Lo que me hizo aquel maduro dotado de la app
Soy bi de clóset desde hace años. Mi mujer no lo sabe, mis amigos tampoco, y la única forma que he encontrado para soltarlo es entrar a una app de citas gay cada cierto tiempo, mirar perfiles y casi nunca contestarle a nadie. Me da pánico que alguien me reconozca, así que filtro por ciudades lejanas y borro el historial cada vez que cierro la aplicación.
Aquella tarde estaba aburrido. Mi mujer se había ido con su madre a un retiro de fin de semana y yo me quedé tirado en el sofá, con la app abierta. Apareció un perfil nuevo en la zona: Damián, cuarenta y ocho años, foto en blanco y negro, abdomen marcado, hombros anchos. La descripción decía «vergón maduro, paciente con los nuevos». Tres palabras y ya estaba sudando.
Le escribí sin pensarlo demasiado: «Hola». Él contestó en menos de un minuto.
—¿Vienes a casa? Tengo la tarde libre —dijo, y mandó la ubicación.
Me metí a la ducha, me afeité con cuidado, me eché perfume en lugares que mi mujer nunca olería y salí al coche con el estómago dando vueltas. Mido 1,62. Damián decía medir 1,88. Iba imaginando la diferencia mientras conducía por una zona de la ciudad en la que nunca había estado.
Vivía en un edificio de tres plantas, con un portero automático sin cámara. Marqué el piso, me abrió sin preguntar nada y subí las escaleras con el corazón en la boca. Cuando llegué arriba, la puerta de su casa ya estaba entreabierta.
—Pasa, está abierto —dijo desde dentro.
Entré y casi se me caen las llaves. Damián estaba apoyado en el marco del pasillo, en shorts y nada más. La voz por el teléfono era grave, pero verlo en persona era otra cosa. Tenía el pelo entrecano, una barba corta y bien cuidada, y los brazos del tamaño de mis muslos. Lo que me clavó al sitio fue el bulto que se le marcaba debajo del short. Ni siquiera estaba duro y ya parecía algo deforme.
—Tranquilo —dijo, y se acercó—. Solo vamos a hacer lo que tú quieras.
Me dio la mano. Una mano enorme, callosa, que envolvió la mía por completo. Me llevó por el pasillo hasta su cuarto sin soltarme, como si fuera una niña a la que están guiando, y a mí ese gesto me derritió las piernas.
El cuarto olía a madera y a colonia. La cama estaba sin hacer pero limpia, las persianas medio bajadas, una lámpara encendida en la mesilla. Damián se giró, me puso una mano en la nuca y me miró desde arriba.
—Quítate el pantalón y la playera. Despacio.
Obedecí. No me salió un solo argumento, una sola broma, una sola excusa. Me quité los vaqueros, la camiseta, y me quedé en bóxer delante de él, con la piel erizada. Llevaba meses entrenando piernas y glúteos, y él me lo notó de inmediato. Me dio la vuelta sin decir nada y me apretó las nalgas con las dos manos, primero con suavidad, luego con más fuerza, como midiendo lo que tenía entre los dedos.
—Estás muy duro de trabajar, ¿eh? —murmuró.
—Voy al gimnasio —contesté, con la voz quebrada.
—Pues hoy te toca otro entrenamiento.
Me giró otra vez, me abrazó contra su pecho y yo sentí la verga, gruesa, todavía blanda, apretada contra mi muslo. Era tan grande que me daba miedo y me daba ganas a partes iguales. Levanté la mano y empecé a bajarle el short, pero él me la apartó.
—Primero tú.
Me empujó con suavidad hasta sentarme en el borde de la cama, se arrodilló entre mis piernas y me bajó el bóxer con los dientes. Cuando me la metió en la boca, me agarré a las sábanas para no gritar. Mientras me chupaba, subió las manos a mis pezones y empezó a apretarlos, primero con la yema de los dedos, luego con las uñas. Yo nunca había sentido nada así. Cada vez que apretaba más fuerte, yo me arqueaba más, y él aprovechaba el movimiento para meterse hasta el fondo.
—Échate atrás —me ordenó.
Me tumbé en la cama. Él se quitó el short y por fin la vi. Era todo mi antebrazo, gruesa, con las venas marcadas, y eso que todavía no estaba del todo dura. Por un segundo pensé en levantarme y salir corriendo. Pero entonces se subió a la cama, me puso una almohada bajo las nalgas, me separó las piernas y empezó a frotarme entre los glúteos con los dedos llenos de lubricante.
—Vas a respirar conmigo, ¿vale? Yo no entro hasta que tú me lo pidas.
Me metió un dedo. Después dos. Después tres. Yo movía las caderas para acoplarme, jadeando, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Cuando saqué fuerzas para hablar, solo me salió una palabra.
—Métemela.
Damián sonrió. Se puso el condón con una calma que me ponía más nervioso todavía, se echó más lubricante en la verga y empezó a frotarla contra mi entrada. Solo la punta. Pequeños empujones. Yo sentía cómo la cabeza intentaba abrirse paso y me tensaba sin querer.
—Suelta el aire, suelta el aire —me decía—. No tengas miedo.
Le hice caso. Cuando la cabeza entró, juré que no iba a aguantar más. Pero él se quedó quieto, esperando, mirándome con una paciencia que no me había visto nadie. Cuando empezó a empujar otra vez, ya pude sentir cómo se iba metiendo más, despacio, centímetro a centímetro. Yo tenía la sensación de estar lleno y aún le faltaba la mitad.
—Quieto —le susurré.
Esperó. Le agarré las caderas con las dos manos y, con un movimiento mío, me la metí yo solo lo que pude. Él gimió, por primera vez en toda la tarde, y a mí esa reacción me prendió como nada.
***
Lo que pasó después no sé describirlo de otra manera más que como una entrega total. Damián empezó a moverse, primero lento, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter hasta donde mi cuerpo lo aguantaba. Yo le clavaba las uñas en los antebrazos. Cada vez que entraba, soltaba un gemido que ni reconocía como mío.
—Eres una putita preciosa —me dijo al oído.
—Sigue, sigue, sigue.
Me cargó. Me cargó como si pesara diez kilos, me puso las piernas sobre sus hombros y, todavía dentro, empezó a usar su fuerza para subirme y bajarme sobre su verga. Mi miembro chocaba contra su abdomen marcado a cada movimiento. Yo le mordía el cuello, la barbilla, los labios. En una de esas embestidas me llegó tan profundo y tan rápido que me corrí sin tocarme, manchándonos el pecho a los dos.
Damián no paró. Me bajó, se tumbó él de espaldas y me invitó a montarlo. Me coloqué encima, agarré la base de su verga con la mano para guiarla y bajé despacio, sintiendo otra vez todo el grosor abrirme. Cuando llegué hasta abajo, me quedé quieto un momento, jadeando, mirándolo. Él me sonrió y me apretó las caderas.
—Ahora muévete tú.
Empecé a saltar. Despacio al principio, luego cada vez más rápido. Damián me apretaba los pezones, me agarraba de la cintura, me daba pequeñas palmadas en el costado. Y de repente, sin avisar, me soltó una cachetada suave en la mejilla.
Algo se me rompió por dentro. No de mala manera. Algo se soltó, como si llevara años aguantando una postura y por fin me dejaran caer. Le pedí más.
—¿Más qué?
—Más duro. Trátame como quieras.
Damián me agarró de la cara con la mano entera, me apretó las mejillas hasta que se me abrió la boca y me escupió dentro. Yo me lo tragué sin pestañear. Se incorporó de golpe, todavía conmigo encima, y me llevó así, abrazado, hasta una pared. Me apoyó contra los ladrillos fríos y siguió cogiéndome, ahora de pie, con una mano en mi cuello y la otra en mi cadera.
—¿Quieres más? —me preguntó.
—Sí.
—Ponte en cuatro.
Me bajó de la pared, me llevó a la cama y me colocó él mismo. Cabeza abajo, culo arriba. Cogió mi propio cinturón, que había dejado tirado con la ropa, y me lo enredó en una mano. La otra la usó para guiarse otra vez dentro de mí. Cuando empezó a embestir desde atrás, sentí por primera vez el tamaño real, completo, hasta el fondo. El primer cinturonazo me cayó en la nalga derecha y me hizo gritar.
—¿Te paro? —me preguntó.
—No.
Siguió. Cinturonazo, embestida, cinturonazo, embestida. En algún momento me agarró del pelo y me tiró hacia atrás hasta que mi espalda quedó pegada a su pecho. Me besó el cuello, me mordió la oreja, me apretó el cuello con la mano sin cerrarla del todo. Volví a correrme. Esta vez ni siquiera me toqué.
—Me voy —me avisó.
Salió. Me arrancó el condón él mismo, me dio la vuelta y se vino sobre mi cara, en mi pecho, en mis labios. Solo entonces, viéndola completa, dura, con los últimos restos cayendo sobre mí, entendí el tamaño que tenía aquella cosa. Treinta centímetros largos. Era impensable que me hubiera entrado entera. Y sin embargo ahí estaba yo, marcado del cinturón, lleno de semen, sonriendo como una idiota.
Se la limpié a chupadas, agarrándola con las dos manos. No conseguí metérmela entera en la boca, ni de lejos, pero lo intenté hasta que él me apartó suavemente la cabeza, riéndose.
—Eres una bestia, no te canses.
***
Nos tumbamos en la cama. Él me abrazó contra su pecho, todavía sudado, y yo me quedé un rato mirando el techo, sintiendo el latido de su corazón en la oreja. Nos dormimos así, sin hablar, durante una media hora. Cuando me desperté, él ya estaba despierto, mirándome.
—¿Te dejo ducharte aquí?
—Por favor.
Me metí en su ducha, usé su gel, me miré en el espejo de su baño. Tenía marcas en los muslos, en el cuello, en la mejilla. Sonreí. Cuando salí, él me había preparado un café y me lo dio sin decir nada. Me lo tomé sentado en una silla de la cocina, con una camiseta suya que me llegaba a las rodillas.
—¿Vas a volver? —preguntó.
—Cuando quieras.
Salí de su casa con su número en el móvil, una marca en la piel y la sensación de haberme convertido en otra persona aquella tarde. Por el camino de vuelta, conduciendo despacio, pensé en mi mujer, en mi vida ordenada, en todo lo que tendría que ocultar a partir de ahora. Y aun así, antes de aparcar, ya estaba mirando la app otra vez para confirmar que su perfil seguía ahí.
Quedan más relatos. De la primera vez que él me prestó a un amigo suyo. De cuando me encontró un dildo en el cajón y entendió de dónde venía mi mujer. De aquella vecina mía que me pilló saliendo del coche con la barba marcada. Pero esta era la primera. Y la primera nunca se olvida.