Mi mejor amigo me pidió que lo hiciera esa noche
La música subía por el hueco de la escalera y se colaba por debajo de la puerta del cuarto. Era una de esas canciones viejas que ponían los adultos cuando ya habían bebido lo suficiente para no avergonzarse de bailar. Abajo, en el salón, nuestros padres y sus amigos celebraban los veinte años de casados de los padres de Adrián. Arriba, en su habitación, con el pestillo echado, yo le tenía el miembro en la mano y no me atrevía a empezar.
Estaba erecto, caliente contra mi palma. Yo subía y bajaba la piel despacio, y el glande aparecía y se escondía, aparecía y se escondía, brillante bajo la luz tenue de la lámpara del escritorio. Adrián me miraba desde arriba con esa impaciencia que yo le conocía de toda la vida, la misma cara que ponía cuando me retaba a saltar de la rama más alta o a robar cervezas del garaje de su tío.
Yo sabía exactamente lo que tenía que hacer. Lo había imaginado tantas veces que casi me daba vergüenza. Pero saberlo y hacerlo eran dos cosas distintas, y entre una y otra había un abismo que llevaba años sin animarme a cruzar.
—Nos pueden descubrir —dije, y mi voz salió más fina de lo que quería.
—No nos van a descubrir —respondió él, bajando la mano hasta mi nuca—. Hazlo.
Y lo hice. Acerqué la cara y me lo metí en la boca.
Estaba excitado, más de lo que jamás admitiría en voz alta. Llevaba demasiado tiempo deseando esto, demasiadas noches despierto inventando excusas para no pensarlo. También tenía miedo. No quería que nadie subiera y abriera la puerta y nos encontrara así, yo de rodillas, él con la cabeza echada hacia atrás. El miedo y las ganas se mezclaban en el estómago y no sabía cuál de los dos pesaba más.
Levanté la mirada sin sacármelo de la boca. Adrián tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos, y respiraba por la nariz en silencio, como si cualquier sonido pudiera delatarnos. Me sentí orgulloso. Lo estaba haciendo bien. Cerré los ojos yo también y me concentré solo en eso.
Recorrí con la lengua cada pliegue de la piel, los relieves blandos, la línea fina por debajo del glande que lo hacía estremecerse cada vez que la rozaba. Me lo metí tan profundo como pude, hasta que la garganta me avisó que era el límite, y entonces lo saqué despacio y volví a empezar. Me gustaba el sabor. Era parecido al mío, al de mis propios dedos cuando me tocaba a solas y después no me atrevía a mirarme al espejo.
Esperaba que terminara en cualquier momento. Lo deseaba con una intensidad que me asustaba. Quería sentir su sabor en el fondo de la boca, quería que me invadiera del todo. Pero Adrián no quería acabar así. De golpe me apartó la cabeza con suavidad, se incorporó y me atrajo hacia él para besarme.
Fue un beso raro, con su propio sabor todavía entre los dos, mezclándose en nuestras lenguas. Yo estaba en trance. Hacerle esto a mi mejor amigo, a la persona con la que había crecido pared con pared, era lo más excitante que había hecho en mi vida y lo sabía mientras pasaba, no después.
Nuestras caras estaban tan cerca que sentía su aliento sobre el mío, entrecortado, caliente. Entonces sus manos bajaron y empezaron a desabrocharme el pantalón. No opuse resistencia. Lo dejé hacer. La tela cayó al suelo y él me giró del hombro y me empujó hasta el borde de la cama, hasta que quedé inclinado, las manos sobre el colchón, expuesto.
—Espera —susurré, pero no era un no. Él lo entendió así.
Se escupió en la mano y empezó a repartir la saliva entre mis piernas, con los dedos torpes, apurados. Yo me quedé quieto, esperando, con el corazón golpeándome las costillas. Tenía el miembro duro y me dio vergüenza que lo viera, que supiera hasta qué punto yo también quería esto.
Se colocó detrás de mí y apoyó la punta contra mi entrada. Empujó. Mi cuerpo no cedió. Empujó otra vez, con el doble de fuerza, y tampoco. Yo apretaba sin querer, todo el cuerpo en tensión, defendiéndose de algo que al mismo tiempo deseaba.
—Relájate —me dijo al oído, con la voz ronca.
Le busqué la mano y se la apreté, intentando calmarlo a él tanto como a mí.
—Tienes que prepararme primero —murmuré—. Así no.
Él asintió contra mi nuca. Se ensalivó de nuevo los dedos y metió uno. Estaba ansioso, demasiado, y se movía dentro de mí con una prisa que dolía. Era la primera vez que alguien me tocaba así y yo sentía dos cosas a la vez, el placer asustado de estar haciéndolo por fin y el dolor de que lo hiciera tan rápido, tan brusco.
—Más despacio —le pedí, pero no me escuchó.
Metió un segundo dedo, y después un tercero, y se me escapó un gemido que no supe si era de dolor o de otra cosa. Adrián ya no podía esperar. Sacó los dedos y volvió a colocarse, y esta vez, cuando empujó, sentí que el glande empezaba a entrar de verdad. Una punzada me recorrió entero. Por instinto apreté con todas mis fuerzas para echarlo, y a él no le gustó. Volvió a embestir, más duro, pero ya no consiguió ni siquiera abrirme un poco.
Y entonces lo noté.
La música de abajo había bajado de golpe. Las risas se espaciaban. Alguien arrastraba sillas. La fiesta se estaba terminando.
—Ya casi entra —insistió Adrián, intentando montarme otra vez, sin haberlo notado todavía.
Lo rechacé con el hombro y me incorporé. Se quedó desconcertado, a medio camino, con esa expresión de quien ha estado a punto de conseguir algo y de pronto lo ve escaparse. Se acercó y quiso besarme, pero yo ya me estaba subiendo el pantalón, escuchando, atento a cada ruido de la planta de abajo.
—Vamos a hacerlo —dijo, casi suplicando.
—Ya no hay tiempo —respondí.
Oí la voz de mi padre, más cerca de lo que esperaba, diciéndole a alguien que ya era hora de marcharse. Sus pasos empezaron a subir la escalera. Adrián reaccionó por fin: corrió al baño que daba al cuarto y cerró la puerta. Yo apenas tuve tiempo de sentarme en la cama, agarrar el mando de la consola y fingir que llevaba ahí toda la noche cuando mi padre abrió.
—Es hora de irnos —me dijo desde el umbral.
—Sí —contesté, sin levantar la vista de la pantalla apagada.
Me miró un segundo, dudó, y volvió a cerrar la puerta. En cuanto sus pasos se alejaron por el pasillo, dejé el mando y fui al baño.
Adrián estaba de pie frente al lavabo, masturbándose con prisa, la mandíbula apretada.
—Rápido —dijo al verme—. Ponte de rodillas.
No perdí un instante. Me arrodillé sobre las baldosas frías y me lo metí en la boca otra vez. Apenas habían pasado unos segundos cuando lo sentí tensarse, agarrarse al borde del lavabo, y de golpe terminó dentro de mí. Fue mucho, más de lo que esperaba, y por un momento pensé que me ahogaría. Tragué. Volví a tragar. Y mientras lo hacía supe, con una claridad que me dejó sin aire, cuánto lo quería.
Él gruñía bajito, con la cabeza echada hacia atrás, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Yo solo emitía sonidos sordos, ahogados, porque tenía la boca llena. No lo solté ni siquiera cuando terminó. Me quedé así, con él dentro, sin querer separarme, hasta que oí de nuevo la voz de mi padre, esta vez impaciente, llamándome desde el pie de la escalera.
Me puse de pie. Lo miré a los ojos. Tenía la cara enrojecida, el pelo pegado a la frente, y me devolvió una mirada que no le había visto nunca.
—Me la tragué toda —le dije en voz baja.
—Sí —respondió, casi sonriendo—. Lo hiciste.
Y me besó. Un beso lento, distinto a todos los anteriores, como si recién entonces entendiera lo que acababa de pasar entre los dos. Por un segundo me olvidé de la casa llena de gente, de mi padre, del peligro.
Solo por un segundo, porque mi padre volvió a gritar mi nombre y me separé de Adrián de un salto, con el corazón disparado.
—Dame enjuague bucal —le exigí, desesperado, abriendo el armarito del espejo—. Rápido, dame el enjuague.
Él se reía sin hacer ruido mientras me pasaba el frasco, y yo me enjuagué la boca con manos temblorosas, mirándome al espejo, sin reconocer del todo al chico que me devolvía la mirada. Bajé la escalera dos minutos después, peinado, con la camisa en su sitio, y mi padre me revolvió el pelo y me preguntó si me lo había pasado bien. Le dije que sí. No mentía.
En el coche, de camino a casa, miré por la ventanilla las luces de la casa de Adrián alejándose, y me pasé toda la lengua por el paladar buscando un sabor que el enjuague ya había borrado. Esa noche no dormí. No por culpa, ni por miedo a que nos descubrieran. Sino porque ya estaba contando las horas que faltaban para volver a verlo, y para encontrar la próxima excusa.