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Relatos Ardientes

El motel donde entregué mi culo a mi segundo amante

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La historia que voy a contar arrancó en 2018, cuando yo tenía treinta y cuatro años y llevaba casi dos sin coger. Mi primer amante, Federico, se había mudado a Guadalajara por su trabajo y no volvió. Al principio esperé. Después de un año dejé de esperar. Y cuando cumplí los dos años sin un solo hombre encima, decidí que ya estaba bien de castigarme.

Vivo en Torreón, Coahuila. Es una ciudad chica para lo que uno anda buscando cuando le gusta lo que a mí, así que volví a hacer lo mismo que años atrás: puse un anuncio en una página de contactos, con foto de espaldas, sin cara, y una descripción clara: pasivo delgado, discreto, exclusivamente para caballeros maduros y tranquilos. Nada de dramas, nada de escenas.

El primero en escribirme en serio fue Ramiro. Cuarenta y cinco años, uno ochenta y cinco, moreno, casado. Trabajaba en una empresa de logística. Me mandó dos fotos: una del rostro, para que yo confiara, y otra parcial, apenas del torso. Tenía cuerpo trabajado, sin ser un adicto al gimnasio, y una manera de escribir que se notaba honesta hasta en el chat. Nos escribimos una semana entera. Yo no quería apresurar. Él tampoco.

—Tengo una fantasía —me confesó al tercer día—. Sexo anal. Mi mujer no quiere ni oír hablar del tema. Le propuse ver videos juntos, comprar juguetes, ir despacio. Nada. Y las escorts que atienden ese servicio en la ciudad cobran fortunas.

—Yo no cobro —le contesté—. Solo pido discreción, ganas y que sepas usarla.

Se rio del otro lado de la pantalla. Nos citamos para el jueves siguiente.

***

El motel que yo conocía quedaba en la salida norte, uno de esos con cortina eléctrica en la cochera y toallas ásperas pero limpias. Pedí permiso en el trabajo y llegué a la una y media. Renté un cuarto sencillo con televisión por cable. Me di un baño largo, me depilé lo justo, me lavé por dentro con la peritita hasta quedar seguro de que no habría accidente. Encendí el canal erótico para calentar el ambiente. Me puse un bóxer negro ajustado y una playera blanca, nada más.

A las dos en punto tocaron la puerta.

Ramiro venía directo del trabajo, con camisa de vestir y el cuello ya sudado. Se veía más grande en persona: hombros anchos, manos enormes, mirada oscura. Cerré la puerta detrás de él y me quedé quieto, esperando a ver por dónde arrancaba. Él dejó el maletín en la silla, se aflojó la corbata y me miró de arriba abajo sin prisa.

—Estás mejor que en las fotos —dijo.

—Báñate primero. Vienes hirviendo.

Asintió. Se metió al baño y a los diez minutos salió envuelto en una toalla, con el pelo mojado y la verga ya despierta, marcándose a través de la tela. No se molestó en secarse. Caminó hacia mí, me tomó de la nuca con una mano y me giró de espaldas contra su cuerpo.

—Quédate quieto —me susurró al oído.

Sus brazos me rodearon. Con una mano me acariciaba el vientre por debajo de la playera; con la otra me apretaba el cuello sin hacer daño, con una firmeza que me erizó la piel. Empecé a sentir su polla contra mis nalgas por encima de la ropa: gruesa, caliente, dura. Me besó la nuca, la oreja, el ángulo de la mandíbula. Después me mordió el lóbulo, y con eso ya se me puso la mía dura debajo del bóxer.

—Voltéate.

Obedecí. Le arranqué la toalla y ahí tuve por primera vez su verga a la altura de la cara. Gruesa, morena, con el glande brillando de líquido preseminal. La tomé con la mano derecha y sin rodeos me la metí a la boca. Ramiro soltó un gemido grave y me clavó la mano en el pelo. La chupé entera, saboreándola, tragando saliva para que le entrara bien profundo. Se la lamí desde los huevos hasta la punta y volví a metérmela hasta el fondo de la garganta. Él me la cogía a la boca con ritmo lento, sin apurar, mirándome desde arriba con los ojos entrecerrados.

—Qué bien mamas, cabrón —murmuró.

Me sacó la verga de la boca, me levantó de los brazos y me tumbó boca arriba en la cama. Me arrancó el bóxer con una mano y me abrió las piernas. Se hincó en el borde del colchón y sin previo aviso me clavó la lengua entre las nalgas. No me lo esperaba. Solté un grito y le agarré la cabeza con las dos manos.

Me lamió el culo largo rato. Insistía en el hoyito, lo empujaba con la punta de la lengua, se separaba para chuparme los huevos y volvía. Me escupió encima, me apretó las nalgas con las dos manos y siguió comiéndomelo hasta que yo ya estaba pidiéndole con la voz quebrada que me la metiera de una vez.

—Todavía no —dijo, y se acomodó a mi lado con el frasco de lubricante que yo había dejado sobre la mesa de noche.

Se echó lubricante en dos dedos y me los metió despacio. Uno primero, hasta el nudillo, moviéndolo en círculos. Después el segundo, tijereteando dentro de mí, abriéndome desde adentro. Yo me retorcía en la cama con los ojos cerrados, gimiendo como una perra en celo, la verga chorreando líquido sobre el ombligo.

—Ya, por favor —le rogué—. Métemela ya.

—Voltéate. En cuatro.

***

Me puse en cuatro sobre el colchón. Escuché el crujido del condón al abrirse, sentí sus manos abriéndome las nalgas y de golpe la punta de su verga apoyada contra mi entrada. Empujó con fuerza y me dolió. Coño, cómo me dolió. Estaba gruesa y yo llevaba mucho sin coger. Me agarré de las sábanas y aguanté.

Él lo notó. Se detuvo con solo la cabeza dentro y me acarició la espalda con una mano. Se echó más lubricante encima, me metió otra vez dos dedos, aflojó, y cuando volvió a apoyarme la verga entró unos centímetros más sin arrancarme un grito. Así lo fue haciendo: dos empujones y para. Otros dos y para. Hasta que en algún momento sentí sus huevos apoyados contra mi perineo y supe que la tenía entera adentro.

Se quedó quieto un largo rato. Dobló el cuerpo sobre el mío y me besó el cuello, la nuca, el hombro. Me pasó una mano por la panza, por los pezones, por la verga que ya me chorreaba. Ese respiro me abrió por dentro. Cuando empezó a moverse otra vez, ya no dolía. Dolía y gustaba a partes iguales, y después solo gustaba.

—Muévete tú también —me murmuró.

Empecé a echar la cadera para atrás cada vez que él empujaba. Al principio despacio, después con hambre. Sus dedos se me clavaban en las caderas. Cada envión suyo me arrancaba un gemido más ronco. Escuchaba el ruido húmedo de nuestros cuerpos, sus huevos golpeándome, su respiración cada vez más pesada.

—Qué culo tienes, cabrón —soltaba entre embestidas—. Qué rico eres, qué bien te dejas coger.

Me daba nalgadas cortas, secas, que me marcaban la piel roja y me hacían apretar el culo contra su verga sin querer. Cada apretón le arrancaba un gruñido de placer. Me tiró del pelo hacia atrás y me obligó a arquear la espalda para cogerme más profundo. Yo ya estaba en otro lado. La primera vez con Federico había sido bonita, sí, pero esto era otra cosa. Ramiro me la estaba metiendo como si yo fuera suyo.

Después de un rato me pidió que cambiáramos. Salió de mí con cuidado, me tomó de las caderas y me giró boca arriba. Me colocó al borde de la cama, con las nalgas justo en el filo, y me subió las piernas hasta apoyar mis pantorrillas contra sus hombros. Se acomodó de pie y me la volvió a meter de una embestida.

—Ay, cabrón —jadeé.

En esa posición me la clavaba más profundo. Yo veía cómo su verga entraba y salía de mí, brillante de lubricante, y cómo mi propia polla rebotaba sobre mi vientre con cada envión. Me agarró la verga con la mano derecha y empezó a pajearme al ritmo de sus embestidas. Al principio despacio, después más rápido, hasta que sentí que ya no iba a aguantar.

—Me vengo —le avisé.

—Vente. Vente en la mano, cabrón.

Se me contrajo el culo alrededor de su verga y solté un chorro de leche que me llegó hasta el pecho. Fue un orgasmo doble, como los llamo yo: las contracciones del culo apretando su verga y las de la mía disparando semen al mismo tiempo. Ramiro soltó una carcajada ronca sin dejar de embestirme.

—No te me duermas —me dijo—. Todavía me falta.

***

Me puso otra vez en cuatro. Se subió a la cama, se hincó detrás de mí y me la metió sin darme respiro. Ahora la cogida era distinta: más rápida, más brusca, más animal. Yo me había vaciado y él lo aprovechaba. Me daba nalgadas fuertes, me clavaba los dedos en la cintura, me tiraba del pelo. Y no dejaba de hablarme sucio.

—Eres mi puta ahora, ¿verdad? Dilo.

—Soy tu puta —le contesté sin pensar.

—Dilo bien.

—Soy tu puta, Ramiro. Cógeme. Cógeme como quieras.

Le gustó. Me la clavó hasta el fondo y aguantó unos segundos sin moverse, dejando que yo sintiera cada centímetro. Después empezó a martillarme sin piedad. La cama crujía, el cabecero golpeaba la pared, y yo tenía la cara enterrada en la almohada tratando de no gritar demasiado.

Duramos así otros cuarenta minutos. Me tenía en cuatro, después me acostaba de lado con una pierna en alto, después me montaba encima de él y me hacía saltar sobre su verga hasta que las piernas me temblaban. En cada cambio de postura me susurraba cosas al oído: qué rica cadera, qué buen amante tan puto, qué culito tan apretado. Y yo le respondía como una hembra en celo: sí, así, más duro, cógeme más.

Cuando por fin lo sentí acelerar de verdad, supe que ya se venía. Su verga se puso todavía más gruesa dentro de mí, sus dedos se me clavaron en las nalgas y soltó un rugido largo. Empezó a espasmarse. Cada latido de su verga me disparaba una descarga por dentro del culo, y con eso solo me hizo venirme otra vez, esta vez sin tocarme la polla, en un segundo orgasmo doble que me dejó sin aire.

Se quedó dentro de mí un rato largo, respirando pesado, con el cuerpo apoyado en mi espalda. Después se salió despacio. El condón salió lleno de semen por dentro y manchado por fuera, con algo de sangre y con rastros míos. Me dio pena. Se dio cuenta.

—No te sientas mal —dijo, quitándose el condón—. A mí eso me pone. Cuando te veo así, marcado por mi verga, sabes lo que me haces sentir.

Me besó la nuca. Nos metimos juntos a la ducha y me lavó como si yo fuera algo suyo, con las manos suaves ahora, deteniéndose en cada moretón chico que me había dejado. Salimos, nos secamos, nos vestimos en silencio. Antes de irse me miró desde la puerta.

—¿La semana que viene, mismo lugar? —preguntó.

—Aquí te espero.

***

Con Ramiro estuve casi un año. Nos veíamos cada jueves o cada dos jueves, siempre en el mismo motel, siempre con condón, siempre con suero después para no quedarnos deshidratados de todo lo que sudábamos. Él era casado, yo también estaba con un tipo formal por esa época, así que la discreción nos convenía a los dos. Nunca me pidió más de lo pactado. Nunca me faltó al respeto fuera de la cama. Dentro de la cama, me dejaba con las piernas temblando y el culo apretado durante dos días.

Como siempre pasa con las cosas buenas, se terminó. A Ramiro lo trasladaron a Ciudad de México por una promoción que no podía rechazar. La última tarde en el motel se quedó abrazándome más rato del habitual, sin decir mucho. Los dos sabíamos.

Me quedó su recuerdo, este relato, y la certeza de que mi culo, mientras siga habiendo hombres discretos y con hambre en el mundo, todavía tiene muchas historias por delante.

Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé taxi boys en Palermo.

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Comentarios(6)

NocturnoMar

ufff que rico relato, me encanto!!

FanNocturno99

Falta la segunda parte!!! Quede con ganas de mas, por favor seguí escribiendo

GatoPardo_mx

Muy bien escrito, el detalle del motel le da un realismo que no se encuentra seguido. Me gusto mucho

MarceloBA_99

Me recordo a una situacion similar que vivi hace unos años. Tremendo relato, gracias por compartirlo

Carlitos_BsAs

El titulo ya lo dice todo jajaja pero el relato supera las expectativas. Muy bueno!

JorgeJog

Me alegra haber encontrado este relato. Bien narrado, con detalle sin ser burdo. Eso es dificil de encontrar, felicitaciones

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