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Relatos Ardientes

Mi primer cruising: un desconocido y su polla imposible

Marina volvió de Asturias más caliente que una perra en celo. En el trayecto desde la estación a casa me costó Dios y ayuda que se estuviera quieta; me metía mano por todos lados hasta que le juré que en cuanto cruzáramos la puerta podría hacerme lo que le diera la gana, pero que por favor me dejara conducir en paz.

En cuanto entramos se abalanzó sobre mí, me arrancó la ropa a tirones y me arrastró al salón. Entre el sofá y la alfombra me exprimió los cojones hasta dejarme seco. Cuando terminó tenía el culo en carne viva, el ojete ardiendo y las nalgas moradas de tanto azote y mordisco. No pude ni cenar; caí en la cama como un fardo y a la mañana siguiente me tocaba madrugar.

El jueves acabé el turno a las siete y llegué a casa reventado. Marina me esperaba detrás de la puerta, envuelta en una negligé roja, medias hasta el muslo y una sonrisa que no traía nada bueno. Me llevó de la mano a la bodega, me sentó en el sillón y me obligó a desnudarme para cortarme el pelo. Después me condujo al baño. Sobre el mueble había un recipiente de cerámica, una perilla enorme para enemas y un bote de lubricante.

—Vamos a hacer cositas —dijo—. Antes te limpio.

Balbuceé algo, pero ella ya me estaba doblando sobre el inodoro con una pierna a cada lado. Me untó lubricante en el ano con la yema del dedo, introdujo el vástago con paciencia y me fue metiendo el agua templada mientras me explicaba la técnica como si diera una lección. Cuatro veces. Las dos últimas el agua salió limpia. Luego me metió en la ducha.

Cuando volví al dormitorio, Marina se había quitado la ropa y llevaba puesto un arnés con un consolador negro que le nacía del clítoris. Nos abrazamos, mordió mis pezones —sabe que me derriten— y me empujó hasta la cama.

—Cuánto he echado de menos mi polla —dijo, y me lamió el rabo desde los huevos hasta el glande antes de tragárselo entero.

Se la metió hasta la garganta, chupando como una golosa, y me clavó un dedo en el culo mientras me apretaba los cojones. Creí morir. Me corrí en su boca a los pocos minutos, con un rugido que se debió oír desde la calle, y ella tragó cada gota sin apartarse.

Después me hizo levantarme, doblarme sobre el borde de la cama y abrir bien las piernas. Me lamió el ojete, me lo llenó de saliva y de lubricante, y empezó a meterme dedos. Dos. Tres. Cuatro. El pulgar. Cuando quise darme cuenta tenía toda la mano dentro y me miraba con una sonrisa que me hizo temblar.

—Marina, no… no te atrevas —le supliqué.

—Aguanta, mi niño. Aguanta.

Milímetro a milímetro fue empujando hasta que el esfínter cedió con un chasquido húmedo y su muñeca desapareció dentro de mí. El dolor era desgarrador y el placer, insoportable. Me temblaban las piernas, el sudor me caía a chorros y no distinguía uno del otro. Cuando empezó a mover el brazo dentro sentí una marea que subía desde el vientre. Me corrí sin polla dura, en un chorro largo que me dejó vacío y aturdido. Marina sacó la mano despacio, cogió el arnés y me montó como si nada hubiera pasado, embistiendo hasta que se corrió ella también, jadeando pegada a mi oreja.

***

A finales de septiembre me tocaba una semana de descanso. Marina no podía escaparse hasta el viernes, así que arreglamos que yo me fuera solo el lunes al apartamento que teníamos en La Barrosa. Salí del servicio, cogí el coche y llegué a media tarde. Me cambié, bajé a la playa, me metí en el mar y luego cené en el chiringuito de siempre.

El martes por la mañana me desperté con la polla dura y una calentura que no me dejaba respirar. Recordé la sesión con Marina y —maldita cabeza— también me acordé de Bruno, aquel cabrón que meses atrás me había desvirgado el culo por primera vez. Estuve a punto de escribirle. Me contuve.

Rebuscando en el armario encontré un negligé y unas medias negras de Marina. Me los puse. Me miré al espejo y me gusté. Le mandé fotos. Me contestó de inmediato con una lista de barbaridades que pensaba hacerme el viernes. La calentura subió otro peldaño. Me metí en la ducha, me enjaboné despacio y, ya que estaba, cogí el mango del cepillo del pelo y me lo metí por el culo mientras me pajeaba. Me corrí como un toro. Y ni así se me pasó.

Salí de la ducha con una idea en la cabeza. Cogí el móvil y busqué en internet cruising en La Barrosa. Salieron varios sitios. Descarté los dos más cercanos a casa —no quería cruzarme con vecinos— y me quedé con uno que estaba pasado el chiringuito El Tinajón, a un par de kilómetros por la orilla, junto a un eucalipto solitario y unas dunas pequeñas. Bajé a la farmacia, compré una perilla, me apliqué un enema como me había enseñado Marina y salí caminando por la playa con la mochila al hombro.

***

Encontré el sitio sin problemas. Había poca gente: dos o tres siluetas tomando el sol desnudas y un par de pescadores lejos, en la orilla. Extendí la toalla junto al acantilado, me desnudé, me embadurné de crema y me senté a esperar. Estaba empezando a aburrirme cuando lo vi bajar por las dunas.

Era altísimo —alrededor del metro noventa—, corpulento, con la piel muy morena y una barba negra de varios días. Se paró, echó un vistazo alrededor y vino directo hacia mí.

—Buenas tardes. ¿Le importa?

—Claro que no.

Colocó su toalla a un palmo de la mía, se quitó el bañador y se sentó. Casi me atraganto con mi propia saliva. Tenía unos huevos como los de un toro y una polla descomunal, gruesa, con el glande grande y oscuro. La mía, según Marina, mide quince centímetros bien puestos. Aquello superaba los diecinueve fácil. Y era ancha, muy ancha.

Saqué un porro de la pitillera y le pregunté si le molestaba. Me miró socarrón por encima de las gafas de sol.

—Depende. ¿Qué es?

—Marihuana.

—Si compartes, no.

Se acercó más, encendimos el porro y empezamos a hablar. Se llamaba Nikos —Nikolaos, en realidad—, alemán de treinta y dos años, hijo de padre griego y madre siria. Ingeniero. Casado con un almeriense. Estaba en La Barrosa por trabajo, supervisando la instalación de una maquinaria en un hotel.

—¿Cómo diste con este sitio? —le pregunté.

—Igual que tú, imagino. Buscando en internet.

La distancia entre los dos era ya de un aliento. Fue inevitable. Nos besamos, primero despacio y luego con lengua, mordiéndonos los labios. Nikos me empujó hasta tumbarme boca arriba, se echó encima de mí y bajó la mano hasta agarrarme la polla. Me la apretó. Me acarició los huevos. Bajó los dedos hasta el ojete y en ese momento me acordé de los pescadores.

—Espera. Los pescadores…

—Están lejos, no miran.

—Igual, aquí no.

—¿Dónde te quedas?

—A un par de kilómetros. Vamos.

Recogimos las toallas y salimos disparados por la playa. Cuando cruzamos la puerta del apartamento, Nikos me atrapó contra la pared. Nos besamos con una desesperación que no era de la boca, era del cuerpo entero. Le hice apartarse un segundo para quitarnos la arena. Le serví un güisqui con hielo y me metí a la ducha. Cuando salí, con solo un pareo a la cintura, él estaba desnudo en el sofá.

—Madre del amor hermoso —murmuré.

—Deseando pillarte.

Le mandé a la ducha, preparé otro porro y esperé sentado. Volvió con la piel brillando de agua y la polla ya medio dura. Se sentó a mi lado, le pasé el porro, se echó atrás, cerró los ojos y abrió las piernas. Aquella verga apuntaba al techo como un mástil.

Me arrodillé entre sus piernas, agarré la base con las dos manos, tiré de la piel hacia abajo y le lamí el glande despacio. Escupí encima. La embadurné bien y abrí la boca. Solo me cabía la mitad. Empecé a subir y bajar la cabeza chupando con fuerza, agarrándole los huevos con una mano.

—Gluck, gluck, gluck… —el ruido llenaba la habitación.

—Mmm, sí, sabes comerte una polla —jadeaba.

Intenté llegar más hondo y me dio una arcada. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Él me puso la mano en la nuca y me empujó un poco más. Sentí el glande golpeándome la campanilla. Me dejó allí unos segundos y luego me soltó. Tosí, se me cayó una hebra espesa de saliva. Le acaricié la polla llena de baba. Me encantaba el sonido que hacía al frotarla.

—Ven —me dijo, y me besó con la boca llena de mi propia baba.

Lo llevé de la mano al dormitorio. Me senté en la cama para volver a comérsela, pero me paró.

—No más mamadas. Ponte a cuatro patas.

Obedecí. Se colocó detrás, me acarició las nalgas, me las mordió, me manoseó la polla y luego bajó la boca hasta mi culo. Me lamió el perineo con la lengua plana, subió al ojete, presionó con la punta como si quisiera penetrarme con ella, chupó, mordió los cachetes, volvió a chupar. Me hacía delirar.

—¿Lubricante? —me susurró.

—En la mesita, joder, en la mesita.

Sentí el frío del gel resbalando por el ojete. Nikos lo aplicó despacio, con movimientos circulares, y metió un dedo hasta el fondo sin resistencia. Luego otro. Los abría y los cerraba, dilatándome, jugando conmigo.

—Este culo tiene hambre —susurró—. ¿Listo?

—Es imposible estar listo para ese monstruo. Métemela.

Sacó los dedos, se colocó detrás y restregó el glande entre mis nalgas. Sentí la punta contra el esfínter. Empezó a apretar, muy despacio. Yo empujé hacia atrás para ayudar. La cabeza se abrió paso poco a poco, hasta que de golpe cedió el aro y noté un latigazo de dolor que me recorrió toda la espalda. Me saltaron las lágrimas.

—Ay, Nikos, para, para… —lloriqueé mordiendo la sábana—. Sácala, por favor.

—Ssshhh, aguanta un poquito. Ya verás cómo se pasa.

Seguía apretando, milímetro a milímetro, y la verga seguía entrando. Cuando llegué a pensar que no cabía más, sus huevos golpearon los míos. La tenía toda. Me eché la mano hacia atrás y le agarré los cojones para comprobarlo. Estaba enterrada hasta el fondo.

Se quedó quieto unos segundos, esperando a que me hiciera al tamaño. Luego empezó a moverse. Salía casi entera y volvía a clavármela con un golpe de cadera. Al principio despacio, luego más rápido, más hondo.

—Ay, mamaíta, sí, así, sí… —gemía yo con la cara aplastada contra el colchón.

—Joder, qué culo, cómo aprieta.

El pubis de Nikos golpeaba mis nalgas con un plap seco y rítmico. El apartamento entero olía a sudor y a follada. Yo le pedía más, le pedía que me matara, y él respondía metiéndomela más hondo, agarrándome de las caderas para que no me escapara.

Cuando ya estaba a su merced, cuando el culo me ardía y las piernas me temblaban, Nikos la sacó de golpe. Sonó un pop húmedo y sentí el vacío. Me hizo darme la vuelta, me levantó las piernas hasta ponérmelas sobre sus hombros y me la clavó otra vez, hasta el fondo, en un solo golpe.

—¡Aaah! —grité.

Se echó sobre mí, me tapó la boca con la suya y me metió la lengua tan a fondo como me metía la polla. Los huevos le chocaban contra los míos. El sudor nos empapaba, olía a macho, a sexo, a follada larga. Y entonces empezó otra vez esa sensación que Marina me había enseñado a reconocer: una marea desde el vientre, subiendo, subiendo, hasta explotarme en la cabeza. Se me aflojó el cuerpo. Un chorro de semen salió de mi polla flácida sin que la tocara nadie.

—Papi, me corro —gimió Nikos, y me clavó una última embestida enterrando la verga hasta la raíz.

Le sentí temblar dentro de mí, las contracciones del glande soltándome la leche a chorros calientes en el fondo del culo. Nos quedamos abrazados un rato largo, jadeando, empapados. Cuando salió de mí sentí el semen caliente escurriéndose por los muslos y no me importó nada.

Al final se marchó, después de otro porro y otro güisqui. Nos intercambiamos los números. Nunca me volvió a escribir. Hasta hace un par de meses, pero eso —lo que pasó cuando reapareció— es otra historia.

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Comentarios(5)

DiegoBA_84

excelente relato!!!

GaboNocturno

La ambientacion es genial, se siente que uno esta ahi con el narrador. Muy bien escrito.

Lautaro_SFe

Por favor segunda parte!!! me quede con muchas ganas de mas

MartinaVl

jajaja el titulo fue lo primero que me llamo y el relato cumplio con creces, muy bueno

Lucas_Nocturno

Que bueno leer algo que captura esa mezcla de nervios y adrenalina. Muy autentico

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