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Relatos Ardientes

Mi peor enemigo me folló dentro del coche destrozado

Buenas, depravados de medianoche. Soy yo otra vez, el tío con el que fantaseáis cada vez que apagáis la luz: Comodín, mercenario, leyenda viva y futuro tesoro nacional.

Sé perfectamente a qué habéis venido, así que me ahorro el rollo y vamos al grano, que tenéis una mano ocupada y la otra impaciente. Esto va a ser rápido, sucio y memorable.

Resumen exprés para los que llegáis tarde: llevo años persiguiendo a un cabrón que no se muere ni a tiros. Literalmente. Se llama Caín, mide lo que un armario ropero, gruñe en lugar de hablar y tiene un esqueleto forrado de metal y unas cuchillas que le salen de los antebrazos cada vez que se enfada. Y se enfada siempre.

Lo necesitaba para un trabajito muy bien pagado, así que lo encontré hundido y borracho en un antro de carretera, lo convencí con mis encantos habituales —es decir, mintiéndole— y nos largamos en un sedán familiar destartalado que alguien había tenido la mala suerte de aparcar mal.

El problema vino cuando, ya en marcha, se me escapó un detallito. Que igual le había mentido. Un poquito de nada. Lo justo para que a ese armario con patas se le cruzaran todos los cables.

Él dijo cosas, como que mi último novio besaba mejor que peleaba.

Y yo hice cosas, como meterle un puñetazo en plena cara.

La cosa, como podréis imaginar, no terminó nada bien.

***

La pelea siguió dentro del coche, al ritmo de una balada empalagosa que la radio había decidido escupir en el peor momento. Comodín lanzó a Caín contra el parabrisas y este lo atravesó de cabeza, pero se levantó de un salto, sacó las cuchillas de los antebrazos y se abalanzó de nuevo sobre el vehículo.

Clavó las hojas en el capó para impulsarse y la inercia hizo saltar el airbag, que reventó en la cara de Comodín como una bofetada del destino. Para cuando consiguió apartarlo, Caín ya estaba encima, gruñendo, con los dientes apretados.

Rodaron por los asientos hechos una maraña de codos y rodillas. Comodín vio a su rival sonreír —todo un acontecimiento— justo antes de lanzarlo a través del techo solar y verlo caer como un fardo contra el suelo del descampado.

—Lo retiro —dijo Comodín, acomodándose en el asiento trasero—. Este cacharro tiene su gracia. Lástima que tú folles peor de lo que conduces.

—Esto no ha hecho más que empezar —replicó Caín desde fuera, haciéndole un gesto con dos dedos para que volviera a entrar.

Comodín, picado en su orgullo, soltó las dagas que llevaba a la espalda y se lanzó de nuevo dentro del coche, dispuesto a darle guerra a ese bestia hipertrofiado. Mal plan. Caín lo agarró del cuello y lo estampó contra la luna trasera, que estalló en mil pedazos sobre la tapicería.

El sedán se balanceaba con cada hostia que se metían ahí dentro, chirriando sobre sus amortiguadores como si estuviera vivo y arrepentido de existir. Comodín consiguió colar una patada que mandó a Caín contra el salpicadero y, de paso, calló la radio de un golpe seco.

—¿Ves? —jadeó Comodín—. Hasta el coche prefiere el silencio cuando estás tú.

Caín no contestó. Volvió al ataque a base de puños mientras el vehículo se sacudía como si lo estuvieran follando por detrás a base de bien. Comodín consiguió, en un descuido, agarrarlo de la cabeza, ponerlo boca arriba con las piernas abiertas y plantarle el culo en la cara.

—¡Bomba de azufre! —anunció, orgulloso.

El gruñido que soltó Caín no fue de rabia, fue de asco puro. Apartó la cara con una arcada y aprovechó Comodín para soltarle una patada que lo devolvió contra el volante.

—Tener un olfato tan fino tiene sus pegas, ¿eh, pichoncito? —se rió—. Las legumbres de ayer dan un toque especial.

—Eres lo más repugnante que he conocido —masculló Caín, enseñando los dientes.

—Y aún no me has visto desnudo.

Logan —perdón, Caín— gruñó y se abalanzó sobre él, lloviéndole puñetazos. Comodín le devolvió cada golpe entre carcajadas, hasta que en una de las vueltas vio una de sus propias dagas brillando sobre el asiento. La cogió. Y se la clavó a Caín en pleno culo, atravesándole el pantalón táctico y la carne.

—¡Aaah, cabrón! —rugió Caín, sintiendo la hoja salir de su cuerpo mientras se llevaba la mano atrás—. Me has agujereado el pantalón.

—Considéralo un piropo —dijo Comodín—. No se te da bien lo de ser galante. ¿Vas a darme por detrás sin invitarme antes a cenar siquiera?

Caín se quedó muy quieto. Algo cambió en su mirada, una mezcla de rabia y otra cosa más espesa y caliente.

—Cállate ya, joder —dijo con voz ronca, acercándose por detrás—. Voy a reventarte. Y lo peor de todo es que vas a disfrutarlo.

Se bajó la cremallera y su polla emergió grande, dura y venosa, con el capullo enrojecido y un hilo brillante asomando en la punta. Escupió sobre ella y se la frotó despacio, sin prisa, mientras Comodín sentía el peso de aquel rabo buscándole el sitio entre las nalgas.

—Seguro que sí... mmm —ronroneó Comodín—. Dámelo todo, papi. Aunque deberías saber que últimamente tengo una relación muy estable con mi mano derecha y...

—Cierra el pico —cortó Caín. Y empujó.

—¡Hostia! —gimió Comodín, esta vez sin una sola broma preparada, sintiendo cómo aquel pollón le llenaba el culo hasta el fondo y sin pizca de delicadeza.

***

Caín empezó a moverse despacio y enseguida aceleró, embistiendo con fuerza, gruñendo a cada empellón como un animal dentro del coche destrozado. Movía las caderas a un ritmo demencial y Comodín recibía cada estocada sin hacer nada más que gemir y agarrarse a lo que pillaba.

—¡Ah! ¡Mamá! —jadeó, aunque la verdad es que lo estaba pasando de maravilla.

—Bocazas... maricón... hijo de puta —gruñía Caín mientras lo taladraba, con las venas marcándose en la frente y los dientes apretados en una mueca rabiosa.

—Mira que decirme cosas bonitas, me vas a sonrojar —consiguió articular Comodín antes de que una embestida más profunda lo dejara sin aire.

Era una bestia. Pero qué bestia. Le estaba metiendo una follada que para qué. El sedán se mecía debajo de ellos sin parar, los muelles del asiento protestando con cada golpe de cadera. Caín se inclinó hacia adelante, dejó caer un escupitajo donde se unían sus cuerpos y siguió a lo suyo, arrancándole gemidos cada vez más agudos.

—¿Qué pasa, listillo? —jadeó, casi divertido—. ¿Te ha comido la lengua el gato? Venga, di algo ingenioso.

Comodín masculló algo que no se entendió. Caín volvió a clavársela hasta el fondo para dejarlo mudo, sonriendo con una sonrisa que no tenía nada de agradable.

—Te vas a enterar —murmuró.

Se echó hacia adelante, cubriéndolo con todo su cuerpo, y sin sacarle la polla le clavó las cuchillas en los costados con saña. Comodín lanzó un alarido que espantó a los pájaros del descampado.

—¡Aaaah! ¡Dios! ¡Esto es maltrato laboral! —gritó mientras sentía las heridas cerrándose solas, con la polla de Caín aún taladrándolo como si nada—. ¡Joderrr!

—Ahora ya no estás tan gracioso —gruñó Caín.

Replegó las cuchillas y dejó que la carne se curara del todo antes de salir despacio. Se incorporó de rodillas sobre los asientos, con la cabeza asomando por el techo solar reventado, y su polla quedó justo a la altura de la boca de Comodín, gorda, dura y reluciente.

—Vaya —dijo Comodín, mirándola con algo parecido a la admiración—. Veo que el esqueleto no es lo único que tienes de metal.

—Cállate y abre la boca.

—¿Ni un cumplido para mí? Has herido mis sentimientos, hombretón.

—Si te viera la cara no se me pondría dura ni con una caja de pastillas azules. A tus sentimientos que les den.

Caín le sujetó la cabeza con una mano y, sin más rodeos, se la metió en la boca de un empellón, callándolo por fin. Comodín, en lugar de resistirse, se relajó y empezó a trabajársela con la lengua, recorriendo toda la longitud, lamiendo el capullo, tragándosela hasta donde le daban las ganas y la mandíbula.

—Por lo menos así sirves para algo —comentó Caín, soltando un suspiro grave mientras le bajaba la cabeza poco a poco, hasta que los cojones le golpearon la barbilla.

—Mi héroe... mmm —ronroneó Comodín entre lametones.

—Venga —masculló Caín con impaciencia, aunque acabó suspirando de gusto cuando aquella boca habilidosa le envolvió los huevos llenándoselos de saliva.

Comodín le daba largos lengüetazos por las pelotas, disfrutando sin entusiasmo aparente, porque sabía que en cuanto el otro se confiara lo estropearía con una de las suyas. Caín lo dejó hacer, mirando el descampado desierto, sin testigos ni mirones a la vista, sujetándolo de la nuca.

—Los sueños se cumplen —suspiró Comodín, mirando hacia arriba con la polla descansándole en la cara.

Caín bajó la vista y lo pilló mirándolo embelesado. Torció el gesto.

—¿Pero qué cojones haces?

—Disfrutar de las vistas.

—No pares y traga, joder.

Y le metió la polla hasta la garganta, callándolo de nuevo, follándole la boca sin compasión y arrancándole arcadas que no le importaron lo más mínimo. Estaba demasiado a gusto con el silencio como para frenar.

Siguió un buen rato así, hasta que de un tirón brusco se la sacó, dejándola colgando frente a la cara de Comodín, completamente empapada y unida a sus labios por un hilo de saliva.

—Apártate —ladró Caín, dejándose caer de espaldas sobre los asientos abatidos.

—Ah, ya veo por dónde vas —dijo Comodín, captando la idea—. Menos mal que este cacharro es espacioso. Viejo verde.

—¿Es que no puedes callarte ni cinco minutos? Súbete y a cabalgar.

—¿A montar el poni de acero? Vale, papi.

Se colocó encima, agarrándose a esos hombros macizos, y se dejó caer despacio sobre aquella polla gorda hasta quedar cara a cara con Caín, que lo miraba entre el hartazgo y el deseo.

—Me encanta esa cara de perro rabioso —comentó Comodín, ganándose un gruñido—. ¡Buf! Esto sí que es montarse en un cohete por el...

—¡Que te calles de una vez! —cortó Caín, y empezó a embestir de abajo hacia arriba, follándoselo sin piedad para acallarlo.

—¡Oooh! ¡OOOH! ¡Joder! ¡Aaah! —gimió Comodín, rebotando sobre él, agarrado a sus hombros como a un clavo ardiendo.

Caín le respondió con un gruñido feroz, taladrándolo con la cadera y con la mirada a la vez. Movía las caderas como un poseso, reventándole el culo como si no hubiera mañana, golpeando cada vez con más fuerza mientras el asiento crujía bajo ellos con un chasquido alarmante.

—¡Hostia! Me vas a partir en dos —jadeó Comodín, y por una vez no sonaba a queja.

Caín no contestó. Aceleró todavía más, como si quisiera dejarlo inservible. La verdad es que, si lo conseguía, no lo lamentaría demasiado: era un puto bocazas insufrible. Aunque su culo se tragaba la polla como pocos, y su boca, cuando lograba cerrar el pico, tampoco estaba nada mal.

El coche entero temblaba. Comodín, en mitad del traqueteo, llevó la mano a su muslo y desenfundó la daga.

—Por cierto —dijo—. Tú sabes dar, pero ¿sabes recibir?

Y le abrió un tajo limpio desde el cuello hasta la mitad del pecho, rasgándole la camiseta táctica y la piel de un solo movimiento. La sangre brotó y esta vez fue Caín quien gritó, mientras la tela se le teñía de rojo.

—¿Qué pasa? ¿Creías que ibas a ser el único que acabaría con la ropa rota? —se rió Comodín mientras la herida se cerraba sola en segundos—. No seas llorica, solo ha sido un arañazo.

Metió los dedos en el desgarrón y tiró hasta abrir del todo la camiseta. Debajo apareció un pecho macizo, sudado y brillante, con unos pectorales como losas y un abdomen marcado en el que se podía doblar metal.

—Madre mía —dijo Comodín, sobando a gusto aquel cuerpo y pellizcándole los pezones duros como piedras—. Con estas tetas podrías sacarle un ojo a alguien. Mucho mejores que tus cuchillitas de gatito.

—Hijo de puta —gruñó Caín. Y, lejos de echarlo, lo agarró de las caderas y volvió a empotrarlo con más ganas, haciendo que el coche temblara entero.

—¡OOOH SÍ! ¡COMODÍN HA SIDO MUY MALO, PAPI! ¡Hostia! —aulló él, encantado de la vida.

Caín rugió, follándoselo como si quisiera reventar el vehículo de dentro hacia fuera. Las manos de Comodín le recorrían el abdomen empapado, le pellizcaban los pezones, lo provocaban, y el gruñido a cada embestida era cada vez más profundo, más animal.

—Venga, viejo, hazme sudar —jadeó Comodín—. Tengo la polla a punto de estallar.

Eso lo encendió del todo. Apretó los dientes y le dio a plena potencia, golpeando el asiento con cada cadereo, oyendo cómo aquel cabrón rugía de placer a cada estocada. Comodín miró al cielo a través del techo reventado, gimiendo sin parar.

—¡Dámelo todo! —pidió.

El asiento cedió con un crujido seco. Caín sintió la polla hincharse dentro de aquel culo caliente, palpitando, y con un alarido que retumbó en el descampado empezó a vaciarse, chorro tras chorro, caliente y abundante. Por primera vez en toda la noche, Comodín no lo arruinó con un chiste: gimió, se corrió dentro de su propio traje y se dejó caer sobre aquel pecho de acero.

Durante un instante los dos guardaron silencio, respirando agitados entre el olor a semen, sudor, sangre y tapicería destrozada. A Caín le gustaba ese silencio. Quería disfrutarlo el máximo posible.

No duró mucho.

—Un sueño hecho realidad —murmuró Comodín, pasándole la mano por los abdominales—. Con estos pezones podrías criar a una manada entera, colega.

Y ya estaba todo estropeado otra vez.

—Quítate de encima, joder —gruñó Caín, sacándoselo de un empujón y mandándolo contra la puerta.

***

Y hasta aquí, depravados. ¿A que ha valido la pena esperar?

No sabéis lo que es que os reviente el mismísimo Caín dentro de un coche hecho chatarra, y, como habréis comprobado, el esqueleto no es lo único que tiene de metal. Seguro que os morís de envidia porque un servidor ha podido disfrutar de ese pedazo de bestia, de esos músculos calientes y empapados de sudor, mientras a vosotros os toca conformaros con la imaginación y la mano de siempre.

—Me he corrido del gusto —declaró Comodín, dejándose caer de nuevo sobre el pecho desnudo de Caín.

—Mejor. Porque yo no repito. Y menos contigo.

—Por el amor de... —se incorporó, fingiéndose ofendido—. ¿Por qué tienes que ser tan cerrado? No soy un objeto, tengo sentimientos.

—Cállate de una vez —cortó Caín, y le soltó un puñetazo que lo dejó inconsciente—. Por fin, silencio.

Aun así, también él respiraba pesado, agotado. Se quedó frito junto a Comodín en el sedán destrozado, sobre la tapicería rota y los cristales, sin importarle nada el desastre.

Alguien los observaba desde la oscuridad del descampado.

Pero esa, amigos, es otra historia.

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Comentarios (5)

HernanB77

increible!!! me dejo pegado a la pantalla desde la primera linea hasta el final

Guille_CBA

Por favor escribí la segunda parte, necesito saber qué pasó después entre los dos jaja

LucasBsAs

La tensión que se construye antes del momento fuerte es lo que más me gustó. Se siente real, no forzado.

Ferchu77

jajaja el escenario del coche es un detalle que no esperaba para nada, le suma un montón al relato

MatiasC77

Me recuerda a una situación parecida que tuve con alguien que no me caia para nada bien. Esas cosas pasan más de lo que la gente cree jaja

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