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Relatos Ardientes

Olí los calzoncillos de mi amigo y no pude parar

Fue durante nuestra primera escapada de fin de semana, los seis juntos, a la casa que la familia de Mateo tenía frente al mar. Era una construcción vieja de paredes de piedra que olía a humedad y a verano, con las habitaciones de arriba todavía sin estrenar para nosotros.

Yo había bebido demasiado y, sobre todo, había discutido aún más con mi novio. Dani no paraba de mandarme mensajes desde Valencia. Un ex me había escrito para vernos y él se había puesto como una furia. Nunca entendí por qué se lo conté si sabía perfectamente cómo era, pero en aquella época me obsesionaba ser sincero hasta en el último rincón de mi vida.

Me fui a dormir relativamente pronto. Sentía que la noche se me había arruinado y no quería arrastrar a nadie a mi mal humor. Los demás se quedaron en el salón, charlando, riendo, jugando a esos juegos de beber que terminan siempre en confesiones tontas. Adrián tocaba la guitarra de vez en cuando y Mateo lo acompañaba con la voz. Las chicas reían y aplaudían.

Estaba empezando a enamorarme de todos ellos. Nunca había conocido a gente tan divertida y a la vez tan profunda. Nos conocíamos de apenas cuatro meses y todavía no éramos cercanos, pero teníamos unas ganas enormes de hacernos amigos de verdad.

Me despedí pidiéndoles perdón, diciéndoles que no tenía cuerpo para seguir. Ignoré sus protestas, sus «quédate un rato más», y les prometí que al día siguiente sería el último en irse a la cama.

Subí las escaleras a trompicones, peleando contra la borrachera y contra las ganas de mandar a Dani a la mierda de una vez. Mi habitación quedaba al fondo del pasillo. Las risas de mis amigos llegaban desde abajo y llenaban toda la casa. Yo solo quería echarme a llorar. Nunca he soportado discutir, y menos con la persona con la que duermo.

La puerta de la habitación de Adrián estaba entreabierta. Apenas se veía nada dentro; la única luz era la de la luna, que se colaba débilmente entre los visillos. Pero alcancé a intuir un bulto de ropa tirada en el suelo.

Me acerqué despacio. A pesar de lo borracho que iba, mi parte más calculadora se puso en marcha. Si iba a hacer lo que mi cuerpo me estaba pidiendo a gritos, tenía que tener cuidado. Apenas conocía a Adrián y lo último que quería era que un posible amigo se sintiera invadido la primera noche que dormíamos bajo el mismo techo.

Las láminas de madera del suelo crujían bajo mis pies por mucho que intentara pisar con suavidad. Una nueva tanda de carcajadas desde el salón me paralizó de golpe, pero también me relajó. Si seguían de risas, no había nada que temer. Adrián no tenía ningún motivo para subir. Empujé la puerta y encendí la linterna del móvil.

Eran unos vaqueros azules y una camisa de cuadros, los dos del revés. Dentro de los pantalones, unos calzoncillos negros me pedían a gritos que me acercara. Estaban tirados de cualquier manera; imagino que se los había quitado para meterse en la ducha y luego no los había recogido.

La tenía completamente dura. El alcohol y la pelea con Dani me envalentonaron. Me agaché sobre la ropa y acerqué la nariz primero a las axilas de la camisa. Adrián tenía unos brazos muy fuertes; era guitarrista y escalaba los fines de semana. Me llevé una mano al paquete mientras inhalaba.

Sudor del viaje en coche, un rastro de tabaco. Empecé a empalmarme solo de oler a aquel tío hetero que tanto me ponía. Me imaginé lamiéndole las axilas peludas mientras se fumaba un porro o estudiaba para un examen. Recreé su cuarto de la ciudad, en el que solo había estado una vez. Guitarras, ceniceros, calcetines por el suelo. El olor de sus pies, sus muslos abiertos frente a mí, un piercing imaginario en el pezón contra mi lengua, sus labios, su polla… ¿cómo sería su polla?

Me desabroché los pantalones y metí la mano dentro. La mía ardía. Más risas desde abajo. Alguien preguntando quién quería otra cerveza, otra voz pidiendo que sacaran también la ginebra.

Alargué la mano hacia los pantalones y rocé los calzoncillos. Había restos de algo en la parte delantera, semen seco o líquido preseminal. Mi amigo era igual de guarro que yo y se había guardado la polla sin limpiarse en algún momento del día. Rodé hacia la tela y pegué la cara contra las manchas.

Casi me corro ahí mismo. Olía a macho, a huevos sudados, a sexo. Deseé que Adrián me pillara justo en ese instante, que me agarrara del pelo y me obligara a comerle las pelotas. Solo de pensarlo me ardió la cara. Jamás me había sentido así por nadie. Tenía diecinueve años, había follado con dos personas como mucho y nunca había hecho algo parecido.

La paja empezó casi sin que me diera cuenta. Me agarré la polla y me la sacudí deprisa, imaginándome a mi amigo de pie frente a mí, mirándome oler su ropa interior. La fantasía fue creciendo sola: Adrián quitándose la camiseta, acercándose mucho, oliéndose él mismo sus propios calzoncillos manchados. Esa sonrisa suya de cabrón, de tío que sabe perfectamente que nada pone más cachondo a otro hombre que el olor de sus propias pelotas.

Una puerta se abrió en la planta de abajo. Me quedé congelado unos segundos, pero el cuerpo reaccionó por mí: salí ágil y en silencio hacia mi cuarto, cerré la puerta y me pegué a ella conteniendo la respiración. Arriba solo dormíamos Adrián y yo. Las chicas tenían las habitaciones de la planta baja y Mateo dormía en la buhardilla.

Escuché pasos subiendo las escaleras, acercándose a mi puerta. Una risa de mujer. Un «shhh». La puerta del cuarto de Adrián cerrándose.

Volví a respirar. Ni siquiera me había dado cuenta de que había dejado de hacerlo; el aire se me había cortado del puro estrés. Empecé a desnudarme hasta quedarme en calzoncillos y me metí en la cama. Todo me daba vueltas. Estaba borracho y casi me habían pillado haciéndome una paja oliendo la ropa interior usada de un colega al que conocía de cuatro meses.

Fue al girarme hacia mis vaqueros cuando me di cuenta de que habían caído en la misma postura que los de Adrián. La camisa, igual. Si me hubiera quitado los calzoncillos a la vez que el pantalón, habría sido la misma estampa exacta. Ojalá entrara mientras duermo y me oliera los míos. Puto cerdo, pensé de mí mismo, y sonreí en la oscuridad.

Una respiración cercana me sobresaltó. Un gemido muy suave.

Calla, shh, no hagas ruido.

Era la voz de Adrián, en la habitación de al lado. Sonaba lejana porque las paredes eran de piedra y, aunque no aislaban del todo, distorsionaban cualquier sonido.

Hugo está dormido, da igual, ahhh.

Un gemido cortó por la mitad la última frase de mi amiga Carla.

Se me dibujó una sonrisa enorme y la polla se me puso otra vez como una piedra. Lo sabía. Cabronazo. No le quitaba el ojo de encima desde el primer día de clase. Sabía que iban a follar en este viaje, pero jamás pensé que sería la primera noche. Me levanté sin dudarlo y apoyé la oreja contra la pared.

El sonido inconfundible de una mamada terminó de despertarme la polla, que apuntó hacia el techo en cuanto me bajé los calzoncillos. Pensé en tirarlos al suelo, pero entonces oí a Adrián pedirle a Carla que le escupiera un poco encima, y decidí ponérmelos sobre la nariz mientras me masturbaba.

Me vi reflejado en el cristal de la ventana: de noche, desnudo, empalmado, con los boxers en la cara, escuchando a mis amigos al otro lado del muro. La imagen me puso tan cachondo que empecé a buscarme los propios sobacos para olerlos, y me escupí en la mano para correrme la paja más a gusto.

Al otro lado de la pared parecía que ahora era Adrián el que se lo comía a ella, porque Carla no paraba de pedir más, mientras —imagino— le guiaba la lengua con un «más arriba, ahí, ahí, joder».

Se echaron a reír y a besarse. Recuerdo ruborizarme y sentir un calor brutal en el pecho. Nunca había oído follar a unos amigos y una parte de mí sabía que estaba cruzando una línea, metiéndome en una intimidad que no era mía. Pero estaba tan cachondo que mi ética me importaba exactamente nada en ese momento.

Cuando reconocí el sonido de dos cuerpos golpeándose, la imagen de mis amigos desnudos follando a un metro de mí fue demasiado. Sus gemidos acompañaron mi corrida, que salpicó el suelo de madera.

Decidí hacer la última guarrada del día mientras escuchaba a Carla pedirle a Adrián que la follara más lento, que quería disfrutarlo. Los golpes se desaceleraron. Él no dejaba de jadear y de repetirle que estaba guapísima; le pidió que le mordiera los pezones, que se pusiera encima. Yo me agaché, recogí mi propio semen del suelo y me lo llevé a la boca.

Si soy sincero, no recuerdo el sabor. Pero sí recuerdo la última imagen antes de dormirme, otra vez en el reflejo de la ventana: mi cuerpo, mi cara de placer, las ganas que tenía de estar yo también follando con Adrián y Carla en el cuarto de al lado. Me quedé dormido en esa postura ridícula y desperté casi diez horas más tarde, sin asomo de resaca —benditos diecinueve años— y con una erección de campeonato.

***

Cuando salí al baño por la mañana, la puerta del cuarto de Adrián estaba abierta. Él dormía de lado, tapado solo con la sábana, sin camiseta. El pelo negro, algo largo, le caía sobre la almohada. La piel muy blanca, las manos de dedos largos, algo de vello en el pecho. La luz de la mañana le daba directamente y no parecía molestarle lo más mínimo. Respiraba en paz.

Su ropa seguía en el mismo sitio que la noche anterior, pero a la colección se le habían sumado un pantalón de chándal y la camiseta de tirantes que llevaba durante la cena.

Se dio la vuelta en sueños, dándome la espalda, y la sábana se le movió lo justo para dejar ver parte de su culo, algo peludo, duro de tanto escalar. Me quedé un par de segundos más de la cuenta mirándolo desde el pasillo, conteniendo la respiración igual que la noche anterior.

La paja que me hice después en la ducha no la recuerdo. La primera vez que le olí las pelotas a Adrián de verdad, meses más tarde, mientras él me pedía con esa misma sonrisa de cerdo que se la comiera entera, esa, por supuesto, no se me ha olvidado jamás.

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Comentarios (5)

LeoNocturno22

Buenisimo!! me quede sin palabras, de verdad

PatricioLM

Por favor seguilo, quede con ganas de saber que paso despues con el amigo. Continuacion!!

GaboNoche_33

Muy bien escrito. Se siente autentico, no forzado. Esa tension que describis al principio es lo mejor del relato.

Rulo45

jajaja el titulo lo dice todo, directo al punto. Me gusto

MarcosCordoba

Me recordo a una situacion parecida que tuve con un compañero de piso hace años. Esos momentos de descubrimiento son raros e intensos a la vez, bien capturado.

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