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Relatos Ardientes

Ese pelirrojo descarado en la playa nudista

Camino descalzo por la orilla, con el pelirrojo medio metro delante, dejando que las olas nos laman los tobillos. Los dos vamos desnudos, como todos en esta cala. Él, con la piel muy blanca y el pelo cobrizo brillando al sol de mediodía; yo, más grande, más peludo, veinte kilos y quince años por encima.

Avanzamos despacio, sabiendo que nos miran. En la sombra que aún proyecta el acantilado del norte hay una pequeña comunidad de habituales, unos cinco o seis tíos que llegaron por separado pero se conocen de otros veranos. Los he visto darse los buenos días, compartir un cigarro, comentar entre risas quién bajaba hoy por el sendero. Ahora nos observan a nosotros con esa mezcla de deseo y envidia que se pega a la piel.

—Sabes que ahora mismo todos esos me odian, ¿verdad, grandote? —me suelta el pelirrojo, girando la cabeza sobre el hombro.

—¿Y eso? —respondo, aunque puedo intuirlo.

—Venga, no te hagas el modesto. Aquí te comen con la mirada. Yo solo tuve la suerte de sentarme al lado tuyo primero.

—Yo lo que he notado es cómo me miras tú —le devuelvo, porque me pone descolocarlo.

Él sonríe con los ojos entrecerrados por el sol.

—Joder, es que hay que estar ciego, tío. Alto, ancho, con esa espalda que parece sacada de un museo. Solo te falla el rabo.

—¿Qué le pasa a mi rabo? —pregunto, sabiendo que no viene ningún reproche.

—Nada. Que en los museos no hay pollas de ese tamaño —aclara separando las manos con exageración—. Los romanos no las esculpían así.

Yo le río la gracia, hinchado. Él sigue hablando por los codos mientras se abre paso hacia las rocas del extremo sur, y agradezco su verborrea porque a mí me cuesta llenar los silencios. Dice algo sobre que en la Roma antigua las esculturas se representaban con miembros discretos porque los rabos grandes eran cosa de bárbaros, y que él está convencido de que en las legiones también habría tíos con pollones que se comían a los tribunos en las tiendas de campaña. Yo asiento, sin apenas escucharlo, distraído mirándole el culo.

Es un culo blanco, pequeño, respingón. Cada vez que se agacha para pisar una roca, los glúteos se le abren un dedo y me dejan ver el ojete rosado. Tiene el pubis afeitado, las pelotas tirantes por el sol, y la polla, aunque no está tiesa del todo, le baila entre los muslos con cada paso. Se mueve como un gato entre las piedras, con esas zapatillas de neopreno que a mí me faltan; a mí me pincha la roca en las plantas y voy despacio, maldiciendo por lo bajo.

—Cuidado, grandote —me avisa cuando resbalo—. Que si te partes la cabeza me quedo sin postre.

Me cae bien. Muy bien. No va de duro ni de sobrado, no finge nada, ni siquiera se molesta en disimular algunos gestos ligeramente amanerados que me resultan enternecedores. Ojalá yo pudiera quitarme tan fácil esta armadura tan pesada.

Y entonces me pasa una cosa rara. Empiezo a sentir ternura. Me veo reflejado en él, en el tío de veintipico que fui hace quince años, obsesionado por follar y demasiado tenso para disfrutarlo. Ahora los papeles están cambiados y eso me obliga a portarme bien, a regalarle uno de esos polvos que se recuerdan durante años. La responsabilidad me descoloca, porque hace tiempo que el sexo con desconocidos solo gira en torno a mí.

—Hablas poco —sentencia tras mi largo silencio.

—Sí —contesto.

—Qué tío tan misterioso eres —dice con esa sonrisa que juzga sin condenar.

—¿Y eso es bueno?

—No sé. Es jodidamente sexy, eso sí.

Llegamos al mirador desde el que se ven las tres calas encadenadas. En cada una hay algún bañista suelto, siluetas pálidas contra la arena. El pelirrojo me hace de guía, señalando por dónde bajar, y yo asiento fingiendo que es la primera vez que pongo el pie aquí. Entonces, de repente, hace ademán de irse.

—Bueno, pues yo te dejo aquí para que estés más tranquilo —dice con la boca torcida.

—¿Qué dices? —le respondo girándome de golpe.

—Tú me pediste que te enseñara un lugar tranquilo. Pues aquí lo tienes. Disfrútalo.

—Vas a hacerme pedirte que vengas conmigo, ¿verdad? —le suelto.

Él me mira retorcido, confirmando la teoría con una ceja arqueada.

—Ven conmigo —le pido, tendiéndole la mano.

Sonríe victorioso y me la agarra. Yo tiro con fuerza hasta pegar su torso al mío y le meto la mano libre entre las piernas. Le agarro los huevos y el mango a la vez, calibrando el peso, y siento cómo la polla empieza a llenársele contra mi palma.

—Creí que te iban los tipos duros —le susurro sin soltarle—. Pero si prefieres puedo ser más suave.

Me inclino y le como la boca. Nuestras lenguas se buscan fuera, se frotan furiosas, luego pelean por meterse más adentro. Le agarro la nuca con una mano y con la otra le sigo trabajando la polla, que en pocos segundos ya está tiesa y palpitando. Él me agarra el culo con las dos manos, como si la estabilidad le fuese en ello.

—¿Te gusto más así? —pregunto separándome un dedo.

—Mucho más, grandote —asiente satisfecho—. Conmigo puedes relajarte.

—¿No te parezco relajado?

—Sí. Pero todavía no te dejas llevar del todo.

Sus manos bajan hasta mi verga, que aún no está del todo dura pero deja claro por dónde van los tiros. Me acaricia el capullo con el pulgar, apretando con delicadeza, y me tira suavemente del prepucio. La suya sigue igual de tiesa, formando ya un ángulo recto con su vientre.

Estoy de espaldas al mar, tapándole con mi cuerpo la mano que me está ordeñando. Aun así, giro un segundo la cabeza sobre el hombro para comprobar quién nos ve. Uno de los bañistas de la primera cala nos observa fijamente desde la orilla, con la polla medio dura entre las piernas.

—¿Te gusta lo que tengo? —le pregunto al pelirrojo, viendo cómo su mano me trabaja.

—Tienes un pollón enorme, grande y gordo —me describe mirándome con hambre y mordiéndose el labio—. Seguro que hay tíos que se han corrido solo de verlo.

—Ese de allí lleva un rato mirándonos —le señalo con la barbilla.

—Es lo que hay en esta cala —contesta sin dejar de menearla a cámara lenta—. Quien viene aquí sabe lo que se puede encontrar. ¿Te importa que te vean?

Niego con la cabeza, aunque no estoy del todo seguro. Él lo nota.

—Si quieres podemos probar por allí —propone señalando con el mentón el acantilado del fondo—. Pasada la última cala hay una zona de rocas planas, no tan estrechas como estas. Ahí podemos charlar, tomar el sol, bañarnos… —el último elemento lo pronuncia con una mirada que no necesita palabras.

Le agarro del brazo y tiro. Bajamos por las rocas con las pollas meneándose delante de nosotros, riéndonos como críos, y al llegar a la arena me coge de la mano. Yo me tenso una décima de segundo.

—¿Qué pasa? —me dice extrañado—. ¿Te puedo agarrar del nabo pero no de la mano? Relájate.

Me relajo. Este chaval no es una amenaza, no tengo que competir con él por ver quién es el macho. Cruzamos la segunda cala jugando a estar enamorados por un rato, como si nos importáramos, como si compartiésemos algo más que las ganas de reventarnos a follar, como si supiésemos siquiera cómo cojones nos llamamos el uno al otro.

—Me estás cayendo bien, pelirrojo.

—Apuesto a que te voy a caer todavía mejor.

Se arrodilla de golpe en la arena mojada, plantándose delante de mí con los ojos clavados en los míos, como si fuera a pedirme matrimonio. Pero enseguida entiendo que su plan es otro mucho más inmediato. Me agarra la polla con firmeza.

—¿Puedo? —pregunta con falsa inocencia, y no espera respuesta.

Yo miro rápido a mi alrededor. A cien metros escasos hay un tío paseando por la orilla en nuestra dirección. En el agua, otro se baña a unos treinta metros. Sin darme tiempo a reaccionar, siento la humedad caliente de su boca envolviéndome la polla. Bajo la mirada y me lo encuentro tragándomela hasta la mitad, masturbándome el tronco con la mano derecha, coordinando puño y boca con un ritmo preciso, como si mi cipote viniera con instrucciones de fábrica.

Intento pararle. No puedo. Le pongo las manos en la cabeza y le acaricio el pelo cobrizo, y él levanta la vista sin sacársela de la boca. Se me queda esa imagen marcada a fuego: los ojos azules muy abiertos, las cejas casi invisibles totalmente arqueadas, la mandíbula desencajada, y mi polla atravesándole los labios rosas. Una postal preciosa.

Le empujo la cabeza contra mi vientre, marcándole el ritmo, animándolo a engullirme entera. La polla se me hincha monstruosa dentro de su boca y cierro los ojos. Él no se para. Aprieta los labios con la presión justa contra el tronco y los baja hasta la base, deteniéndose cuando el capullo hace tope contra su garganta, y luego sube despacio hasta el borde inferior del glande, que es donde tengo más sensibilidad, y ahí incrementa el chupetón y me hace tocar el cielo.

Salgo del trance un segundo. El bañista se ha sentado en la arena y disfruta del espectáculo con la polla medio tiesa entre las piernas. El del paseo está a diez pasos, avanzando despacio. Me giro sobre el hombro y compruebo que también nos observan los dos habituales de la primera cala. Pero soy incapaz de pedirle que pare. La mezcla de testosterona, adrenalina y saliva me tiene encadenado.

Sin sacarse la polla de la boca, ahora me agarra los huevos con una mano y con la otra empieza a rebuscarme entre las nalgas hasta dar con el ojete. La yema del dedo me lo frota, primero con la saliva que le chorrea por la barbilla, después apretando un poco más, y esa sensación es lo que me devuelve del todo a la playa. Lo miro. Él busca mi aprobación desde abajo. Yo asiento, acariciándole las mejillas, y le doy vía libre.

El caminante pasa a nuestro lado sin detenerse, apenas nos lanza una mirada de reojo como quien esquiva un charco, y sigue con su marcha. El otro, el del agua, se queda sentado un rato con la polla en la mano, disfrutando.

Cojo al pelirrojo por debajo de las axilas y lo levanto. Él se gira en el último momento y me da la espalda. Lo abrazo por detrás con fuerza, la barbilla en su hombro, mi verga escurriéndose entre el surco de sus nalgas.

—Estás loco —le suelto al oído.

—No me digas que no te ha gustado.

—Me has puesto muy bruto.

—Es lo que quería, grandote —confiesa, poniéndose de puntillas para restregarme el culo contra la ingle—. ¿No quieres probar este culito?

Y entonces las palabras me salen sin pensar, como si el yo más profundo hubiera decidido hablar por su cuenta.

—¿Y tú? ¿Vas a follarme tú también a mí con esto? —le agarro la polla por detrás y se la meneo con fuerza.

La frase queda flotando en el aire. Durante un segundo que parece un año pienso que se va a romper toda la magia, que él va a mirarme raro y yo me quedaré desnudo del todo, sin el disfraz de macho alfa que arrastro desde los quince. Reconocer que también quiero ser deseado por el otro lado es exponerme.

Él se retuerce para girarse. Lo miro esperando la mueca que me servirá de excusa para volver a mi coraza. Pero lo que veo en sus ojos no es incredulidad ni burla. Es curiosidad y hambre. Suelta una carcajada.

—¡Claro, grandote! —exclama arqueando una ceja con una sonrisa que le ilumina la cara—. Justo a esto me refería cuando te decía que te soltaras. A mí me va el rollo de turnarnos. Me parece de puta madre.

Yo respiro. Una parte de mí se muere de vergüenza; otra se enciende como una hoguera.

—Creí que te gustaban las cosas más cuadriculadas —añade con una sonrisita—. Pero eres una caja de sorpresas. Y eso me pone.

Sin previo aviso echa a correr hacia la última cala, la que tiene forma de catedral. Yo lo sigo. Cruzamos la arena, trepamos por el acantilado del final y nos perdemos por su borde hasta llegar a una plataforma de rocas planas que desde abajo nadie puede ver.

Ahí me atrapa. Me empuja contra la roca caliente por el sol, me abre las piernas de un rodillazo y se me arrodilla otra vez delante, pero esta vez con más calma. Me pasa la lengua desde los huevos hasta la punta de la polla, se la mete entera de una, mama con ganas dos, tres, cuatro veces, hasta hacer castañetear la campanilla, y luego se levanta.

—Date la vuelta, grandote.

Obedezco por primera vez en años. Apoyo las manos contra la piedra, saco el culo hacia atrás y siento cómo se le escapa un gemido a mi espalda. Le oigo escupir. Después noto su lengua caliente en el ojete, moviéndose en círculos, empujando adentro sin miedo, comiéndomelo entero. No sé cuánto rato me tiene ahí abajo, chupando, ensalivando, metiéndome el dedo hasta el nudillo, luego dos, girándolos despacio hasta hacerme abrir. Tengo la polla goteando líquido preseminal sobre la roca. Cada vez que me acaricia la próstata con la yema, me tiemblan las rodillas.

—Estás listo, ¿no? —me susurra levantándose.

—Fóllame —le contesto, sin reconocerme la voz.

Lo oigo escupirse en la mano y untársela por la polla. Después me la restriega contra el ojete, dando vueltas suaves, buscando el centro. Cuando por fin empuja, entra despacio, un centímetro, dos, y yo me olvido de respirar.

—Joder, qué apretado estás —murmura contra mi nuca.

Me hunde la verga entera de un empujón lento y firme, hasta que noto sus huevos contra los míos. Se queda quieto un segundo, dejándome asimilar el llenado. Es más gruesa de lo que parecía. Me arde por dentro pero también me mata de gusto, ese dolor bueno que solo conocen los que lo han probado.

Empieza a moverse. Sale casi entero y vuelve a entrar hasta el fondo, marcando un ritmo constante que me hace gemir contra la roca. Me agarra las caderas con las dos manos y bombea, cada vez más rápido, con la ingle chascando contra mis nalgas. La polla suya se me clava una y otra vez en el mismo punto y yo estoy a punto de correrme sin tocarme.

—Así, pelirrojo —le pido—. Más fuerte. Más.

Y él responde. Me embiste con toda la fuerza que le cabe en el cuerpo, cada golpe me arranca un gruñido de las tripas. Con una mano me agarra del pelo y me tira ligeramente la cabeza hacia atrás; con la otra me alcanza la polla y me la ordeña al mismo ritmo que me folla.

—Voy a correrme —me avisa jadeando.

—Dentro —le pido—. Fóllate ese culo. No la saques.

Le siento hincharse dentro de mí, le siento apretar los dedos contra mis caderas hasta hacerme moretones, y le oigo soltar un rugido ronco mientras se corre a chorros dentro de mí, embistiendo cada vez más despacio hasta parar. Yo me corro un segundo después, con su verga aún dentro y su mano ordeñándome la mía, y me vacío contra la roca en cuatro, cinco chorros que se llevan quince años de coraza por delante.

Se derrumba sobre mi espalda, jadeando, con la polla todavía dentro y la boca pegada a mi nuca. Nos quedamos así un rato largo, respirando, mientras el sol nos quema los hombros y el sudor nos pega la piel.

—Ahora te toca a ti, grandote —me susurra al oído, saliendo despacio de mí—. Y no pienso irme de esta cala hasta que me hayas reventado.

Yo me río bajito. Todavía tiemblo.

—Trato hecho, pelirrojo.

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Comentarios(5)

CuriosoRM

buenisimo!! de los mejores que lei acá en bastante tiempo. seguí subiendo

TomásPlaya

me trajo recuerdos de unas vacaciones de hace unos años... a veces la realidad supera la ficcion jaja. Muy bien contado

AndresBA_noc

Quede con ganas de mas! Por favor subí la continuacion si la hay, no puedo quedarme con esto

BrunoSP_curioso

el final fue una sorpresa, no me lo esperaba para nada. Buenisimoo

MarcelProv

Lo que mas me gusto es que no necesita exagerar para enganchar al lector. Esta muy bien escrito, se lee de un tiron sin que te des cuenta. Ojalá hubiese mas relatos asi en esta seccion, de verdad.

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