Sexo en la barbería del cuartel
Me llamo Darío y esto pasó hace años, cuando todavía existían rutinas que te rompían el cuerpo y te dejaban la cabeza llena de hambre. Hambre de dormir, de salir, de beber, y también de follar. Yo ya había probado bastante antes de entrar al cuartel: mujeres, algún hombre, mamadas a escondidas y más de una calentura resuelta donde se podía. No era un novato, pero tampoco iba por ahí contándolo.
Cuando me tocó pasar una temporada en un cuartel de las afueras, pensé que el deseo se me iba a secar con el cansancio. Durante las primeras semanas fue casi así. Instrucción, órdenes, duchas rápidas, literas, sudor, gritos y sueño. Caía rendido cada noche y apenas me quedaban fuerzas para hacerme una paja debajo de la manta.
Pero el cuerpo siempre vuelve a pedir lo suyo.
Cuando empecé a adaptarme, me fijé en todo con otros ojos. En las duchas, en los culos apretados bajo el pantalón, en las miradas que duraban un segundo de más, en el roce que no parecía casual. Algunos se escapaban al pueblo a buscar putas. A mí nunca me ha gustado pagar por correrme. Yo prefería la tensión previa, la caza, esa sensación de que el otro también lo está deseando y no se atreve a decirlo.
La pista me llegó una tarde en la cantina. Dos compañeros hablaban bajito, convencidos de que nadie los oía.
—El barbero te arrima demasiado —dijo uno—. El otro día se me pegó por detrás y no parecía un accidente.
El otro soltó una carcajada nerviosa.
—Pues si sigue así, un día se la corto yo a él.
No dijeron más, pero a mí me bastó. Yo ya me había fijado en el barbero del cuartel. Delgado, manos finas, forma suave de hablar, ojos atentos. De esos hombres que parecen discretos hasta que los miras bien y notas el temblor contenido de quien siempre está midiendo el riesgo.
Esa misma semana busqué el momento. Esperé a la última hora, cuando ya casi no quedaba nadie rondando por el pasillo, y me planté en la barbería con la excusa perfecta.
—Hazme el favor de cortarme un poco —le dije—. Mañana salgo de permiso y como me vean así me van a joder la tarde.
Me miró de arriba abajo, evaluando si hablaba en serio o si solo estaba buscando conversación. Sonrió apenas.
—Vale. Pero cierro ya. Como entre otro detrás de ti, me mata.
Fue hasta la puerta, echó el pestillo y bajó un poco la persiana interior. Ese gesto me encendió más que cualquier palabra.
Me senté en la silla y me pasó la tela por encima del pecho, ajustándola en el cuello con un cuidado innecesario. Sus dedos rozaron mi nuca. Yo levanté la vista hacia el espejo y lo vi evitarme solo un instante antes de empezar con la máquina.
La barbería era pequeña, caliente, con olor a colonia barata, pelo recién cortado y tabaco viejo. Él trabajaba cerca de mí, demasiado cerca para que yo no sintiera su muslo rozando mi hombro cada vez que cambiaba de ángulo. Al principio no hice nada. Solo hablé de tonterías, del permiso, de la comida, de la rutina. Quería darle margen. Quería ver si se atrevía.
No se atrevió.
Así que me atreví yo.
Dejé caer el brazo por fuera del sillón y busqué su entrepierna con la excusa de moverme. El primer roce fue leve, apenas la tela de mi manga contra el bulto de su pantalón. Notó el contacto al instante. Lo vi en el espejo: los labios apretados, la respiración cortada. Pero no se apartó.
Volví a hacerlo. Más lento. Esta vez mantuve el roce un segundo más, arrastrando el antebrazo. Él siguió pasando la máquina por mi nuca como si nada, aunque ya no cortaba recto. Su paquete empezaba a marcarse.
Ahí estás, pensé.
Metí la mano por debajo de la tela, abrí un poco mis piernas y me apreté la polla por encima del pantalón. Quería que me viera haciéndolo por el reflejo. Quería ponerlo al borde.
Se colocó delante de mí para revisar el corte, pero en realidad lo que quería era enseñarme la erección que ya le tensaba el pantalón. Levanté la mano despacio y le agarré los huevos por debajo de la tela.
—¿Esto también entra en el servicio? —le pregunté, sonriendo.
Se quedó inmóvil. Tenía la cara roja y la boca entreabierta.
—Si te molesta, paro.
Negó con la cabeza, muy leve.
Le apreté el paquete, disfrutando cómo se endurecía más bajo mi palma.
—Eso pensaba.
Lo atraje hacia mí del cinturón y le planté un beso directo, sin tanteos. Tardó una fracción de segundo en reaccionar. Luego me abrió la boca con la suya y me devolvió el beso con una ansiedad que no disimulaba nada. Nos besamos fuerte, torpe al principio, y después con hambre de verdad, restregando labios y lengua como si lleváramos semanas deseándolo.
Le desabroché el pantalón. Él soltó el aire por la nariz, casi un gemido. Metí la mano y le saqué la polla. No era enorme, pero sí dura y bonita, con el glande ya húmedo. La acaricié un par de veces mientras lo miraba a los ojos.
—Joder —murmuró—. No sabía si ibas en serio.
—Ahora ya lo sabes.
Me aparté la tela del cuello, la dejé caer y me incliné desde la silla. Lo agarré por la cadera y me metí su polla en la boca de una vez, caliente, tensa, con ese sabor salado y limpio de quien llevaba horas aguantando. Él dio un respingo y se apoyó en el respaldo para no doblarse.
Chupar una polla me gusta cuando el otro no finge. Y aquel hombre no fingía nada. Le pasé la lengua por el glande, bajé despacio por el tronco, lo escupí bien y empecé a pajearlo mientras lo iba tragando cada vez más hondo. Él resoplaba, se mordía los nudillos, miraba la puerta como si fuera a entrar medio cuartel de un momento a otro.
—Qué cabrón —dijo entre dientes—. Cómo chupas.
Le respondí con otra mamada más profunda. Dejé que me empujara apenas, muy suave, lo justo para sentir cómo empezaba a confiarse. Cuando sacaba su polla, la lengua hacía el resto, lamiendo la punta y el frenillo hasta ponerlo a temblar.
Duró poco. Se notaba que llevaba demasiados días con la leche acumulada. Me apartó con una mano temblorosa.
—Espera, espera... que me corro.
Le di dos pajas rápidas más y se corrió sobre el suelo, entre jadeos, soltando chorros espesos mientras yo seguía apretándole la base para sacarle hasta la última contracción. Se quedó doblado, con la frente apoyada en el espejo, respirando como si acabara de correr una pista entera.
Yo seguía empalmado debajo del pantalón, a punto de reventar.
—Ahora me toca a mí —le dije.
Se volvió, todavía agitado, y me miró con una sonrisa nueva, más sucia.
—¿Quieres que te la chupe o prefieres follarme?
No necesité pensarlo.
—Quiero metértela.
Abrió un cajón y sacó un preservativo y un bote de vaselina. Me reí al verlo tan preparado.
—Vaya, el barbero trabaja con previsión.
—Nunca se sabe cuándo va a aparecer un tío con ganas de joderme el culo.
Nos besamos otra vez mientras él me abría el pantalón. Me sacó la polla y me la acarició despacio, sin prisa, subiendo y bajando el prepucio hasta dejarme dura como una piedra. Después se dio la vuelta y se apoyó en el banco corrido junto a la pared. Se abrió con los dedos, metiéndose dos de golpe, lubricando bien la entrada.
El culo lo tenía prieto, redondo, casi insultante para un cuerpo tan delgado. Me puse el condón, me embadurné bien y acerqué la punta. En cuanto lo rocé, él arqueó la espalda.
—No me hagas esperar.
Empujé despacio. El anillo apretó con fuerza y tuve que parar un segundo mientras él soltaba un quejido ronco. Le agarré la cintura y volví a avanzar, milímetro a milímetro, sintiendo cómo me tragaba. Cuando entré hasta el fondo soltó una mezcla de gemido y blasfemia, y yo me quedé quieto saboreando esa presión húmeda que me estaba estrujando la polla entera.
—Joder... así —dijo él—. Muévete.
Empecé corto, controlando. Sacar medio tramo y volver a meterla. Otra vez. Y otra. Cada embestida abría un poco más su culo y me daba más hambre. Al tercer minuto ya estaba follándolo de verdad, sujetándolo por las caderas, golpeando contra sus nalgas con un sonido seco que llenaba la barbería.
Él se echó hacia atrás para ofrecerme más, moviendo el culo en busca de mis empujes.
—Más fuerte, cabrón.
Le obedecí. Se la metí hasta los huevos, una y otra vez, sin dejar de mirar cómo se abría para recibirme. Bajé una mano y le agarré la polla, pajeándosela al ritmo de mis embestidas. Eso lo volvió loco. Gemía sin vergüenza, con la voz rota, diciendo obscenidades que me pusieron todavía más caliente.
—Fóllame... así... no pares... joder, sí...
No aguanté mucho más. Cuando noté la subida en el vientre aceleré, clavé un par de embestidas salvajes y me corrí dentro del preservativo con la polla enterrada hasta el fondo, apretándole la cadera con tanta fuerza que luego vi mis dedos marcados en su piel. Me quedé quieto, respirando contra su espalda, hasta que se me bajó un poco.
Al sacarla, él se volvió y me besó con una tranquilidad extraña para lo que acabábamos de hacer.
—Me llamo Iván —dijo.
—Darío.
Sonrió.
—Bien, Darío. La próxima vez quiero probar tu culo.
—La próxima vez hablamos.
La siguiente vez llegó antes de lo que esperaba.
***
Durante varios días, Iván me fue tanteando en los pasillos, en la cantina, con miradas y frases dobles que solo entendíamos nosotros. También me empezó a contar quién era quién. Quién se dejaba tocar cuando bebía, quién solo quería que le mamaran, quién presumía mucho y tragaba más. La barbería resultó ser un confesionario con tijeras. Por allí pasaban todos, y él se enteraba de medio cuartel.
Una tarde me dijo en voz baja:
—Hoy a las ocho. Llama a la puerta. Estaré cerrado.
Fui puntual. Me abrió con una sonrisa cómplice y vi que no estábamos solos. Sentado en el banco había otro soldado, más ancho, barriga suave, cara simpática y ojos de puro vicio. Iván nos presentó.
—Este es Mauro.
Mauro me estrechó la mano sin dejar de mirarme la boca.
Habían conseguido una botella de anís y tres vasos de plástico. Tomamos un par de tragos, hablamos de cualquier cosa y, como suele pasar cuando tres adultos van con ganas y sin tiempo que perder, la conversación acabó enseguida donde tenía que acabar.
—Yo no me escondo —dijo Mauro—. Me gustan los hombres.
Yo me encogí de hombros.
—A mí me gustan los cuerpos. Si me ponen, me los follo.
Iván soltó una carcajada.
—Después de cómo me la chupó el otro día, este no viene a debatir.
Se acercó a Mauro y lo besó delante de mí, abriéndole la cara con las manos. Mauro respondió al instante, tragándose el beso con hambre. Ver a dos hombres morrearse así, tan cerca, me puso durísimo. No iba a hacerme el espectador.
Me bajé la cremallera, saqué la polla y agarré la muñeca de Iván para llevarle la mano. Empezó a pajearme casi sin pensar, todavía besándose con Mauro, y al segundo los dos se arrodillaron delante de mí como si ya lo hubieran ensayado.
Una boca en el glande y otra lamiendo por debajo del tronco. Después cambiaban. Luego se besaban compartiendo mi sabor y volvían a mí. Yo tenía las manos ocupadas en sus pezones, retorciéndolos, pellizcándolos hasta dejarlos duros. Me encantaba verlos jugar entre ellos mientras me utilizaban en medio.
Mauro acabó tragándose mi polla entera. La mamaba lento, profundo, con una técnica obscena y tranquila, como si quisiera sacarme toda la tensión acumulada gota a gota. Iván me besaba el cuello, me mordía la mandíbula y me susurraba porquerías al oído.
—Te dije que quería tu culo.
Le agarré la nuca y lo miré fijo.
—Pues gánatelo.
Eso lo encendió. Me bajaron pantalón y ropa interior hasta los tobillos. Iván se puso detrás de mí, me separó las nalgas con las manos y me pasó la lengua por el culo sin la menor delicadeza. Sentí la humedad caliente en el esfínter y se me aflojaron las piernas. Mauro seguía con mi polla, alternando lengua y labios, sin parar ni un segundo.
Iván me abrió con un dedo bien engrasado. Lo metió despacio, luego lo sacó y entró otra vez, empujando un poco más cada vez. Yo gemí con la boca apretada, no de dolor sino de pura anticipación. Me metió un segundo dedo y me los movió dentro con firmeza, trabajando el culo mientras Mauro me llevaba al límite con esa mamada indecente.
—Me corro si seguís así —avisé.
Mauro sacó la polla justo a tiempo y me la pajearon entre los dos, cada uno con una mano, hasta que me corrí en chorros sobre mi propio abdomen y el suelo. La descarga me dejó temblando.
—Ahora sí —dijo Iván.
Me limpió por encima como pudo, se puso un condón y me untó más vaselina entre las nalgas. Luego se sentó en la silla giratoria y me tiró hacia él.
Entendí al momento. Me coloqué de espaldas y fui bajando poco a poco sobre su polla. Sentí la punta abrirme, luego el tronco, luego toda esa dureza entrando centímetro a centímetro mientras yo respiraba hondo y me dejaba caer. Cuando lo tuve dentro por completo, apoyé las manos en sus muslos y empecé a subir y bajar.
Joder, cómo entraba. Ya me había dejado bien preparado y el placer superaba por mucho cualquier molestia. Me rebotaba encima de él mientras Mauro se colocaba delante, con su polla tiesa a la altura de mi cara.
La agarré y empecé a lamerla. Primero la punta. Luego toda. Después me la metí en la boca mientras seguía cabalgando sobre Iván. Era una postura exigente, incómoda, sudorosa, y por eso mismo me excitaba el doble. Tenía una polla en la garganta y otra taladrándome el culo. No me hacía falta nada más.
Iván me sujetó por la cintura y empezó a empujar desde abajo. Mauro me agarró del pelo para marcar el ritmo de la mamada. Entre los dos me usaron sin brutalidad, pero sin suavidad tampoco. Yo gemía alrededor de la polla de Mauro y sentía cómo la saliva me chorreaba por la barbilla mientras el otro me follaba cada vez más duro.
Cambiamos de posición porque ya no podía coordinar el cuerpo. Me puse de pie, inclinado sobre el banco, y Mauro quedó delante de mí para que siguiera chupándosela. Iván, detrás, me levantó una pierna y empezó a embestirme con fuerza de verdad. Cada golpe me hacía cabecear hacia delante y tragar más polla. Era perfecto. Sucio, urgente, animal.
Mauro soltaba gemidos cortos mientras yo le mamaba. Iván ya estaba desatado detrás de mí.
—Cómo aprietas, hijo de puta.
Me dio una nalgada seca y luego volvió a entrar hasta el fondo. Yo solo pude apoyar mejor los codos y dejarme follar. Noté cómo sus empujes se volvían más rápidos, más torpes. Se estaba corriendo. Metió una última embestida brutal y se quedó clavado dentro de mí mientras descargaba con un gruñido ronco.
Me aparté como pude y caí en la silla otra vez, con el culo latiéndome y la polla semidura de nuevo. No me duró el descanso.
Mauro ya estaba impaciente. Le dijo a Iván que ahora iba él, se puso un preservativo y lo empujó contra el banco con una naturalidad que delataba costumbre. Iván se dejó hacer, abriéndose para recibirlo. Yo, todavía jadeando, me quedé delante de ellos viendo cómo Mauro se la metía de una sola vez y empezaba a follárselo sin rodeos.
La escena me puso otra vez al borde. Agarré mi polla y me masturbé mirándolos. Iván tenía la cara hundida en su antebrazo, gimiendo cada vez que Mauro le daba una embestida fuerte. Este duró poco, pero porque iba cargado. En unos minutos ya estaba tensándose, empujando a lo bestia y corriéndose dentro del condón mientras apretaba las caderas de Iván.
Después nos quedamos un rato bebiendo del mismo vaso, medio desnudos, sudados y riéndonos de cualquier estupidez. En ese cuartito miserable habíamos montado un pequeño paraíso de carne entre turnos, órdenes y disciplina.
***
La tercera historia llegó gracias a otro compañero, Saúl. No era de los que se declaraban nada. Le gustaban las mujeres, eso estaba claro, pero también tenía esa curiosidad masculina que aparece cuando dos tíos comparten secretos y demasiadas noches de encierro. Nos hicimos amigos enseguida, salíamos a tomar algo cuando podíamos y acabábamos hablando de sexo con una sinceridad que no era normal entre soldados que apenas se estaban conociendo.
Una tarde, ya algo bebidos en un bar cercano, apareció una mujer que él conocía. Se llamaba Verónica. Adulta de sobra, segura, con una forma de sonreír que parecía una provocación directa. Saúl fue a saludarla y acabaron hablando demasiado pegados. Yo me levanté a mear y, cuando volví, se estaban besando.
Le hice una seña de que me largaba. Él negó con la cabeza y me pidió que esperara.
Vi cómo le decía algo al oído a ella. Verónica me miró, me recorrió de arriba abajo sin pudor y asintió con una media sonrisa. No hizo falta explicar mucho más.
Saúl había llevado coche. Subimos los tres y condujo hasta una zona apartada, oscura, donde apenas llegaba la luz de la carretera. Yo iba detrás con Verónica. Nada más arrancar le posé la mano en el muslo. Ella no apartó la pierna; al contrario, la abrió un poco más. La besé. Me devolvió el beso con decisión, metiéndome la lengua como si quisiera dejar claro que no estaba para juegos tímidos.
Le apreté una teta por encima de la blusa y sentí el pezón endurecerse bajo la tela. Ella me mordió el labio.
—Nos lo vamos a pasar bien —susurró.
—Eso espero —dije.
Saúl nos miró por el retrovisor y se rió.
—Dejad algo para cuando pare.
Paró igual. Y cuando apagó el motor, se pasó a la parte trasera con nosotros. El coche era estrecho y el espacio una mierda, pero el morbo de estar allí encerrados lo compensaba. Verónica se colocó en medio y empezó a desabrocharse la blusa con una calma casi teatral. Nosotros la ayudamos. Pronto tenía las tetas fuera y las dos bocas encima.
Yo le chupé un pezón mientras Saúl le besaba el cuello. Ella se retorcía, se reía, nos daba órdenes.
—No os entretengáis. Quiero sentirlas ya.
Nos bajamos la ropa como pudimos. Ella miró nuestras pollas y soltó una carcajada divertida.
—El primero, el que más rápido me ponga caliente.
No iba a competir discutiendo. Me deslicé entre sus piernas y le aparté la ropa interior. Tenía el coño húmedo ya, brillante, con ese olor limpio y fuerte que siempre me vuelve animal. Le pasé la lengua por los labios, despacio al principio, y luego me concentré en el clítoris. Sabía hacerlo y lo sabía. En menos de un minuto ya estaba moviendo las caderas contra mi cara.
Le metí un dedo, luego dos, y se abrió mejor. Cuando noté que estaba lista, me puse el preservativo y la giré como pude para entrarle desde atrás, medio de lado por culpa del espacio. La punta resbaló y después su coño me tragó entero con una facilidad deliciosa. Solté un gruñido. Ella no era ninguna principiante y se notaba en cómo recibía la polla, húmeda, flexible, pidiéndome más fondo.
Empecé a follarla con ganas, sujetándola de la cintura para no perder el ritmo entre asiento y asiento. Verónica apoyó una mano en mi muslo y con la otra agarró la polla de Saúl, que estaba delante de ella, tiesa y brillante. En segundos ya se la estaba chupando mientras yo la penetraba.
La visión era una locura: su culo golpeando contra mi pelvis, su boca ocupada con la polla de mi amigo, los gemidos saliéndole por la nariz y por la garganta a la vez. Yo no tardé en sudar de verdad.
—Más fuerte —dijo ella al apartarse un momento de la boca de Saúl—. No me trates como si me fueras a romper.
Eso hice. Empecé a embestirla más duro, aprovechando el poco ángulo que tenía. Cada empujón arrancaba un sonido húmedo y su coño se apretaba mejor alrededor de mí. Saúl miraba fascinado, dejándose mamar y acariciándole el pecho a ella.
Después de un rato le pregunté a Saúl si quería cambiar. Me dijo que sí al instante. Salí, me quité el condón y ella se volvió hacia mí como si llevara toda la noche esperando ese momento. Se abalanzó sobre mi polla y me la metió en la boca sin ceremonias, tragando el glande y lamiendo con una precisión obscena mientras Saúl se colocaba detrás para entrarle.
Yo apoyé una mano en el techo del coche y la otra en su pelo. No para forzarla, sino para acompañar el ritmo de aquella mamada brutal. Verónica sabía exactamente cuánto apretar con los labios, cuándo aflojar, cuándo usar la lengua por debajo para volverme loco. Saúl, detrás, empezó a follarla con empujes cada vez más secos y ella no soltó mi polla, al contrario: cada embestida parecía hacerla chuparme mejor.
—Me voy a correr —avisé, ya sin aire.
Intenté sacarla, pero justo entonces Saúl la embistió hasta el fondo y ella tragó más de golpe. Me corrí en su boca, sin remedio, en pulsos espesos que ella recibió sin apartarse, cerrando los labios alrededor del tronco mientras terminaba de vaciarme. Cuando salí, me miró con una sonrisa de puro descaro y se tragó lo que tenía en la boca.
—Ahora sigue —le dijo a Saúl—. No pares.
Yo bajé la mano y le froté el clítoris mientras él la seguía follando. También le toqué los huevos a Saúl por puro vicio, notando cómo se le tensaban antes del orgasmo. No tardó. Gruñó, aceleró un poco más y se corrió dentro del preservativo mientras Verónica se corría casi al mismo tiempo, apretando las piernas y temblando con la espalda arqueada.
Nos quedamos los tres desnudos, apretados en ese coche, respirando como animales cansados. El vaho empañaba los cristales. Olía a sudor, semen, perfume y látex. Una mezcla gloriosa.
Luego la dejamos cerca del bar donde la habíamos recogido y emprendimos la vuelta al cuartel. En el camino, ya solos, Saúl condujo un rato en silencio antes de mirar hacia delante y preguntar:
—Eras tú el que me estaba tocando los huevos, ¿no?
Me reí.
—También le estaba frotando el clítoris, no te pongas fino.
Él soltó una carcajada.
—Ya. Pero lo noté.
Lo miré de perfil. Tenía esa media sonrisa incómoda de quien no sabe si bromear o abrir una puerta.
—Si te debo una por compartirla, te la pago cuando quieras. Una paja, una mamada, lo que te dé la gana.
No contestó enseguida. Siguió conduciendo, con los nudillos en el volante y la sombra de la sonrisa todavía ahí.
—Ya hablaremos.
Y hablamos, claro que hablamos. Pero esa es otra confesión.
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