Mi mujer me dejó y un extraño tocó mi puerta esa noche
Cumplía cuarenta y tres años aquel sábado y la casa olía a flores muertas. Camila se había llevado dos maletas tres semanas atrás y solo dejó una nota corta sobre la encimera: «No te odio. No me esperes». Eso fue todo. Mi hija Mariana llamaba cada dos horas para asegurarse de que no estuviera tomando demasiado, y mi cuñada me había mandado un ramo de aguardiente que se enfriaba sin testigos en el congelador.
Llevaba puesta la misma camisa desde el mediodía cuando sonó el timbre. Pensé que era el repartidor con la pizza que ni siquiera había pedido. Abrí y me encontré con un hombre alto, de unos cincuenta, con el pelo gris muy corto y los ojos del color del agua sucia. Sostenía una botella de vodka ruso en una mano y un cigarrillo apagado en la otra.
—Buenas noches —dijo—. Me llamo Sebastián Quintero. Soy amigo de Camila. Imagino que ella le habló de mí.
No me había hablado de él. No me había hablado de nadie. Lo dejé pasar igual, porque después de tres semanas de silencio cualquier ruido era una limosna.
Nos sentamos en la terraza, frente a la sabana negra y las luces lejanas de la avenida. Él fumaba un tabaco amargo y yo bebía aguardiente directo de la copa. Tardamos veinte minutos en hablar de algo que no fuera el clima.
—Vine porque ella no se va a explicar —dijo al fin—. Y usted merece saberlo, aunque no le guste.
—¿Saber qué, exactamente?
—Por qué se fue. Por qué no va a volver. Quién soy yo en todo esto.
Apagó el cigarrillo en una maceta y me miró sin pestañear. Yo me serví otro trago para tener algo que hacer con las manos.
—Empiece por usted —le dije—. Cuénteme cómo conoció a Camila.
Sebastián sonrió de medio lado, y por primera vez aquella noche tuve la sensación de estar hablando con alguien que ya había ensayado el diálogo en el carro, frente al espejo retrovisor, antes de bajarse.
—Para entender lo de ella, primero tiene que entender lo mío. ¿Tiene paciencia?
Tenía toda la paciencia del mundo y ninguna salida.
***
Me contó que se había criado en un barrio de Cali, en una calle de casas inglesas alineadas como soldados. Que muy jovencito se enamoró por primera vez de una niña flaquita que vivía enfrente, hija de la mujer que ayudaba con el aseo, y que nunca se le declaró por timidez. Que su padre, harto de aquel coqueteo silencioso, lo metió en un seminario en Cartagena para que se le pasara la tontería.
—En el seminario me enamoré otra vez —dijo, con la voz tranquila—. Pero esta vez de un compañero mayor. Tomás. Veinte años, moreno, ojos grises, jugador de baloncesto. Lo deseé desde el primer mes y me odié por hacerlo.
Hizo una pausa para servirse vodka. Yo no dije nada. No tenía nada que decir.
—Un sábado por la tarde fui a su cuarto a que me explicara un pasaje del Evangelio. Tardamos cinco minutos en estar desnudos sobre el camastro. Cinco. Ni siquiera cerramos la puerta con seguro. Le bajé los pantalones con las manos temblando y le vi la verga por primera vez, más gruesa de lo que yo había imaginado nunca, con las venas hinchadas y la punta ya mojada. Él me agarró la nuca sin decirme nada y me empujó hacia abajo. Abrí la boca y me la metió entera de una sola embestida. Me arcadeé, me lloraron los ojos, se me cayó la saliva en el pantalón y él me sostuvo la cabeza ahí, contra su pubis, hasta que aprendí a respirar por la nariz. «Así, cura, así», me decía bajito, riéndose. Le mamé la polla durante una hora, hasta que me dejó la garganta en carne viva y se corrió tres veces, la última encima de mi cara. Después me dio la vuelta contra el catre, me escupió entre las nalgas y me metió los dedos uno a uno hasta abrirme. Cuando por fin me clavó la verga desde atrás sentí que me partía en dos, y aun así levanté el culo para que entrara más hondo. Grité contra la almohada mientras él me follaba a nervio pelado, agarrándome del pelo, diciéndome que era suyo, que ningún cura me iba a rezar lo que él me estaba haciendo. Se corrió dentro de mí. Me quedé quieto sintiendo el semen bajarme por los muslos y pensé, con una claridad de vidrio, que había encontrado a Dios de la peor manera posible.
—¿Y nadie los descubrió?
—Nadie. Yo creo que medio seminario hacía lo mismo y nadie quería ser el primero en señalar. Estuvimos juntos casi un año. Todas las tardes, después de vísperas, yo entraba en su celda o él en la mía y nos comíamos vivos hasta que sonaba la campana. Aprendí a mamar polla como se aprende un idioma nuevo. Aprendí a poner el culo sin pedir permiso. Aprendí lo que hoy sé del placer con él, sobre un colchón de crin, con un crucifijo mirándonos desde la pared. Cuando me retiré, lo dejé sin despedida. Me fui a estudiar aviación y nunca volví a saber de él. Eso me persigue todavía.
Tomé otro trago. Pensé en Camila y en lo poco que sabía de su vida antes de mí.
—¿Y cómo aparece mi mujer en este cuento?
Sebastián levantó la mirada hacia el cielo apagado.
—Le advertí que era largo. ¿Aguanta otro trago?
***
Le aguanté tres más. Me contó que después del seminario voló helicópteros por toda Colombia, que pagaba muchachos en hoteles de paso y nunca sentía nada después, que conoció a una mujer llamada Lorena en una empresa de transporte de valores y se casó con ella creyendo que el matrimonio le curaría la cabeza.
—Le fui infiel con hombres durante doce años —dijo, sin gravedad, como si recitara una factura—. En cada escala. En cada hotel. Pilotos rusos que me follaban de pie contra el lavamanos y se iban sin decir el nombre, marineros que me pagaban a mí para que me los cogiera yo, taxistas que me miraban demasiado por el retrovisor y terminaban con mi verga en la boca dentro del carro estacionado. Cuando Lorena se dio cuenta, se arrodilló frente a mí y me pidió que no la dejara, así siguiera engañándola con «esas otras». Yo creí que iba a sentir pena. Sentí asco. De mí, no de ella. Le confesé todo esa misma noche y ella pidió el divorcio antes del amanecer.
—¿Y desde entonces?
—Desde entonces no he vuelto a mentirle a nadie. Por eso estoy acá. Por eso vine.
Encendió otro cigarrillo y se quedó mirándome a través del humo. Yo entendí lo que venía sin necesidad de que lo dijera.
—Conocí a Camila hace tres años en un vuelo chárter a Aruba —dijo—. Ella iba a un congreso de modelaje. Yo le pregunté qué quería tomar y ella me contestó: «Lo mismo que esté tomando usted». Esa fue toda la conversación de ida. A la vuelta se sentó atrás del copiloto, en el jump seat, y no se movió de ahí en cuatro horas.
—¿Se acostaron?
—No esa noche. Ni la siguiente. Camila tarda. Lo sabe mejor que yo. La conquisté como me enseñó usted que se conquista, sin querer: con paciencia y mostrándole otras. Solo que en mi caso, las otras eran muchachos. Y eso, en lugar de espantarla, la enloqueció.
Sentí que se me secaba la boca. Camila siempre había sospechado de mis amigas, de las modelos de las pasarelas, de las recepcionistas del estudio. Nunca le pasó por la cabeza que el rival fuera un hombre que prefería hombres.
—Se obsesionó conmigo precisamente por eso —siguió Sebastián, como si me leyera los pensamientos—. Porque no podía competir con lo que yo le hacía a los muchachos. Porque era una frontera que nunca había cruzado. Quería estar ahí. Quería verlo. Y al final me pidió que la dejara mirar.
***
Esa parte me la contó despacio, con detalle, sin pedir permiso.
—La primera vez fue en un apartamento que tengo en Cartagena. Llevé a un muchacho del muelle, veintitrés años, joven, callado, con la espalda llena de tatuajes baratos y una sonrisa que no le iba con la cara. Camila estaba en el sillón frente a la cama, vestida con un vestido negro, descalza, con un vaso de ginebra en la mano. No la presenté. Él entendió que ella miraba y que esa era la condición. Algunos se incomodan. Este no.
Hizo una pausa. Aspiró el cigarrillo. Lo soltó hacia la noche.
—Lo desnudé sentado al borde del colchón. Le bajé el pantalón con los dientes, despacio, mirándola a ella todo el tiempo. El muchacho tenía la verga dura antes de que le tocara la piel, y cuando se la saqué del calzoncillo le colgaba pesada, gruesa, oscura, con el prepucio tirante. Me la metí en la boca hasta la garganta y le empecé a mamar mirando a Camila por encima de su ombligo. Ella no dijo una palabra durante una hora. Solo cruzaba y descruzaba las piernas y se mordía el interior de la mejilla. Vi cómo se subía la falda del vestido negro, cómo pasaba dos dedos por encima de la ropa interior, cómo empezaba a frotarse el coño sin dejar de mirarnos, la boca abierta, respirando por la boca como si le faltara el aire.
—Siga.
—El muchacho me montó en cuatro patas sobre el colchón. Me escupió en el culo, me lo abrió con los pulgares, y me metió la polla de un empujón. Grité. Camila gimió al mismo tiempo que yo, como si le hubieran entrado a ella. Me folló durísimo durante veinte minutos, con las manos en mis caderas, moviéndome como si yo pesara menos que un saco. Yo tenía la cara girada hacia el sillón, viendo a mi mujer meterse los dedos por debajo del calzón, con los ojos muy abiertos, ya sin disimulo, gimiendo alto cada vez que él me embestía hasta el fondo. En un momento se abrió el vestido de un tirón, se sacó las tetas por encima del brasier y se pellizcó los pezones con las dos manos, mordiéndose el labio hasta hacerse sangre. Cuando el muchacho terminó dentro de mí, se corrió tan hondo que sentí las contracciones. Ella se corrió al mismo tiempo, montada en su propia mano, con la boca apretada para no gritar tan fuerte. Se levantó del sillón, dejó el vaso vacío en la mesa y se fue al cuarto de huéspedes. No me habló hasta el desayuno.
—¿Y al desayuno?
—Me dijo que quería repetirlo. Pero ella en el medio.
Tragué saliva. Me dolía el estómago. Me dolía la garganta. No conseguía decidir si quería que se callara o que siguiera. Sebastián seguía sin mirarme. Hablaba para la sabana, no para mí.
—Lo hicimos seis veces en dos años. Siempre distinto. Siempre un muchacho nuevo, escogido por ella en algún bar de la ciudad vieja. La segunda vez fue distinto. Camila se desnudó apenas entró el muchacho, se acostó bocarriba en el centro de la cama y nos dijo, sin mirarnos: «Los dos, a la vez, ahora». El muchacho se le montó encima y le metió la polla en el coño de una sola estocada. Ella arqueó la espalda del colchón, se agarró de mis muslos y abrió la boca. Yo estaba de rodillas al lado de su cara. Le metí la verga entera. Se la tragó como si llevara meses esperándola. Nos coordinamos sin hablar: él la follaba abajo, yo se la metía y se la sacaba de la boca, y ella gemía con la garganta llena, ahogándose de la mejor manera. Le corrió el semen del muchacho por dentro y la mía por la barbilla, y siguió pidiendo más con la mirada. Después me pidió el culo. Le puse saliva, le puse aceite, le fui abriendo con dos dedos mientras el muchacho le mamaba las tetas. Cuando por fin le clavé la polla por atrás gritó tanto que los vecinos golpearon la pared. No paramos. Le follé el culo hasta correrme dentro y ella se corrió tres veces montada en la verga del otro. Aprendió cosas con nosotros que ningún libro le iba a enseñar. Aprendió a no tener miedo. Aprendió a pedir en voz alta lo que antes solo pensaba. Aprendió a tener dos vergas al mismo tiempo y a saber cuál era cuál con los ojos cerrados. Eso fue lo que se llevó cuando se fue de esta casa. No se llevó dinero. Se llevó lo que aprendió.
—¿Y por qué me lo cuenta?
—Porque ella no piensa volver. Y porque me pidió que se lo dijera yo. Es lo último que va a hacer por usted.
***
El teléfono vibró en el bolsillo de mi camisa. Era Mariana. «¿Sigues bien, papito?». Le contesté que sí, que estaba acompañado, que mañana hablábamos. Le mandé un beso de emoticón. Cuando levanté la vista, Sebastián estaba de pie, mirando la noche apoyado en la baranda, con la copa colgándole de la mano como si pesara más de la cuenta.
—No esperaba que me odiara menos por contárselo —dijo, sin girarse—. Solo esperaba que entendiera que no fue cobardía suya. Camila se iba a ir con o sin mí. Yo solo le abrí la puerta y le sostuve el pasamanos mientras bajaba.
Me levanté también. Caminé hasta donde él estaba. Tenía rabia, tenía aguardiente en la sangre, tenía dieciocho años de matrimonio caminándome por la espalda. No sé qué quería hacer cuando me acerqué. Pegarle. Empujarlo por encima de la baranda. Llorar contra su hombro.
No hice ninguna de las tres cosas. Me quedé a un palmo de él, mirándole los ojos del color del agua sucia, y le hice la única pregunta que me importaba.
—¿Disfrutó conmigo? Cuando estaba conmigo, en esta casa, en mi cama. ¿Disfrutó?
Sebastián me sostuvo la mirada un tiempo largo. No me mintió.
—Hasta el día en que me conoció a mí, sí. Después ya no. Después usted era el lugar donde dormía cuando volvía cansada de mi cama. Cuando usted le comía el coño ella pensaba en la verga del muchacho de turno. Cuando usted se le corría adentro ella apretaba los ojos para acordarse de cómo se corría yo en su boca. Perdóneme la crudeza. Me la pidió.
Asentí. No tenía sentido pelear contra una verdad tan limpia. Me serví otro trago, le serví otro a él, y nos quedamos los dos contra la baranda, fumando en silencio, hasta que la sabana empezó a aclararse y los perros del vecino comenzaron a ladrar como si supieran algo que nosotros no.
Antes de irse, Sebastián me dejó su número escrito en el reverso de una servilleta. No me dijo para qué. Yo tampoco le pregunté. Lo guardé en el cajón de la mesita de noche, al lado de la alianza que Camila había dejado encima del libro que estaba leyendo la tarde en que decidió irse.
Esa madrugada no apagué la luz. Me quedé mirando el techo, pensando en el muchacho del muelle, en el vestido negro de mi mujer, en las cosas que ella había pedido en voz alta a otro hombre. Me bajé los calzoncillos sin apartar la sábana y me agarré la polla, que llevaba dura desde hacía dos horas sin que yo quisiera admitirlo. Empecé despacio. Me imaginé a Camila abierta de piernas sobre esa cama de Cartagena, con la boca llena de un tipo mientras otro le partía el culo. Me imaginé al muchacho del muelle, tatuado, mirándome mientras se la clavaba a mi mujer, sin bajar los ojos. Me imaginé a Sebastián, los ojos del color del agua sucia, arrodillado entre las piernas de un desconocido, mamando con esa boca vieja de quince años de vuelos y hoteles. Me fui rápido. Terminé corriéndome contra mi propio estómago, con una arcada seca, mordiéndome el puño para no despertar a nadie que no había en la casa. Descubrí, con la mano pegajosa y la respiración cortada, que la rabia y el deseo tenían el mismo olor. Y que el número de teléfono seguía en el cajón, a treinta centímetros de mi mano.
Continuará.