apoyadas en la pared, jadeando, el culo lleno de leche ajena y la polla todavía sin tocar. Mmmm, hijo de puta. Sales del trance y entiendes que esto no te ha calmado en absoluto. Te ha encendido más.
***
Descorres el pestillo y sales al pasillo. Desnudo. Sin toalla, sin nada. Sólo las zapatillas y la polla tiesa por delante, marcando el paso. Sientes las miradas inmediatamente. La adrenalina te golpea como un trago largo de algo fuerte.
Avanzas despacio. Te paras delante de otra cabina con la puerta entornada y miras dentro. Hay dos tíos. Uno está doblado contra la pared del fondo y el otro le da por detrás con un ritmo seco, sostenido. Te quedas mirando, apoyado en el marco, mordiéndote el dedo gordo sin darte cuenta.
Decides meterte en la cabina contigua, la que comparte gloryhole con esa. No tiene pestillo y la dejas a medio cerrar. Te apoyas contra la pared y arrimas el ojo al agujero. Desde aquí los ves desde otro ángulo. El que está siendo follado tiene los ojos cerrados, la boca abierta, la lengua fuera. Quiero ser él.
Detrás de ti, alguien empuja la puerta y entra. No te giras. Notas dos manos en las caderas que te empujan hacia delante, te doblan, te encajan el culo en el aire. No pregunta. Tú no preguntas. Te separa las nalgas con los pulgares y entra de una. La leche del primero le sirve de lubricante. Tu garganta suelta un gemido largo, sin filtro, que rebota en las paredes de la cabina.
Los dos de al lado paran. Se acercan al gloryhole para ver de dónde sale el ruido. Tras un segundo de silencio, uno saca su polla por el agujero, ofrecida, todavía húmeda del culo del otro. Estiras el cuello y la atrapas con la boca. Sabe a culo, a sudor, al tío al que estaba metiendo hace un minuto. Tiene ese sabor concreto, oscuro, que no se puede explicar pero que reconoces al instante.
Estás siendo follado por uno por detrás y mamando a otro por delante. Ya no eres una persona. Eres un cuerpo en medio de una cabina, una boca y un culo a disposición, y nunca te has sentido más vivo.
El de atrás aprieta el ritmo. Notas cómo se le hincha la polla en tus entrañas, cómo bombea más rápido, más sordo, hasta que descarga dentro de ti con un gruñido contenido. Te llena. Se queda quieto un instante, respirando contra tu nuca, y se retira. Otra leche que se queda contigo. Oyes la puerta otra vez. Se ha ido. Ni le has visto la cara.
Sin esperar a recuperarte, te giras y te clavas tú a la polla que tenías en la boca, esa que sigue asomada por el agujero. Es más gorda que las dos anteriores. Te abre. Joder, sí. Por fin. Te apoyas con las dos manos en la pared del gloryhole y empiezas a moverte tú, follándote tú a ti mismo en ese rabo que sale del tabique.
Dos tíos más empujan la puerta de la cabina y entran. No los habías visto venir. Entran con la polla fuera, sin hablar, como si esto fuera un acuerdo tácito. Uno se pone delante de ti, el otro a tu lado. Sin soltar el rabo del agujero, alargas la mano y agarras al de al lado. Al de delante te lo metes en la boca. Estás haciéndote cargo de tres pollas a la vez mientras tu culo se balancea sobre la cuarta que asoma del tabique.
El del gloryhole se corre primero, dentro. Te llena por tercera vez en la misma tarde. Y, casi a la vez, sin haberte tocado la polla en mucho rato, te corres tú también, sin avisar, sin gestionarlo. La leche te sale a chorros gruesos sobre las baldosas, sobre tus pies, sobre las zapatillas. Gimes con la boca llena. El de delante te empuja el cráneo y eyacula contra tu paladar. No te da tiempo a tragar todo: parte cae por la comisura, espesa.
***
Te quedas en cuclillas. Te quedan los dos de los lados con la polla en la mano: el de delante apenas se ha movido, el otro no se ha corrido todavía. Alternas. Una mamada y luego la otra, a veces intentando juntar las dos cabezas en la boca, una apretada contra otra. Las babas te resbalan por el mentón y caen sobre los muslos. Sin que apenas te muevas, del culo te van saliendo las corridas anteriores en hilos calientes que bajan por la cara interna del muslo hasta el suelo. Se mezclan ahí con la tuya. Un pequeño charco de semen empieza a formarse entre tus zapatillas.
Te recreas. Ya no tienes prisa. Estás en el punto exacto en el que el calentón se ha aflojado lo justo para que puedas saborear cada cosa con calma. Lames los cojones del de la derecha, subes por el tronco del de la izquierda, vuelves a bajar. Pides con la mirada, no con la voz. Ellos saben lo que tienen que hacer.
Cuando se corren, lo hacen casi a la vez, uno en tu cara y el otro sobre tu pecho. Sientes la leche caliente goteándote por la barbilla, por el esternón, hacia el ombligo. Relames lo que puedes alcanzar con la lengua. El resto se desliza hacia abajo y se une al charco que ya hay en el suelo. Los dos se suben los pantalones sin decir nada y salen de la cabina.
***
Cierras la puerta por dentro. Corres la tablita de madera que tapa el gloryhole. Respiras.
Te sientas en el suelo, con la espalda contra la pared, las piernas abiertas. Te miras. Tienes leche en la cara, en el pecho, en el abdomen, en los muslos, en el charco bajo el culo. Recoges semen del suelo con dos dedos y lo subes a tu polla. La embadurnas bien, lentamente, como si fuera un aceite caro. Te embadurnas los huevos. Te embadurnas el ojete, todavía abierto y goteante.
Quieres sentir la leche de todos los machos que te han usado esta tarde en cada poro de tu sexo. No para correrte otra vez. Para llevártela puesta. Para que tu cuerpo huela a ellos durante horas.
Te vistes así, sin limpiarte. La camiseta blanca se te pega al pecho y absorbe lo que queda. Te subes el vaquero directamente sobre la piel impregnada, agradeciéndote no haberte puesto nada debajo al salir de casa. La tela se adapta a tu humedad y de pronto entiendes que vas a llevar este olor pegado al cuerpo hasta que llegues a la ducha. Bien.
Sales de la cabina con la camiseta marcada por dentro y por fuera, pero nadie te mira como si fuera raro. Aquí no lo es. Devuelves la llave de la taquilla sin haberla abierto. Empujas la puerta negra y sales al aire libre. El sol ya se ha puesto y la avenida Castellar está casi vacía. El aire fresco te golpea la piel sudada bajo la ropa.
Caminas hasta el coche. Por el camino piensas en lo que vas a hacer cuando llegues a casa. Vas a quitarte la ropa con cuidado. Vas a colgarla del cabecero de la cama, la camiseta y el vaquero, bien tendidos para que no pierdan el olor. Vas a meterte bajo las sábanas con el rastro de cuatro tíos desconocidos a treinta centímetros de la cara. Y vas a quedarte dormido sin tocarte, con el ojete todavía hinchado y los muslos pegajosos, oliendo a machos.