Su novio no esperó a que terminara de teletrabajar
Los dedos de Daniel volaban sobre el teclado. El trabajo se le amontonaba delante de los ojos y sentía esa urgencia de siempre por dejarlo todo cerrado cuanto antes. No era una cantidad fuera de lo común, pero él era un perfeccionista insoportable que no toleraba dejar nada al azar. Se fijaba en cualquier detalle. Si algo no quedaba exactamente como quería, volvía sobre sus pasos y, si hacía falta, empezaba de cero. Era su mayor fuente de orgullo y, casi siempre, también de estrés.
Lo bueno de teletrabajar era no perder ni un minuto en desplazamientos. En cuanto sonaba la alarma del móvil, se levantaba de la cama como impulsado por un resorte, se preparaba un café y se plantaba frente al ordenador con su taza preferida. Vestirse era opcional. En días como aquel, sin reuniones por videollamada previstas, aprovechaba para convertir la camiseta y los calzoncillos con los que había dormido en su uniforme de oficina. Así se ponía con las tareas sin demoras. Se acomodaba en la silla, transformaba el salón en su despacho y se zambullía en el mar de datos, hojas de cálculo y correos pendientes.
El reloj de la pantalla marcaba las nueve y media pasadas cuando captó la presencia de Bruno por el rabillo del ojo. Su novio trabajaba por las tardes, así que solía remolonear en la cama un buen rato para robarle el calor que Daniel dejaba entre las sábanas. Lo vio cruzar el pasillo rumbo a la cocina vestido solo con los mismos slips blancos con los que había dormido. Le marcaban absolutamente todo: el bulto pesado de la polla caída hacia un lado, la forma redonda de los huevos y, al girarse un instante, la curva firme de aquel culo moreno que parecía tallado a mano. Daniel se quedó perdido en su trasero mientras lo veía pasar. No fue hasta que desapareció por la puerta que sacudió la cabeza y regresó a sus quehaceres. Ese no era el momento de la lujuria. Era el momento de trabajar.
Mientras sus ojos recorrían los números y las letras, encontró un error. Una tarea pendiente de aprobación que, aunque ya estaba terminada, carecía de un dato importante. No era algo crítico ni decisivo, pero su sola presencia le encendía los nervios y sentía la necesidad imperiosa de corregirlo. Mandó un correo para que el aviso no pasara desapercibido y se lanzó a enmendarlo. Se enfrascó tanto que no notó a Bruno a su espalda, observándolo en silencio, hasta que un cosquilleo en la nuca lo hizo girar la cabeza.
—¿Cómo va todo? —preguntó su novio.
Bruno le rascaba el cogote, un roce ligero para avisar de su presencia sin cortarle el ritmo. Daniel ladeó apenas el rostro. Tenía el paquete de Bruno a la altura del cuello. Si alzaba la mirada, podía contemplar su anatomía en primer plano, en un contrapicado exquisito: la polla marcada bajo el algodón blanco, la sombra oscura del vello púbico transparentándose, la forma de los cojones colgando pesados.
Bruno era más delgado que él. Trabajaba en un almacén, cargando y moviendo cosas todo el día, un esfuerzo constante que lo mantenía tonificado. Justo lo contrario de Daniel, cuyo empleo sedentario se le había acumulado en un pequeño pliegue de grasa sobre la goma del calzoncillo. Los dos llevaban el pelo corto, más castaño el de Daniel, más oscuro y azabache el de Bruno. Él además lucía bigote y perilla, un detalle que le daba un aire que Daniel adoraba. Y luego estaba esa línea de vello que le bajaba recta desde el ombligo hasta perderse bajo la ropa interior. Ese rastro lo volvía loco. Todo un juego de contrastes con su propia piel clara, siempre afeitada al ras: Daniel era de esos obsesivos incapaces de tolerar la mínima sombra de barba.
—Bien —respondió—. Aunque alguien dejó esto a medias y me toca terminarlo. Es un fastidio…
—¿Hoy no tienes reuniones?
Era más una afirmación que una pregunta. Bruno sabía de sobra que, si su novio no se arreglaba para sentarse a trabajar, la jornada no iba a ser muy importante.
—No —confirmó Daniel.
—Entonces podríamos empezar la mañana con un buen mañanero. Yo también necesito atención, y anoche me dejaste con las ganas de que me la mamaras…
—Ahora no puedo. Tengo que cerrar esto.
La noche anterior, Bruno había vuelto tarde y reventado. Una estantería cargada de sacos había cedido por el peso y se había venido abajo. No hubo heridos, pero el encargado los obligó a quedarse a hacer horas extra para recogerlo todo. Decir que aquel hombre les caía bien sería una mentira descarada. Bruno llegó de madrugada con las fuerzas justas para desnudarse y, en cuanto se dejó caer sobre el colchón, se quedó dormido de golpe. Daniel no quiso molestarlo y se limitó a taparlo y darle un beso de buenas noches.
Ahora, en cambio, Bruno había descansado y tenía la energía intacta y la polla pidiendo guerra. Daniel sintió que le posaba algo sobre el hombro. Un tacto extraño, tibio, pesado, con un pulso propio. Terminó de teclear la línea y se giró para comprobar qué era. No era su mano. Se había bajado los calzoncillos hasta medio muslo y había apoyado ahí su verga, todavía blanda pero engordando por segundos, con el prepucio retirado y el glande morado asomando a un palmo de sus labios.
—Venga… Sé que tú también tienes ganas. Mírala cómo se pone sola pensando en tu boca.
—Ahora no, en serio.
Lo siguiente que llegó sí fueron sus manos. Le atrapó los trapecios y empezó a amasárselos despacio. No tenía formación de masajista, pero sabía encontrar los músculos más tensos y presionarlos justo lo necesario para que se aflojaran. Daniel soltó un gemido a medida que los dedos se le clavaban y le enviaban oleadas de bienestar. Había acumulado demasiada tensión y necesitaba descargarla. Todo su cuerpo se rindió y las teclas dejaron de sonar. Y mientras tanto, aquella polla seguía apoyada sobre su hombro, cada vez más caliente, cada vez más dura, rozándole el cuello con un peso que le recordaba a cada segundo lo que estaba a su alcance.
—Sí… ahí… mejor… ay… Bruno…
Aunque seguía siendo un perfeccionista, una de las cosas que su novio le había enseñado era a bajar el ritmo. No tenía por qué ser tan puntilloso ni cazar el defecto más minúsculo para arreglarlo. La empresa salía adelante gracias a su trabajo y al del resto, sin que un par de imperfecciones enturbiaran nada.
En cuanto lo tuvo derretido entre los dedos, Bruno selló la última fuente de resistencia, sus palabras, con un beso. El vello de su rostro, aunque no muy abundante, le raspaba los labios y la cara lampiña. Sabía que ya tenía a Daniel para sí solo y que el deber no iba a recuperarlo. Se permitió deslizar una mano por debajo de la prenda interior de Daniel, le atrapó la polla ya medio dura y empezó a pajeárselo con suavidad, subiendo y bajando el prepucio con el pulgar, presionando la punta con la yema en cada pasada. Lo sentía temblar mientras abría las piernas de forma casi mecánica y se reclinaba hacia atrás tanto como el respaldo le permitía. Daniel respondió con el movimiento inverso, subiendo la mano hasta rodear con los dedos la verga desnuda de Bruno, que ya latía dura, gruesa, con una gota clara de líquido preseminal asomándole por el glande.
La recogió con la yema del pulgar y la extendió por toda la corona, dibujando círculos lentos que hicieron a Bruno soltar un jadeo ronco. Le apretó la base con el puño cerrado, notando cómo la polla le palpitaba entera contra la palma, y empezó a masturbársela de arriba abajo con un ritmo firme, mientras con la otra mano le acunaba los huevos, pesados, tirantes, ya recogidos contra el cuerpo. Bruno se dejaba hacer con la mandíbula apretada, sin quitarle la mano de la polla propia, que ahora ya le empapaba los dedos.
Bastó un breve rato de aquel juego de manos para que se olvidara por completo de que estaba en horario laboral. El tacto había cumplido su función y los había dejado a ambos en brazos del deseo. Daniel ya no quería trabajar: quería mamar. Unos pequeños tirones le indicaron lo que ansiaba. Bruno se incorporó y le presentó la polla a la altura de la boca, tan cerca que Daniel sintió el olor a piel limpia y a macho recién levantado, y se la llevó dentro sin pensarlo siquiera. Parecía que el café ligero del desayuno se le hubiera quedado corto.
Empezó por la punta, lamiéndola con la lengua plana, dando vueltas alrededor del glande hinchado, saboreando el líquido salado que no dejaba de manar. Le besó la corona, la chupó como si fuera un caramelo, y después se la tragó entera de una sola vez, hasta clavarse la nariz en el vello púbico de Bruno y sentir la carne caliente golpeándole el fondo de la garganta. Se ahogó un segundo, tragó, y volvió a subir despacio, dejando un hilo grueso de saliva colgando del labio inferior.
Desde arriba, Bruno observó cómo primero la punta y después toda la verga desaparecía entre los labios de su novio. Se mordió el suyo, un gesto de apetito puro. Sus ojos oscuros no se despegaban de Daniel, de la manera en que lo llevaba por el camino de las sensaciones. Le acarició el pelo mientras con la otra mano se pellizcaba los pezones, regodeándose con las ganas de desnudarlo del todo y follárselo entero.
—Así, mi amor, mámamela toda… así, hasta el fondo… qué bien lo haces, joder…
Daniel obedeció. Se la sacó de la boca solo para escupirle un lametón largo desde los huevos hasta la punta, uno por cada testículo, chupándoselos uno a uno con los labios cerrados alrededor. Volvió a la polla, la engulló otra vez hasta el fondo y empezó a bombear con la boca a un ritmo rápido, con las mejillas hundidas por la succión, mientras con la mano libre le apretaba y le acariciaba los cojones. La saliva le chorreaba por el mentón y por los dedos, y Bruno gemía y le empujaba la cabeza sin llegar a forzarlo, marcándole el compás.
En la pantalla, los números y las letras seguían su curso. La jornada continuaba sin él. La red interna de la empresa seguía activa, salpicada de notificaciones del chat privado y de correos entrantes. Su leve zumbido no perturbaba lo más mínimo a Daniel, que seguía entregado a mamar mientras se masturbaba a sí mismo por dentro del calzoncillo. Llegaba hasta el vello púbico de Bruno, retrocedía sin soltar la polla, y se demoraba en la punta antes de volver a hundírsela hasta el fondo. En circunstancias normales podría haber pasado un buen rato así, pero no quería descuidar el trabajo más de la cuenta, no fuera a levantar sospechas. Y, además, el deseo le creció por dentro como una necesidad. Quería toda la carne en el asador, quería sentir esa verga metida en el culo.
Se puso de pie con una mirada de desafío, como si retara a su novio a demostrar quién mandaba. Se quitó la camiseta y le robó otro beso que Bruno, enervado por las ganas, cortó para empujarlo contra la mesa, de espaldas a él.
Un tirón a la ropa interior le dejó el culo al aire. Bruno se agachó y le separó las nalgas con las dos manos, mostrando el agujero rosado, apretado, todavía cerrado. Se lo escupió encima, un gargajo grueso que resbaló despacio, y hundió la lengua entre las nalgas sin previo aviso. Daniel gimió alto, con la mejilla pegada a la madera fría de la mesa, y arqueó la espalda buscando más. Bruno le comió el culo con hambre, con la barba raspándole las nalgas, la lengua rígida entrando y saliendo, dibujando círculos sobre el ojete y despertando cada nervio.
Cuando lo tuvo mojado, húmedo, palpitando, Bruno se enderezó y dirigió la polla, lubricada por el frenesí de la mamada y por su propia saliva, hacia el agujero. La punta encontró resistencia al principio. No cejó en su empeño: mantuvo la presión mientras Daniel se amoldaba a su tamaño, respiraba hondo y gemía como respuesta. No podía ni quería cerrarse, y Bruno terminó por deslizarse dentro de un empujón lento y firme, sintiendo cómo el esfínter se rendía y se abría a su alrededor. Era un amante lento, de los que se toman su tiempo para entrar y salir, de modo que cada sensación fuera lo más intensa posible. A ratos salía del todo, con la polla brillando de fluidos, para volver a hundirse hasta la base con la fuerza y la rapidez de un rayo, chocándole las pelotas contra el perineo. Cada vez que lo hacía, Daniel soltaba un suspiro ahogado que se perdía sin fuerza en el aire del salón.
—Qué rico está tu culito, joder… Toma, toma la polla entera…
—Sí… fóllame así… más fuerte, Bruno…
Le agarró de la cintura y aceleró el ritmo. El sonido húmedo de la carne contra la carne llenó el salón, mezclado con los golpes secos de las caderas contra las nalgas. Daniel tuvo que apoyarse con las dos manos en la mesa para no salir despedido, y sintió que la polla le entraba entera, gruesa, caliente, tocándole el punto exacto que le disparaba una descarga por toda la espalda.
Si todas sus jornadas fueran así… En ese momento, en la pantalla del portátil, una notificación apareció con un nombre que le capturó la atención. Su jefe. Y parecía importante. Alcanzó el teclado, leyó el mensaje y se puso a redactar la respuesta sin que Bruno dejara de metérsela. Tampoco quería que parara. Prefería trabajar con esa polla atravesándole las entrañas que sentado en la silla sin que nada lo recorriera por dentro. Bruno se molestó al tener que compartir la atención de Daniel con el ordenador.
—¡De eso nada! —exclamó.
El hilo del mensaje quedó a medias, con un amasijo de letras al final que no significaba nada. Bruno tomó a Daniel por el vientre y se lo arrastró consigo hasta la silla. Se sentó de golpe, con la verga apuntando al techo, y bajó a Daniel encima. Todo el peso de su novio cayó sobre su miembro erecto mientras él seguía embistiéndolo desde abajo. La reacción de Daniel fue primero de sorpresa; luego de alerta por el ordenador, que estuvo a punto de caer de la mesa; por último de placer desmedido cuando toda la carne lo penetró con el plus de la gravedad y se le clavó hasta el fondo. Todo en el intervalo de un segundo. El grito que se le escapó de la garganta fue una mezcla extraña de los tres, una amalgama que algún vecino debió de oír sin lograr entender de qué iba.
Bruno lo rodeó con los brazos, lo apretó contra su pecho y, en un susurro mordaz, le preguntó al oído:
—¿Y ahora qué vas a hacer? Con la polla hasta las tripas, a ver si contestas al jefe…
Nada. Dejar que lo poseyera, que lo hiciera suyo, que se lo follara a su ritmo. Daniel levantó los pies, todavía con los calcetines puestos, y los apoyó contra el borde de la mesa para empujar el portátil a un lugar seguro y, de paso, abrirse por completo a cada embestida. Con las piernas abiertas y los muslos temblando, empezó a rebotar sobre la verga de Bruno, subiendo y bajando, dejando que la gravedad la clavara hasta el fondo cada vez. Cada golpe hacia dentro era un gemido breve que, en conjunto, sonaba como la base rítmica de una canción. Cada vez que Daniel bajaba, sentía cómo la polla le abría por dentro y le rozaba la próstata, y cada vez que subía, notaba el hueco que quedaba y las ganas de volver a llenarlo.
Bruno le mordió el cuello, le lamió la oreja, le apretó los pezones con los dedos hasta hacerle gemir de dolor y placer mezclados. Le mordió el hombro para no gritar él, y siguió empujándolo hacia arriba desde abajo, follándoselo con las caderas mientras Daniel se dejaba llevar como un muñeco de trapo. La silla crujía bajo el peso doble y el vaivén, y una gota de sudor le resbaló a Daniel por el pecho hasta juntarse con el líquido que ya le brotaba de la polla.
Daniel siguió masturbándose, exprimiendo la gloria de esa mañana. La verga se la trabajaba con el puño cerrado, deprisa, la mano volando de la base a la punta, el prepucio bajado del todo y el glande enrojecido, hinchado, brillante. Notó cómo se le tensaba todo desde los huevos hasta la garganta, cómo Bruno lo empujaba hacia arriba con una embestida más profunda que las demás, cómo la polla le tocaba dentro justo el punto que lo hacía estallar, y ya no pudo más. La corrida le llegó de golpe: un primer chorro grueso que le salpicó el pecho hasta rozarle el mentón, y después otro, y otro más, hasta que el propio pecho le quedó blanco de semen. Tuvo el cuidado de apuntarse al propio pecho para no manchar ni los muebles ni, sobre todo, el ordenador. Un par de gotas cayeron al suelo; eso podía dejarlo pasar. Se desinfló de golpe, como un globo, con el culo todavía apretado y espasmódico alrededor de la polla que seguía dentro.
—Tráeme lo tuyo… —musitó—. Quiero que te corras encima.
Se levantó despacio, sintiendo el vacío que le dejó la salida de la verga, y se arrodilló en el suelo, con la boca abierta y la lengua fuera. Bruno se puso en pie y se agarró la polla con el puño, todavía brillante y resbaladiza, y se la meneó con fuerza a un palmo de la cara de Daniel. Apretó los dientes, gruñó, y apuró los últimos envites hasta vaciarse a chorros sobre el pecho de Daniel, encima de su propio semen, con alguna gota que le alcanzó la barbilla, los labios y hasta un párpado. Daniel sacó la lengua y recogió lo que pudo, tragándoselo con un ronroneo. Bruno lo había dado todo y estaba al borde del agotamiento, pero prefería esa clase de cansancio al que le provocaba el trabajo.
—Echaba de menos el mañanero… —comentó Bruno, jadeante, con la polla todavía en la mano, goteando los últimos restos.
—Yo también. Acércame el papel, por favor.
Bruno fue al baño mientras Daniel recuperaba su asiento, caliente y un poco húmedo, con el culo aún abierto y palpitando por la follada. Tuvo que releer lo que había escrito para retomar el hilo de la conversación con su jefe y terminar de mandarle la respuesta. Cuando su novio le dejó el rollo de papel al lado, se limpió a conciencia el semen del pecho, del cuello y del mentón, y volvió a sus tareas. Las prendas de ambos quedaron tiradas por el suelo hasta bien entrada la mañana.
No iba a tener reuniones, así que poco importaba si no se vestía.





