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Relatos Ardientes

Confesión de una paja con mi viejo amigo

Me llamo Sergio, paso de los cincuenta y llevo casado media vida. Nunca he tenido una mala vida sexual con mi mujer, al contrario. Siempre nos hemos entendido bien en la cama, con confianza, con ganas y con esa tranquilidad que da conocer el cuerpo del otro durante años. Por eso, si me hubieran dicho tiempo atrás que una de las experiencias más intensas de mi vida iba a empezar por la polla de otro hombre, me habría reído en la cara de quien fuera.

Todo comenzó de una forma bastante simple. Una noche, navegando por internet sin buscar nada en concreto, me topé con un foro donde un tipo preguntaba si era normal sentir curiosidad por tocarle el pene a otro hombre sin considerarse homosexual. Me quedé leyendo las respuestas durante más tiempo del que me gustaría reconocer. Algunas eran burlas, otras insultos, pero unas cuantas eran confesiones muy directas de hombres casados, heteros según ellos, que admitían ese morbo.

Lo leí varias veces. Cerré la página. Volví a abrirla. Y me di cuenta de que la pregunta me había dejado removido por dentro.

La verdad es que yo también había mirado pollas ajenas más de una vez. En vestuarios, en baños, en duchas, en ese tipo de situaciones donde un hombre finge que no mira mientras compara, calcula y siente una curiosidad sucia que nunca admite. Nunca había pasado de ahí, pero el simple hecho de reconocerme en esa pregunta me dejó una punzada en la cabeza durante días.

La semana siguiente fuimos a una celebración de trabajo de mi mujer. Yo no tenía ninguna gana. Esas reuniones me aburren: gente que no conozco, conversaciones repetidas, sonrisas de compromiso y alcohol para aguantarlo. Entré al local con esa resignación torpe del marido que acompaña, hasta que vi una cara conocida al otro lado de la barra.

Me costó un segundo situarlo. Era Darío, un amigo de juventud al que no veía desde finales del instituto. Más ancho de hombros, más serio de gesto, con unas entradas discretas y esa forma de sonreír con un lado de la boca que seguía siendo igual. Mi mujer nos presentó oficialmente, aunque ni hacía falta.

—No puede ser —solté, estrechándole la mano—. ¿Cuántos años han pasado?

—Demasiados —respondió él, apretándome con fuerza—. Te habría reconocido igual, cabrón.

Nuestras mujeres se entendieron enseguida y nos dejaron juntos. Primero fue la charla normal: trabajo, mudanzas, hijos ya mayores, rutinas, achaques, recuerdos de juventud. Luego llegaron las copas, y con las copas fue apareciendo esa confianza antigua que parecía dormida bajo la piel. En un par de horas ya hablábamos como si no hubieran pasado décadas.

Recordamos novias, locuras, borracheras, viajes. Después, no sé ni cómo, la conversación fue deslizándose hacia el sexo. Supongo que el alcohol ayuda a quitarles peso a ciertas palabras. Empezamos hablando de fantasías, de cosas que uno no cuenta en una mesa normal, de manías, de costumbres, de cómo cambian las ganas con la edad. Yo ya iba bastante caliente, no solo por lo que decía, sino por cómo me miraba al escucharlo.

Fue entonces cuando le conté lo del foro. No como una gran revelación, sino como un comentario lanzado al aire, medio riéndome, pero atento a su reacción.

Darío tardó unos segundos en responder. Miró su vaso, bebió, y luego me dijo en voz baja:

—Si te soy sincero, yo también he mirado. Más de una vez.

Sentí un golpe seco en el estómago. No de miedo. De excitación.

—¿Y te ha dado morbo? —pregunté.

—Sí —dijo sin rodeos—. Bastante.

Nos quedamos callados un instante, con el ruido del local alrededor y esa frase flotando entre los dos. Yo notaba la polla empezando a endurecérseme dentro del pantalón. Él también estaba más serio, más pendiente de mí que de nada más.

Al rato tuve que ir al baño. Se lo dije y se levantó conmigo diciendo que él también aguantaba desde hacía rato. Entramos en el servicio de hombres y encontramos los urinarios del fondo libres, medio escondidos por un tabique. Nos colocamos uno al lado del otro y nos la sacamos para mear.

No voy a fingir decencia: miré.

Miré de reojo al principio y luego un poco más. Tenía una polla gruesa, de un tamaño algo mayor que la mía, con el glande oscuro y los huevos recogidos por el frío del baño. Él se dio cuenta de que la estaba mirando y, en vez de apartarse o hacerse el tonto, sonrió. Esa sonrisa me puso mucho peor.

Lo que pasó después fue rápido y, al mismo tiempo, se me quedó grabado con una nitidez brutal. Mientras acabábamos de mear, alargó la mano y me rozó el dorso. Yo no la aparté. Al contrario, la giré y se la apreté. Su otra mano bajó directamente a mi polla aún fuera, todavía blanda pero reaccionando al instante. Me la cerró con firmeza, sin brusquedad, como si llevara tiempo pensando en hacerlo.

Se me cortó la respiración.

Yo le agarré la suya. Sentí el calor, el peso, la piel tensándose debajo de mis dedos. En pocos segundos las dos empezaron a crecer. Él me sobó los huevos con la yema de los dedos y yo hice lo mismo. El morbo de sujetar una verga ajena por primera vez me explotó en la cabeza. No era teoría ni fantasía ni curiosidad abstracta. Era una polla real, dura cada vez más, en mi mano.

Se abrió la puerta del baño y entró gente. Tuvimos que soltarnos de golpe, guardarnos la compostura y salir como si nada. Pero ya era tarde para fingir normalidad.

***

Nos sentamos luego en una zona más apartada del local, con otra copa por delante. Yo necesitaba hablar, ponerle nombre a lo que había pasado, aunque fuera para prohibirlo. Él parecía más decidido que yo.

—No sé qué coño me ha pasado ahí dentro —le dije, nervioso.

—Te ha pasado lo mismo que a mí —contestó—. Que me has puesto cachondo y no he querido hacerme el santo.

—No quiero líos raros.

—Yo tampoco. Pero no me digas que no te ha gustado.

No pude negarlo. Ni siquiera quise.

Le dije que me había gustado más de lo que podía admitir, pero que aquello no significaba que me gustaran los hombres. Él soltó una risa corta y me respondió que las etiquetas le importaban una mierda. Que estaba casado, que deseaba a su mujer y que, aun así, tenía unas ganas tremendas de volver a tocarme la polla.

En ese momento se acercó su esposa para decirnos que ellas se iban a otro sitio a seguir la noche. Mi mujer también estaba encantada con el plan y daban por hecho que nosotros no querríamos ir. Nos ofrecieron volver luego por separado. Darío y yo intercambiamos una mirada que lo decidió todo antes de decir una sola palabra.

Nos quedamos solos.

Cuando salimos del local y subimos al coche, no arrancó de inmediato la conversación banal de dos amigos reencontrados. Arrancó otra cosa. Una tensión espesa, casi adolescente, que llenaba todo el interior del vehículo.

—¿A tu casa o a la mía? —pregunté.

—A ninguna —dijo—. Mejor un sitio discreto.

Conocía un descampado en las afueras donde se metían parejas a follar dentro del coche. Fuimos allí. El lugar estaba oscuro, con varios vehículos separados unos de otros, algunos moviéndose con ese vaivén inconfundible. Había cristales empañados, gemidos lejanos, una mezcla de morbo y clandestinidad que me encendió todavía más.

Aparqué pegando un lateral del coche a una pared para quedar medio cubiertos. Apagué el motor. De golpe, el silencio se volvió pesado.

—Una cosa —dije, intentando sonar firme—. Sin besos. Sin follar. Solo paja. Y ya veremos.

—Me parece perfecto —respondió sin discutir—. Solo quiero tocarte.

Nos desabrochamos. Bajé pantalón y ropa interior hasta las rodillas. Mi polla estaba semidura, gorda pero todavía a medio camino. La suya, en cambio, ya se levantaba con ganas, húmeda en la punta. Empezamos cada uno con nuestra mano, frente a frente en los asientos delanteros, mirándonos la polla sin vergüenza.

El simple sonido de la respiración del otro ya excitaba. Nuestras manos subían y bajaban con un ritmo torpe al principio, más decidido después. Yo no podía dejar de mirar cómo el prepucio de Darío retrocedía, cómo asomaba el glande brillante, cómo empezaba a salirle líquido transparente. Él tenía los muslos abiertos y la verga tiesa, temblándole ligeramente con cada pasada.

—Quiero pajearte yo —me dijo con la voz ronca.

—Yo también quiero agarrarte esa polla como se debe —contesté.

Nos quitamos del todo la ropa de cintura para abajo y pasamos al asiento trasero. Ya desnudos, sentados uno frente al otro con las piernas abiertas, la visión me golpeó de lleno. Darío estaba completamente empalmado, con los huevos depilados, la polla dura apuntando hacia su ombligo. Yo no me quedaba atrás. Sentía la piel tirante y caliente.

Le agarré la verga y empecé a pajearlo despacio, notando cómo se endurecía aún más dentro de mi puño. Él me envolvió la mía con una mano experta, subiendo y bajando con la presión justa para volverme loco. El placer de sentir una mano masculina, fuerte, distinta a la mía y distinta a la de mi mujer, fue brutal. No más romántico. No más tierno. Solo distinto, más directo, más sucio.

—Joder, qué buena polla tienes —murmuró.

—Y la tuya me está volviendo loco —le respondí sin apartar la vista.

Seguimos así un buen rato, masturbándonos uno al otro, hasta que me atreví a bajar la otra mano a sus huevos. Se los amasé con suavidad y él soltó un gemido contenido. Me pidió que no me cortara, así que seguí, masajeando, tirando apenas, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo.

Mis dedos bajaron más. Rozaron su culo. Esperé una negativa que no llegó.

—Dale —me dijo, abriendo más las piernas—. Mételo si te apetece.

Le acaricié el agujero con la yema del dedo corazón en pequeños círculos mientras no dejaba de pajearlo. Su respiración cambió de inmediato. Empujó el culo hacia mi mano, pidiéndolo sin disimulo. El dedo entró primero solo la punta, luego la primera falange. Lo sentí apretado, caliente, húmedo de sudor. Darío soltó un jadeo grave y me agarró el antebrazo.

—Así, cabrón, así... no pares.

Metí un poco más el dedo, despacio, y aceleré la paja con la otra mano. Él echó la cabeza hacia atrás, con los dientes apretados, la polla latiéndome dentro de la palma. Notaba las contracciones previas. Su glande se puso más brillante, más mojado.

—Me voy a correr —gruñó—. No aflojes.

No aflojé. Se la meneé con fuerza, clavándole el dedo hasta donde pude sin hacerle daño. Y entonces se corrió. La corrida le salió a chorros potentes, el primero me alcanzó el cuello y el pecho, los siguientes me salpicaron la barriga. Ver ese semen caliente sobre mi piel, provocado por mi mano y por mi dedo dentro de su culo, me puso tan al límite que casi me corrí con él.

Darío respiraba a bocanadas, temblando.

—Ahora te toca a ti —dijo, todavía con la voz tomada.

Se recolocó y me agarró la polla con hambre, usando el mismo semen que aún tenía en parte en la mano para lubricarme mejor. El tacto resbaladizo me arrancó un gemido vergonzosamente alto. Con la otra mano me sobó los huevos y buscó mi culo.

—Relájate —me dijo—. Te va a gustar.

Su dedo me masajeó el ano con calma, sin precipitarse. Yo estaba tan caliente que no opuse resistencia. Cuando empezó a entrar, sentí una mezcla rara de molestia y placer que me hizo arquear la espalda. Siguió acariciándome la polla al mismo tiempo y eso lo cambió todo. La sensación se volvió una descarga continua que subía desde el culo hasta la base de los huevos.

—Joder... sigue —le dije—. Sigue, no pares, cabrón.

Metió más dedo y me pajeó más rápido. Yo mismo empujé las caderas hacia su mano, buscando más. Noté que se me cerraba el abdomen, que la polla me daba pequeños tirones, que el orgasmo me venía desde dentro de una forma nueva y brutal.

Me corrí a chorros sobre su pecho y su vientre, con la verga palpitando dentro de su mano. No recuerdo haber soltado tanta tensión en una paja en años. Quedé jadeando, con las piernas flojas y el culo todavía apretando el dedo que acababa de sacarme.

Nos limpiamos con unas toallitas y nos vestimos a medias, todavía aturdidos. Hablamos poco. Lo justo para reconocer que aquello había sido una barbaridad y que ninguno quería fingir arrepentimiento absoluto. Lo llevé a su casa. Antes de bajarse, intercambiamos números.

Yo llegué a la mía con el cuerpo todavía ardiendo.

Mi mujer volvió más tarde, algo bebida y muy caliente. Se metió en la cama desnuda, me puso la mano encima y encontró enseguida que volvía a estar duro. Me montó sin demasiados preámbulos, húmeda, hambrienta, moviéndose con un ritmo que me hizo pensar lo impensable: mientras me la follaba, recordé la polla de Darío en mi mano. El contraste me encendió más. Aquella noche me corrí otra vez dentro de mi mujer con la cabeza llena de imágenes que no pensaba contarle jamás.

***

Durante los días siguientes no pude dejar de pensar en lo ocurrido. No se me iba de la cabeza su verga, el peso en la mano, los gemidos, el semen caliente en mi piel, la facilidad con la que se nos había roto una frontera que yo creía firme. Darío me escribió a la mañana siguiente. Un simple saludo, luego una broma, luego una frase clara: «No dejo de pensar en anoche».

Yo tampoco.

La oportunidad llegó antes de lo previsto. Nuestras mujeres tenían que viajar por trabajo durante varios días. Antes de irse, organizamos una cena en casa para despedirnos los cuatro. Todo era aparentemente normal: carne a la parrilla, vino, risas, conversación. Pero debajo de la mesa había otra corriente. Cada vez que Darío pasaba cerca de mí, me rozaba apenas. Una vez, en la cocina, se me pegó por detrás mientras yo cortaba pan y sentí su paquete duro contra el culo.

—Llevo toda la semana pensando en tu polla —me susurró.

—Y yo en la tuya —le respondí sin girarme—. Pero aguanta.

Aguantamos de milagro hasta que ellas se fueron al día siguiente. Mi mujer se marchó excitada, incluso me dejó a medias antes de subir al taxi, con el coño mojado y una promesa para la vuelta. Media hora después llamaron a la puerta. Era Darío. Mi vecina, por supuesto, asomada a la ventana como un radar con visillos.

Entró riéndose por eso, pero nada más cerrar la puerta cambió la expresión. Me miró las manos, se acercó y me las levantó hasta la cara.

—Has estado tocando a tu mujer antes de que se fuera, ¿verdad?

No me dio tiempo a contestar. Me olió los dedos y luego me los lamió despacio. Sentí una descarga inmediata en la polla.

—Hijo de puta —le solté, medio riéndome, medio ahogado—. Eso no me lo esperaba.

—Pues espérate a lo demás.

Salimos enseguida para evitar sospechas y volvimos al mismo descampado. Esta vez llegamos aún con algo de luz. Esperamos dentro del coche hablando un rato, intentando darle un aire racional a algo que ya no lo tenía. Repetimos que no éramos una pareja, que no estábamos enamorados, que seguíamos deseando a nuestras mujeres. Todo eso era cierto y, aun así, los dos teníamos unas ganas salvajes de volver a tocarnos.

En cuanto oscureció un poco más, nos desnudamos otra vez y pasamos atrás. Esta vez no hubo tanta timidez. Darío me agarró la polla nada más sentarse y empezó a masturbarme con seguridad, usando el pulgar para insistir en el frenillo como ya sabía que me volvía loco. Yo le sujeté la suya y se la bombeé con fuerza, notando lo dura y mojada que estaba.

—No sabes cómo he necesitado esto —dijo entre dientes.

—Pues demuéstramelo.

Me abrió más las piernas y metió la mano entre mis nalgas. Su dedo me encontró enseguida y empezó a trabajarme el culo con más confianza que la vez anterior. Yo, casi al mismo tiempo, bajé la mano y le metí un dedo a él. Los dos gemimos. El interior de su culo estaba más relajado y el mío también. Ya no había sorpresa, solo ganas.

Nos masturbábamos con rabia, con respiraciones rotas, hundiéndonos los dedos a la vez. Cada vez que Darío me metía y sacaba el suyo, mi polla daba un salto en su mano. Cada vez que yo le rozaba por dentro, la suya latía y soltaba más líquido. Aquello dejó de ser solo una paja mutua. Era un intercambio sucio y concentrado de control y placer, sin besos, sin caricias tiernas, puro morbo entre dos hombres excitados como animales.

—Más adentro —me pidió él—. Métemelo bien.

Lo hice. También él conmigo. Nuestros culos se abrían y se cerraban alrededor de los dedos del otro, mientras las vergas subían y bajaban entre puños resbaladizos. Yo estaba echado contra el respaldo, con las piernas abiertas de más, soltando gemidos que jamás habría imaginado sacar por otro hombre. Me daba igual. En ese coche oscuro, rodeado de otros coches donde seguramente otras parejas follaban, solo importaba la mano de Darío en mi polla y su dedo dentro de mí.

—Quiero correrme contigo —me dijo, jadeando.

Apreté más su verga, hundí el dedo hasta el fondo y empecé a menearlo rápido. Él hizo lo mismo conmigo. Lo noté primero en su polla: las contracciones secas, la piel tirante, el glande a punto de explotar. Luego en la mía, una oleada caliente subiéndome desde el culo hasta el vientre.

Nos corrimos casi a la vez.

Su semen me golpeó el pecho en varios chorros y el mío salió disparado sobre el asiento y parte de mi barriga. Seguimos un poco más, exprimiendo los últimos espasmos del otro, hasta que las pollas perdieron fuerza y solo quedaron nuestros jadeos y el olor espeso a semen dentro del coche.

Nos echamos a reír como dos idiotas agotados. Pero ni siquiera eso había sido el final.

Cuando sonó el manos libres, era mi mujer desde el hotel. Contesté intentando mantener la voz estable. Me preguntó por el viaje, por cómo estaba, por si me acordaba de la promesa sexual que me había hecho antes de irse. Mientras yo le respondía con frases cariñosas, Darío me acariciaba el paquete por debajo del volante y ponía morritos obscenos, burlándose en silencio. La situación era tan sucia que volví a empalmarme en mitad de la llamada.

En cuanto colgué, nos miramos y no hizo falta hablar. Otra vez fuera los pantalones. Otra vez las manos a las pollas. Esta tercera paja fue más breve, más urgente, alimentada por la tensión de la llamada y por el hecho de que ya estábamos descargados de antes. Darío me ordeñó la verga con movimientos cortos y rápidos hasta sacarme otra corrida más pequeña sobre sus manos. Yo se la devolví enseguida, agarrándolo fuerte desde la base, machacándole el glande con el pulgar hasta que se corrió sobre su camiseta y mi muñeca, apretándome el muslo con los dedos.

Quedamos exhaustos, pegajosos y satisfechos de una manera casi ridícula. Nos limpiamos, nos vestimos y yo lo llevé de vuelta a casa. Pensé que la noche había terminado ahí.

No fue así.

Cuando paré frente a su portal, me entraron tres correos de una dirección desconocida. Abrí el primero por pura curiosidad y se me heló el cuerpo. Alguien nos había grabado. No una vez, sino las dos noches en el descampado. Sabían quiénes éramos. Sabían que nuestras mujeres estaban fuera. Decían haber visto cómo gemía Darío, cómo nos corríamos, cómo disfrutábamos. Y amenazaban con mandar los vídeos a nuestros contactos si no colaborábamos cuando nos llamaran.

Leí el mensaje en voz alta y noté cómo el placer se me convertía en un nudo de miedo.

Darío soltó una maldición y se quedó blanco.

Yo apreté el móvil con una rabia seca, mirando la pantalla como si pudiera estrangular a quien estuviera detrás. Hasta ese momento, todo había sido morbo, deseo y descarga. De repente, nuestras pollas, nuestras pajas y nuestros gemidos ya no eran solo un secreto compartido. Eran un arma en manos de alguien más.

Y supe, antes de que llegara la llamada, que aquello no había hecho más que empezar.

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Comentarios(4)

Kike_87

Increible relato!!! de los mejores que lei por aca.

NachoPBa

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas jajaja

RamiroMD

Me recordo a algo parecido que me paso hace unos años en una fiesta. Esas situaciones que no esperas y despues no podés creer que pasaron.

MartinaR88

La tension que se arma entre los dos se siente desde el primer parrafo. Muy bien narrado, en serio.

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