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Relatos Ardientes

Seguí al proveedor de la feria hasta su habitación

La mañana había empezado como cualquier otra. Llevaba apenas tres semanas en la empresa y todavía cargaba esa mezcla de entusiasmo y nervios del recién contratado, esa sensación de no terminar de entender dónde estaban las cosas ni a quién había que sonreírle. Cuando me avisaron que debía recibir al representante de un proveedor de sistemas de climatización industrial, no se me cruzó por la cabeza que esa reunión iba a cambiarme algo más que la agenda del día.

Rodrigo llegó puntual. Alto, de hombros anchos, con una calma que contrastaba con el tono frío y técnico de la presentación. Yo intentaba seguir los detalles del catálogo, los rangos de potencia, los plazos de entrega, pero cada tanto mis ojos se desviaban hacia él sin que yo se lo ordenara.

—Entonces, Tomás —dijo mientras guardaba unos folletos en el portafolio—, si querés ver el resto del catálogo, hoy estamos en la feria del centro de convenciones. Tenemos un stand bastante completo.

—Justo pensaba pasar después del trabajo —respondí, tratando de sonar despreocupado.

—Perfecto. Si venís, te muestro algunas cosas que no entraron en la presentación —agregó, y hubo algo en su gesto que no supe si era estrictamente profesional o algo más.

***

Esa tarde la feria era un caos de luces, ruido y gente caminando en todas las direcciones a la vez. Avancé entre los pasillos, leyendo carteles, esquivando carritos de folletería, y antes de llegar al stand lo vi. Rodrigo estaba de espaldas, hablando con alguien, pero al girar me reconoció enseguida.

—Tomás —dijo con una sonrisa que parecía haber estado esperándome—. Qué bueno que viniste.

—Te dije que iba a pasar —contesté, sintiendo un calor raro subirme por el pecho.

—Vení, tomemos algo. El día fue largo.

Me llevó a un rincón del stand donde tenían bebidas para los visitantes. Nos sentamos en una mesa alta, de esas que te obligan a estar casi de pie. La charla arrancó por lo técnico, lo lógico, lo esperable, pero de a poco fue cambiando de temperatura.

—¿Y cómo te trata la empresa? —preguntó, apoyando los codos en la mesa, inclinándose apenas hacia mí.

—Bien… todavía estoy aprendiendo a moverme —admití—. Es raro ser el nuevo.

—Te veo bastante seguro igual —respondió, mirándome con una atención que me desarmó por completo.

—¿Ah, sí? —pregunté, intentando sostenerle la mirada y fallando un poco.

—Sí. Tenés algo… —hizo una pausa breve, como si midiera cada palabra antes de soltarla—. Algo que llama la atención.

Sentí que el aire se volvía más espeso. La feria seguía sonando alrededor, el murmullo de cientos de conversaciones, pero la mesa parecía un pequeño mundo aparte, un paréntesis donde solo cabíamos los dos.

Hablamos de la vida, de lo que nos gustaba y lo que no, de ciudades que ninguno conocía y queríamos conocer. De golpe la conversación era íntima, fácil, como si nos tratáramos desde mucho antes que esas pocas horas.

Cuando anunciaron por los altavoces el cierre de la feria, Rodrigo se puso de pie despacio.

—Vamos —dijo, sin más.

No pregunté adónde. No hacía falta. Lo seguí entre la gente que ya empezaba a retirarse. Caminamos en silencio, pero un silencio cómodo, cargado de todo lo que ninguno de los dos había dicho en voz alta.

A la vuelta de la esquina, un hotel discreto se levantaba entre dos edificios de oficinas. Rodrigo se detuvo frente a la entrada y me miró.

—Si no querés, nos vamos cada uno por su lado —dijo, con una seriedad que no esperaba.

Respiré hondo. Todo lo que venía sintiendo desde la mañana, lo que había crecido durante la tarde, estaba ahí, claro e inevitable.

—Quiero —respondí.

Él asintió, suave, como si hubiera estado esperando justo esa palabra. Y entramos.

***

El ascensor ni siquiera había llegado al piso cuando ya me tenía contra el espejo, su cuerpo aplastando el mío, su aliento caliente quemándome el cuello. Sentí toda su fuerza de golpe, sin transición, como si la calma de antes hubiera sido solo una tapa que ahora saltaba.

—Desde que entraste a la reunión supe lo que iba a pasar —murmuró contra mi oreja, mordiéndome el lóbulo—. Vas a salir de acá caminando distinto.

Apenas alcancé a decir que sí antes de que su boca cubriera la mía. Fue un beso brusco, con la lengua forzando el paso y los dientes raspándome el labio, y su mano subió a mi garganta, apretando lo justo para hacerme jadear. No para asustarme. Lo justo para que entendiera quién mandaba.

La puerta de la habitación se abrió de un empujón. Me metió adentro con tanta fuerza que casi tropiezo, cerró con llave y me estampó otra vez, ahora contra la pared del cuarto.

—Sacate la ropa. Toda. No quiero verte vestido ni un segundo más —ordenó, con una voz que no admitía respuesta.

Mientras yo peleaba con los botones de la camisa, él se sacó la suya de un tirón. Tenía el pecho ancho, marcado, con el vello todavía húmedo por el calor de la feria. Cuando se bajó el pantalón quedé sin aire un instante: era grueso, duro, listo desde hacía rato, y se lo agarró con una mano apuntándome como quien apunta una advertencia.

—Arrodillate —dijo, y no fue una pregunta.

Caí de rodillas sobre la alfombra áspera. Abrí la boca y él entró sin avisar, profundo, sosteniéndome la nuca con las dos manos.

—Así… despacio que te acostumbres… —jadeaba, marcando el ritmo él, sin dejarme a mí decidir nada—. ¿Te gusta, no? Decímelo.

—Mmm… sí… —logré balbucear entre arcadas, con la saliva cayéndome por el mentón hasta el pecho.

Me usó la boca durante largos minutos, entrando y saliendo, midiéndome, probándome. Los ojos se me llenaron de lágrimas y la nariz me moqueaba, pero no me aparté ni una vez; al contrario, buscaba más, lo perseguía cuando se retiraba.

—Suficiente. Ahora quiero otra cosa —dijo, saliendo de golpe, con un hilo de saliva colgando entre mi boca y él.

***

Me levantó tomándome del brazo y me tiró boca abajo sobre la cama. Escuché el ruido del frasco de lubricante, sentí sus dedos fríos abrirme paso, primero uno, después dos, girando, insistiendo.

—Tranquilo… abrí las piernas más —ordenó, con la voz más baja ahora—. Mirá cómo cedés solo… ya estás pidiéndola.

—Sí… por favor… —supliqué, empujando las caderas hacia atrás, buscándolo.

Ubicó la cabeza contra mí y presionó. El ardor fue inmediato, una línea de fuego que me arqueó entero.

—Es demasiado… —jadeé, agarrando las sábanas con las dos manos.

—No es demasiado. Respirá y aflojá —gruñó, empujando con paciencia, ganando terreno milímetro a milímetro—. Eso… así de bien.

Entró hasta el fondo con un último empuje firme. Se quedó quieto un segundo, dejándome sentir cada centímetro, y después empezó a moverse. El golpe de su cuerpo contra el mío llenó la habitación, un sonido húmedo y constante que iba subiendo de intensidad.

—Más —pedí, con la voz rota contra el colchón—. Más fuerte.

Me incorporó tirándome del pelo, usándolo como riendas, doblándome la espalda hacia atrás.

—Vas a acordarte de esto toda la semana —dijo, clavándome con una furia controlada que me hacía temblar.

El primer espasmo me recorrió de los pies a la nuca, una contracción violenta que me cerró alrededor de él. No me había tocado siquiera y el placer ya me dolía.

—Ahí está… te siento —jadeó, sin bajar el ritmo—. Seguí así.

***

Me dio vuelta boca arriba y me dobló las piernas hasta que mis rodillas casi tocaron mis hombros. Quería mirarme, eso quedó claro: tenía los ojos clavados en los míos mientras volvía a entrar, despacio primero, después a fondo.

—Mirame —ordenó, embistiendo profundo—. No cierres los ojos.

El colchón crujía con cada movimiento. El sudor le caía en gotas pesadas sobre mi cara, mi pecho. Le clavé las uñas en los hombros, le dejé marcas rojas que él ni registró.

—¿Lo sentís bien adentro? —preguntó entre dientes.

—Sí… hasta el fondo… —gemí, sin poder sostenerle la mirada y sosteniéndola igual, obligado por la suya.

Después me sentó sobre él, dándole yo la espalda, dejándome el control aparente del ritmo que en realidad seguía marcando él con las manos en mi cintura. Bajé y subí, girando las caderas, sintiéndolo entero por dentro, y una palmada firme en el muslo me hizo apretar todavía más.

—Así, sin parar —dijo contra mi espalda.

Me levantó sin salir, me cargó hasta apoyarme contra la pared fría del baño, mis piernas alrededor de su cintura, los azulejos helados contra mi espalda hirviendo. El contraste de temperaturas me arrancó un gemido largo.

—Agarrate fuerte —rugió.

El eco rebotaba en las paredes pequeñas del baño, devolviéndome el sonido multiplicado. Sentí que se le aceleraba la respiración, que perdía el ritmo medido de antes.

—Decime que querés que termine adentro —exigió.

—Quiero… por favor… terminá adentro —supliqué, sin un gramo de vergüenza ya.

Se vino con un gruñido hondo, sosteniéndome contra la pared, sus dedos clavándose en mis muslos. Sentí el calor inundarme y lo retuve ahí, abrazado a él, mientras los dos temblábamos.

***

Pero no se detuvo. Me bajó con cuidado, me acostó de costado en la cama y se acomodó detrás de mí, entrando de nuevo, lento y profundo esta vez, casi tierno comparado con todo lo anterior.

—Todavía no terminé con vos —susurró, mordiéndome el cuello despacio.

Una mano suya bajó a tomarme y empezó a moverla al compás de sus embestidas, lento, demorándose en cada pasada. El cambio de ritmo, de la violencia a esa calma deliberada, me desarmó de otra manera.

—Ahora quiero verte terminar a vos —dijo contra mi nuca—. Dale, dejate ir.

Aceleró la mano y las caderas a la vez. El orgasmo me reventó como algo que venía guardándose toda la tarde, desde la mesa alta del stand, desde la primera mirada robada en la reunión. Me sacudí entero contra él, que me sostuvo sin soltarme, prolongándolo hasta el límite de lo soportable.

Caímos los dos exhaustos sobre las sábanas revueltas, el aire denso, el cuarto cargado de olor a sudor y a sexo. Tardé un buen rato en recuperar la respiración. Él me pasó un brazo por encima, sin decir nada, como si lo más natural del mundo fuera quedarse así.

Después de varios minutos, con la voz todavía ronca, murmuró:

—Mañana, después del trabajo, vení a mi casa. No quiero esperar otra feria.

Solo pude sonreír, con el cuerpo latiéndome entero, agotado y a la vez incapaz de pensar en otra cosa.

—Cuando digas, Rodrigo —respondí, ya temblando de pura anticipación.

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Comentarios (5)

NicoV_arg

excelente relato, me enganchó desde la primera línea!!!

TorresReader

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber cómo siguió todo. Esas situaciones inesperadas son las mejores.

ElQueLee

Tremendo. Eso es todo.

ManuelR88

Me encanto como lo narraste, se siente tan natural, tan real. Sin vueltas y directo al punto. Seguí escribiendo!

JuanPe_cba

jaja las ferias tienen su propia magia... me recordó a algo que me pasó en un evento parecido. Gracias por el relato

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