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Relatos Ardientes

Lo que pasó con Diego cuando todos se durmieron

Mis fiestas en el departamento siempre terminaban igual: alguien vomitando en el baño, parejas armando escándalo en el pasillo y un puñado de sobrevivientes esparcidos por los rincones cuando salía el sol. Esa madrugada de marzo no fue la excepción. Yo todavía aguantaba bien el ron, pero a las cuatro de la mañana decidí que ya era suficiente y me retiré a mi cuarto.

Vanessa, mi mejor amiga, llevaba dos horas perdidísima en mi cama. La había arrastrado hasta ahí cuando empezó a hablar con los muebles, y se había quedado dormida con la cara hundida en mi almohada. Me acosté a su lado pensando en dormir, nada más, pero el colchón se hundió del otro lado y supe sin mirar que era Diego.

Diego llevaba todo el semestre detrás de Vanessa. O al menos eso decía él. Cada vez que la veía en la facultad se ponía a tartamudear, le mandaba mensajes que ella nunca contestaba y me preguntaba a mí qué tenía que hacer para que le hablara. Esa noche había llegado al departamento con la excusa de saludar, pero llevaba pegado a Vanessa desde que cruzó la puerta.

Cuando ella se acurrucó contra mí en sueños y me pasó un brazo por la cintura, Diego dejó de moverse. Sentí su respiración cambiar. Lo escuché ahogar un suspiro que no era de cansancio.

—Hazte para allá —murmuró.

—Estoy bien aquí —respondí.

Empujó con la cadera contra mi espalda. La primera vez pensé que era un movimiento involuntario, de esos de quien busca acomodarse. La segunda vez sentí, con toda claridad, lo que me estaba apoyando contra los riñones. Era él, y estaba duro.

Me di vuelta tan rápido que casi despierto a Vanessa.

—Diego, estate quieto, pareces niño chiquito —le susurré.

No me hizo caso. Volvió a acercarse, esta vez con la mano. Me rozó el muslo por encima del pantalón del pijama y se quedó ahí, como esperando que yo le diera permiso o le diera un golpe. No le di ninguna de las dos cosas. Me levanté de la cama sin decir nada y caminé hasta la sala.

Él me siguió, claro.

La sala estaba vacía. Las botellas seguían en la mesa, los ceniceros llenos, el ventanal todavía abierto. Me senté en el sofá y crucé los brazos.

—¿Qué te pasa? —pregunté—. ¿No que te volvía loco Vanessa?

—Sí.

—¿Entonces?

Diego se quedó parado en medio de la sala, con las manos en los bolsillos. La luz de la lámpara le caía en la mitad de la cara. Tenía veintidós años, jugaba al fútbol en un equipo amateur de barrio y siempre parecía estar a punto de pedir disculpas por algo.

—No sé qué me gusta —dijo—. Eso es lo que me pasa.

—¿Cómo que no sabes qué te gusta?

—Las mujeres me gustan, te juro que sí. Vanessa me vuelve loco. Pero a veces miro a otro tipo y me pongo... no sé. Me pongo así. —Hizo un gesto vago hacia su entrepierna—. Y nunca lo he probado. No sé si es de verdad o si me lo estoy inventando.

Tragué saliva. Lo miré con más atención.

—¿Y por qué me lo estás contando a mí?

—Porque en clase no paras de fastidiarme. Me pegas en los huevos, te haces el gracioso. Tú no te enojarías si te lo pregunto.

—¿Si me preguntas qué?

Bajó la voz un grado más.

—Si me dejas tocarte.

***

Lo que Diego no sabía era que él no era el único con un secreto. Yo llevaba dos años viviendo solo en ese departamento porque necesitaba un espacio donde nadie me viera. Mis fines de semana, cuando mis compañeros de la facultad se iban a sus casas, los pasaba probándome la ropa interior que escondía en el último cajón de la cómoda. Tangas negras, cacheteros de encaje, un par de medias caladas que me había comprado por internet.

Me maquillaba mirando tutoriales en el celular y me tomaba fotos para subirlas a una cuenta falsa donde nadie sabía mi nombre real. Los seguidores me decían cosas que me dejaban temblando y, sin embargo, en mi vida pública seguía siendo un chico de veintidós años al que sus amigos consideraban un mujeriego.

Mi exnovia había sido la única persona en el mundo que me había visto así, y nos habíamos separado tres meses atrás. Desde entonces no se lo había contado a nadie. Y ahora Diego me estaba pidiendo algo que no era exactamente eso, pero que tocaba el mismo nervio.

—Diego, a mí me gustan las mujeres —dije, sin estar del todo convencido.

—Solo quiero probar.

—No tengo ganas de ser tu experimento.

—No es eso. —Se sentó a mi lado en el sofá. Lo sentí dudar—. Es que confío en ti.

Esa frase fue la que terminó de desarmarme. La gente no me decía cosas así. La gente me veía como el de las fiestas, el que armaba los grupos de estudio, el que tenía siempre alcohol en el congelador. Nadie me veía como alguien en quien se pudiera confiar para algo íntimo.

Lo miré. Tenía los ojos un poco rojos del cansancio y un poco brillantes del miedo. Suspiré.

—Una cosa nada más —dije—. Y nadie se entera.

Diego asintió tan rápido que casi se le cayó el pelo sobre la cara.

***

Le bajé el cierre del pantalón yo mismo, no sé por qué. Quizá porque si lo hacía él iba a tardar media hora y se me iban a enfriar las ganas. Le saqué el cinturón, le bajé los jeans hasta media pierna y dejé que él hiciera lo demás. Su sexo ya estaba duro, apoyado contra la tela del bóxer. Lo miré sin tocarlo. Diego me observaba como si esperara una nota.

—¿Está bien? —preguntó—. ¿Está bien?

—Está bien, Diego.

Lo dejé que él me tocara primero. Me hundió la mano por la cintura del pantalón, despacio, como si tuviera miedo de romper algo. Cuando me agarró se quedó quieto un segundo, sin respirar, y después empezó a moverse de arriba abajo con un ritmo tan torpe que tuve que morderme la sonrisa.

—Más despacio —le dije.

—Perdón.

—No pasa nada.

Se inclinó hacia adelante sin avisarme. Antes de que pudiera decirle que no, que a mí las mamadas no me iban del todo, que tenía la punta demasiado sensible para resistirlas más de un minuto, ya tenía la boca sobre mí. Cerré los ojos. La sensación fue rara desde el primer segundo. Ningún hombre me había hecho eso. Le faltaba técnica, le sobraba saliva, me clavaba los dientes sin querer cada cinco segundos. Y aun así, saber que era Diego el que estaba ahí, Diego el del fútbol, Diego el que me decía mariquita en broma desde primero, me prendía algo en el pecho que nada tenía que ver con el placer físico.

Me aparté antes de venirme. No quería terminar todavía.

—¿Ya? —preguntó.

—Súbete los pantalones un segundo.

—¿Por?

—Porque si seguimos así me voy a acabar y se acabó la noche. Quiero hacer otra cosa.

Diego me miró como si le hubiera ofrecido un viaje al extranjero.

***

Le pedí que se acostara en el sofá largo, boca arriba. Le quité los jeans y el bóxer. Cuando lo tuve desnudo de la cintura para abajo me di cuenta de que era mucho más grande de lo que parecía vestido. No de un tamaño absurdo, pero sí lo suficiente como para que la primera vez me preguntara cómo iba a hacer. Me arrodillé en el suelo, entre sus piernas, y antes de pensarlo demasiado se lo metí en la boca.

—Mierda —susurró Diego, levantando la cabeza—. Mierda, Luna.

Mi nombre, así dicho, en una situación así, me hizo apretar las piernas.

Yo nunca había hecho algo así. Lo había imaginado mil veces frente al espejo, con la barra de labios puesta, fingiendo con un cepillo de pelo. Pero hacerlo era otra cosa: la textura caliente, el peso, el olor a champú de hombre. Me sorprendió no tener asco. Me sorprendió más todavía descubrir que se me empezaba a hacer agua la boca, que mientras subía y bajaba la cabeza yo mismo me tocaba por encima del pantalón.

Diego no aguantó mucho. Me agarró del pelo a los dos minutos.

—Para, para, para.

Me retiré.

—Casi —dijo—. Casi me vengo.

—Sirvió, entonces.

Se rió. Una risa nerviosa, infantil. Después se incorporó y me empujó hacia atrás, hasta que me tuvo recostado en el sofá. Se quitó la camiseta. Tenía el pecho colorado, los pezones duros, una línea de pelo claro que le bajaba hasta el ombligo.

—Yo también quiero —dijo.

—¿Qué?

—Lo que tú hiciste. Quiero hacértelo bien.

Me quitó el pantalón con torpeza. Yo levantaba las caderas para ayudarlo. Cuando me dejó desnudo de la cintura para abajo se quedó mirándome, con una concentración casi cómica, y después se acomodó al revés sobre mí. Su sexo me quedó a la altura de la cara. Y ahí, en el sofá donde mis compañeros se sentaban a ver la liga los domingos, Diego y yo armamos un sesenta y nueve que ninguno de los dos había hecho jamás.

***

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Lo recuerdo a parches: el sabor salado, el muslo de Diego contra mi oreja, la lámpara dándome en los ojos, las cosquillas que me hacía la respiración entrecortada de él en la entrepierna. En algún momento dejé de pensar. Solo escuchaba mi propia boca llena, los ruidos que él iba haciendo, mis propios gemidos amortiguados.

Era ridículo. Diego no sabía lo que hacía. Yo tampoco. Y, sin embargo, la torpeza era parte del asunto. Si hubiera sido perfecto no habría sido lo que fue.

—Luna —dijo él, soltándome un segundo—. Luna, escucha.

—¿Qué?

—Se cerró la regadera.

Vanessa.

Me incorporé tan rápido que casi me golpeo la nariz con su cadera. Diego se levantó del sofá, recogió los pantalones del suelo, se metió la camiseta por la cabeza, se peinó con los dedos. Yo me subí el pijama, traté de calmar la respiración, miré la sala como si pudiera disimular el olor. El sofá estaba revuelto. Los cojines tirados. Una de las botellas se había caído sin que nos diéramos cuenta y había dejado un cerco oscuro en la madera.

—La cocina —le dije—. Vete a la cocina, sírvete agua, hazte el dormido.

Diego salió disparado. Yo me senté donde había estado antes, me apoyé los codos en las rodillas, traté de respirar despacio.

La puerta del baño se abrió justo en ese momento.

Vanessa salió con la toalla amarrada al pecho, el pelo todavía mojado, las mejillas rojas por el agua caliente. Me miró desde el otro lado de la sala. Yo no sé qué cara tenía. Algo le debió parecer raro, porque inclinó la cabeza, frunció el ceño y después puso una sonrisa que no entendí.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Todo bien.

—Te brillan los ojos.

—Es que dormí poco.

Se acercó al sofá. Pasó por delante de mí, dejándome un olor a champú y a vapor. Justo antes de entrar al cuarto se giró.

—Luna —dijo—, dile a Diego que la próxima vez cierre la puerta del cuarto cuando termine. Lo vi por la rendija del baño cuando salió.

Me quedé sin aire.

—No le diré a nadie —añadió—. Pero la próxima fiesta, hagan menos ruido.

Cerró la puerta. Yo me quedé en el sofá un rato largo, con el corazón a punto de salirse y una sonrisa que no podía controlar.

Diego volvió al rato. Le conté lo de Vanessa. Pensé que iba a entrar en pánico, pero solo se quedó callado, mirando el piso, y al final dijo: «Mejor que sea ella y nadie más».

Después de aquello volvimos a vernos varias veces, en mi cuarto y siempre con la puerta cerrada. Aprendimos cosas. Aprendimos, sobre todo, que él no era exactamente lo que pensaba que era, y que yo tampoco. Pero esa primera madrugada en el sofá, con Vanessa duchándose a tres metros y la cabeza de mi mejor amigo entre mis piernas, sigue siendo la confesión más sincera que jamás he hecho.

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Comentarios (6)

FelipeNoc

Excelente!!! muy bueno

Nicolas_BA

tremendo relato, de esos que quedan en la cabeza. se siente autentico y no se hace largo

Cris_mdp

Esas situaciones que no buscas y de repente pasan... me recordo a algo que viví hace mucho. Muy buen relato.

JaviMontreal

Queda colgado justo donde uno quiere saber mas, por favor una segunda parte o al menos contar como siguio todo

MedicoLector

Pregunta para el autor: Diego sigue en tu vida o fue solo esa noche? quede con curiosidad despues de leer

diana_78

Me encanta cuando las confesiones son honestas y directas, sin rodeos ni adornos. Sigue escribiendo así

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