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Relatos Ardientes

Volví a sentirme deseado en la sala de Octavio

Esta es una de esas historias que vale la pena contar. Pasó tal y como lo describo, sin adornos ni invenciones, y todavía hoy la recuerdo con la misma claridad con la que se recuerdan los momentos que cambian un orden interno.

Ya tengo cierto camino recorrido disfrutando como pasivo, y de vez en cuando me animo a vestirme de mujer, de armario, dependiendo de lo que mi acompañante busque esa noche. No es algo que ande contando por ahí; es más bien una parte mía que reservo para los pocos hombres que sabrán apreciarla sin reírse.

Siempre pido condón, incluso para el sexo oral. A muchos hombres no les gusta, lo entiendo, pero también me niego a poner en riesgo mi salud por una hora de placer. Cuando alguien me dice que sí, que él también prefiere cuidarse, sé que vale la pena seguir la conversación.

A Octavio lo conocí en una plataforma de internet. Es un señor que ronda los sesenta y ocho años. Vive solo en una zona tranquila de la ciudad, en una casa de dos plantas con cochera amplia. Amable. De los que escuchan antes de responder. No tengo ni idea de si toma algo para mantener esa erección que se carga, o si es naturaleza pura; tampoco se me ocurrió preguntarle. Lo importante es que cuando estoy con él, mi lado femenino se siente cómodo, atendido, vivo.

Ya he ido a su casa un par de veces. Quizá vuelva. Casi seguro vuelva.

Yo, por mi parte, ya pasé los cincuenta y tres. Hace algunos años perdí la capacidad de tener erecciones de verdad, y aprendí a mover el placer a otro sitio del cuerpo. Ser penetrado se convirtió en mi manera de seguir disfrutando del sexo sin frustración. Soy delgado, mido un metro sesenta y nueve y, aunque la edad llegó, mis nalgas no se rindieron del todo. Cuando me pongo en cuatro, o en setenta y uno como dice mi amigo Saúl, sé que el cuadro que ofrezco no es desagradable.

La primera vez que Octavio me escribió, todo fue claro desde el inicio. Sí al preservativo, sí a la calma, sí a tratarme con paciencia. Le expliqué que hacía muchísimo tiempo que nadie me poseía, que necesitaba ir despacio, y él respondió con una frase que terminó de convencerme.

—Vamos al ritmo que tú me pidas —escribió—. Yo tengo toda la tarde libre.

Una vez acordado todo, pedí un Uber. En el camino le pedí al chofer que me esperara afuera de una farmacia. Compré un tubo de lubricante a base de agua y una caja de condones sabor fresa. El cajero me miró sin mirarme, con la educación que se aprende a fuerza de tantos hombres mayores comprando lo mismo a la misma hora.

Mientras avanzaba el coche, mi teléfono vibraba cada cinco minutos. Octavio preguntaba por dónde iba, si ya estaba cerca, si necesitaba algo. Creo que al principio dudaba que yo apareciera. Hay quienes prometen y nunca llegan. Cuando vio en mi última ubicación que ya doblaba en su esquina, escribió: «Te abro la cochera, pasa con confianza».

***

Bajé del Uber y caminé despacio. Tengo un problema en las piernas que me obliga a moverme con cuidado, y prefiero advertirlo antes de que se note. La puerta de la cochera estaba entreabierta. Adentro, Octavio me esperaba en el umbral de la sala, con una camisa azul abierta hasta el tercer botón y un short de algodón que no escondía nada.

—Pasa, ponte cómodo —dijo, y me ofreció el brazo cuando vio que avanzaba con dificultad.

Me preguntó si así, con mi problema, podríamos tener el encuentro. Le dije que justamente a eso había venido, que no se preocupara, que solo me tuviera paciencia si en algún momento necesitaba cambiar de postura. Él asintió como quien acepta un contrato.

—No tengas prisa —contestó—. Aquí no hay reloj.

En la sala me ofreció una cerveza bien fría, una Modelo que sacó del refrigerador con la naturalidad de quien tiene el rito ensayado. Él se sirvió otra y se sentó a mi lado en el sillón largo, ese que después sería el escenario de todo. Hablamos de cualquier cosa, del tráfico, del calor absurdo que tenemos últimamente, de un vecino que canta rancheras a las once de la noche. Mientras hablaba, su mano izquierda se posó sobre mi rodilla, sin presión, casi como un descanso. Yo no la aparté.

A los veinte minutos, su mano había subido por el muslo y la mía recorría el suyo. Bajo el algodón del short se le notaba la erección, definida, prometedora, apuntando hacia su ombligo. Mi propio cuerpo respondía a su manera: el pene quieto, pero por dentro un latido que me iba calentando el ano como si me hubiera tragado una brasa.

Octavio se dio cuenta. Los hombres que han visto pasar muchas tardes como esta se dan cuenta de esas cosas.

—Ya estás listo, ¿verdad? —me preguntó al oído.

—Llevo listo desde antes de salir de mi casa —le respondí.

Empezó a desvestirme ahí mismo, en la sala. Subir las escaleras no era opción para mí y los dos lo sabíamos. Lo hizo con cuidado, dejando mi ropa doblada en el respaldo de una silla, como si después tuviera que devolvérmela en buen estado. Cuando me vio en ropa interior, me miró largo, sin prisa, como quien evalúa una pieza que ya estaba decidida pero quiere confirmar que valió la espera.

Que me mire todo lo que quiera.

Sacó una toalla limpia de un cajón cercano y la extendió sobre el sillón. Me indicó con la mano que me acostara boca abajo. Obedecí. Toda mi vida he encontrado un placer extraño en obedecer en estos momentos, en ser el cuerpo que recibe instrucciones de un hombre que sabe lo que hace.

Sus manos empezaron por la espalda baja. Eran manos grandes, ásperas en los dedos y suaves en las palmas. Fue bajando hacia mis nalgas y se tomó su tiempo recorriéndolas. Cada centímetro lo trataba con una atención que no esperaba de un primer encuentro. Cuando llegó a la raja, vertió lubricante directamente de mi tubo y lo extendió con dos dedos hasta que sentí la frescura en todo el surco.

Su dedo medio empezó a abrir camino. Despacio. Lo introdujo hasta los nudillos y lo dejó allí unos segundos antes de moverse. Después un segundo dedo. Los giraba dentro de mí, los doblaba, los abría en tijera. Mi esfínter se iba acostumbrando, se iba rindiendo. La primera punzada de molestia se transformó en algo más profundo, un calor que me hacía mover las caderas en busca de más.

—Ya, por favor —murmuré contra la toalla—. Ya méteme.

—Todavía no —dijo él, con la voz tranquila de quien ha repetido esa frase muchas veces—. Primero algo más.

Se levantó, se quitó el short y la camisa. Lo vi por primera vez completamente desnudo y entendí por qué tantos lo seguirían buscando. No era un cuerpo joven, pero era un cuerpo orgulloso, con esa erección casi perpendicular que parecía no necesitar permiso de nadie. Sacó uno de mis condones sabor fresa, lo desenvolvió y lo deslizó sobre su miembro con la precisión de quien ha hecho ese gesto miles de veces.

Me puso boca arriba. Me abrió la boca con el pulgar y entró sin avisar. La primera embestida llegó hasta el fondo de mi garganta y me hizo arquear el cuello. Casi me ahogué. En el último segundo, justo antes de que mis ojos se llenaran de lágrimas, se retiró. Me dio aire. Volvió a entrar. Aprendí el ritmo a la fuerza y muy pronto fui yo la que pedía más profundidad con las manos en sus muslos.

Un buen rato así. La sala olía a fresa artificial, a sudor, a lubricante.

***

Cuando se cansó de la boca, me acomodó de cucharita en el sillón. Volvió a aceitar mis nalgas, volvió a abrir camino con los dedos, y entonces sentí la punta presionando la entrada. Una pausa. Un suspiro. Y la primera embestida, controlada, milimétrica.

Solo entró el glande. Se detuvo. Esperó a que mi cuerpo aceptara el visitante. Luego un poco más. Luego más. Hasta que sentí sus testículos rozar mis nalgas y supe que ya estaba todo dentro.

—Respira —dijo contra mi oreja—. Eso es.

Empezó despacio. Cada embestida era un signo de puntuación distinto: una coma, después un punto, después un signo de admiración. Mis gemidos le iban marcando la velocidad. Cuando me ponía a temblar, él aceleraba. Cuando jadeaba sin palabras, se quedaba quieto dentro y giraba las caderas con una paciencia cruel.

—Ponte de cuatro —ordenó en algún momento.

Obedecí. Me apoyé sobre los codos en el respaldo del sillón, con la cara hundida en un cojín y las nalgas en alto. Octavio se colocó detrás de mí, me tomó por la cintura con las dos manos y se metió de una sola vez. Esta vez no fue gradual. Esta vez sí fue brusco, y yo lo agradecí. Lo necesitaba. Llevaba años necesitando que alguien me poseyera así, sin disculparse, sin pedir permiso entre cada centímetro.

—Cómo aprietas —dijo, casi para sí mismo.

Me poseyó durante un tiempo que perdí la cuenta de medir. Calculo unos cuarenta minutos. En esa postura, con sus caderas chocando contra las mías y sus testículos golpeándome el perineo, sentí algo que no esperaba: un calor que se acumulaba en mi pene flácido, un cosquilleo que crecía con cada arremetida. No tenía erección, pero estaba a punto de algo.

—No te vayas a venir todavía —le pedí con la voz quebrada—. Me falta poco.

—Yo aguanto —dijo él—. Tú primero.

Y entonces ocurrió. Un orgasmo en dos lugares al mismo tiempo: por dentro, en el ano, una contracción larga y caliente que me hizo morder el cojín; y por fuera, un chorro corto pero indiscutible que dejó una mancha clara en la toalla. Sin erección. Sin manos. Solo por su empuje y por la postura exacta en la que me tenía. No supe cómo describirlo entonces y todavía no sé. Solo sé que grité contra el respaldo y que él no se detuvo.

Octavio se mantuvo dentro, latiendo, esperando a que yo bajara. Cuando vio que mi cuerpo se relajaba, se retiró con cuidado, como quien desarma un mecanismo delicado.

—Ahora yo —dijo—. Pero todavía no.

Se quitó el condón usado, lo amarró, lo dejó en una servilleta. Sacó otro de la caja, se lo puso y siguió. Pero ya no buscaba lo mismo. Ahora buscaba terminar, y lo hizo en silencio, con la mirada fija en mis nalgas, con la respiración cada vez más corta. Al final se retiró sin acabar dentro. Apretó la base de su miembro con el puño cerrado y respiró hondo.

—No quiero terminar todavía —explicó—. Tal vez salgo más tarde.

Lo entendí. Lo respeté. Cada uno administra sus reservas como puede.

***

Me ayudó a levantarme, me trajo una toalla húmeda para limpiarme, me ofreció otra cerveza y nos quedamos un rato en la sala, casi sin hablar, mirando el televisor apagado. La luz de la tarde entraba por una rendija de la persiana y dibujaba una línea naranja en la alfombra. Yo tenía las piernas todavía temblorosas y una sonrisa que no me costaba sostener.

Cuando pedí mi Uber de regreso, me preguntó si volvería.

—Cuando me llames —le dije.

Y volví. Lo hice unas semanas después, y esa segunda vez tiene su propia historia, distinta, más larga y con una sorpresa que tampoco esperaba. Esa la guardo para otro día, porque merece su espacio.

Por ahora me basta con dejar esta. La de Octavio, su sillón con la toalla, mi tubo de lubricante sobre la mesa y la sensación intacta de haber vuelto a un sitio que creía perdido para siempre.

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Comentarios (4)

vikingo_lector

tremendo!! no lo pude soltar hasta el final

RobertoNoche

Me senti muy identificado con lo que contás. Hay algo muy especial en esa sensación de volver a ser deseado después de tanto tiempo. Buenisimo.

Tomas_Baires

Por favor escribí la segunda parte, quede con mil preguntas sobre lo que paso despues con Octavio

Anahi_77

que bueno, me encanto como lo narraste. Se siente real.

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