Lo que mi marido me pidió en el baño del cine
Llevamos casi cuatro años casados, Iker y yo, y todavía me sigo asombrando de lo bien que encajamos. Nuestra relación funciona porque aceptamos lo que somos sin pedir disculpas. Yo necesito que alguien tome decisiones por mí, que me marque el ritmo, que me recuerde quién manda en casa. Él necesita ejercer esa autoridad como otros necesitan respirar. No fue algo que tuviéramos que negociar mucho. Lo descubrimos en las primeras semanas y desde entonces ha sido la columna que sostiene todo lo demás.
En público no hace falta explicar nada. Iker camina medio paso delante, paga las cuentas, decide los restaurantes, le pasa el brazo por el hombro a sus amigos mientras me presenta y suelta alguna frase con doble sentido que les hace reír. Me llama «mi chica» cuando salimos con sus colegas del gimnasio, y me encanta. Lo dice con cariño y con cierta provocación, sabiendo que yo me derrito por dentro cada vez. Esa diferencia que él establece entre los dos es un código privado que cuidamos. Yo tengo lo que él llama «mi conchita»; él, simplemente, tiene un culo de hombre. Los dos sabemos qué significa eso.
Iker es activo. Siempre lo ha sido y dice que jamás lo dejará de ser. No tiene curiosidad por probar lo contrario, y yo respeto eso porque entiendo que cada uno encuentra su lugar. Lo que sí tiene es un fetiche muy concreto que le cumplo casi todas las semanas: le vuelve loco que le coma el culo. Le gusta más que cualquier mamada. A veces se deja crecer todo el vello durante quince días y me obliga a hundir la cara entre su mata oscura sin previo aviso. Otras veces aparece depilado al ras, recién salido de la ducha, oliendo a jabón caro. Yo no pregunto nunca. Solo obedezco.
Aquella tarde decidimos ir al cine. Era domingo, llovía con esa lluvia espesa de finales de otoño, y no había mejor plan que pagar lo absurdo que cobran por unas palomitas y dejarse arrastrar por algún estreno mediocre. Elegimos la película de terror del momento, esa que los carteles vendían como un fenómeno generacional, pero a los diez minutos ya sabía que iba a ser una decepción. Iker bostezó dos veces. Yo intentaba concentrarme. La sala estaba a medio llenar y el aire olía a mantequilla rancia.
A los veinte minutos del comienzo, sentí su aliento en mi oreja derecha.
—Vamos al baño.
No fue una pregunta. Era esa voz baja y firme que usaba cuando había decidido algo y no aceptaba debate.
—Estoy viendo la peli —murmuré, sabiendo perfectamente que la peli no me importaba un carajo.
—¿Y a mí qué cojones me importa? —respondió en el mismo tono, sin apartar la mirada de la pantalla.
Mi entrepierna respondió antes que mi cabeza.
Me encanta cuando se pone así, cuando deja caer la cortesía y aparece esa autoridad sin filtros. Iker repitió, esta vez aún más cerca de mi oído.
—Quiero que me comas el culo. Ahora.
Nos miramos. Tiene los ojos castaños, muy oscuros, y una manera de fijarlos que no admite preguntas. Se levantó sin esperar respuesta, recogió su cazadora y bajó las escaleras de la sala. Conté hasta ciento veinte antes de seguirlo. Quería parecer un espectador cualquiera saliendo a hacer pis.
Los baños estaban casi vacíos. Una luz blanca y excesiva sobre los espejos. Recorrí la fila de cubículos. Solo uno tenía la puerta cerrada. Me acerqué y golpeé suavemente con dos nudillos, fingiendo no saber quién había dentro.
—¿Cariño? ¿Estás ahí?
La puerta se abrió un par de centímetros. Una mano me agarró por el cuello de la sudadera y me arrastró hacia adentro. El pestillo se cerró antes de que yo pudiera reaccionar. Iker me empujó contra la pared y me besó como si quisiera comerme entero: una sola vez, profundo, sin aire. Luego me empujó hacia abajo, hacia la tapa cerrada del inodoro. Me senté de golpe.
Se desabrochó el cinturón sin prisa, mirándome desde arriba con una sonrisa que conocía demasiado bien. Se bajó los vaqueros hasta los muslos y se quitó el bóxer gris desgastado. Por un instante alcancé a ver sus nalgas, redondas y firmes de tantas sentadillas, antes de que se diera la vuelta y se sentara directamente sobre mi cara. Esa semana no se había depilado.
El olor de su cuerpo me golpeó de lleno. No olía mal, nunca olía mal porque Iker era casi obsesivo con la higiene. Olía a hombre, a sudor limpio mezclado con el perfume cítrico que se había puesto al salir de casa. Hundí la nariz primero, despacio, sintiendo cómo el vello me rozaba los labios. Luego saqué la lengua y empecé a recorrerlo de abajo hacia arriba, lento, escuchando cómo su respiración se entrecortaba sobre mí.
—Joder, así —murmuró, agarrándose a la cisterna para mantener el equilibrio—. Mueve más la lengua, vamos.
Me desabroché yo también el pantalón con una sola mano. Mi polla salió dura como una piedra. Empecé a masturbarme despacio mientras seguía trabajando con él, con la lengua dando vueltas alrededor de su entrada, presionando sin llegar a entrar del todo. Iker nunca me ha dejado pasar de ese límite y eso forma parte del juego: ofrecerle algo que sabes que él controla.
—Cómemelo, maricón —gruñó—. ¿Te gusta? ¿Eh? Dime que te gusta.
Intenté responder, pero solo me salió un gemido amortiguado contra su carne. Él se rio bajo, satisfecho. Le abrí las nalgas con las dos manos para tener mejor acceso. Lamí, besé, mordisqueé. Pasé los dientes con cuidado por la curva del glúteo izquierdo y él pegó un pequeño salto que casi le hizo perder el equilibrio.
Le ayudé a recolocarse con una mano sin dejar de trabajar con la lengua. No quería separarme ni un segundo de su piel. Pero él tenía otras intenciones para esa tarde.
Se giró sobre sí mismo. De pronto tenía su polla a la altura de mi cara, dura, gruesa, con la vena marcada subiendo por debajo del glande. Sus huevos colgaban pesados, depilados al ras como a él le gustaba llevarlos. No me dio tiempo a prepararme. Me agarró la nuca con una mano y empujó hasta el fondo. Mi cabeza chocó suavemente contra los azulejos.
—Quédate quieto —ordenó.
Se folló mi boca a su propio ritmo. Iker no era cruel, pero tampoco era delicado en estos momentos. Sabía exactamente hasta dónde podía empujar sin hacerme daño. Yo intentaba mantener la lengua activa, jugar con el glande cada vez que él bajaba un poco la intensidad, exprimirle el sabor a cada embestida. De vez en cuando me dejaba descansar y me obligaba a bajar hacia sus huevos. Me los metía uno por uno en la boca y los hacía rodar sobre mi lengua. Sentía cómo un hilo de saliva me chorreaba por la barbilla y caía dentro del cuello de la sudadera, frío contra el pecho.
Cambió otra vez de posición. Esta era una de sus favoritas y yo lo sabía sin que tuviera que decirlo en voz alta.
—Al suelo.
Me deslicé desde la tapa hasta el frío de las baldosas, boca arriba, con el cuello apoyado contra la base del váter. Iker se sentó sobre mi cara con cuidado, abriendo bien las piernas para no aplastarme. Desde esa posición podía pajearse cómodamente mientras yo le seguía comiendo el culo. Era el final habitual de su rutina favorita.
Le notaba la respiración cada vez más corta. Cuando estaba a punto de correrse, a Iker le importaba poco quién pudiera oírlo. Era de las pocas veces en que se permitía perder el control del todo. Yo aceleré también el ritmo de mi propia mano. Quería terminar con él, o al menos lo más cerca posible.
—¡Joder, que me corro! —dijo en voz alta, sin filtro, sin importarle si alguien entraba al baño en ese instante.
Su esfínter se contrajo contra mi lengua. Sentí la primera descarga caliente caer sobre mi vientre, luego otra sobre mi polla. A Iker le encantaba marcarme así. Lo había dicho mil veces, siempre con la misma frase: «cuando te lleno de leche es porque eres mío». Seguí masturbándome con su semen como lubricante espeso, sin separar la lengua de él, y a los pocos segundos me corrí también, todavía tendido en el suelo del baño público con mi marido sentado encima de mí.
Se levantó como pudo, riéndose por lo bajo. Tiró del rollo de papel y, milagrosamente, había suficiente para los dos. Me ayudó a limpiarme con esos gestos torpes y tiernos que siempre aparecían después, me dio la mano para incorporarme, me ajustó el cuello de la sudadera como si no acabáramos de hacer lo que habíamos hecho.
—Me ha gustado mucho, nena. Gracias —dijo, y me dio un beso largo en la boca, sin prisa.
—De nada, mi vida.
Me dio una palmada en el culo, sonora, y abrió el pestillo. Salimos del cubículo, lavamos manos y caras en silencio compartiendo el mismo espejo, y volvimos a la sala. Llegamos justo para los últimos quince minutos de la película, los suficientes para enterarnos del final, que era tan flojo como prometía el principio. Nadie en la sala nos miró raro. Nadie podía saber.
***
Al salir del cine seguía lloviendo. Iker me pasó el brazo por encima del hombro y me llevó a una hamburguesería cercana, una de esas pequeñas con luces de neón rojas y mesas de fórmica gastada por los codos de los clientes. Me invitó a una doble con queso y patatas extra, y compartimos una cerveza fría mientras comentábamos la película.
Coincidimos en que no había estado tan mal del todo. Tres estrellas, dijo él, mojando una patata en la mayonesa. Tres y media, dije yo. Le di una patada por debajo de la mesa, suave, y él me devolvió esa sonrisa torcida que solo me dedica a mí cuando estamos solos. Fuera, los coches pasaban levantando agua sobre el bordillo. Dentro, su pierna se quedó pegada a la mía durante todo lo que nos quedaba de cena, y yo pensé, como tantas otras veces, que nadie en el mundo tenía la suerte que tenía yo.