La corrida que empezó en el sendero
Te lo voy a contar como pasó, sin adornos, porque todavía hoy me cuesta creer que me haya ocurrido a mí. Siempre me he considerado un tipo de rutinas sencillas: trabajo, casa, pareja, y los sábados por la mañana salir a correr lejos del ruido, por un sendero que bordea el río en las afueras. Iba allí precisamente porque casi nunca me cruzaba con nadie y porque ese rato solo me dejaba la cabeza limpia.
Desde hacía meses, sin embargo, me encontraba a veces con el mismo hombre. Alto, fuerte, de hombros anchos, piernas duras de corredor y esa forma de moverse que hace evidente que disfruta su cuerpo. No hablábamos más de lo normal. Un gesto con la cabeza, un «buen día» rápido, y cada uno seguía a lo suyo.
Aquel sábado salí antes de amanecer. El aire estaba fresco, el sendero medio húmedo y el banco del final del recorrido seguía vacío cuando llegué. Me senté a beber agua, a recuperar el aliento y a estirar las piernas mientras el sol empezaba a levantar una luz naranja sobre el río.
Entonces lo vi aparecer a lo lejos.
Venía trotando con el mismo ritmo firme de siempre. Llevaba una camiseta sin mangas pegada al torso y un pantalón corto demasiado liviano, de esos que al moverse dejan poco a la imaginación. Cuando estuvo más cerca me di cuenta de que uno de sus cordones iba suelto.
—Oye —le dije, levantando la mano—. Llevas el cordón desatado.
Se detuvo justo delante del banco y miró hacia abajo.
—Joder, gracias. Me pego una hostia con esto y me quedo aquí tirado.
Apoyó un pie en el banco para atárselo. Fue un gesto simple, nada raro, pero desde donde yo estaba sentado el pantalón se le abrió por la pernera. Vi primero el interior del muslo, luego el bulto pesado entre las piernas, y después algo más concreto. No llevaba nada debajo. Eso saltaba a la vista.
No fue una mirada casual. Me quedé ahí, clavado, observando demasiado tiempo. Su paquete era grande incluso en reposo, marcado con una claridad obscena bajo la tela fina. Y mientras yo seguía mirando como un imbécil, vi cómo se iba poniendo duro.
Al principio pensé que me lo estaba imaginando. Pero no. La tela empezó a levantarse, el contorno se definió todavía más y una parte del glande asomó por la abertura del pantalón. Mi boca se secó. Sentí un tirón en la entrepierna y el pulso empezó a latirme en el cuello.
Él no retiró la pierna del banco. Terminó de atarse el cordón, pero siguió exactamente en la misma postura, como si quisiera regalarme la vista. Luego levantó la cabeza y me sostuvo la mirada con una media sonrisa.
—Parece que te gusta lo que ves.
Me tendría que haber avergonzado. Tendría que haber apartado los ojos o soltar una excusa. En lugar de eso, me salió la verdad más cruda, medio en broma y medio no.
—Joder... es que vaya pedazo escondes ahí.
Se rió por lo bajo. No parecía incómodo. Al contrario, parecía encantado.
—Si así te impresiona, tendrías que verla bien dura.
Noté mi polla tensándose dentro del pantalón. La situación era absurda y al mismo tiempo me tenía completamente atrapado. No pensaba en etiquetas, ni en si aquello decía algo de mí, ni en nada que sonara razonable. Solo pensaba en ese bulto enorme a pocos centímetros de mi cara.
—Pobre del que tenga que tragarse eso —dije, todavía jugando a no admitir lo evidente.
Él soltó una carcajada breve y me remató sin dudar.
—Si quieres, puedes tocarla.
Hubo un segundo de silencio. El río seguía corriendo detrás, los pájaros sonaban a lo lejos y yo sentía el corazón en la garganta. Podía haberme levantado e irme. Podía fingir que no había oído nada. En vez de eso, alargué la mano.
Toqué primero la tela. Estaba tirante, caliente. Mi palma se cerró alrededor de la forma de su polla y sentí cómo pegaba un pequeño salto bajo mi mano, endureciéndose del todo. Él dejó escapar un jadeo bajo, apenas contenido.
—Hostia... —murmuré.
Metí la mano por la pernera y se la saqué. Me impresionó de verdad. Era gruesa, pesada, con el glande ancho y brillante, ya completamente fuera. La sostuve como si necesitara comprobar que existía. Nunca había tenido una polla ajena en la mano, y menos una así. La comparación con la mía fue automática y me puso todavía más caliente.
Él giró el cuerpo hacia mí, acercando las caderas. Yo seguía sentado, así que me quedó justo frente a la cara. Podía oler el sudor limpio de la carrera, el calor del cuerpo y ese morbo brutal de estar a plena mañana en un sendero casi desierto, haciendo algo que se suponía que no iba conmigo.
—Si quieres chuparla, chúpala —me dijo, ya sin bromas—. Se nota que tienes ganas.
No contesté. Abrí la boca y acerqué los labios al glande. Lo probé primero con un beso húmedo, casi incrédulo, y enseguida lo metí dentro. Era demasiado grande para tragármelo entero de golpe, así que empecé por la punta, lamiéndola despacio, sintiendo el sabor salado de su piel y la presión de su respiración encima de mí.
Él me puso una mano en el pelo. No me empujó, no me forzó. Solo me sostuvo la cabeza mientras yo empezaba a mamársela de verdad. Deslicé la lengua alrededor del glande, chupé con más fuerza, dejé que la saliva le corriera por el tronco y lo pajeé al mismo ritmo con la mano.
—Así... joder, así —murmuró, con la voz ya rota.
Me excitó escuchar eso. Me excitó mucho más de lo que había imaginado posible. Sentía mi polla aprisionada y dura dentro del pantalón corto, latiendo a cada gemido suyo. No estaba haciendo un experimento ni una locura aislada; estaba tragándome una polla con hambre real, y eso me volvía loco.
Metí la otra mano por la pernera y le agarré los huevos. Eran grandes, pesados, cubiertos de vello corto y húmedos de sudor. Los sobé despacio, primero uno y luego el otro, mientras seguía chupando. Él echó la cabeza hacia atrás y abrió más las piernas.
—No pares —me dijo—. Me voy a correr si sigues así.
La frase me dio un golpe directo al centro del cuerpo. Quise más. Quise verlo perder el control por mi culpa. Quise tragármelo entero. Empecé a succionar con más insistencia, alternando la boca y la mano, apretándole los huevos en el momento exacto en que su respiración se volvía más cortada.
Sin pensarlo demasiado, deslicé los dedos hacia atrás. Le rocé el perineo, noté cómo se tensaba, y terminé encontrando el culo. Le acaricié la entrada con la yema de un dedo mientras seguía mamándosela. Su reacción fue inmediata: un gemido ronco, más profundo, más animal.
Intenté meter la punta del dedo, pero el músculo se cerró.
—Mójate el dedo —dijo, jadeando—. Métemelo despacio.
Lo saqué, me llené el dedo de saliva y volví a buscarle el culo. Esta vez entré con más paciencia. Primero presioné apenas, lo sentí apretarse, esperé, insistí de nuevo y al final el esfínter cedió. Cuando el dedo entró, él soltó un quejido tan cargado de placer que se me endureció todavía más la polla.
Seguí mamándosela mientras movía el dedo dentro, primero corto, luego un poco más hondo. No sabía exactamente qué estaba haciendo, pero su cuerpo me lo iba diciendo. Cada vez que rozaba el punto correcto, me agarraba más fuerte del pelo y me empujaba las caderas a la boca.
—Joder... sí... ahí, no pares... —repetía.
Yo estaba completamente metido en aquello. Le chupaba el glande con ruido, me tragaba su gemido, lo masturbaba con la mano y le follaba el culo con un dedo cada vez más suelto. Sentía que en cualquier segundo iba a correrse, y lejos de frenarme, eso me hizo ir a más.
Le metí un poco más el dedo y apreté con el pulgar la base de sus huevos. Su polla se puso dura como una barra y me llenó la boca. Entonces lo sentí temblar.
—Me corro —avisó, casi sin aire—. Me corro, joder.
No me aparté. Al contrario, cerré los labios alrededor del glande y seguí chupando. Su primer chorro me golpeó dentro de la boca, caliente y espeso. Después vino otro y otro más, cada uno acompañado por un espasmo en sus muslos y un gemido que ya no intentaba contener.
Tragué todo. No dejé caer nada. Me gustó sentir cómo me llenaba la lengua, el paladar, la garganta. Mientras se corría seguí moviendo el dedo dentro de su culo, y eso pareció reventarlo todavía más. Acabó con la respiración hecha pedazos, la mano apretándome la cabeza y el cuerpo temblando frente a mi boca.
Le di unas últimas chupadas lentas, vaciándole las últimas gotas, y entonces él retiró la cadera. Nos miramos durante un segundo con una expresión casi incrédula, como si ninguno supiera muy bien en qué momento aquella mañana de correr se había convertido en eso.
Pero no hubo tiempo para procesar nada. Yo estaba a punto de explotar.
Me puse de pie y nos besamos de golpe, con ansia. No fue un beso tímido ni torpe. Fue un choque de bocas desesperado, húmedo, abierto. Su lengua se metió en la mía y pude saborear en él el semen que yo mismo acababa de tragarle. Ese detalle me puso completamente fuera de control.
—Ahora me toca a mí —le dije al oído, con la voz áspera—. Estoy que reviento.
Él bajó la mirada a mi entrepierna y sonrió al ver el bulto marcado.
—¿Qué quieres? —preguntó.
Yo ya no estaba para rodeos.
—Dime dónde la quieres. En la boca o en el culo.
No dudó ni un segundo.
—En el culo. Métemela ahí.
Se bajó el pantalón y la ropa interior invisible que no llevaba seguía sin aparecer, porque no llevaba nada. Se inclinó sobre el banco, apoyó las manos en la madera y abrió bien las piernas. Ver aquel culo fuerte, adulto, firme y ofrecido en mitad del sendero me terminó de nublar la cabeza.
Escupí en los dedos y le lubriqué la entrada con prisas. Luego le metí dos dedos de golpe. Se quejó, pero no para apartarse; al contrario, empujó hacia atrás buscando más.
—Dale, no seas suave ahora —dijo—. Quiero sentirla.
Saqué los dedos, me escupí en la mano y me agarré la polla. La tenía durísima, sensible, a punto de correrse solo con la imagen de su culo abierto esperándome. Coloqué la punta en su entrada y empujé despacio al principio, notando la resistencia del esfínter, el calor cerrado cediendo milímetro a milímetro.
—Joder... —gruñó él, agarrándose al banco.
Le metí el glande entero. La presión me arrancó un gemido a mí también. Su culo estaba apretado de una forma brutal, caliente, viva, y eso me dio un placer seco y salvaje. Me detuve apenas un instante para no correrme al primer empuje. Luego seguí entrando, más hondo, hasta enterrársela por completo.
Sentí mis huevos chocar contra sus nalgas y se me fue la poca paciencia que me quedaba.
Lo agarré de las caderas y empecé a follármelo. Al principio con embestidas medidas, sacando casi hasta la punta y volviendo a entrar. Después más fuerte. Más rápido. Cada vez que salía veía mi polla brillante y cada vez que volvía a metérsela escuchaba el golpe húmedo de su culo recibiéndome.
—Así, joder, así —gemía él—. No pares. Más fuerte. Rómpeme el culo.
La obscenidad de oírselo decir me encendió todavía más. Le di una nalgada seca y seguí empujando con más violencia. El banco crujía, su espalda se tensaba y yo le clavaba las manos en la cadera para tenerlo fijo mientras lo taladraba. Estábamos solos, escondidos solo por la distancia y la hora, y ese riesgo me sumaba otra capa de morbo.
—Te gusta que te den por el culo, ¿eh? —le solté, jadeando.
—Sí, joder, sí. Fóllame. Métemela toda.
Obedecí. Cada embestida entraba hasta el fondo. Notaba su cuerpo resistirse un poco y luego abrirse para recibirme mejor. El placer me subía por la espalda en oleadas cortas, cada vez más violentas. Le pasé una mano por delante y le agarré la polla otra vez, ya dura de nuevo. Empecé a pajearlo al ritmo de mis empujes.
Él soltó un grito ahogado.
—Hostia... así me matas.
—Quiero verte correrte otra vez.
—Pues sigue. No aflojes.
No aflojé. Lo follé más rápido, dándole desde atrás con una mezcla de torpeza y hambre que me hacía sentir como si el cuerpo decidiera por mí. Le apreté la polla, le sobé los huevos y seguí clavándome dentro de él. El sonido de su respiración, los jadeos, el roce de la piel sudada, todo me iba arrastrando al borde.
Me duró poco la resistencia. Estaba demasiado excitado desde el momento en que había visto asomar su polla por el pantalón. Noté el orgasmo subirme de golpe, duro, inevitable.
—Me corro —gruñí—. Me voy a correr dentro.
—Hazlo. Lléname.
Con esa frase se acabó todo control. Me enterré hasta el fondo y me corrí dentro de su culo con espasmos violentos, descargando en pulsos espesos mientras le clavaba los dedos en las caderas. Cada chorro me arrancaba un gemido y él respondía con otro, moviendo el culo hacia atrás para recibir más. Fue una corrida corta pero brutal, de las que dejan las piernas flojas y la cabeza en blanco.
Me quedé unos segundos dentro, respirando como un animal. Luego saqué la polla despacio. Él se enderezó, volvió a mirarme y tenía la suya tiesa otra vez, enorme, balanceándose sobre el vientre.
Nos echamos a reír, todavía sin aliento, por lo absurdo y lo sucio y lo excitante de la escena. Dos hombres sudados, a plena mañana, junto a un banco de madera en medio de un camino vacío, después de habernos corrido como locos.
—Joder, vaya polvo —dijo él, llevándose una mano a la polla—. Pero mírame cómo sigo.
Yo también la miré. Seguía impresionando. Ya corrido una vez, recién follado, y aun así seguía dura.
—No pienso metérmela yo —le dije, sincero, medio riéndome.
Se rio conmigo.
—Ni te lo iba a pedir. Ayúdame de otra forma.
Se sentó en el banco y empezó a menearse la polla con la mano. Yo me coloqué entre sus piernas abiertas y le agarré los huevos otra vez. Estaban llenos, tensos. Se los masajeé despacio mientras le lamía el glande y chupaba solo la punta, alternando con la mano que lo masturbaba desde la base.
—Eso es... así me gusta —murmuró—. Qué bien la chupas para ser tu primera vez.
Sus palabras me dieron una sacudida de orgullo y morbo. Seguí más decidido. Largas pasadas de lengua por la corona del glande, succión húmeda, saliva corriendo por el tronco, mis dedos apretándole los huevos y pellizcando suavemente el saco. Él se pajeaba fuerte, acelerando el ritmo, mirándome trabajarle la punta con la boca.
No tardó mucho. Lo noté en la forma en que los muslos se le tensaron y en cómo empezó a temblarle la mano.
—Voy otra vez —avisó.
Esta vez el primer chorro me cayó dentro de la boca y el siguiente me salpicó la cara cuando él, sin querer, apartó la polla un momento al correrse con violencia. Me manchó la mejilla, la barbilla y un poco los labios. Él soltó una maldición entre gemidos y siguió vaciándose sobre mí y sobre su mano.
Cuando terminó, en vez de dejarme limpiar, me agarró de la nuca y me acercó. Me lamió la cara con una calma obscena, recogiendo su propio semen de mi piel. Pasó la lengua por mi mejilla, por la comisura de la boca, por la barbilla, y acabó besándome con profundidad, compartiendo conmigo el sabor salado de su corrida.
Ese beso tuvo algo distinto. Ya no era solo urgencia sexual. Era la aceptación muda de que lo que había pasado nos había gustado a los dos de verdad.
Nos sentamos un rato en el banco a recuperar el aire. El río seguía allí, indiferente, y la mañana ya estaba completamente abierta. Desde fuera habría parecido que dos corredores descansaban después del ejercicio. Solo nosotros sabíamos lo que acabábamos de hacer.
Entonces por fin hablamos como personas y no solo como cuerpos calientes. Cambiamos nombres. Él me dijo que se llamaba Darío. Yo le di el mío. Los dos éramos hombres ya hechos, casados, con vida armada y sin ninguna intención previa de buscar aquello esa mañana.
—Te juro que nunca había hecho nada con un hombre —me confesó, todavía sonriendo—. Pero te vi mirarme y me puse como una piedra.
—Yo tampoco —le respondí—. Y no sé qué coño me pasó, pero no quería parar.
—Menos mal que no paraste.
Nos reímos otra vez. Después intercambiamos los teléfonos con la naturalidad extraña de quienes ya se habían tragado el semen y se habían follado antes de presentarse. A esas alturas, pedir el número parecía casi lo más formal del encuentro.
Antes de irse, me soltó una última bomba. Me dijo que con su pareja llevaba tiempo fantaseando con sumar a otro hombre, que buscaban a alguien con quien hubiera química de verdad y cero teatro. Me miró de arriba abajo, todavía con esa media sonrisa insolente, y añadió que, después de lo de aquella mañana, yo le parecía una opción demasiado buena como para dejarla pasar.
No le respondí de inmediato. Solo sonreí, todavía con el cuerpo flojo y la cabeza llena de imágenes de su culo abierto sobre el banco y de su polla derramándose en mi boca.
—Llámame —le dije al final—. Para correr... o para lo otro.
Se echó a reír, me dio una palmada en el pecho y salió trotando sendero adelante como si nada hubiera ocurrido. Yo me quedé sentado unos minutos más, repasando cada detalle y notando todavía en la lengua el sabor de él y en la polla la memoria caliente de su culo.
Aquel día volví al coche caminando despacio, con las piernas cansadas por la carrera y por todo lo demás. No sé si eso me convierte en gay, bisexual o simplemente en un hombre que se dejó arrastrar por un deseo inesperado. La verdad es que ahora mismo me importa poco ponerle nombre.
Lo único que tengo claro es que salí a correr y acabé descubriendo que mi cuerpo tenía hambre de cosas que yo nunca me había atrevido ni a imaginar. Y también tengo claro otra cosa: si Darío me llama, no voy a decirle que no.