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Relatos Ardientes

El esclavo blanco de un hombre llamado Lamine

Sus padres lo llamaron Tobías porque, para la época, eran gente bastante moderna que había viajado por Kenia y Tanzania. Su madre quedó embarazada justo durante aquel viaje, y siempre contaron esa historia como si el nombre llevara dentro algo de aquel continente lejano.

Tobías fue desde niño un lector insaciable. Devoraba primero cuentos infantiles y enseguida pasó a libros más serios. En plena preadolescencia se tropezó con uno de historia que trataba sobre la esclavitud de los negros llevados desde África a las plantaciones de algodón y de caña de América. El tema lo atrapó, y siguió buscando más. Encontró después una novela histórica, ambientada en aquellos años, que hablaba de los esclavos destinados al servicio doméstico, de la extraña relación con sus dueños, de lo fieles y agradecidos que terminaban siendo por no ser usados como animales de carga y por dormir en habitaciones traseras de la casa de los señores.

Pensaba a menudo que los negros, como pueblo, jamás habían sido compensados por todo aquello que sufrieron. Y un día, casi sin querer, se imaginó la situación al revés: blancos esclavos de negros. La idea se le quedó dentro, latiendo en algún rincón. Nunca había visto a un negro en persona, solo en fotos y dibujos, porque en su pueblo no había ninguno, pero anhelaba verlos alguna vez.

Pasaron los años. Tobías tenía ya veintidós cuando vio por primera vez a un mulato, de unos cuarenta, caminando de la mano con una mujer por la calle principal. Se quedó fascinado, le costó apartar la mirada, pero al verlo acompañado terminó echándose a un lado. Más tarde supo que se llamaba Yunior y era cubano. Había conocido en el sur a una mujer blanca que se interesó claramente por él; ella estaba dispuesta a casarse y a él la visa de turista se le caducaba. Poco después del matrimonio, la mujer heredó una casa en el norte, en el pueblo de Tobías, y así regresó con su marido al lugar donde había nacido.

Al poco tiempo, Tobías vio a otro hombre caminando por las mismas calles. Al contrario del primero, este andaba siempre solo y era negro, no mulato. Muy alto, muy fuerte, de hombros anchos y manos enormes. Tenía cuarenta y cinco años, había emigrado tarde respecto a los de su edad, pero para Tobías era de una edad indefinida, imposible de calcular. Al verlo siempre solo, se atrevió a sostenerle la mirada un poco más de la cuenta y a sonreírle. Lo tenía claro: quería conocerlo.

Después de cruzárselo varias veces por la misma esquina, se decidió a soltarle un «hola». El hombre, que se llamaba Lamine, respondió con otro «hola» y una sonrisa amplia y blanca. Para él, el muchacho sentía curiosidad y nada más; sabía bien que no había otro como él en toda la zona. Pensaba que todo era inocencia del chico, y lo era. Tobías no sabía del sexo, y aunque le fascinaban los negros, jamás había construido una sola imagen mental que tuviera que ver con el deseo.

Pero de los «holas» Tobías pasó a «hola, ¿qué tal?», y día tras día avanzaban un poco más. A Lamine no le molestaba en absoluto; al contrario, le caía bien el chico. No mucho después estaban compartiendo una cola o una cerveza en un bar de la plaza. Aunque venía de una familia musulmana, Lamine no era practicante y no tenía problema con el alcohol. Entendía el español a la perfección, pero lo hablaba algo roto, con frases mal armadas, porque nunca lo había estudiado.

No habían pasado dos meses cuando Lamine lo invitó a seguir tomando algo en su casa, un estudio alquilado en las afueras. Allí el muchacho se enteró de que Lamine había llegado en patera y se había mudado a aquel pueblo por consejo de Yunior. Se habían hecho amigos en el sur: al salir un día de paseo del Centro de Internamiento, Yunior lo abordó creyendo, por error, que también salía de allí, y le preguntó cualquier cosa. Se cayeron bien de inmediato y mantuvieron el contacto incluso después de que el cubano se marchara al norte. Tiempo después, Yunior lo llamó para decirle que tenía un trabajo «por la izquierda» cerca de su pueblo y que su mujer estaba dispuesta a alquilarle un estudio a nombre de ella.

Tobías notó enseguida que el piso estaba desordenado, descuidado y no muy limpio. Se contuvo durante la primera visita. Pero en la segunda, casi por instinto, empezó a recoger cosas. Ya había suficiente confianza, así que se lo dijo directo: aquello no podía seguir así, había que ordenar y limpiar. Lamine no se molestó. Soltó una carcajada grave que retumbó en el estudio pequeño.

—Yo pensar que tú un poco nena —dijo, todavía riendo—. A las nenas gustar esas cosas.

—No… —respondió Tobías, sonriendo también, con las orejas calientes—. Pero un poco de orden y limpieza no vendrían mal. ¿Me dejas hacerlo?

—¿En serio? —Lamine se encogió de hombros—. Bueno, mejor. Si tú querer hacerlo.

El muchacho recogió la ropa tirada por el suelo, devolvió cada cosa a su lugar, lavó los platos sucios amontonados en el fregadero, barrió y pasó la fregona. No tardó mucho. Lamine no tenía apenas pertenencias, y los muebles eran los cuatro básicos de cualquier alquiler. Cuando terminó, se quedó de pie en medio del salón, contemplando su obra con una satisfacción que no sabía nombrar.

—¿Ves? Ahora está mucho mejor —dijo.

—Sí, gracias… gracias de verdad —contestó Lamine, mirando alrededor como si no reconociera su propia casa.

—No tienes que darme las gracias. Me gusta limpiar, aunque no sea una nena. —Hizo una pausa, jugando con el trapo entre las manos—. Pero te pido una cosa. ¿Me puedo dar una ducha?

—Claro. Toalla limpia en armario de baño.

El baño era tan estrecho que apenas cabía. Tobías salió con la toalla anudada a la cintura y terminó de vestirse en el salón, todavía con la piel húmeda y el pelo goteándole sobre los hombros. Sintió la mirada de Lamine antes de oír su voz.

—Tú buen culo —dijo el hombre, sin apartar los ojos—. Parecer de nena.

—Gracias —respondió Tobías, y el calor le subió de golpe a la cara.

—¿Te gusta yo decir eso?

—Bueno… —El muchacho se ajustó la toalla, ganando tiempo—. Me has elogiado el culo. Por eso te di las gracias.

Lamine se rio otra vez, esa risa honda que parecía nacerle en el pecho, y no insistió. Pero algo había quedado dicho en el aire del estudio, algo que ninguno de los dos se atrevió a tocar todavía.

Tobías volvió a su casa caminando despacio, y por el camino sentía algo distinto, una mezcla tibia de orgullo y nervios. Estaba contento de haberle ordenado y limpiado el estudio a Lamine. No sabía ni por qué le producía tanta satisfacción, pero ya pensaba en repetirlo a la primera ocasión. Quería ayudarlo en todo lo posible. «Su gente ya sufrió bastante», se decía, como si aquella idea infantil leída en un libro fuera ahora la justificación de algo mucho más íntimo.

***

Desde aquella tarde empezaron a verse casi siempre en el estudio. A ninguno de los dos le sobraba el dinero para bares. Y sin apenas darse cuenta, Lamine se fue acostumbrando a que el chico le limpiara la casa, le lavara la ropa y le ordenara cada rincón. Dejaba las cosas tiradas donde caían, sin ocuparse de nada, porque le resultaba cómodo y porque llegaba reventado del trabajo. Para él era natural; para Tobías, una especie de privilegio que no habría sabido explicar.

El muchacho casi siempre terminaba la faena con una ducha, y su culo había dejado de pasar desapercibido. A Lamine le llamaba la atención esa piel blanca, lampiña, esas nalgas firmes y redondas que contrastaban con el resto. Cada vez que lo veía salir del baño con la toalla a la cintura, lo seguía con la mirada sin disimular.

—Cada vez que tú salir de ducha, yo ver tu culo —comentó una tarde, recostado en el sofá con una cerveza en la mano—. Nalgas blancas, buenas.

—Gracias, gracias —murmuró Tobías, enrojecido, recogiendo la fregona para tener algo que hacer con las manos.

Los piropos de Lamine, siempre dirigidos a la misma parte de su cuerpo, se le quedaban grabados en la mente al chico. Los repetía solo, de noche, sin entender del todo por qué le gustaba tanto recordarlos. Se dio cuenta, casi con vergüenza, de que le gustaba gustarle. Notó en muchas ocasiones cómo aquellos ojos oscuros se demoraban en él cuando se agachaba a recoger algo del suelo, y empezó a agacharse despacio, a propósito, fingiendo que no se daba cuenta.

Solo quiero ayudarlo, se decía. Solo eso.

Pero no era solo eso, y en el fondo lo sabía. Casi sin pensarlo se compró calzoncillos nuevos, ajustados, y empezó a asegurarse de que el pantalón le marcara bien las nalgas antes de salir de casa. Se miraba de espaldas en el espejo del recibidor, girando la cintura, calculando el efecto. Después cogía las llaves y caminaba hacia el estudio de las afueras con el corazón un poco acelerado.

Iba cada vez más seguido. Cada vez se quedaba más tiempo. Y cada vez que limpiaba aquel piso ajeno, mientras Lamine lo observaba en silencio desde el sofá, Tobías sentía que estaba ocupando, despacio y por voluntad propia, un lugar que llevaba años imaginando sin atreverse a nombrarlo. Un lugar a los pies de aquel hombre enorme. Todavía no había pasado nada entre ellos. Pero los dos lo presentían, en cada mirada sostenida, en cada gracias susurrado, en cada toalla que caía un poco más abajo de lo necesario.

Aquella noche, al volver a casa, Tobías se desnudó frente al espejo y se quedó mirándose largo rato. Pensó en las manos enormes de Lamine, en su voz rota, en la palabra «culo» dicha con aquel acento. Por primera vez en su vida entendió que lo que sentía no era lástima, ni curiosidad de niño, ni una idea sacada de un libro viejo. Era deseo. Y supo, con una claridad que lo asustó y lo alivió al mismo tiempo, que la próxima vez que cruzara la puerta de aquel estudio ya no iría solo a limpiar.

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Comentarios (6)

LucasRG

Que relato tan potente, quede sin palabras. Me atrapó desde el primer parrafo.

Andres_baires

Por favor necesito saber como sigue esto!! Hay segunda parte?? No me lo puedo perder

DiegoBA

Lo lei de un tiron, se hace cortisimo. Muy bien escrito.

Ariel_Sur

Me recordó a una situación similar que viví hace tiempo, esa mezcla de fascinación y nervios es muy real. Bien logrado.

NikoCba

increible!!

Madrugador22

Lo que mas me gustó es como mostrás la psicología del protagonista, no es solo lo fisico sino tambien lo que siente por dentro. Eso lo hace diferente a otros relatos.

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